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Las nuevas tecnologías han logrado conjurar el fantasma de una masa ciega y vengadora, esa masa a la que tanto temía Elias Canetti. Lo ha reemplazado por una serie infinita de hombres y mujeres solos, perfectamente convencidos de la originalidad absoluta de sus ideas. Son vengadores que trabajan en manadas sin saberlo, sin poder entonces ser dirigidos por el jefe de esta manada, sin poder evaluar si hay que seguir mordiendo a la víctima.

por rafael gumucio

El escritor chileno Francisco Ortega decidió preguntarles a sus alumnos cuál era su crítico de cine preferido. No les gustaba ninguno. No les gustaban los críticos en general, porque son “gente que habla de todo y no hace nada”. Seguían los consejos de otros directores o actores o productores de cine o el de los likes o estrellas puestos por el público, pero les resultaba incomprensible y hasta cierto punto ofensivo hacerle caso a un señor que tiene como profesión u oficio decir qué está bien y qué está mal (y dar sus razones, obvio).

La rebelión es entonces contra la especialización del crítico. Si permanentemente somos todos críticos, si nuestros likes determinan lo que se verá o no en Facebook, ¿por qué un señor tendría que recibir dinero por hacer lo que nosotros podemos hacer gratis? Más aún, si este no hace más que repetir lo que ya hemos dicho en los comentarios al post. O peor, si este no hace más que contradecir, por puro molestar, lo que dijimos en los comentarios del like. Ese like es un acto completamente individual y completamente colectivo. Es un apoyo o una reprobación que ejerzo desde mi casa, pero que va a parar a un lugar inexistente y omnipresente, a una utopía en que todos los likes se convierten en una cifra consolidada, que aprueba o desaprueba la película por mí.

A Ortega la respuesta de sus alumnos de alguna forma lo horrorizó. Hay en ese horror quizás un síntoma más visible de lo que separa a los que crecimos en el siglo XX de los que nacieron en el siglo XXI. Nadie podría decir que el propio Ortega le debe algo a la crítica literaria chilena. Esta suele condenar sus libros por su tendencia a ver la historia como una conspiración secreta de fuerzas ocultas. Ortega pertenece a una generación que es de alguna forma la mía, que con distintos niveles de éxitos y de variadas formas ha vivido de subvertir el orden de los críticos. Una generación que ha discutido con el crítico, ha odiado al crítico, que ha reemplazado a uno por otro, pero que ha contado siempre con su presencia, su existencia, su prestigio y su poder. Somos parte de la primera generación que se inscribió en los registros electorales de la dictadura. La primera que militó en la política de la transición, la que asumió sus lugares en los primeros talleres literarios, la que esperó su llegada al estrellato del que el crítico constituía una coordenada básica. La idea de una crítica como un lugar entre el productor y el consumidor corresponde con la idea de la política como un lugar entre el capital y el trabajo, entre la masa y la élite.

La rebelión es entonces contra el crítico. Si nuestros likes determinan lo que se verá o no en Facebook, ¿por qué un señor tendría que recibir dinero por hacer lo que nosotros podemos hacer gratis?

El político hoy, al igual que el crítico, es tratado por los más jóvenes como “un señor que no hace nada y habla de todo”. Una reliquia inútil, porque su trabajo, representar las aspiraciones de sus electores, hablar por los que no pueden hablar, lo puede cumplir un logaritmo que transmite en vivo y en directo la opinión del representado. Y lo hace sin la traducción o “traición” del representante.

El profesor Adrien Treuille cuenta en el documental Lo and Behold, de Werner Herzog, cómo el hecho de convertir el diseño de algunas proteínas en un videojuego en línea, permitió comprender mejor el diseño de estas proteínas que décadas de investigación científica. Wikipedia, que se alimenta de la contribución gratuita de sus propios usuarios, se equivoca tanto como la Enciclopedia Británica (o quizás menos). Ese acierto colectivo es, sin embargo, sentido por el individuo que contribuye a él como un atributo individual. El wiki-sabio no reconoce que su pedazo de información ha sido disuelto por algo más que un logaritmo en otro texto, que su pedazo de error ha sido corregido y desechado según un orden preestablecido, que era lo que ayer se llamaba autor y ahora se llama programador.

De alguna forma, las nuevas tecnologías han logrado conjurar el fantasma de una masa ciega y vengadora, esa masa a la que tanto temía Elias Canetti. Lo ha reemplazado por una serie infinita de hombres y mujeres solos, perfectamente convencidos de la originalidad absoluta de sus ideas. Son masas de un solo hombre. Vengadores que trabajan en manadas sin saberlo, sin poder entonces ser dirigidos por el jefe de esta manada, sin poder evaluar si hay que seguir mordiendo a la víctima.

