La despedida de Leonard Cohen

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You Want It Darker, el disco que apareció semanas antes de su muerte, es notoriamente oscuro y ceremonial desde sus primeros segundos, donde el cantante le dice a Dios que está listo para partir. Su famosa voz, más oscura y espesa que nunca, también contribuye a que todo tenga una dimensión muy profunda. Después de todo, el hombre podía leernos en voz alta el catálogo de una ferretería y todos creeríamos estar escuchando el Cantar de los cantares.

por marcelo somarriva

Algunas semanas antes de su muerte, Leonard Cohen publicó el disco You Want It Darker. Antes de que saliera a la venta, el artista sugirió que sería el último. Las sesiones de grabación habían sido muy difíciles, por sus dolores de espalda y otros contratiempos que lo llevaron a terminar cantando en una silla médica. Con seguridad, tampoco habrían más giras y conciertos. Cohen le dijo a David Remnick –que hizo un excelente perfil suyo para la revista New Yorker– que si bien sus facultades mentales estaban intactas, su cuerpo ya no lo acompañaba como antes y que esperaba, entonces, cerrar asuntos inconclusos y aguardar el momento de su muerte. Esto produjo alarma entre sus fanáticos, que querían que su héroe viviera para siempre; y Cohen tuvo que salir a calmarlos y decirles exactamente lo que querían escuchar, que viviría para siempre. Algunas semanas después murió y ya sabemos lo que pasó.

Al momento de su aparición, el nuevo disco de Leonard Cohen abrió perspectivas inciertas en la carrera de Cohen, a pesar de sus 82 años. Su trayectoria había sido tan impredecible, que daba para pensarlo. Hacía poco tiempo, bien entrado ya en los 70, el cantante inició un renacimiento inesperado, dando una extensa gira por el mundo –que lo acercó a nuevas audiencias– y publicando dos discos en estudio con canciones nuevas, Old Ideas y Popular problems, que fueron muy bien recibidos por la crítica y el público.

En sus canciones Cohen creó una especie de personaje dramático, un Don Juan épico, el comandante Cohen, herido en el frente de batalla erótico, un héroe tan implacable en la seducción como magnífico en la derrota y el fracaso sentimental, lo que alguna vez alguien llamó de manera certera y divertida como una especie de James Bond de la agonía artística. Esta era claramente una máscara, que podía parecérsele a ratos, pero que no era exactamente él (y tampoco alguno de nosotros). Antes de su muerte, este disco podía escucharse como la despedida de este héroe sentimental retirado en su “torre de la canción” que, con sus armas ya sin municiones, hacía ajustes de cuentas con los amores de su pasado o sus fantasmas. La despedida parecía al principio muy amarga, pero luego se asoma la ironía, como en la canción “Treaty” donde pide disculpas a uno de sus amores por “ese fantasma en que te convertí (…) solo uno de nosotros era real, y ese era yo”.

La muerte de Cohen tiñó al disco entero de luto, resaltando su connotación religiosa o ceremonial, y lo que antes pudo haber parecido como los últimos actos de un galán cansado se convirtieron en los gestos rituales de una despedida de la vida. Esto en realidad no era nada nuevo tratándose de un artista que casi siempre cantó sobre el amor o la muerte. Lo que suena terriblemente dramático, pero en realidad no lo es tanto, ya que entre el amor y la muerte se reparten la vida entera.

Cohen tiene una inmerecida fama de latero solemne, que solo se detiene a observar la melancolía innegable de sus canciones, e ignora su humor e ironía para observar los detalles ridículos de la vida. You Want It Darker es un disco notoriamente oscuro y ceremonial desde sus primeros segundos, donde el cantante le dice a Dios que está listo para partir. Convengamos, además, que a los 82 años ya nadie pretende ser el alma de la fiesta y que su famosa voz, más oscura y espesa que nunca, también contribuye a que todo tenga una dimensión muy profunda. El hombre podía leernos en voz alta el catálogo de una ferretería y todos creeríamos estar escuchando el Cantar de los cantares.

