Kendrick Lamar: la poesía del futuro

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Noviembre 7, 2018

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El 30 de mayo recién pasado Kendrick Lamar recibió el premio Pulitzer por su disco DAMN a manos del presidente de la Universidad de Columbia, siendo el primer rapero en la historia en recibir tal reconocimiento. ¿Qué es lo que hace tan especial a este cantante? ¿Es acaso el artista pop más importante de la actualidad? Para responder a estas preguntas, tenemos que retroceder a las horas previas al concierto que dio en el Madison Square Garden.

por juan manuel silva barandica

Son las 19 horas y en la esquina de la Séptima Avenida y la calle 34 la gente se agolpa buscando la entrada del Madison Square Garden. Toca Kendrick Lamar, el rapero central de su generación, en el escenario más importante de Nueva York. Si es impresionante la situación, lo son más aún las personas que buscan la entrada correcta para esperar que comience el concierto: adolescentes de clase alta, arreglados como para ir a una fiesta, que miran sus celulares, ríen y hacen fila para comprar hotdogs, papas fritas, pizzas, bagels y cabritas. Por un momento, creo estar en el cine, pero en los círculos más altos del teatro encuentro a los latinos, los afroamericanos, los asiáticos y los norteamericanos de clase media baja. No hay raperos, hiphoperos y traperos de barrio, con su barroca insolencia. La razón es obvia: 100 dólares cuesta el asiento más barato para ver al líder de un largo movimiento contracultural –una cultura en el amplio sentido de la palabra–, un estilo de música y una ética nacida en los barrios donde las drogas, la violencia, el machismo y el racismo son los engranajes de una máquina lírica extraordinaria. Mejor, una forma de arte salvaje.

Esta cultura, este arte y esta música podría encontrar su origen en la larga genealogía de los esclavos africanos venidos de Mali, quienes a través de sus lamentos construyeron spirituals y canciones que hablaban de la injusticia del trabajo, del amor roto, de su esperanza depositada en Dios y el más allá, y sobre crímenes, alcohol y desesperación. En el delta del Mississippi nacería el blues, padre del rock y el jazz, abuelo del Rhythm and Blues, el soul, el funk y bisabuelo del rap. Si retrocedemos en el tiempo, a los primeros DJ´s, a fines de los 70, cuando construyeron una alianza entre el sample, el loop y la lírica rítmica de los barrios pobres de Nueva York, nada haría pensar que 40 años después esta forma de entender la música y el mundo recibiría el prestigioso premio Pulitzer, entregado anteriormente a artistas afroamericanos, pero del jazz y la música docta.

 

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Un silencio lleno de música, una espera apretada, los murmullos que acechan se detienen por una pausa: el instante en que esta atmósfera cargada se comprime y se encienden las luces. Explosiones parecidas a disparos, luces, fuego y Kendrick Lamar entra al segundo piso de la escena cantando “DNA”: el scratch de su voz repite como un mantra “I got, I got, I got…” y siento cómo algo sube por la parte trasera de mi cuello hacia la base de mi cabeza. Sudo, tiemblo levemente y mis ojos vibran, líquidos. El bombo pega fuerte y las estrechas melodías se repiten mientras la voz de Kendrick avanza, se hace parte del público. “I got, I got, I got…”. Es impresionante: por algo todo el mundo ha visto y quiere ver sus videos, venir a sus conciertos.

La pantalla del escenario se vuelve blanca y aparece un texto “Pulitzer Kenny”.  Entonces habla de que su ADN no es imitación, que el tuyo es abominación y conecta con un fraseo extraordinario cada sílaba, cada acento, cada vibración y seseo, cada sonido sibilante, fricativo y explosivo como los dedos de Miles Davis sobre su trompeta. Realmente golpea: ha suspendido el sentido, la injusticia tejida en el ADN de una cultura, de un pueblo, de una retórica entera, donde bitch y nigga funcionan como la contraconquista del oprimido y el desmontaje de la casa del amo con las herramientas del amo. Pero esto es poesía, pura libertad, pura forma trasmutada en ideología, en política y en acción. La asombrosa melopoeia (música) que cubre las imágenes y los conceptos. Estoy escuchando un poema altamente complejo, la poesía del futuro, el año 2018 junto a más de 10 mil personas. The Future is Now.

 

Lo que hace Lamar es en extremo complejo: usar su voz –casi sin modulación melódica– como un bajo, un platillo, un bombo y una trompeta. Su fraseo, que se instala a través de un ritmo más o menos obvio y pegajoso, va avanzando en las canciones en velocidad, cantidad de acentos por palabra y encabalgamientos tan sorprendentes como arriesgados.