En el cine estábamos solos entre una multitud de gente también sola. Invisibles siluetas que cuando ríen o lloran, se dan cuenta que son una masa sin cara. En la televisión esa masa se divide en familias que llevan a su living la pantalla que le pertenecía a la ciudad. La pantalla se fue a la pieza, y luego al teléfono: en mi bolsillo la verdad iluminada para mí y solo para mí. Miro, pero sobre todo escucho, series, lecciones y polémicas en el lapso de un viaje en metro o en bus. Es lo contrario de la moral del flâneur de Baudelaire, ese transeúnte que recorre la ciudad sin objeto, convirtiendo su vagancia en una forma de comprender el mundo. Conectado a mi iPhone, solo me aventuro en un recorrido previamente diseñado. Voy donde tengo que ir, de la oficina a la casa. Los fines de semana corro 10 kilómetros, o cinco, en un trayecto también diseñado en que aprovecho para saber más. La calle no es el lugar del encuentro o desencuentro posible, sino solo la promesa de un tiempo para conectarme con gente también sola pero también conectada.

Se culpa a la nueva tecnología por acelerar el tiempo, pero lo que ha hecho de manera más evidente, más visible, es acabar con el lugar, con el espacio de la biblioteca, con la sala de clases, con la plaza pública.

Se culpa a la nueva tecnología por acelerar el tiempo, pero lo que ha hecho de manera más evidente, más visible, es acabar con el lugar, con el espacio de la biblioteca, con la sala de clases, con la plaza pública.

La política presupone la polis, la ciudad con su foro, sus calles concurridas, sus academias donde Sócrates podía ejercer la filosofía peripatética, o sea, la educación a partir de caminatas acompañadas de conversación. La política presupone otro lugar que no es la casa y que tampoco es el trabajo, porque se supone que el ciudadano no trabaja, o trabaja lo menos posible (en Grecia y Roma los esclavos lo hacían por él). La política, entonces, se posiciona en ese lugar entre la intimidad y la productividad. Un teatro –no en vano, la democracia ateniense se desarrolló junto a la tragedia y la comedia griega– en que cada uno enarbola una máscara para ser y no ser el mismo, para ser al mismo tiempo Edipo, Orestes, Electra: metáforas de los papeles que en la vida civil desarrollaban.

La wiki-democracia no necesita de ese teatro, porque todo es escenario, porque todos somos actores y todos somos público, porque el drama se desarrolla en directo perpetuamente. Abunda entre los jóvenes la idea de que la democracia representativa es una contradicción en sí misma, porque es la representación o el teatro de una democracia que solo se cumple de vez en cuando. Por lo mismo, la democracia no sería como la luz eléctrica que posibilita las redes sociales. Esto también es una ilusión, porque no todos tienen el mismo acceso a la luz eléctrica. Ni siquiera al agua potable. Algunos, muchos, cada vez más, no pueden pagar las cuentas a fin de mes.

Quizás en este tanteo avanzo o me acerco a lo que es imposible de explicar: que la autoridad del crítico o del político, del representante profesional, del hombre elegido para decidir lo que está bien y lo que está mal, es un modelo imperfecto de corregir la lógica del más fuerte o del más popular. Es imposible explicarles a mis alumnos que la democracia, para que sea realmente democrática, necesita de una élite. Y necesita también que esa élite sea escasa y exclusiva, separada por paredes –porosas, pero paredes al fin y al cabo– de los que “hacen cosas” y de los que “compran” esas cosas. Que esa élite no puede ser ni “productora” ni “consumidora”, que debe estar en esa ficción equidistante entre esas dos entidades en que el capitalismo divide al mundo: consumidores y productores, emprendedores y trabajadores.

El crítico y el político están allí para que la rueda de la producción y el consumo no gire en banda. Son los que convierten al consumidor en ciudadano.

Nunca nuestra identidad ha sido más individual y más colectiva de lo que vivimos hoy, gracias a las nuevas tecnologías. Nunca nos hemos sentido más dueños de nuestros destinos pero, a la vez, nunca la tribu se redujo tanto a la voluntad –explícita o no– de muy pocos, de cada vez menos. Nada de eso es nuevo, es cierto, pero quizás la novedad es que nunca hayamos tenido más información de cómo esto se está produciendo, y que nunca hayamos tenido más miedo de vivir como si fuéramos libres.

¿Lo somos? El crítico y el político están allí para que la rueda de la producción y el consumo no gire en banda. Son los que convierten al consumidor en ciudadano. Los que convierten a ese ciudadano en el público, es decir, en un rey secreto: alguien que siempre tiene la razón. El capitalismo, al atomizar el poder de ese ciudadano aislado, ha destruido la ficción de ese mundo en que la verdad empieza a ser discutible, razonable, justamente cuando deja de ser medible en forma empírica. Así pasamos de una discusión entre subjetividades posibles, a estar en manos de una única subjetividad permitida, la del dueño. El lema de Pathé y Marconi, los primeros fabricantes de discos de vinilo, era la voz del amo. El disco de vinilo reprodujo como ninguna otra tecnología la voz del esclavo. Quizás la nueva red social ha emprendido el camino contrario, al entregar la voz a la multitud ha logrado convertirse en ese fiel perro de la Pathé y Marconi, ladrando feliz delante del fonógrafo a través del cual su amo le transmite las órdenes.

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