Julio 19, 2018

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El historiador de la Ilustración radical y de la revolución intelectual que esta provocó, defiende aquí la visión filosófica de Spinoza por sobre las ideas de los ilustrados moderados, como Voltaire. El legado del filósofo holandés es una ilustración democrática que buscaba mejorar la vida de todos los ciudadanos a partir de una base igualitaria, mientras que la Ilustración moderada tenía un carácter aristocrático que no aspiraba a reformar la estructura jerárquica de la sociedad tradicional. En su último libro, Israel plantea que estas dos corrientes intelectuales se enfrentaron durante la revolución americana. El escenario actual le recuerda a la Francia de Condorcet, cuando irrumpió un populismo violentamente intolerante.

por marcelo somarriva

El historiador Jonathan Israel es reconocido por su proyecto dedicado a reconstruir la trayectoria intelectual de la llamada Ilustración radical, del que ya ha publicado las tres primeras partes, además de dos libros que analizan en detalle la influencia de estas ideas en las revoluciones francesa y americana. El último de estos, The Expanding Blaze: How the American Revolution Ignited the World, 1775-1848, apareció a fines del año pasado. La Ilustración radical, según Israel, es el legado intelectual de Baruch de Spinoza, quien hacia 1650 puso las bases de un pensamiento que ofrecía una nueva visión –eminentemente racional– del mundo y del hombre. Estas ideas subversivas y peligrosas, plantea Israel, se propagaron de manera clandestina y emergieron a mediados del siglo XVIII, provocando una revolución intelectual sin la cual no podrían comprenderse los cambios políticos que comenzaron a producirse, algunas décadas más tarde, en América y Europa.

Frente a esta Ilustración radical surgió la Ilustración moderada, que si bien se oponía a muchos de los principios del orden establecido vigente, hacía compromisos políticos y sociales, manteniendo intacta la estructura jerárquica de la sociedad. Se formó entonces una especie de triángulo entre estas dos variantes de la Ilustración, que se repelían mutuamente, y el orden imperante, al que ambas querían cambiar, pero con distinta intensidad.

Israel se encuentra ahora escribiendo el último volumen de este proyecto que inició hace ya dos décadas con el propósito de modificar algunas ideas comúnmente aceptadas sobre los orígenes de la modernidad e introducir una aproximación transnacional a estudios que se habían hecho desde perspectivas nacionales. Sus libros, voluminosos y enciclopédicos, resaltan en una época en la que el trabajo de los historiadores se vuelve cada vez más parcelado. Es en parte por esto que sus textos han despertado críticas, ya que en su camino Israel ha irrumpido en territorios “ajenos”, provocando la respuesta de algunos especialistas.

“Spinoza trató de buscar una forma para contrarrestar la tiranía que no fuera solo la insurrección popular, ya que para él la mejor estrategia para oponerse a esta era coordinar a la gente más educada y con mayor conciencia, porque solo ellos eran capaces de entender la realidad de las cosas y de liderar la oposición al tirano”.

En diciembre pasado, Jonathan Israel visitó Chile, invitado a participar en el XIV Coloquio Internacional Spinoza y las Américas, organizado entre otras instituciones por las universidades de Valparaíso, Playa Ancha, Federico Santa María y Adolfo Ibáñez. Esta conversación tuvo lugar el último día del encuentro, en una sala de un hotel que más parecía una bodega improvisada. A Israel, que trabaja en el Centro de Estudios Avanzados de Princeton, le dio lo mismo. Es sencillo y accesible, y no tiene el divismo que ostentan muchos académicos que se han vuelto celebridades.

Usted define a Spinoza como un revolucionario. ¿Cuán democrático era su pensamiento?

