Febrero 23, 2017

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A propósito de Nueva Mayoría: fin de una ilusión, el último libro de J.J. Brunner, el sociólogo Carlos Ruiz Encina abrió en el primer número de esta revista un debate sobre la socialdemocracia chilena, a su juicio entregada al mercado e incapaz de hacerse cargo del malestar de la sociedad chilena. Ahora, Hugo Herrera lee el libro desde otra óptica: valora la idea de los “giros parciales a la realidad” y cuestiona la noción de que el neoliberalismo sea el destructor de las viejas redes sociales y el supresor de los derechos. Es posible que estos, en verdad, nunca hayan existido.

por hugo herrera

El ímpetu de la coalición gobernante y las organizaciones y académicos que la rondan, hace que los ex concertacionistas queden puestos, a veces, en una posición parecida a la de los nobles franceses en el exilio tras la revolución. Es un exilio figurado, menos brutal que el extrañamiento físico, aunque también inquietante. Algunos de entre aquellos franceses –Joseph de Maistre y Louis de Bonald– descollaron como intelectuales y se los considera precursores de la sociología. No sería mera casualidad, entonces, que en las páginas de Nueva Mayoría: fin de una ilusión asome un aire común. Hay, allá y acá, frente a procesos políticos inusuales, una observación rigurosa antes que especulación y filosofía. También un pathos semejante, de sobrio anhelo y pulcra resignación visionaria, mucho más cercano al conservadurismo social que al utopismo.

En este tenor realista, José Joaquín Brunner se acerca también, por momentos, a otro sociólogo: el Max Weber que en 1919, en plena época de ebullición revolucionaria, advirtiera en Múnich contra los “profetas” y “demagogos”, en su célebre conferencia “De la vocación por la ciencia”. Refiriéndose a los reformistas moderados, con los cuales se identifica, Brunner señala: “Estos pagan” –con su crítica de los infantilistas (del placer o la imaginación)– “el precio kantiano y freudiano de la adultez: salida de su minoría de edad y uso del propio entendimiento para vivir con autonomía y elegir dentro de las opciones civilizadas. El reformismo elige cambiar el mundo en la medida de lo posible. O, si se quiere, a la luz de una ética de la responsabilidad. Y acepta el riesgo de caer bajo el argumento de los soñadores contra los realistas”.

El sociólogo Brunner nos advierte, con sello realista, y frente al diagnóstico del malestar, de la banda más radical de la izquierda, que, pese a sus problemas, el sistema político y económico ha generado paz y prosperidad, adhesión en grandes capas de la población y no enfrentamos nada así como una revolución en ciernes o una inminente huelga general indefinida.

El sociólogo Brunner nos advierte, con sello realista, y frente al diagnóstico del malestar, de la banda más radical de la izquierda, que, pese a sus problemas, el sistema político y económico ha generado paz y prosperidad, adhesión en grandes capas de la población y no enfrentamos nada así como una revolución en ciernes o una inminente huelga general indefinida. Nos hallaríamos, antes que eso, frente a un fenómeno más pedestre de “crisis de conducción”, acompañada de diversos niveles de malestar. A partir de estudios de opinión y de autores, discierne Brunner un nivel más superficial, vinculado a problemas de carácter sectorial, que van emergiendo en la medida en que mejora el bienestar de la población; otro, atado a las relaciones del ciudadano con la democracia de masas y los modos de representación, y un tercer nivel, más hondo, esta vez vinculado a un desasosiego vinculado a las condiciones de existencia de la modernidad.

Brunner hace un estudio de la disputa ideológica entre los concertacionistas y los intelectuales y políticos que asumieron el diagnóstico del “otro modelo”. Nuevamente, opera con un acento cargado de realismo: deja a un lado aquí las formulaciones más teóricas de los nuevos intelectuales de izquierda, para hacer foco en la recepción que se hace de ellas en la Nueva Mayoría.