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Hay muchas formas de aproximarse a la lectura de una persona y, por ende, de una obra. Albert Camus decía que uno podía conocer a la gente por la manera en que jugaba a la pelota. Yo pienso, a veces, que en la poesía ocurre algo similar, pero solo se me ocurre en la posibilidad de vincularse con la música. Hay poesía metalera, dura, gruesa y colmada de literalidad; hay poesía progresiva, virtuosa, que se florea a través de ornamentos artificiales suspendiendo la materia; hay poesía experimental, que hace caso omiso de la posibilidad de comunicar, focalizándose en el ámbito material, para relevarlo o sustraerlo; hay poesía pop, que se parece peligrosamente al periodismo o la publicidad; hay poesía punk, violenta y hermosa, pero que repite hasta el cansancio la misma tecla; hay poesía rockera, variada y rica, que avanza con los tiempos, pero que busca siempre agradar, y existe una poesía hiphopera o rapera, que quizás tenga que ver con los slams de poesía o con la rima, aunque mucho más con dos aspectos descuidados en la poesía actual (al menos en la chilena): el oído y la voz.

¿Qué quiero decir con ambos aspectos?

La capacidad de compenetrarse con el habla y los estratos culturales que emergen y se sumergen, además de la posibilidad de representar esas particularidades. “El idioma americano”, en el decir de William Carlos Williams. En ese sentido, creo, hay pocos poetas que busquen en el lenguaje con dichos instrumentos de navegación. Hoy, más bien, nos acostumbramos al reciclaje permanente de ciertas escrituras pasadas de moda, la vieja cuchufleta de pasar por propia la entonación de la poesía extranjera más consumida y las sempiternas magias parciales que le permiten a cualquier redactor promedio cortar su prosa y hacerla pasar por verso. En resumen, hay poca emulsión, poco swing, como diría Germán Carrasco.

En los últimos 20 años, el hip hop ha ido mutando tan rápido que cuando queremos establecer un vínculo entre Kool Herc, Run DMC, Coolio, Kriss Kross, NWA, Puff Daddy, Grandmaster Flash, Tupac Shakur y Biggie, solo podemos hacer referencia al telón de fondo: la cultura del dolor y la exclusión que subyace a su música.

Pero en el caso de Kendrick Lamar es más complejo, pues como plantea Annie Clark, a.k.a. Saint Vincent, su propuesta es ambiciosa: “Para mí, el artista más emocionante de la actualidad es Kendrick Lamar, porque tiene de todo: experimentación musical salvaje, una mezcla de free jazz y hip hop, siendo todo esto político, además de tener corazón y ser bailable. Realmente es todo lo que podrías querer que fuera de la música en un solo lugar. Es desafiante y sencillo de escuchar, también. Es todo. Cuando la gente mire hacia atrás, pienso, de un modo similar al hecho de que la revolución no será televisada, este será el himno de algo. La música de Kendrick Lamar será el himno de estos tiempos en la historia de Estados Unidos”.

Lo que hace Lamar es en extremo complejo: usar su voz –casi sin modulación melódica– como un bajo, un platillo, un bombo y una trompeta. Su fraseo, que se instala a través de un ritmo más o menos obvio y pegajoso, va avanzando en las canciones en velocidad, cantidad de acentos por palabra y encabalgamientos tan sorprendentes como arriesgados. Todo esto, sin considerar la completa trasposición que hace del imaginario norteamericano, resignificando palabras de uso cotidiano desde un sentido marginal, lo que acaba haciendo más ambiguo e inasible su arte. Como planea St. Vincent, es posible encontrar casi todo en su música, solo basta trizar la delgada capa que cubre cada canción.

 

 

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Luego de “DNA”, vendrían canciones como “Element”, “King Kunta”, y “Swimming Pools”, que solo refrendarían el largo y arduo trabajo de un arte que avanza tan rápido que aún no podemos comprenderlo cabalmente. La poesía volvió a ser música, a transmitir la sensibilidad de un pueblo, a configurar héroes y a plantear gestas heroicas, como sobrevivir en un medio hostil como el actual. Es poesía, sin lugar a dudas, y se desarrolla sin el imperio de la mesura o de la falsa erudición que preconizan muchas academias literarias. Si los poetas son los “secretos legisladores del mundo”, las condiciones de posibilidad configuradas por la poesía de Lamar son tan abiertas como intuían los románticos. Una misteriosa lealtad al arte, a la importancia de las palabras, los ritmos y la música.

Kendrick le recuerda al público que es su primera vez en el Madison Square Garden, los invita a cantar y en ese momento comienza a sonar el sintetizador que abre “Loyalty”, junto un “One, two, three, four…”.  En este gran poema se da un diálogo entre tres voces: una rítmica, una melódica y la de Kendrick, que llega a su punto más alto y brillante cuando contrapuntea con Rihanna, logrando un encabalgamiento matemático en el que no tiene que correr el acento natural de cada palabra para avanzar como una trompeta en sordina a través de una partitura, teniendo siempre el control de los beats y del motto de la canción: la lealtad.

