Marzo 3, 2017

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¿Cómo explicar la evolución de los seres humanos desde sus orígenes a su estado actual? ¿Por qué algunas sociedades y culturas simplemente colapsan y desaparecen? ¿Por qué gente de distinto origen étnico es afectada de manera diferente por ciertas enfermedades? Estas son las interrogantes que plantea el biólogo, fisiólogo y geógrafo, autor del premiado Armas, gérmenes y acero. En esta conversación con el economista chileno, Diamond vaticina: “Hay un 49% de probabilidad de que en 30 años ya no exista el primer mundo; todos seremos como África”.

por sebastián Edwards

Jared Diamond vive en Los Ángeles hace 50 años. Su casa queda en uno de los tantos cañones en el oeste de la ciudad. Es una estructura amplia y luminosa, con un jardín repleto de árboles. La casa es silenciosa y se nota el orden que uno asocia con los científicos: tipos pulcros y un tanto obsesionados. Desde hacía tiempo que queríamos juntarnos a conversar sobre su vida, sus libros y un nuevo proyecto que involucra a Chile. Lo hicimos poco antes de un viaje que lo llevaría a África del este, donde trabajó analizando la evolución de orangutanes y chimpancés, tema de una de sus investigaciones actuales.

Nos sentamos en la mesa de la cocina y me ofrece un sándwich de pavo, frambuesas e higos recién sacados del árbol. Me pregunta qué quiero tomar. Cuando le digo que agua de la llave me mira sorprendido. Él toma agua fresca de coco.

Jared Diamond llegó a UCLA en 1966 a hacerse cargo de una cátedra de fisiología en la Escuela de Medicina, una de las más prestigiosas del mundo. Eran tiempos muy diferentes a los actuales: “En el primer curso que enseñé había 62 estudiantes. 58 eran varones de raza blanca, dos eran mujeres también blancas, y había un hombre y una mujer asiáticos. Ni un solo afroamericano o latino. La escuela había aceptado a su primer estudiante de color cuatro años antes, pero el cuerpo de profesores concluyó que sus calificaciones no eran lo suficientemente buenas, por lo que durante los próximos siete años no admitió a ningún estudiante de minorías”.

Le pido que me hable de su carrera académica. Sonríe y se limpia la garganta. Me dice que lleva 50 años en UCLA. Me explica que en su caso no se puede hablar de una sola carrera. Ha tenido la fortuna de cambiar de énfasis y al final ha tenido tres carreras. Empezó, durante su doctorado en la Universidad de Cambridge, estudiando la fisiología de la vesícula. Un tema complejo y muy específico, que lo obligaba a pasar horas en el laboratorio. Sin embargo, muy pronto le empezó a interesar la ornitología, el estudio evolutivo de las aves de Nueva Guinea.

Lo interrumpo para inquirir si su interés era la vesícula de los pájaros. Suelta una carcajada y me dice que no, que eran dos temas diferentes. En las aves, lo que le interesa es el tema evolutivo, y no el aspecto fisiológico. Me sorprendo y le pregunto si en ese campo tomaba a los pájaros en sus manos, si los examinaba.

“Nada de eso”, responde. “Mi trabajo con las aves involucraba binoculares y grabadoras para capturar el trinar y el canto de distintas especies”.

Me aclara que esa fue su segunda carrera académica, la de un “biólogo evolucionista”.

Quiero saber cómo reaccionaron sus colegas fisiólogos ante su interés por las aves de Oceanía. Me estoy metiendo en el espinudo y pequeño mundo de los celos y las envidias entre académicos. Me explica que las autoridades –decanos y directores de departamento– siempre lo apoyaron. De hecho, me dice, cuando en 1966 negoció su cátedra con UCLA, el decano de ese momento se comprometió a darle cinco mil dólares por año para sus investigaciones de pájaros. “En esa época eso era mucho dinero, financiaba toda una expedición a Nueva Guinea”.

Lo interrumpo para preguntarle si vio el documental sobre la obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. Me dice que no. Le explico que hay un largo segmento sobre el trabajo de Salgado en Nueva Guinea, y que mientras él me hablaba de sus expediciones a la isla, en mi cabeza lo veía subiendo escarpados cerros como lo hace Salgado en ese filme. “Qué interesante”, dice, mientras anota el nombre de Salgado en un pedazo de papel.

“¿Dónde estábamos?”, pregunta luego de tomar un largo trago de su bebida. Le recuerdo que me interesa saber cómo reaccionaron sus colegas fisiólogos ante su interés por las aves.

“Bueno”, dice, “durante años ellos no sabían que yo tenía intereses más allá de las vesículas. Se enteraron de golpe, en 1998, cuando mi libro Armas, gérmenes y acero ganó el Premio Pulitzer”.

“Se deben haber alegrado mucho. Tienen que haberse sentido muy orgullosos”, apunto.

