La balada de Rocky Rontal

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El siguiente texto da título al libro La balada de Rocky Rontal (Estruendomudo), que reúne una selección de crónicas del escritor peruano Daniel Alarcón. Poniendo sus ojos en “esas vidas que tratamos de esconder detrás de muros, esas vidas que como sociedad hemos designado como desechables”, convergen en estas páginas historias protagonizadas por narcotraficantes, presidiarios y víctimas de los medios de comunicación sensacionalistas. De visita en nuestro país, Daniel Alarcón presentará la obra en dos actividades que tienen lugar esta semana: mañana, en el Culto Bar, donde compartirá con Diego Zúñiga y Arelis Uribe; y al día siguiente, en la UDP, como invitado de la Cátedra Abierta Roberto Bolaño.

 

1.

Digamos que te llamas Adrano Rontal, pero te dicen Rocky. Digamos que eres un chico pobre creciendo en una ciudad pobre en la región pobre de un país muy rico. El más rico del mundo, o eso te han contado. Digamos que no hay evidencia de eso, ninguna, al menos que tú hayas visto.

Tienes cinco hermanos y una hermana pequeña. No eres el mayor pero sí el más valiente. Valiente, aunque seas pequeño. Valiente, hasta cuando no deberías serlo.

Digamos que el cheque de asistencia social llega el primero y el quince de cada mes. Tu padre se lleva la primera tajada. Para el whisky. Nadie lo ve hasta el anochecer… Y entonces, no son tus hermanos mayores quienes protegen a tu mamá.

No son ellos, eres tú.

Digamos que te visten con capas y capas de ropa, suéteres extra, camisas de manga larga, chaquetas: una armadura ad hoc, tan rígida que a duras penas puedes mover los brazos. Y tu padre te golpea con una macana, como las que usan los policías. Y aun así no te acobardas.

La vida tiene una manera de castigar a los chicos valientes como tú. La vida suele hacer que los chicos valientes como tú se castiguen a sí mismos. Particularmente aquí. Donde vives. Eso ya lo sabes.

Una noche tu padre se deja llevar. Te encierra en el clóset, y tu madre pasa la noche durmiendo de espaldas a la puerta, para protegerte.

En la mañana, hurta las llaves del bolsillo de tu padre. Digamos que abre el clóset. Y estás bañado en sangre.

Y entonces lo echa. Un acto de valentía no menor para una mujer con poca educación y expectativas, que de pronto se ve sola, con seis hijos que alimentar.

No lo sabes todavía, pero estás lleno de culpa. Lleno de odio.

En cosa de un año, tus hermanos mayores están en la prisión de menores, California Youth Authority. Ahora tienes diez años. Ahora eres el hombre de la casa.

Digamos que un día una trabajadora social va a verificar cómo están tú y tus hermanos. No hay comida en la despensa. Te sientes humillado. Te mandan a ti y a tu hermana menor y también a tus hermanos más chicos al refugio para niños. Te escapas esa misma noche, te vas a casa, pero es tu madre la que te convence, con lágrimas en los ojos, de que regreses al refugio. ¿No quieres estar con tus hermanos y hermanas? Sí, jefita. Así que pasas ahí tres meses, en un hogar de menores, frente a una clínica de metadona. Reconoces a los yonquis cuando aparecen, los conociste en el barrio. Oye, Rocky, dicen, ¿cuándo te van a soltar?

Te prometes a ti mismo que nunca volverás a pasar hambre.

Así que cuando regresas a casa, comienzas a robar. La primera vez te atrapan en un puesto de fruta. Pero pronto pasas a asuntos más grandes. Digamos que entras a casas, te llevas todo lo que se pueda vender, pero le prestas especial atención a la comida. Llenas el viejo bolso de lona de tu padre con cereal, con pan. Estás obsesionado con la despensa. Obsesionado con mantenerla llena. Una semana antes de que se termine la comida, ya estás en acción.

Y entonces: a los trece consigues tu primera pistola. Es el año en que te gradúas en robar autos. Digamos que tienes una lista, tres o cuatro a la semana. Marca, modelo, año, color. Vas de vez en cuando a la escuela, pero es como si no estuvieras ahí. Tienes otros negocios.

A los quince te agarran y te mandan a la Youth Authority, siguiendo los pasos de tus hermanos mayores. Ves a tus amigos del barrio, chicos duros que no sonríen, chicos como tú. Conoces a otros, de todas partes de California. Y aquí es donde te das cuenta de lo que eres. O más bien, aquí es donde te das cuenta de lo que el mundo cree que eres.