¿Qué cabe esperar de la actual situación? Da la impresión que no mucho. Brunner plantea que los procesos sociales están anclados en “condiciones de fondo” y una “trayectoria” subterránea que opera de manera “relativamente conservadora o inercial”. Los actores políticos, sus ímpetus y efluvios ideológicos, “se hallan atrapados en esta lógica dependiente de la trayectoria”, la cual es determinada por las “posiciones ganadas”, los “cargos distribuidos”, las “redes creadas”, los “flujos de recursos de poder ya direccionados y unas maneras de hacer y de operar cristalizadas en una estructura de gobernabilidad que tiende a reproducirse”.

En su comentario al libro (“Brunner y la ilusión socialdemócrata”), publicado en el primer número de esta revista, Carlos Ruiz Encina le reconoce agudeza, pero sobre todo cuestiona cierta superficialidad en el diagnóstico del malestar y la ausencia de una propuesta que permita revertir la crisis.

No habría solo un malestar con la modernidad y con la falta de conducción, sino también un “desajuste” fundamental entre el pueblo y la manera peculiar que adquiere esa modernidad en nuestro país. Para Ruiz, entre las características que definen nuestro modelo se halla el “rentismo empresarial” y el “cierre social de las prácticas estamentales de nuestras élites” (así lo expresa en sus dos últimos libros). Estos se sustentan en la “aguda privatización de las condiciones de vida” y “una política que ha preferido conservar las restricciones democráticas heredadas del autoritarismo”. El neoliberalismo habría destruido las viejas redes asociativas y suprimido derechos sociales. Eso en lo que toca al diagnóstico. Pero, además, Brunner solo denuncia. No hay allí, y esta es la segunda parte de la crítica de Ruiz, una auténtica “estrategia ante los problemas del presente”.

Dudosa es la invocación de Ruiz a lo que parece, a veces, un pasado encumbrado al nivel de origen mítico: la época nacional-popular. El Chile previo a la dictadura nunca tuvo un sistema de derechos sociales parecido al de repúblicas avanzadas.

La primera parte de la crítica es parcialmente pertinente. El análisis del malestar exige considerar las peculiaridades del modelo chileno y las maneras en que la modernidad convive con los modos específicos que asumen, en él, la vida social, económica y política. Pero el análisis de Brunner es más matizado que como lo presenta Ruiz. Distingue tres niveles de malestar. Dudosa es, pienso, la invocación de Ruiz a lo que parece, a veces, un pasado encumbrado al nivel de origen mítico: la época nacional-popular. El Chile previo a la dictadura nunca tuvo un sistema de derechos sociales parecido al de repúblicas avanzadas y la asociatividad, o bien era el asunto de grupos más bien reducidos o simplemente la expresión de la precariedad de la economía.

Ni qué decir de la desnutrición o la situación de la educación, especialmente la superior. Si bien los chilenos viven en lazos de mayor incertidumbre y el “miedo inconcebible a la pobreza” de las clases medias emergentes es real, todo eso se produce dentro de un contexto de avance económico, social y cultural, el cual –aún sustentado en la renta y la extracción– es real e inusitado: grupos masivos han abandonado efectivamente la pobreza, la desnutrición prácticamente se ha acabado, la educación superior se volvió masiva, la más alta investigación ya no es asunto de cabezas aisladas. Y, aunque es cierto que las élites son cerradas, el mismo problema es propio también de la etapa nacional-popular. Si se atiende a los niveles de movilidad social en el país, resulta, en todo caso, exagerado entender las élites al modo de conjuntos dotados de visos estamentales.

Respecto de la falta de propuesta de salida a la crisis, me parece que el realismo del sociólogo Brunner confía antes en la consideración de las circunstancias y en ciertas capacidades prudenciales de ir dándole giros parciales a la realidad, más cercanas a la corrección de errores de un Popper que a algo así como una “estrategia” omniabarcante.

No hay que olvidar, por lo demás, que se trata de un libro de “crónicas sociológicas”. Dentro de su género, el libro resulta elogiable por su apego a las circunstancias, los matices que introduce, el recuerdo que nos hace de que las transformaciones de sistemas complejos requieren grupos capacitados, gradualidad y evaluación estricta de resultados. La fortaleza de la perspectiva realista y del enfoque sociológico-cronístico del libro, tiene como correlato, sin embargo, el que sea menester dejar de lado perspectivas de análisis que podrían haber enriquecido el texto. Las indicaciones que siguen, más que a formular críticas netas, apuntan a mostrar cuáles son el foco y los alcances de la obra.

