La lengua de lo mínimo

 •  0
Enero 4, 2017

By

En esta desapacible historia de fracaso, neurosis y dolor ambientada en Inglaterra, Paula Porroni se revela como una narradora inaudita. Y es que en un panorama donde la complacencia autoficcional busca sobre todo simpatizantes que se identifiquen con relatos de infancia o revivals generacionales, la antipatía y el dolor que esta voz rezuma es desconcertante.

por lorena amaro

Buena alumna es la primera novela de Paula Porroni, escritora argentina que por su edad (nació en el 77) y por la extraordinaria calidad de esta breve y precisa historia, está llamada a formar parte de una original camada de narradores de su país, integrada por Selva Almada, Mariana Enriquez, Federico Falco, Félix Bruzzone y Samanta Schweblin, entre otros. Con esta novela, situada en Inglaterra, Porroni construye un mundo y un lenguaje que valen años de trabajo. Su protagonista es una mujer argentina que regresa a Inglaterra después de varios años para continuar estudios que dejó en su fase inicial: su cometido es conseguir un trabajo o una beca a su altura. Para ello cuenta con el dinero que le manda su madre, viuda, personaje entre ausente y presente por esta conexión material y casi siempre equívoca, molesta, de la manutención económica.

Con esta novela, situada en Inglaterra, Porroni construye un mundo y un lenguaje que valen años de trabajo. Su protagonista es una mujer argentina que regresa a Inglaterra después de varios años para continuar estudios que dejó en su fase inicial: su cometido es conseguir un trabajo o una beca a su altura.

Llama la atención que Porroni escriba sobre su país de origen sin arraigarse de modo alguno en él, sino que poniéndolo fuera de campo, como se ponen fuera de campo, también, en su relato sobre Inglaterra, los conflictos sociales y políticos que hoy aquejan a Europa. Aunque la obsesión por el idioma inglés es una constante del libro, su lenguaje es inesperadamente porteño. Mientras de Argentina se adivinan las aspiraciones, las imposibilidades, las imperfecciones sociales, de Inglaterra se alaba la perfección aparente del pueblo universitario tradicional, en que la narradora y protagonista de esta novela ha cursado su Licenciatura en Historia del Arte. Un pueblo inglés que podría ser Oxford. O Cambridge. O como se le ocurrió a Virginia Woolf, el conspicuo Oxbridge.

“Poco o nada cambió desde que vine a estudiar. Todo es igualmente hermoso, perfecto”, quiere creer la protagonista de Buena alumna, mientras vive la trastienda de esa armonía en pensiones infectas, colchones prestados por sus frías amigas y cuartos subarrendados en monoblocks: el mundo de la inmigración y el racismo que forjan un nuevo escenario europeo.

Este regreso a Inglaterra en busca de una posición acorde con sus conocimientos y su calidad de “buena alumna” es, sin embargo, una situación desfasada, incómoda, después de vivir “años en la casa de mamá”: “Mamá dijo, Un año. Puedo ayudarte solo un año más. Y si fracaso, me arrastra a Argentina con ella. Por eso es mi deber encontrar un camino. Encontrarme. Voy a progresar. Mi vida no va a atrofiarse, como la de tantas otras. Mamá diría, talento que se malgastó. Potencial lanzado por la borda”.

La protagonista habita espacios precarios que detesta, se mueve entre personas a las que desprecia y no soporta ver el progreso de sus antiguas amigas. Envidiosa, perfeccionista, implacable: así es la protagonista de esta desapacible historia de fracaso, neurosis y dolor, historia que a su vez revela a Porroni como una narradora inaudita: en un panorama en que la complacencia autoficcional busca sobre todo adeptos o simpatizantes que se identifiquen con relatos de infancia o revivals generacionales, la antipatía y el dolor que esta voz rezuma es desconcertante.

La narración no es menos perfecta que su enceguecida protagonista y se construye a ritmo de frases cortas: “En Internet, reviso los clasificados de los diarios. Abro las descripciones de puestos en museos, galerías y revistas. Cuando no encuentro nada en el buscador pongo castellano, arte y Sudamérica. Solo hay empleos como profesora de lengua, que inmediatamente descarto. Enseñar idiomas es humillante”.

No es raro que en este medio en el que todo es instrumentalización y deseo insatisfecho, el tema de la investigación de la protagonista sean las naturalezas muertas.

Esta prosa quirúrgica habla también de las violencias esenciales  que se ejercen sobre el cuerpo y la escritura. Las frases resuenan como jadeos: “Ahora corrijo. Raspo, raspo. Hasta dejar solo un hueco pulido. Solo lo mínimo, lo indispensable. Busco en mí esa lengua de los muertos. Esa lengua árida. Infértil. Porque así fuimos entrenados. En la mejor universidad del mundo. Para crear un paisaje glacial de palabras”.

Buena alumna retrata, con estilo perfecto, una perfección imposible, (auto)impuesta, inhumana. La protagonista procura conseguirla: hace running frecuentemente, se depila con pulcritud, ordena asépticamente su cuarto, siempre situado en alguna pocilga, intenta hablar perfecto inglés. Se amolda a un mundo que dista mucho de ser el que llevó al exilio o la diáspora a las generaciones anteriores y observa fríamente cómo el campus universitario se anega de suicidas. Lo que se busca es el éxito: material, profesional, personal. Para esto se puede ser extranjera, pero no inmigrante: las figuras de la inmigración, en esta Inglaterra pre-Brexit, le resultan a la narradora, de una elite latinoamericana que cree en el poder de la educación, un espejo demasiado grotesco. ¿Dónde está el límite entre ella y los otros? ¿Es ella, su cuerpo, su vida, menos desechable que la de otros?

No es raro que en este medio en el que todo es instrumentalización y deseo insatisfecho, el tema de la investigación de la protagonista sean las naturalezas muertas: “Still life. Una palabra extraña en inglés. Vida detenida, sin movimiento. Tan cerca de stillborn, el niño muerto al nacer”. Así parece estar de congelado su mundo. Hiede a fracaso y a extraña poesía. Y por eso duele leerla.

paula porroni

About the Author

 

Leave a Reply