Por supuesto que en el siglo XVII ningún escritor republicano estaba discutiendo la forma de construir una democracia representativa en el sentido de estudiar la forma de las elecciones populares. La única manifestación que se conocía de esto era la asamblea deliberativa de la democracia directa de la Grecia antigua. Sin embargo, Spinoza puede considerarse democrático en la medida en que rechazaba cualquier tipo de involucramiento en política que buscara satisfacer intereses personales. No solo era extremadamente antimonárquico, sino también contrario a la idea de un rey, una aristocracia o una oligarquía que organizaran el Estado para servir sus intereses. Una idea básica de su pensamiento es que el fundamento de un Estado es servir los intereses y mejorar la vida de todos sobre bases iguales. Para Spinoza la democracia era la base original de todo Estado y esta se pervertía en la monarquía y en la aristocracia. Su concepción filosófica básica del individuo y de los fundamentos que lo llevaban a reunirse en sociedades democráticas, lo impulsaba a promover que más gente se involucrara en la toma de decisiones, porque eso nos acercaba a que el Estado cumpliera con su función fundamental. Si consejos cada vez mayores se involucran, será más difícil que las decisiones sean capturadas por locos, lo que era un problema, o por tiranos, lo que era todavía peor. El concepto de tiranía es fundamental en su pensamiento.

En relación con este concepto, usted ha señalado que Spinoza fue ambiguo respecto de una solución revolucionaria para terminar con la tiranía.

Es un poco ambiguo y aquí debo ser muy preciso. En mi opinión, Spinoza era revolucionario no en el sentido de fomentar la insurrección, porque siempre sostuvo que lo fundamental era volver a los verdaderos principios del Estado. Por ejemplo, cuando habla de la revolución en los Países Bajos dice que esta no fue una revolución, ya que Felipe II había pervertido a la sociedad que tenía originalmente un conjunto de derechos; lo que se hizo fue volver a los principios verdaderos. Para Spinoza lo importante era configurar una estrategia política que reafirmara los verdaderos propósitos del Estado, que equivalían a servir los intereses y mejorar la vida de todos. Lo importante es destacar que su forma de interpretar la verdadera función del Estado siempre será subversiva y que las sociedades europeas dirigidas por reyes y aristócratas eran una perversión de estas funciones originales. Spinoza trató de buscar una forma para contrarrestar la tiranía que no fuera solo la insurrección popular, ya que para él la mejor estrategia para oponerse a esta era coordinar a la gente más educada y con mayor conciencia, porque solo ellos eran capaces de entender la realidad de las cosas y de liderar la oposición al tirano, en una campaña ideológica concertada, operando un poco bajo la superficie y socavando su posición. Es una solución muy elitista, pero para él era la única forma para que una tiranía no fuera simplemente reemplazada por otra.

Usted plantea una ambigüedad similar en Diderot, quien tampoco tenía una opinión muy alta de las multitudes.

Creo que Spinoza, Diderot, D’Holbach y muchos otros más adelante, después del Terror de la Revolución Francesa fueron reacios a legitimar la revolución mediante una acción masiva violenta y, en cambio, esperaban alcanzar la revolución por un proceso de redes subterráneas y publicaciones clandestinas, infiltrando a los profesionales y a los más educados. Fomentando una subversión intelectual que eventualmente podía derrocar a las monarquías y los regímenes aristocráticos por la fuerza de un nuevo pensamiento y un interés colectivo. Sin duda es algo muy optimista, pero ellos permanecieron en la profunda sospecha de lo que llamaban la “ignorancia” y la “superstición” de la multitud.

Después de 1848, el socialismo toma el lugar que ocupaba la Ilustración radical, que fue completamente marginada, de tal manera que el socialismo será la tendencia opositora predominante y estará completamente empeñado en capturar al sistema económico.

Usted es muy entusiasta con la Ilustración radical, pero muestra un cierto desdén por la Ilustración moderada.

