La propiedad del lenguaje

 •  0
Junio 28, 2017

By

Rodrigo Miranda ofrece en La expropiación la imagen de un espacio —el GAM— que en sus múltiples metamorfosis constituye un emblema de la historia; en ella despuntan, como en muy pocas otras narraciones de posdictadura, nuestro presente en el pasado, y una oscura semblanza del futuro.

por lorena amaro

En su debut en la narrativa, Rodrigo Miranda relata la épica construcción del edificio de la Tercera Conferencia de la UNCTAD, en Alameda 227, edificio que luego se transformaría, al alero del Ministerio de Educación, en el Edificio Gabriela Mistral, para luego, tras el Golpe, convertirse en el oscuro Diego Portales. Después de un incendio en 2006, se llevó a cabo una remodelación, con el fin de devolver el edificio a su destino original como punto de encuentro para todos los chilenos, recuperando parcialmente el nombre de Gabriela Mistral bajo la sigla GAM.

Sin embargo, la novela La expropiación no indaga tanto en esta historia como en la memoria simbólica de esos 275 días que duró la construcción de este monumento cargado de sentido para quienes vivieron la revolución socialista chilena. Una serie de detalles iluminaron el trabajo de obreros, arquitectos, diseñadores. Miranda narra el mito de una construcción monumental, en que todos trabajaron, cuenta, por un mismo jornal, en turnos de ocho horas, las 24 horas del día. La imagen tiene mucho de verdad, también mucho de idealización, como todo gran mito. También ofrece a los lectores la imagen dialéctica de un espacio que en sus múltiples metamorfosis constituye un emblema de la historia: en ella despuntan, como en muy pocas otras narraciones de posdictadura (El palacio de la risa de Germán Marín es una de las excepciones), nuestro presente en el pasado, y una oscura semblanza del futuro.

La primera parte, “Materiales de construcción”, narra la poderosa fuerza que impulsó la obra sin tregua de los trabajadores, en tanto la segunda parte, “Teatro de la ruina”, se encarga de un futuro apocalíptico. En ese futuro, el arqueólogo de apellido Niemeyer descubrirá los secretos de la mole, entre sus escombros y los que cubren lo que se llama “Desierto del Maipo”.

La primera parte, “Materiales de construcción”, narra la poderosa fuerza que impulsó la obra sin tregua de los trabajadores, en tanto la segunda parte, “Teatro de la ruina”, se encarga de un futuro apocalíptico. En ese futuro, el arqueólogo de apellido Niemeyer descubrirá los secretos de la mole, entre sus escombros y los que cubren lo que se llama “Desierto del Maipo”. La tortura, el encierro, la destrucción de la dictadura, son evocados aquí sin afán realista: el edificio mismo constituye un cuerpo rasgado, que contiene como una madre muerta al niño que habría de ser el famoso “hombre nuevo” de los discursos de la Unidad Popular. Dentro del niño, una película de nitrato cuenta una historia que Niemeyer oye en “una lengua muerta”: allí están las palabras de Allende, aquellas que hablaban del futuro, ahora interferidas, extrañas.

Estas palabras son las que dan forma a la tercera parte del libro, todo un logro de lenguaje, “El discurso del futuro”, en que se combinan las directrices de la Unidad Popular —“el niño será el ciudadano del mañana”— con una reflexión sobre el habla y un listado de nombres de obreros. Miranda logra hacer de la palabra política una palabra poética; corta las frases, rompe la prosa para crear una suerte de poema en que los lugares comunes dialogan con una suerte de poética: “fascinada / el habla / dislocada / enumera / acumula / categorías (…) el habla / necrotizada / lesionada / se combina / vemos la lengua sitiada / hecha pedazos / exterminada / infectada (…) / la materna incorpora relatos ajenos fragmentos (…) / la relación porosa entre realidad y ficción / ciudad e intimidad / como si nos metiéramos en un febril discurso enterrado / y sus miedos frente a lo que acontece / pero me pregunto qué es la ficción sino / meternos en el discurso de alguien / ese es el misterio / la belleza / del Chile de los trabajadores en movimiento”.

La cuarta y última parte de La expropiación revela, bajo el título “El hombre nuevo”, en qué fue a parar el ideal de la nueva subjetividad revolucionaria, bastión de la discursividad de entonces, y de los sueños de muchos: el habla empobrecida de un “flaite” chateando o whatsappeando… la ira contra los pacos infiltrados en las marchas, un erotismo duro y una palabra sincopada que habla de la memoria perdida: “Trabajo de reponedor de super me explotan me umillan en oficios inestables o en un kol senter esta mañana estube en un zantuario la animita que le hicieron dejo como ofrenda un trompe un embase de klenzo un auto yagan el perro tevito la tele antu unos pajaritos de mimbre unos minilibros kimantu una radiografia de mi femur roto eskoria entre rrabia euforia histeria kapital salvaje a la mierda kon lo que zale en los diarios notizieros la tv” (sic).

Esta lengua empobrecida contrasta con el cuadro magnificente de las primeras páginas de la novela, en que se describe al sujeto colectivo de la revolución: “Laboraban tan rápido que si pestañeaban se les quedaba olvidado un puño entre el hierro fundido, una mano entre los ladrillos, un codo o una rodilla en un tabique. Las sacaban rasmilladas, con llagas y ampollas, un amasijo de cicatrices achicharradas (…) Estaban construyendo su propia casa. Eran un solo cuerpo con miles de cabezas, pellejos y extremidades vibrantes”. Es esa la lengua y el sueño común, que nos fueron expropiados. Esa es la expropiación, una que continúa en el presente y que sigue destruyendo el edificio creado por los obreros de Chile, desde dentro. La expropiación consigue dejar en carne viva la memoria, con toda la propiedad de un lenguaje que habla de los cuerpos, sus pulsiones y deseos, sus acoplamientos y sus luchas.

 

La expropiación, Rodrigo Miranda, Sangría, 2016, 152 páginas, $12.000.

About the Author

 

Leave a Reply