“Oh, no. Al contrario. Lo tomaron muy mal, les pareció una pérdida de tiempo. Tanto es así que en la próxima evaluación de mi trabajo, el comité del departamento de fisiología votó en forma unánime para que no me dieran una promoción; tampoco un aumento de sueldo”.

Se queda en silencio durante algunos segundos. Luego me explica que al poco tiempo decidió dejar la Escuela de Medicina y aceptar que ya estaba lanzado en su tercera carrera académica, la de un geógrafo. Ahora su hogar universitario es el prestigioso Departamento de Geografía de UCLA. Dicta dos seminarios para alumnos de pregrado. Son cursos muy populares, y se ve obligado a limitar las vacantes. En un curso acepta 100 alumnos; el otro está restringido a tan solo 50.

Pensar, pensar y pensar

Tener tres carreras académicas exitosas es, de por sí, inusual. Pero más inusual aún es que sean tan diferentes entre sí. Sus estudios sobre la vesícula –y especialmente aquellos sobre la capacidad del órgano para absorber y transportar líquidos– son importantes y han sido reconocidos como un aporte a la ciencia. Pero tratan sobre una cuestión muy específica, un tema que, sin intención de menospreciarlo, podría definirse como “pequeño”.

De otro lado, en libros como El tercer chimpancé, Armas, gérmenes y acero y Colapso aborda “grandes temas”. Son preguntas enormes que nos atañen a todos. ¿Cómo explicar la evolución de los seres humanos desde sus orígenes a su estado actual? ¿Por qué el mundo Occidental es el más avanzado, si el hombre se originó en África? ¿Por qué algunas sociedades y culturas simplemente colapsan y desaparecen?

Le pregunto cómo fue ese paso, qué lo decidió a transitar de esas investigaciones tan específicas a abordar las “grandes preguntas”.

“Ah”, me responde con una sonrisa, “todo comenzó con una llamada telefónica”.

Efectivamente, en 1985 recibió una llamada de la Fundación MacArthur. La persona al otro lado de la línea se identificó como el presidente de la institución y le informó que había sido galardonado con uno de los prestigiosos premios. Jared tenía una noción vaga de ese galardón, pero no estaba seguro de qué se trataba exactamente. La fundación entrega una abultada suma de dinero para que el galardonado pueda pensar con calma y tranquilidad durante cinco años (hoy en día el monto es de $625 mil dólares). No hay ninguna obligación: no hay que escribir un informe ni publicar artículos ni escribir un libro. Nada. Tan solo recibir el dinero y pensar.

“Curiosamente, al recibir la noticia me deprimí profundamente”, cuenta. “Me pregunté por qué habían elegido a alguien que estudiaba las minucias de las vesículas. Pensé que esa distinción debía ser para gente que hiciera investigaciones relevantes para la humanidad, que abordara preguntas importantes que explicaran (o cambiaran) el mundo. Yo no hacía nada de eso”.

A los pocos días, Jared tomó una decisión. Usaría el galardón para empezar a analizar temas importantes, para tratar de contestar preguntas que fueran relevantes para el futuro de las nuevas generaciones, para el futuro de sus hijos. Fue así como escribió su primer libro, El tercer chimpancé. Fue también en esa época cuando empezó a pensar en los temas que lo harían famoso, los que publicaría en el libro que ganó el Pulitzer, Armas, gérmenes y acero.

—¿Podrías darme una lista de tres “grandes preguntas” que hoy día te preocupan?

La pregunta más grande es si las sociedades occidentales se van a autodestruir en los próximos 30 años. Y yo digo, que hay una probabilidad del 49% de que lo hagan. Una segunda pregunta es por qué la historia se desarrolló de maneras tan diferentes en distintos continentes. ¿Por qué tú y yo estamos aquí, sentados alrededor de esta mesa, en la tierra de los aborígenes de Norte América, a pesar de nuestros ancestros europeos? ¿Y por qué el Trinity College, en Cambridge, no está lleno de aborígenes americanos, y los últimos europeos están apiñados en reservaciones en Escocia? Este era el tema de Armas, gérmenes y acero, pero ahora lo estoy ampliando para entender el rol que tuvo la producción de alimentos en esos resultados; por qué algunas sociedades pudieron producir y almacenar grandes cantidades de alimentos y otras no lo hicieron; por qué algunas sociedades pasaron a crear estructuras políticas con jerarquías, las que luego derivaron en el Estado moderno, y otras se quedaron al nivel de tribus.

—¿Cuál sería la tercera gran interrogante?

Una tercera pregunta grande está en la intersección entre la medicina y la geografía. ¿Por qué gente de distinto origen étnico es afectada de manera diferente por ciertas enfermedades? En Estados Unidos los indios nativos y los hispanos son más susceptibles a sufrir de diabetes que quienes tienen origen europeo. Los afroamericanos sufren de mayor presión arterial alta, asociada con el consumo de la sal. ¿Por qué?