Algunos críticos me han acusado de usar el término “Ilustración radical”, que habría sido acunado antes por Margaret Jacob, pero la verdad es que esta fórmula la usó antes en el mundo anglosajón, en la década de los 20, Leo Strauss, en libros como Spinoza’s critique in religión y otros. Yo me di cuenta de esto después, pero lo importante para la pregunta es que Strauss apuntó a que la Ilustración moderada era más fuerte que la radical, porque contaba con el apoyo del gobierno y la Iglesia; pero que la Ilustración radical era mucho más poderosa desde la perspectiva de una coherencia estrictamente filosófica. La Ilustración moderada era más débil porque establecía compromisos políticos o sociales. Yo llegué a una conclusión similar, sin conocer este trabajo. Mira el caso de Voltaire y el tipo de ilustración que pretende introducir: él no quiere que toda la población o la mayoría de esta se eduque según las premisas ilustradas. La suya es una ilustración aristocrática, ya que tenemos que concentrarnos en educar a la aristocracia y a la realeza, y para el resto de la población que necesita una guía tenemos a la Iglesia. El compromiso que hace no es teológico, porque para él ninguna teología es correcta; sino que con el poder eclesiástico. Por su coherencia filosófica, la Ilustración radical mantiene su atractivo y su vigencia hasta hoy.

¿Puede decirse que en su obra usted corrige algunas reputaciones –como la del propio Voltaire– que a su juicio han sido sobrevaloradas?

Sí, especialmente Locke, cuya importancia ha sido enormemente exagerada en la tradición anglosajona. Creo que el énfasis que se ha puesto sobre él, por la academia inglesa y norteamericana, a partir de su supuesta contribución a la modernidad, es ridículo.

Lo mismo ocurre con ciertas historiografías que también corrige, como la de la Revolución Francesa, que en su opinión ha minimizado el aporte de la Ilustración radical. ¿A qué se debe esto?

Una razón es la forma como la Ilustración radical fue desplazada a comienzos del siglo XIX por el socialismo, que entra en escena cada vez con más fuerza, hasta convertirse en la principal tendencia opositora del statu quo existente. Al interpretar la revolución este primer socialismo tendió a promover a Robespierre y a “la Montaña”, porque los veían como sus ancestros. En circunstancias que los demócratas radicales como Michelet, Ledru Rollin y otros estaban violentamente en contra de Robespierre y sus seguidores, por su despotismo, intolerancia y su supresión de todas las libertades individuales. Puede decirse que en Francia hubo una violenta confrontación entre estas interpretaciones de la revolución que ocasionó una confusión mental que nunca ha terminado de desembrollarse y de la que todavía no hemos logrado salir. Yo sostengo que no hubo una sola revolución, sino que tres, que se encuentran mutuamente enfrentadas. Creo que si no tienes claras las ideologías que actúan detrás de estas revoluciones, tienes una visión completamente confusa. Furet estaba en lo cierto cuando dijo que la tradición marxista estaba distorsionando algunos aspectos de la revolución, pero su idea sobre la existencia de una sola tendencia ideológica a lo largo de la revolución ha causado una distorsión todavía mayor. Sus interpretaciones sobre la revolución no tienen remedio, están completamente equivocadas.

“La gente normalmente ignora esta fuerte tendencia antidemocrática de la Independencia americana, pero la revolución americana no fue en busca de una democracia sino de una república aristocrática. Junto a este republicanismo aristocrático está el democrático, propuesto, entre otros, por Franklin, Jefferson y, particularmente, por Tom Paine”.

¿Cómo se produce, a comienzos del siglo XIX, este conflicto entre la Ilustración radical y el emergente socialismo?

