La socialdemocracia a la deriva

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Julio 12, 2018

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A medio camino entre el libre mercado y los valores de igualdad y solidaridad, el ideal socialdemócrata se convirtió en uno de los proyectos políticos más influyentes del siglo XX. Sin embargo, las derrotas electorales que ha sufrido en Europa –y en países como Chile– son indicios de la profunda crisis que atraviesa una fuerza que, según sus críticos, carece de identidad y se ha rendido al neoliberalismo. Pero, ¿es posible imaginar un mundo en el que la derecha no tenga ningún contrapeso? ¿De dónde sacar votos si su fuerza histórica –los trabajadores– está por completo desdibujada? ¿Por qué se consideran las redes de protección social como utopías?

por evelyn erlij

En El refugio de la memoria (2010), el historiador inglés Tony Judt recuerda con nostalgia los días en que, de niño, viajaba en tren por Gran Bretaña. Subía a un ferrocarril y recorría maravillado el país de la posguerra, una experiencia que podía permitirse por apenas unos peniques, ya que los transportes colectivos, que habían sido creados por el Estado, eran baratos. A medida que el sistema ferroviario británico fue decayendo, escribe, viajar en tren perdió su atractivo: la privatización de las compañías, la explotación comercial de las estaciones y la despreocupación del personal contribuyeron a su decepción, apunta, pero como es usual en Judt, ese relato no vale como una simple anécdota, sino como el resumen de la historia económica de los últimos 70 años.

En una era marcada por la desigualdad, la incertidumbre laboral y los mercados desregulados, hay muchos viudos de la vieja socialdemocracia que, como Judt, extrañan los días en que el “Estado-providencia” velaba por el bienestar de los ciudadanos. El historiador Rutger Bregman, en Utopía para realistas (2016), escribe que hoy, en los países más ricos, la mayoría de la población piensa que sus hijos serán más pobres que ellos, un miedo que nació, según Zygmunt Bauman, cuando el capitalismo prometió liberar a la gente de las cargas del pasado –principalmente tributarias– al precio de perder los servicios sociales y la protección estatal. El futuro, así, se convirtió en una pesadilla marcada por el terror a perder el trabajo, el estatus social y el hogar, afirma el sociólogo polaco en Retrotopía (2017).

La paradoja de esta “epidemia mundial de nostalgia”, como la llama Bauman, es que ha venido acompañada de un rechazo en las urnas a los partidos que representan ese supuesto pasado glorioso: la socialdemocracia. Esta doctrina instaló la necesidad de un Estado benefactor, tomó ideas del socialismo a través de un método no revolucionario, buscó equilibrar las fuerzas del trabajo y del capital. Son propuestas que, en el papel, suenan adecuadas para los tiempos que corren: los indignados exigen más seguridad social, la cesantía aumenta, la brecha entre pobres y ricos se profundiza, pero hace más de 10 años se escucha la misma historia: la socialdemocracia está en coma.

Es cosa de mirar hacia Europa para comprobar que no son dichos exagerados: según cifras del medio francés Mediapart, en el 2000 los socialdemócratas o los socialistas eran parte del gobierno de 10 de los 15 países que en ese entonces formaban la Unión Europea, mientras que hoy, de los 28 que conforman la coalición, solo cinco están liderados por la centroizquierda: Malta, Portugal, Rumania, Suecia y Eslovaquia. En Holanda y Grecia, los partidos tradicionales de ese sector apenas logran cifras electorales de un dígito, y en Polonia ya no existen socialdemócratas en el parlamento. Alemania, una de las cunas de este movimiento político y donde aún existe un Estado de bienestar fuerte, ha sido testigo de una derrota estrepitosa: en las últimas elecciones, el candidato del sector, Martin Schulz, obtuvo apenas un 21% de votos frente a Angela Merkel, el peor resultado desde 1949. Con todo, vale la pena subrayar que, al igual que en Francia, en Alemania el sistema de bienestar sigue fuertemente arraigado. No en vano los impuestos directos a las personas alcanzan el 39%.

En el 2000 los socialdemócratas o los socialistas eran parte del gobierno de 10 de los 15 países que en ese entonces formaban la Unión Europea, mientras que hoy, de los 28 que conforman la coalición, solo cinco están liderados por la centroizquierda: Malta, Portugal, Rumania, Suecia y Eslovaquia.

