La conquista del río

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Abril 24, 2018

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En casi 250 años el río Mapocho ha sido testigo de la evolución política y cultural de Chile, y ha dejado plasmada esta historia en obras y acciones ciudadanas. Se trata de un enorme esfuerzo social por domesticar este torrente y transformarlo en el principal espacio público de Santiago. Sin embargo, la tarea no ha terminado.

por iván poduje

En un curso de la Universidad Católica discutíamos con estudiantes sobre el proyecto urbano más relevante en la historia de Santiago, considerando su efecto social, económico y ambiental, y también su aporte a la identidad de la capital. Como suele ocurrir, los hitos geográficos encabezaron el listado y se impuso el río Mapocho, tanto por su longitud y presencia como por las distintas visiones de país que pueden verse reflejadas en las obras públicas que le dieron forma. La primera relevante fue el puente de Cal y Canto, levantado a fines del siglo XVII, para integrar el sector de La Chimba, que había estado destinado a ser el patio trasero de Santiago desde la Colonia, con sus cementerios, lupanares y grandes hospitales.

Luego el Mapocho retrata la fase higienista, caracterizada por la construcción de grandes obras públicas, para controlar la propagación de enfermedades y proteger la ciudad ante los embates de la naturaleza. Esto se traduce en la canalización del tramo central del río con tajamares, reduciendo los desbordes de aguas contaminadas y retirando los basurales que ocupaban toda la extensión entre la Plaza Baquedano y la Estación Mapocho.

A comienzos del siglo XX el río es testigo de los sueños de embellecimiento urbano del intendente Balmaceda, quien frustrado por la pobreza de la capital pretende construir pequeños fragmentos de París en sus riberas. Los terrenos recuperados con la canalización son usados para levantar el Parque Forestal y el Museo de Bellas Artes, y recuperar así un enorme frente urbano que hoy acoge al barrio Lastarria.

La recuperación de la democracia inauguró una época de oro para el río. En una acción que simbolizaba la idea de “crecer con equidad”, Aylwin decidió poner las inversiones públicas en zonas históricamente postergadas, como el parque “Mapocho Poniente” de Cerro Navia y el Parque de los Reyes en el deteriorado barrio Mapocho.

Pero el imaginario británico reemplazó al francés en los años 30, y las élites deciden moverse a “ciudades jardín” en el naciente suburbio de Providencia. El borde del Mapocho cumplió ahí un rol clave en dicha expansión urbana, ya que por ahí avanzaban los parques Balmaceda y Uruguay, además de tranvías que conectaban los loteos de las familias Lyon y Echenique.

Así llegamos a los movidos 60 y 70, donde la “cuestión social” se toma la agenda y las riberas del Mapocho son ocupadas por campamentos a pocas cuadras de los barrios más acomodados, como lo retrata Andrés Wood en Machuca. Luego, la dictadura dejaría su huella de dolor en el Mapocho: por ahí flotaron los cuerpos de cientos de ejecutados y los campamentos fueron erradicados por militares, que trasladaron a la fuerza a sus habitantes hacia una periferia alejada y marginal.

La recuperación de la democracia inauguró una época de oro para el río. En una acción que simbolizaba la idea de “crecer con equidad”, Aylwin decidió poner las inversiones públicas en zonas históricamente postergadas, como el parque “Mapocho Poniente” de Cerro Navia y el Parque de los Reyes en el deteriorado barrio Mapocho, que además contempló la construcción de un centro cultural en la abandonada Estación Mapocho.

A comienzos del 2000 se decidió materializar la autopista Costanera Norte, inconclusa desde los 60, lo que generó una gran polémica con los vecinos afectados por su trazado. Fue uno de los inicios del “empoderamiento ciudadano” que se mantiene hasta hoy. La fuerza se hizo sentir, y el MOP debió modificar el proyecto, hundiéndolo bajo el río y a un costado de este, lo que sirvió para agrandar el Parque de las Esculturas y construir nuevos puentes, que mejoran la conectividad con el nuevo distrito financiero de Providencia y Las Condes.

La celebración del Bicentenario coincidió con la consolidación ambiental del Mapocho. La empresa sanitaria construyó un colector subterráneo de 22 kilómetros, que sacó las aguas servidas y que potencia el uso de sus riberas y puentes como lugares de encuentro, dando viabilidad al parque Renato Poblete y a una ciclovía que conecta sus espacios públicos.

Como vemos, en casi 250 años el río Mapocho ha sido testigo de la evolución política y cultural de Chile, y ha dejado plasmada esta historia en obras y acciones ciudadanas. Se trata de un enorme esfuerzo social por domesticar este torrente y transformarlo en el principal espacio público de Santiago. Sin embargo, la tarea no ha terminado. Hoy casi un tercio de la longitud del Mapocho sigue siendo una suma de sitios eriazos, microbasurales, terminales de micros y riberas no canalizadas que podrían salirse en cualquier momento, inundando miles de casas. Resolver esta carencia debiera ser la prioridad para los próximos años. Y si logramos hacerlo con los mismos estándares del Parque Forestal, entre Vitacura y Pudahuel, este Mapocho sería un símbolo del Santiago que debemos construir. Una ciudad más verde, equitativa y mejor conectada.

 

Imagen de portada: Víctor Ruiz

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