En ese momento, la Ilustración radical y el socialismo comienzan a tomar caminos separados respecto de los programas de reforma económica y la redistribución de riquezas. Déjeme ponerlo así para efectos de la entrevista: la principal diferencia entre la Ilustración y el socialismo es la siguiente: ambas posiciones están de acuerdo en que vivimos en un mundo donde casi todo está equivocado, donde la mayor parte de los seres humanos viven oprimidos en condiciones miserables y concuerdan en que esto no debe necesariamente ser así, porque en el mundo hay recursos suficientes para darles a todos una vida mejor. El problema surge al preguntarse por qué ocurre esto. Para la Ilustración radical la razón está en que las ideas de la gente están equivocadas y, por lo tanto, debemos cambiarlas educándolos a todos, ya que así funcionarán las repúblicas democráticas y cuando estas genuinamente representen los intereses de todos, tendremos leyes que permitirán la existencia de un sistema económico más justo. Según los socialistas, todos viven vidas miserables porque el sistema económico está malo y debe ser capturado y reemplazado por uno nuevo. Estas visiones entraron en colisión durante las décadas de 1830 y 1840. Después de 1848, el socialismo toma el lugar que ocupaba la Ilustración radical, que fue completamente marginada, de tal manera que el socialismo será la tendencia opositora predominante y estará completamente empeñado en capturar al sistema económico. Creo que este cambio se produce incluso en la vida del propio Marx. El primer Marx era un demócrata radical hasta 1844 y no estaba interesado en la economía política. Pero a partir de entonces comienza a construir un sistema muy diferente, que no está muy preocupado por las libertades individuales y menos aún de las estructuras democráticas. En la práctica, se vuelve algo dogmático y autoritario. El desplazamiento de la Ilustración radical se decanta en 1848 y esta no regresará al escenario hasta los horrores del fascismo, el nazismo y el comunismo.

Tras leer Ilustración democrática da la impresión de que no tiene una opinión muy favorable sobre la revolución americana en términos de su coherencia.

No es exactamente así. En mi nuevo libro planteo una nueva tesis respecto de esta revolución, que en cierto sentido no es tan innovadora, pero que tiene algunos aspectos novedosos. No es un libro sobre la revolución americana en estricto sentido, sino sobre la forma cómo fue vista desde fuera e inspiró a los movimientos revolucionarios en todo el mundo: franceses, holandeses, ingleses, canadienses, latinoamericanos y, especialmente, irlandeses. La idea central es que al interior de la revolución americana hubo dos tendencias ideológicas antagónicas, por un lado un republicanismo aristocrático y, por otro, un republicanismo democrático. Y hay que considerar que en la línea antidemocrática estaban John Adams, John Jay y Alexander Hamilton, es decir, algunos padres fundadores. Puesta en términos sencillos, su idea fue: tenemos que independizarnos y luchar contra los británicos, pero convengamos que estos tienen la forma correcta de gobernar una sociedad. No tenemos rey, pero tendremos un presidente fuerte. La aristocracia debe permanecer en el poder y necesitamos un electorado reducido, debemos tener dos cámaras legislativas diferentes, con la cámara del senado restringida a los grandes propietarios. La gente normalmente ignora esta fuerte tendencia antidemocrática de la Independencia americana, pero la revolución americana no fue en busca de una democracia sino de una república aristocrática. Junto a este republicanismo aristocrático está el democrático, propuesto, entre otros, por Franklin, Jefferson y, particularmente, por Tom Paine. Estos dos tipos de republicanismos dividieron la política de entonces de una forma que todavía sigue vigente. Esto es algo tremendamente importante que no comprendieron Pocock y Skinner, dos grandes historiadores del republicanismo, quienes cometen un error fundamental al no entender un conflicto que ya estaba en ciernes en el siglo XVII.

La primera vez que lo escuché en una conferencia, estaba muy entusiasmado con la victoria de Barack Obama, que parecía un triunfo ilustrado. Hoy parece que son malos tiempos para la Ilustración.

Tienes razón. Son malos tiempos para un ideal democrático, liberal, universalista. Pienso que es el mismo predicamento que enfrentó Condorcet hacia el final de su vida, justo antes de suicidarse escribió un texto muy conmovedor. Francia entonces había sido capturada por un populismo violentamente intolerante y él escribió que todavía creía que la república democrática era la mejor manera de organizar una sociedad, siempre y cuando puedas educar a toda la sociedad sobre bases seculares hasta un cierto nivel. Pero agregó que si no puedes alzar el nivel educacional de todos, es mejor ni siquiera molestarse, es una pérdida de tiempo. Entonces, creo que si podemos aspirar a tener una educación secular que enseñe política, educación cívica y ética, principios básicos desde una edad muy temprana, es imaginable tener una democracia liberal basada en principios ilustrados.

 

The Expanding Blaze: How the American Revolution Ignited the World, 1775-1848, Jonathan Israel, Princeton University Press, 2017, 768 páginas, US$28.

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