¿Jane Jacobs o Robert Moses?

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Septiembre 15, 2017

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Una parte del urbanismo “progresista” defiende más el statu quo que las transformaciones y promueve pequeños cambios cosméticos, antes que grandes obras. El problema, dice el autor de esta crítica, es que estos planteamientos sirven de poco si el objetivo es más complejo y verdaderamente progresista.

por iván poduje

Se supone que las políticas progresistas buscan proteger a los desposeídos y propender a una sociedad más justa, con un rol activo del Estado, para lo cual se deben impulsar cambios importantes o reformas “estructurales”, como se las llama en el último tiempo.

Curiosamente, en la ciudad no ocurre lo mismo. Una parte del urbanismo “progresista” defiende más el statu quo que las transformaciones y promueve pequeños cambios cosméticos, antes que grandes obras. Además desconfía del Estado y suele ver oscuros intereses en sus planes urbanos.

En esta visión ha tenido mucha influencia el pensamiento de la escritora estadounidense Jane Jacobs, quien en 1961 publicó Muerte y vida de las grandes ciudades. En este espléndido libro, Jacobs hace una crítica demoledora a la planificación gubernamental impuesta “desde arriba” y promueve un rol activo de la ciudadanía, bien resumido en un artículo escrito por Saskia Sassen publicado en esta misma revista.

La motivación inicial de Jacobs fue oponerse a una autopista que el gobierno pretendía construir cerca de su casa, en el legendario barrio de Greenwich Village de Nueva York. En esta cruzada su enemigo fue el encargado del proyecto, Robert Moses, quien dirigió por años el departamento de planificación de la ciudad y es considerado el “gran constructor” de esa metrópoli cosmopolita que asociamos a la Gran Manzana.

Jacobs logró imponer una nueva corriente de pensamiento muy conservadora ante los cambios, pero sumamente liberal para reducir la injerencia del Estado. De ahí viene el rechazo a los grandes proyectos públicos y la fascinación por el emprendimiento individual.

La guerra entre Jacobs y Moses fue retratada en documentales, libros e incluso cómics, y Jane logró imponer una nueva corriente de pensamiento muy conservadora ante los cambios, pero sumamente liberal para reducir la injerencia del Estado. De ahí viene el rechazo a los grandes proyectos públicos y la fascinación por el emprendimiento individual: moverse en bicicleta, tener almacenes propios, hacer malones en las plazas o acciones colectivas para pintar un paradero o reponer una banca.

Nadie podría discutir la pertinencia de algunos de estos postulados. Funcionan muy bien en zonas con atributos, como el Village de Jacobs o el Barrio Italia de Providencia. El problema es que sirven de poco si el objetivo es más complejo y verdaderamente progresista, como recuperar guetos de viviendas sociales en Puente Alto, conectar periferias de clase media de Quilicura o revitalizar áreas patrimoniales deterioradas como el barrio de La Vega.

¿Por qué entonces la lógica minimalista de Jacobs influye tanto en la agenda de centroizquierda?

Una primera razón es que calza con la nueva corriente de “empoderamiento” ciudadano que suele endiosar la acción individual y denostar cualquier cosa que provenga del aparato público. Otra explicación es la caricaturización del urbanismo que representa Robert Moses, visto como “destructor de la ciudad”. Es cierto que pasar una autopista por el Greenwich Village era un descriterio, pero el legado de Moses fue mucho más que eso y, si lo medimos por el número de beneficiados, bastante más progresista que el aporte de Jacobs. Sus puentes, túneles y avenidas permitieron conectar Manhattan con una periferia donde vivían millones de trabajadores de bajos ingresos, lo que redujo sus tiempos y costos de traslado. Sus proyectos de vivienda social sirvieron para localizar a 150 mil familias vulnerables en áreas centrales, y sus parques y piscinas públicas les permitieron disfrutar de pasatiempos antes reservados para las clases más acomodadas.

Algo similar ocurrió en Santiago con Juan Parrochia y su plan de transporte, aborrecido por los seguidores criollos de Jacobs, por el alto costo del Metro o el impacto urbano de las autopistas, pese a que ambos sistemas resuelven la conectividad de decenas de comunas alejadas. ¿Significa esto que debemos inclinarnos por Moses? Según Scott Larson, el ex alcalde Bloomberg entendió que ambas miradas eran necesarias para implementar su ambicioso plan NYC 2030, y se propuso “construir como Moses”, pero considerando “el pensamiento de Jacobs”.

En Chile podríamos hacer lo mismo. Abandonar el enfoque conservador de cierta élite progresista que piensa que Santiago es como una Providencia grande, e impulsar transformaciones que resuelvan los problemas de equidad y calidad de vida que afectan a millones de habitantes. Para ello no sirven los cambios cosméticos. Se necesitan grandes proyectos, pero con participación ciudadana, cuidado de los barrios y un diseño que ponga en valor la escala humana. En resumen, construir como Moses con Jacobs en la mente.

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