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En todo caso, el sentido religioso de Cohen era también algo bastante peculiar. Al igual que otras de las grandes figuras de la canción popular contemporánea, como Joni Mitchell, Van Morrison y Bob Dylan, Cohen transmitió en sus canciones sus inquietudes espirituales con mucha intensidad. Cuentan que probó todas las posibilidades de consolación espiritual que ofrecen las religiones del mundo y también las diversas formas para expandir la conciencia disponibles en el mercado; desde la religión judía de sus ancestros al hinduismo, pasando por la meditación zen y el LSD. La vida en los escenarios y las diversas formas del éxtasis que ofrecen el pop y el rock nunca han estado muy lejos de los que Julio Iglesias llamó una experiencia religiosa, pero esto fue algo más profundo; muchas de las canciones de Cohen pueden servir como perfectas plegarias de un culto ecuménico y titubeante; su sentido de lo religioso siempre atendió a las urgencias del deseo y la carne. Una combinación de misticismo y erotismo atraviesa toda su obra, desde sus inicios.

Gran parte del encanto de este artista se encuentra en esta y otras paradojas o ambigüedades, particularmente la posición que ocupó en el mundo del espectáculo, del que nunca formó parte por completo, pero al que tampoco renunció. Basta con pasar cinco minutos leyendo sus canciones o declaraciones en entrevistas, para notar que Cohen se encontraba muy por encima del resto de ese ambiente. Pero uno se da cuenta igual de rápido que tampoco era totalmente ajeno a este carnaval. No olvidemos que Cohen hasta hizo un cameo en la serie de televisión Miami Vice y que gran parte de su popularidad actual, especialmente entre las generaciones más jóvenes, se la debe al gigante Shrek. Cohen fue siempre un infiltrado en el mundo de la música popular, que entraba y salía de manera sorpresiva, retirándose en silencio a meditar a la montaña y regresando con pompa. La prensa disfruta explotando su figura de héroe de culto para un público letrado, pero la realidad es mucho más interesante. Cohen se mantuvo prodigiosamente activo como músico popular hasta el final de su vida, probablemente porque sentía que ese mundo podía ofrecerle algo que él quería o necesitaba, y yo no creo que haya sido solo cuestión de plata.

Tom Waits dijo alguna vez que Cohen era un poeta de primera clase y muchos otros lo homenajearon con cumplidos semejantes. Pero este reconocimiento no implicaba necesariamente aumentar su distancia con el público, al que casi siempre trasmitió sus exploraciones espirituales en un lenguaje sencillo y directo.

Las impresiones o reflexiones sobre el amor y la muerte que Cohen registró en You Want It Darker podrán quedarnos grandes a muchos, pero una de las cosas sobresalientes que tiene este último disco es que la música contribuye a que el mensaje, por oscuro y remoto que parezca, se transmita de una manera muy fluida.

Algunos van a querer matarme por decir esto, pero a pesar de la claridad de su lenguaje y del esmero con que Cohen pulía sus palabras y melodías, la música de sus canciones no fue siempre la más adecuada. Hay discos suyos donde la música conspira contra la lírica de sus canciones de manera impresionante. En la década del 80 Cohen, por razones que nunca estarán del todo claras, adoptó un sonido que los expertos llaman Europop, y sumergió a sus canciones en un sonido plastificado de órgano Bontempi, sintetizadores, ritmos programados y coros calentones que produjeron perplejidad y sorpresa. Es probable que Cohen haya querido deliberadamente someter sus canciones al tormento de este sonido truculentamente kitsch, como para eliminar todo vestigio del cantante folk de sus inicios, o realzar sus ambigüedades e incluso para manifestarse en contra de la industria musical que empezaba a darle la espalda. Es probable, también, que este sonido sea la razón misma de la grandeza de discos como Various Positions y I am your man. Puede ser, pero estas composiciones habrían quedado mejor vestidas con un traje a su medida, como los que usaba el cantante.

Afortunadamente, en You Want It Darker no hay ningún vestigio de esta afectación. Cohen y sus asesores lograron que la letra y la música se fundieran de manera muy sutil. El sonido del disco es en general acústico, lo que no implicó volver al pasado folk ni renegar completamente de sus trabajos más recientes. Los sintetizadores pasaron a segundo plano y sobresalen los arreglos de cuerdas que suenan a klezmer y bluegrass, una mezcla muy curiosa que a Cohen no le resulta nada ajena. Los coros son muy sobrios y la guitarra tiene un aire flamenco.

You Want It Darker es un testamento adecuado para quien fuera probablemente el más elegante de los cantantes populares de este tiempo: cultivado, amable –según dicen– y siempre impecablemente vestido; tal como aparece en sus últimas imágenes: un monje con traje de mafioso retirado, casi la mitad de su cara cubierta por unos anteojos oscuros, el sombrero bien puesto y el eterno cigarrillo en la mano, esperando muy tranquilo lo que pueda venir.

 

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