En este sentido, los paralelismos sonoros que indican las rimas son muy intensos y sobrecargan de sentido una aparente canción sobre parejas, mafia o amigos. Así, fame/rain/name lleva la idea de la lealtad desde lo material hasta lo inmaterial, pasando por un estadio líquido, como queriendo decir que este tópico además podría funcionar como una reflexión metamusical sobre el hecho mismo de hacer canciones, lo que se revela con la siguiente secuencia de rimas donde dark/start/heart desplazan aun más el eje hacia un lugar desconocido, el del origen de la música, donde el comienzo estaría ligado entre un espacio oscuro y una sensibilidad profunda, de la que nacerían las canciones. Las posibilidades que aparecen desde una lectura más detallada son variadas, pero creo que la más interesante es la que se conecta con otras canciones del disco.

La poesía volvió a ser música, a transmitir la sensibilidad de un pueblo, a configurar héroes y a plantear gestas heroicas, como sobrevivir en un medio hostil como el actual. Es poesía, sin lugar a dudas, y se desarrolla sin el imperio de la mesura o de la falsa erudición que preconizan muchas academias literarias.

DAMN se puede leer como un arte poético, en la que el acto creador es el centro. Un proceso que debe ir más allá de la fama, el dinero, la violencia, la mafia, el machismo, la xenofobia y la aporofobia, hacia la introspección y la entrada en un ámbito sagrado, oscuro e intuitivo, donde solo el amor y la lealtad al proceso creador pueden dar acceso a una revelación, que en este caso adviene como un torrente de pura forma, de experimentación a través de muchas sonoridades, ritmos, géneros y modelos de canción.

Luego de “Money Trees” y “m.A.A.d. City”, Lamar le pide al público que encienda los celulares y le agradece esta celebración; insiste, luego, en uno de sus temas favoritos: “Love”, y comprendo que lo que escucho es poesía porque hay una búsqueda de la proliferación, del crecimiento y de la belleza. Dentro del gran Moloch de la sociedad estadounidense, hasta el arte más salvaje le da espacio a la belleza.

A esta experiencia única la siguen “Bitch, Don’t Kill My Vibe”, la extraordinaria “Alright” y finalmente “Humble”, ese himno sobre la necesidad de ser humildes.

Cuando la canción termina, por supuesto, sentimos lo mismo que el adicto cuando se acaba la droga: ese vacío que deja la retirada de la plenitud, el espasmo que se despide lento como una ola, dejándonos entre los pecios de un gran naufragio. No sé si alguna vez experimenté un concierto como una obra de arte. Más allá del dolor de garganta y el cansancio, me voy con más preguntas que respuestas. Trato de descifrar en qué parte de mi cuerpo recibí el golpe y qué tipo de golpe fue.

 

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Además de ser uno de los músicos más importantes del momento, Lamar es la prueba viva de que la poesía seguirá siendo un ejercicio de libertad (y que no podremos prever hacia dónde irá desarrollándose). Sin duda, hoy ocupa un lugar de privilegio en la poesía contemporánea, sin importar qué puedan decir los profesores de literatura, quienes siguen escarbando temáticamente, siguiendo las modas culturales, en libros escritos hace 40 años.  En un excelente ensayo llamado “La utopía de la lectura”, Mircea Cărtărescu advierte que la orfandad de la figura del poeta hace que este adopte formas y figuras curiosas, tan contradictorias como ser una superestrella de la música pop: “Los poetas no tienen ya estatuas, como en el siglo XIX (…) y han encontrado cobijo en los lyrics de la música rock y el rap, han conquistado las almenas de los videos musicales y comerciales. Han aprendido a competir en los slams de poesía interpretada”.

Kendrick Lamar es una estrella, qué duda cabe, pero de manera más intensa es un poeta que mediante una aparente literalidad despliega una amplia gama de recursos retóricos para producir al mismo tiempo un extrañamiento y la sensación de una cierta familiaridad. El carácter experimental de sus discos fue llevado al paroxismo en DAMN, donde se da el lujo de producir al mismo tiempo un disco temático sobre su espiritualidad y las distintas dimensiones de lo humano. DAMN es también un bestseller que desafía los productos envasados de este tiempo, resistiéndose a una escucha fácil, sin repetir una estructura de canción en todo el disco. Lo evidente en este caso es que Kendrick Lamar ha sintetizado lo alto y lo bajo, lo espiritual y lo material, lo popular y lo secreto, haciendo de la precariedad de su origen y del racismo que ha padecido, una pléyade de posibilidades semánticas y políticas. De cualquier forma, el himno de estos tiempos está siendo escrito y lo tenemos al alcance de la mano y del oído.

 

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