Más inquietante es la observación del historiador francés Pierre Rosanvallon, quien advierte que los partidos de extrema derecha han conquistado posiciones poderosas justamente en los núcleos históricos de la socialdemocracia, como es el caso de los países escandinavos, considerados hasta hoy dueños del modelo de socialdemocracia más exitoso y duradero, y donde se ha sabido combinar un modelo de altos impuestos a las personas, Estados poderosos y economías liberales. En Chile, la bajada de la candidatura de Ricardo Lagos el año pasado, antes de las primarias, evidenció el escaso poder de atracción que tiene hoy la socialdemocracia. ¿Cómo se explica que una de las fuerzas políticas más influyentes de los últimos tiempos viva un declive así?

El filósofo esloveno Slavoj Žižek esboza una teoría: “En Europa todavía no aceptamos del todo que el siglo XX se acabó –dijo en una entrevista–. La socialdemocracia, en el sentido del viejo Estado de bienestar, pertenece a otra era. Debería haber sido radicalmente reinventada, pero no ocurrió. (…) Incluso algunos analistas de derecha dicen que la socialdemocracia, donde aún existe, es la fuerza conservadora más grande que hay”.

En eso coinciden varios: se trata de una ideología que no supo modernizarse, incapaz de controlar los excesos del capitalismo y la desigualdad, y que si bien avanzó en temas de libertades individuales (derechos de las mujeres, de las minorías étnicas y sexuales), no ha sabido hacer frente a los desafíos económicos y sociales ni tampoco ha logrado frenar el giro neoliberal que muchas sociedades han dado desde los años 80. “La caída del sistema comunista, por un lado, y la revolución conservadora encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, por otro, desplazaron el centro de interés hacia la eficiencia en la gestión económica, que se identificó con el funcionamiento de los mercados desregulados. La abundancia que se generaría haría irrelevante la preocupación por la igualdad”, explica Rosanvallon.

En ese momento, empieza a diluirse la imagen de la socialdemocracia, en cuya base ideológica estaba, justamente, la igualdad. “Como cualquier otra tradición política, la socialdemocracia es compleja y proteica: atraviesa diferentes etapas, adopta distintas formas y se solapa con otras tradiciones (como el marxismo o el liberalismo)”, explica el sociólogo español Jorge Sola en la revista La Maleta de Portbou, donde afirma que uno de los rasgos característicos de esta corriente ha sido su gran capacidad de adaptación.

A la luz de la crisis actual, quizás esa habilidad ha sido también su punto débil, como lo plantea el filósofo francés Marcel Gauchet, quien dice que la década pasada estuvo marcada por un vacío doctrinal de las izquierdas socialdemócratas frente a la evolución de la ideología liberal, a la que habría terminado incluso pareciéndose.

Lealtades traicionadas

La socialdemocracia respondió con éxito a problemas propios de la economía de posguerra, pero su discurso empezó a desarticularse a medida que se profundizaba la liberalización económica, un fenómeno que desestabilizó la balanza social y favoreció la libertad en desmedro de la igualdad. La creación de la “Tercera Vía”, de la mano del laborista inglés Tony Blair y del socialdemócrata alemán Gerhard Schröder (quienes apoyaban la tesis de que para modernizar este proyecto político había que abrirse al mercado global y quitarle trabas), habría desatado una crisis identitaria caracterizada, según Ernesto Águila, analista político y militante del Partido Socialista chileno, por una indiferenciación entre sus posiciones y las de las fuerzas neoliberales ante los ojos del electorado.

“La situación –agrega Águila– se agudiza con la crisis global de 2008, lo que conduce a recetas de austeridad fiscal y de rescate de las bancas privadas, en las que la socialdemocracia no presenta una respuesta distinta a la derecha. En esa coyuntura, no exhibe una manera distinta a la de la derecha de administrar un período de crisis. Y en un contexto más amplio, habría que sumar a ello el agotamiento de la renovación socialdemócrata conocida como Tercera Vía y que implicó un grado de aceptación importante de ciertas tesis neoliberales, que contribuyeron al desperfilamiento del proyecto socialdemócrata, y facilitó la emergencia de nuevas izquierdas, las que terminaron reemplazando a los tradicionales partidos socialistas (Grecia, Francia) o bien se convirtieron en fuerte competencia (España)”.

El cientista político franco-griego Gerassimos Moschonas, autor de In The Name Of Social Democracy (2002), uno de los libros esenciales sobre las transformaciones de esta corriente, plantea una idea similar: el capitalismo ha transformado a la socialdemocracia más de lo que esta ha transformado al capitalismo, al punto de haber sido una fuerza que “abandonó su proyecto fundacional de socialismo y que se ha convertido en un componente esencial del universo capitalista”.