Dentro de su género, el libro resulta elogiable por su apego a las circunstancias, los matices que introduce, el recuerdo que nos hace de que las transformaciones de sistemas complejos requieren grupos capacitados, gradualidad y evaluación estricta de resultados.

El énfasis en la trayectoria del proceso político y social del país lleva a Brunner, me parece, a soslayar la relevancia de lo excepcional. Hay menciones a la “fortuna”, las que no alcanzan para dar cuenta suficientemente del hecho de que, en la historia, ha ocurrido que sucesiones peculiares de acontecimientos terminan sorprendentemente desatando fuerzas imprevisibles, creadoras y destructoras: liderazgos visionarios que encuadran de pronto lo desvencijado o ebulliciones repentinas que arrancan de cuajo instituciones del viejo orden. ¿Es completamente descabellado pensar que algo así –en uno u otro sentido– va a producirse o se está produciendo?

Una mirada cronística, acotada a dos años, tiene que poner en el trasfondo la historia larga del país y sus trastornos y movimientos tectónicos. Hay quienes hemos reparado en que el actual proceso de ebullición tiene similitudes con la llamada Crisis del Centenario de la República. Entonces y ahora hay una clase social que irrumpe en la escena pública; un sistema político y económico que no logra articular efectivamente las nuevas demandas, las crecientes pulsiones por participar del progreso social, especialmente de la educación; grupos de intelectuales que atizan las masas; élites que acusan visos oligárquicos. Pasa que si se colocan las cosas en perspectiva histórica, crece la plausibilidad del diagnóstico que habla de una crisis de mayor hondura, derivada –podríamos decir con Encina– de un desajuste entre el pueblo y su institucionalidad. No quiero aquí zanjar esta compleja discusión. Mas, huelga considerar que si la crisis del ciclo que cambiaba con el Centenario decantó en un período de inestabilidad que recién se cierra a finales de los años 30, las semejanzas con la situación actual proveen a esta de un dramatismo que excede al texto de Brunner.

Entiendo también que por la naturaleza propia del libro –una crónica– se hayan omitido los nombres y textos de los intelectuales tras el movimiento (y en este sentido, el debate abierto en esta revista permite paliar la falencia). Creo que hubiera valido la pena que Brunner abordara directamente, por ejemplo, a Atria o a Ruiz, antes que solo la recepción que se hace de ellos en la Nueva Mayoría. Ocurre que el proceso de cambio de paradigma que se ejecuta desde el gobierno (con torpeza en lo particular, pero no sin visión en lo general) no se logra explicar suficientemente sin los ideólogos. Tematizarlos le habría facilitado a Brunner determinar más precisamente a su adversario y mejorar la disputa entre las “ideologías del progresismo”.

En realidad, hay algo que no cierra en la izquierda. Una parte de ella es revolucionaria. No son, por tanto, solo “ideas socialdemócratas más ortodoxas”, como indica Brunner, aquellas a las que un socialdemócrata moderado debe hoy enfrentar. La de Fernando Atria, por ejemplo, es una doctrina que se postula como camino emancipatorio hacia la superación del mercado y del Estado, por la vía del desplazamiento total de aquel –y la alienación que produce–, gracias a una operación normativa del Estado dirigida a establecer un régimen de derechos sociales en el cual impere el “paradigma de lo público”: un modo de acción deliberativa y colaborativa que se expande en la medida en que aquel desplazamiento del mercado va siendo realizado. Vale decir, más que socialdemócrata, su vía es revolucionaria. Ella es criticable, por cierto, pero ha alcanzado niveles de eficacia a tal punto sorprendentes, que su consideración atenta resulta exigible.

 

nueva mayoría

Nueva Mayoría: fin de una ilusión, Ediciones B, 2016, 474 páginas, $16.900.

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