—¿Qué quieres decir, exactamente, al mencionar que las sociedades occidentales pueden autodestruirse?

No significa que la población desaparecerá y que solo habrá terrenos baldíos. Hay una probabilidad del 49% de que en Europa en el año 2050, la mayoría de la población esté viviendo como la gente en Papúa Nueva Guinea vive hoy en día; tendrán el nivel de vida de las actuales masas africanas, o el de las comunidades pobres de América Latina. Es probable que en ese entonces no exista el llamado primer mundo. Mi peor escenario es que todos estén muertos debido a una guerra nuclear; mi segundo peor escenario es que en 30 años ya no existan lo que hoy conocemos como los países avanzados.

Le pregunto cómo se va a producir ese cuadro. Si fuera una película, cuál sería la trama, cómo se iría desarrollando la historia. Cómo sería el proceso exacto a través del cual los holandeses llegarían a tener un nivel de vida como Nueva Guinea. Y todo eso en apenas tres décadas.

Me habla de una calamidad en el medio ambiente. Si las tendencias actuales siguen, se agotarán las fuentes de energía fósiles, y más grave aún, los recursos marinos, que son la fuente de proteína para la mayor parte de la población mundial. Además, es posible que se produzcan guerras entre países ricos y pobres. Agrega que la migración ya es imparable. Hace 40 años se podía contener a las masas pobres que luchaban por llegar a los países de la abundancia. Pero ya no es posible hacerlo.

Sus palabras me recuerdan los pronósticos negros del Club de Roma en los años 60, las proyecciones mecánicas que hablaban de hambrunas y del fin de la civilización como la conocíamos. Nada de eso sucedió. De hecho, con los avances en China y la India, y con el reciente renacer de África, hemos reducido los problemas de hambre y desnutrición en forma importante. Claro, falta mucho y hemos seguido dañando el planeta, pero ha habido mucho progreso en muchas áreas. Agrego que él es un experto en biología evolutiva, y eso, me parece, debiera darle un cierto optimismo. Las sociedades tienen capacidad de reacción, se ajustan y corrigen su camino, lo hacen siguiendo el instinto de sobrevivencia. Le digo que en 1977, cuando yo llegué a la Universidad de Chicago, había colas para gasolina porque los autos estadounidenses eran unas máquinas de tragar bencina. Después de 40 años tenemos automóviles eléctricos, sumamente económicos, con cero emisiones, y el precio del petróleo se ha desplomado. Lo que ha sucedido es muy diferente a lo que predijo El Club de Roma.

Me mira y esboza una sonrisa. Luego comenta: “Claro, ese cuadro que tú pintas tiene una probabilidad del 51%”.

Chile: jibias, dictadura y su próximo libro

Jared Diamond ha visitado nuestro país en muchas oportunidades. La primera vez fue en los 60, en su calidad de fisiólogo. Trabajó durante varios meses en el centro de estudios de Montemar, en Reñaca, estudiando el sistema nervioso de las jibias, un crustáceo fascinante para todos los biólogos. Viajó y recuerda con especial cariño su visita a la zona del río Biobío.

Yo me rasco la cabeza y asiento. No quiero decirle que no sé cómo son las jibias, que siempre las he confundido con los picorocos.

A continuación me cuenta que cuando preparaba su libro Colapso visitó la Isla de Pascua en el 2003. Fue un viaje maravilloso, lleno de sorpresas. Le gustaría regresar, me asegura.

Le pregunto si la Isla de Pascua debiera ser independiente y él responde a toda carrera: “Pero no sería un país viable; ningún país con menos de 100 mil habitantes es verdaderamente viable”.

En su próximo libro hay un capítulo sobre Chile. Es un trabajo sobre situaciones traumáticas y las maneras como las distintas naciones las enfrentan. Considera varios casos, la gran mayoría en países en los que ha vivido por un tiempo, incluyendo Alemania, Finlandia, Indonesia y Chile. Intenta determinar por qué algunos de ellos han sido capaces de enfrentar sus crisis en forma exitosa, mientras que otros no. En Chile, según él, el trauma del golpe de Estado y de la larga dictadura fue enfrentado con bastante éxito.

El nuevo libro termina con un examen de algunos países que están empezando a enfrentar crisis muy duras. Quiere saber qué les depara el futuro. Le pregunto por las naciones que está estudiando. Me explica que el caso más importante es el de Estados Unidos. Y cuál es su conclusión, inquiero. ¿Qué probabilidad hay de que las cosas terminen mal?

Sonríe y dice: “49%”.

 

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Sociedades comparadas, Debate, 2016, 192 páginas, $14.000.

 

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El mundo hasta ayer. ¿Qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?, Debate, 2013, 592 páginas, $22.000.

 

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Armas, gérmenes y acero, Debate, 2006, 588 páginas, $24.830.

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