Digamos que estás en una terapia de grupo cuando el consejero dice que eres un pandillero.

Te ofendes. Te juntas con gente que está hecha de la misma madera que tú, que ha tenido las mismas experiencias, los mismos sufrimientos. Estos son tus amigos, son como tu familia. No se consideran miembros de una pandilla, pero claro, técnicamente lo son.

Y digamos que te apropias de la etiqueta.

Cuando sales, comienzas a asaltar. Atracas licorerías, tiendas de abarrotes. Digamos que llevas un arma, y cada noche la agitas en los rostros de los cajeros aterrados. No solo te llevas los billetes; también te llevas el cambio. Y al final de la noche, digamos que vacías tus bolsillos y deslizas esas monedas bajo las almohadas de tus hermanos pequeños y tu hermana. Los hará sonreír cuando despierten. Sabrán que fuiste tú quien las dejó, aunque no sepan de dónde las sacaste.

2.

Esta es la historia de tres crímenes terribles. El primero es tu infancia.

Este es el segundo. Digamos que tienes diecisiete cuando una banda de Sureños llega de Los Ángeles. Se llaman Vicky’s Town, o VST, y dentro de poco están grafiteando en el barrio.

Lárguense, vuélvanse a sus casas, les dices. Así comienzan las guerras.

Balean tu casa una noche cuando no estás. Tu madre te cuenta, pero de inmediato se arrepiente. Sabes qué hacer. Ella te ruega que no lo hagas. Digamos que lo haces de todas formas.

Y así es la cosa. Son las dos de la mañana cuando manejas hasta la casa de tu víctima. Digamos que le disparas de cerca con una escopeta recortada. Digamos que su madre y su hermana pequeña están en la casa.

No dejas que tu madre vaya al juicio. Digamos que le dices a tus hermanos que no la dejen acercarse a la corte, bajo ninguna circunstancia. Pero es tu madre, y va. Años más tarde, te dirá: Siempre fuiste un buen muchacho, mijo… Y te parecerá sorprendente que te diga eso y mucho más que lo crea.

Pero lo hace.

Digamos que el día que va a la corte es el día en que el médico forense testifica acerca de las heridas de tu víctima. Te acordarás de esto durante mucho tiempo. Él está en el estrado, dando una descripción médica detallada de lo que pasó, y tu madre está sentada detrás de ti, tapándose la cara con ambas manos. Y al otro lado de la corte, la madre de la víctima hace exactamente lo mismo.

Es la primera vez que sientes vergüenza de lo que hiciste.

Te condenan a un mínimo de veintisiete años de cárcel.

Llevas un año y medio adentro cuando tu hermana pequeña y una amiga desaparecen. Es 1982. Este es el tercer crimen que marcará tu vida. El nombre de tu hermana es Renee, su amiga se llama Nancy y las dos tienen trece años. Digamos que la última vez que las vieron estaban en la avenida, subiéndose a un auto con dos hombres. Las encuentran una semana después, boca abajo en una zanja a las afueras de la ciudad.

Digamos que te preguntas si tu hermana está pagando por lo que hiciste. Ahora envías mensajes, listas de personas que quieres muertas. No sabes quién lo hizo, así que quieres que los maten a todos. Quieres ver una montaña de cuerpos apilados, un monumento a tu dolor.

Digamos que quieres asesinar al mundo.

Y entonces uno de los hombres es atrapado y juzgado y sentenciado a muerte. Y un día lo ves, del otro lado del patio, separado por dos cercas, y le das un mensaje. Un día, le dices, después de que el sistema judicial te mate, yo voy a salir. Y voy a matar a tu familia. Lo dices en serio. Él sabe que lo dices en serio, y esa es la única satisfacción que te queda.

Digamos que cada vez que te encuentras en la cárcel con alguien que lastimó a un niño, piensas en él. Y lo haces pagar.

Pero el otro hombre que mató a Renee y a Nancy se escapa. Digamos que su apellido es Reyes. Se escapa y desaparece. Digamos que se pierde en algún lugar de México.

Una década, dos décadas, tres. Reyes tiene una vida. Se casa. Tiene hijos. Se divorcia. Se vuelve a casar.