La figura del trabajador desapareció del discurso político socialdemócrata. En paralelo, las clases populares, golpeadas por el neoliberalismo, renacieron en boca de los partidos populistas.

Esta mutación o desorientación ideológica se hace evidente en la desaparición de la figura del trabajador de su discurso político. Si en los 50 o 60 el grueso de la militancia y el electorado lo componían los más desvalidos, explica Jorge Sola, en las décadas siguientes fue la clase media la que representó la mayoría en sus filas. En paralelo, las clases populares, abandonadas por las fuerzas tradicionales y golpeadas por la mundialización y el neoliberalismo, renacieron en boca de los partidos populistas. Ya en 1978, Jean Baudrillard advertía que los pobres se habían convertido en una mera estadística, pero hoy las críticas son más duras: en el ensayo Les Petits Blancs (2013), el francés Aymeric Patricot afirma que cuando la izquierda europea eligió al inmigrante como su “nuevo héroe”, las clases bajas pasaron a ser “demasiado blancas para la izquierda y demasiado pobres para la derecha”.

En América Latina, la tibieza de la “izquierda correcta”, como llama el político e intelectual mexicano Jorge Castañeda al sector que se abrió al mercado y aplicó reformas sociales modestas, también fue disolviendo la identidad de la centroizquierda. Frente a la pregunta qué diferencia al neoliberalismo de la socialdemocracia latinoamericana, responde: “Hay un estrecho margen de flexibilidad para cualquier gobierno latinoamericano de izquierda, hoy y en los últimos 15 años, para ir más allá de una política macroeconómica orientada al mercado. En ese sentido, todos somos neoliberales”. Chile, añade, es uno de los principales ejemplos de ello, con el ex presidente Ricardo Lagos como uno de los rostros de este fenómeno.

Pero la centroizquierda chilena se defiende: “El seguro de desempleo se creó en el gobierno de Lagos. En Chile no teníamos garantías de salud de ningún tipo, no había pilar solidario de las pensiones”, afirmó en The Clinic Óscar Landerretche. “Y a los que dicen que Chile es neoliberal, les digo lo siguiente: desde el año 1990 a la fecha no ha habido quiebras de bancos en Chile, como las hay en Wall Street. ¿Será casualidad o es que tenemos una regulación bancaria extremadamente precautoria? Eso no es neoliberalismo. Es una socialdemocracia que convive con el capitalismo”.

Sin embargo, si se considera que algunos de los valores centrales de la socialdemocracia son la justicia social y la igualdad, el heredero de esta corriente en Chile sería hoy el Frente Amplio (FA), cuyo programa, según Nicolás Grau, académico de la Universidad de Chile y miembro de esta fuerza política, estaría compuesto por un “97% de socialdemocracia y un 3% de socialismo”. “Más allá de los sentimientos, la cultura y la historia política de lo que Lagos representa, creo que el carácter de su gobierno, y en general de los gobiernos de la Concertación, tienen poco que ver con el programa socialdemócrata. La socialdemocracia se empezó a entender como un centro moderado pro-mercado, como si fuera sinónimo de moderación”, plantea Grau, y eso explicaría que, así como perdió el apoyo de la clase trabajadora, también haya perdido el de los profesionales de clase media inclinados hacia la izquierda.

“El programa socialdemócrata es un contrato balanceado entre capital y trabajo, en que el primero acepta pagar altos impuestos y así contribuir al bienestar general de la población, y el segundo acepta no poner en entredicho el derecho de propiedad del primero”, continúa Grau. “También es un contrato donde, aunque no se toca el derecho de propiedad, sí se limita el poder que se deriva de él. Nada de eso rima con la Concertación. Si aceptas esta definición tradicional, entonces hacer un programa socialdemócrata en Chile tiene una profunda radicalidad”.

Codicia con reglas

El fracaso estrepitoso de la centroizquierda en una buena parte de las elecciones de este último tiempo en Europa y América Latina ha llenado portadas en todo el mundo: “¿El fin de una era? La lenta muerte de los socialdemócratas de Europa”, tituló en septiembre el semanario alemán Der Spiegel, donde citan una teoría que el cientista político alemán Wolfgang Merkel creó tras el triunfo del centrista Emmanuel Macron en Francia y del auge de la extrema derecha en el mundo: la diferencia entre la derecha y la izquierda se está volviendo menos importante que la diferencia entre el cosmopolitismo y el comunitarismo, es decir, entre quienes abogan por una sociedad abierta o cerrada hacia los flujos del capital y la inmigración.