Y todo ese tiempo, mientras el hombre que violó y asesinó a tu hermana anda suelto por las calles, tú estás en la cárcel y sientes el odio como una puñalada en el pecho. Algo oscuro, más tóxico que la ira. No dejas que tu familia te llame. No dejas que se te acerquen. Esto es algo que debes hacer solo.

3.

Digamos que en algún momento de tu segunda década en prisión comienzas a pensar en el verdadero sentido de las palabras más simples. Palabras como compasión. Comprensión. Consideración. Perdón. Palabras simples.

Ninguna de las personas con las que creciste podría haberlas definido.

Digamos que una noche, en la cuadra, despiertas preguntándote quién eres. Qué derecho tienes de lastimar a alguien. ¿Esto es ojo por ojo? ¿Acaso tú no mataste a nadie?

Te preguntas cómo te convertiste en esto, pero sabes que nunca llegarás a una respuesta satisfactoria. Pero digamos que decides seguir a trompicones.

Digamos que te liberan en 2012. En total, has pasado treinta y dos años dentro.

Digamos que emerges a un mundo que es decepcionantemente familiar. Tu ciudad es la misma, pero aumentada. La violencia que desataste se ha vuelto rutinaria, y los muchachos aprendieron de ti. Perfeccionaron lo que les enseñaste. Tu madre está muerta. Tus compañeros están muertos. Algunos de tus hermanos murieron también.

Vas por la ciudad y le dices a todos los que lastimaste que ya no necesitan tenerte miedo. Es una lista larga. Visitas a la madre del chico al que mataste.

La última vez que la viste fue en la corte. Ahora tiene el pelo cano, y pasa el día sentada, con ambas manos en un bastón y la cabeza gacha. Todavía te tiene miedo.

Te arrodillas, y aunque esto requiere de todo tu esfuerzo, le explicas por qué hiciste lo que hiciste.

No le pides perdón. Aceptas tu responsabilidad. Cuando terminas, se aclara la garganta, y dice que nadie en su familia tuvo nada que ver con la muerte de Renee.

Dice que te ha visto en el barrio hablando con los jóvenes. Sabe que estás tratando de reparar el daño. Entonces dice que te perdona. Te quedas sin aliento.

Luego cambia de tema: qué más has estado haciendo, pregunta.

Construcción, le dices.

¿Sabes cómo arreglar armarios?

Sí, señora.

Eso está bien, mijo. ¿Sabes cómo arreglar cercas?

Sí, señora.

Eso está bien, mijo, dice. Así que ahora vas a arreglar mi armario y mi cerca.

4.

Y entonces recibes una llamada. Atraparon a Alfredo Reyes. Antes de que te des cuenta, lo traen de vuelta de México y el juicio comienza.

Digamos que no estabas preparado para ver a ese hombre barrigón de mediana edad frente a ti, su indolencia, el poco pelo que le queda. Le dice a la corte que no, que nunca pasó mucho tiempo pensando en Renee o en Nancy. Casi nunca se acordaba de lo que hizo.

Tú pasaste décadas adentro, recordando lo que hizo.

Fue consentido, en cualquier caso, Reyes le dice a la corte, y tu corazón se acelera.

Fue el otro tipo el que mató a esas muchachas, dice, y tú aprietas los puños.

Pero no eres la persona que fuiste. Y aun así. Digamos que pasas años soñando con matar a este tipo. Y ahora llevas semanas sentado, viéndolo durante el juicio. Pensando, repitiéndote a ti mismo. Compasión. Comprensión. Consideración. Perdón.

Estas palabras te las enseñaste a ti mismo. Esas palabras que de pronto parecen perder de nuevo su sentido.

Y entonces te ves a ti mismo en la tumba de tu hermana, lleno de ira. Y entonces te ves a ti mismo escalando un muro frente a la calle de la corte, y por una escalera, hasta el techo de un teatro viejo. Digamos que desde aquí puedes ver el garaje donde el autobús se detiene frente a la prisión del condado. Desde aquí podrías disparar un tiro limpio.

Y digamos que te ves a ti mismo en el techo sosteniendo un rifle, que se siente como un viejo amigo. Digamos que te imaginas la bala alcanzando a Reyes, y la imagen de él cayendo es tan clara en tu mente, es como una película que has visto mil veces.

Observas, esperas que llegue el autobús.

¿Qué pasó en el techo del teatro?

Digamos que viste al hombre que solías ser.

 

Nueva York, 2016

 

La balada de Rocky Rontal, Daniel Alarcón, Estruendomudo, 2017, 168 páginas.

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