EE.UU. es un buen ejemplo: según el premio Nobel de Economía Paul Krugman, los demócratas con Obama subieron los impuestos a los más ricos, encabezaron el mayor crecimiento del empleo desde 1990 y diseñaron una reforma del sistema de salud que “ha supuesto la expansión más grande del Estado de bienestar desde el mandato de Lyndon B. Johnson”, pero eso no fue suficiente para reconquistar a un electorado que prefirió a Donald Trump, un republicano que ponía en riesgo esas políticas sociales, pero que, a cambio, prometía frenar la inmigración.

“El capitalismo está manejado por el interés propio. Pero deberíamos ser capaces de ponerle límites a la inmoralidad, es decir, codicia con reglas”, asegura Paul Krugman, quien valora la ruta seguida por los países escandinavos.

Los flujos migratorios y la desigualdad exorbitante han configurado un mundo nuevo que exige repensar la sociedad, y ahí, dice Žižek, la centroizquierda ha fallado. “Hoy, casi todas las luchas de la socialdemocracia son mantener los viejos derechos. (…) Pero nuestras vidas han sido revolucionadas con la digitalización, los avances de la ciencia y las nuevas formas del capitalismo liberal. Un simple regreso al Estado de bienestar no puede funcionar. Los problemas actuales son globales”.

Es otra de las tesis: los planteamientos de la centroizquierda han sido más defensivos que propositivos, lo que se ha traducido en una imposibilidad de imaginar una propuesta alternativa de sociedad. La socialdemocracia adaptó su discurso para atraer a un electorado que se “aburguesó” y comenzó a hablarle a una élite con un discurso políticamente correcto que no sintonizaba con las clases más desposeídas, y al mismo tiempo se habría quedado sin respuestas ante retos como los cambios en el sistema productivo, la robotización del trabajo o los avances de un capitalismo cada vez más hostil frente al Estado. La llamada “Uberización” laboral y las tretas de los gigantes tecnológicos para no pagar impuestos son buenos ejemplos.

De ahí que se hable de la necesidad de una “post-socialdemocracia” que haga frente a un siglo XXI en que, como escribió Judt, el egoísmo y el materialismo se instalaron bajo formas como la desigualdad y el culto a la privatización; en que la individualización desintegró las clases sociales y surgió un nuevo grupo social de desvalidos que el economista inglés Guy Standing llamó el “precariado”: proletarios de esta era de economía global con trabajos inestables y sueldos bajos, en cuyas filas hay inmigrantes, jóvenes con educación que no consiguen empleos dignos y personas mayores. No asumir a tiempo el problema de la “flexibilidad laboral”, un nombre elegante para designar la desregulación del mercado del trabajo, fue el gran error histórico de la socialdemocracia, opina Standing.

En paralelo, y en un mundo social fragmentado, la solidaridad, pilar central del mundo de posguerra, hoy queda dislocada, y en ese sentido, el caso chileno es interesante: se exigen derechos sociales, pero pocos (ni electores ni partidos) se atreven a debatir un aumento de la carga tributaria a las personas, orientando el debate hacia el impuesto a las empresas, que a la larga se considera un impuesto a la inversión. Chile, de hecho, es el país de la OCDE donde menos impuestos directos paga un trabajador sin familia (7%), siendo el otro extremo Bélgica (43%). El promedio de todos los miembros de la OCDE es de un 25,1%, y en la mayoría de ellos la recaudación tributaria más fuerte proviene de las personas y las empresas, no del IVA, como en el caso chileno. “Las políticas socialdemócratas en su versión clásica, y no del tipo Tercera Vía, implican un reconocimiento de derechos sociales universales y su aseguramiento y protección por parte del Estado. Una propuesta así, con esa claridad y radicalidad e implicancias que tiene en materia de impuestos, no ha estado en las agendas de los candidatos de centroizquierda en Chile”, explica Ernesto Águila. “En los ciudadanos existe una demanda por gratuidad donde se entremezcla un mayor grado de conciencia en temas de derechos sociales con aspiraciones que tienen una lógica más individualista. Es decir, conviven aspiraciones intuitivamente socialdemócratas con subjetividades neoliberales. A una propuesta socialista en Chile le hace falta dar una batalla de tipo cultural para confrontar estas subjetividades”.

En otras partes del mundo, en particular en Europa, hay quienes no miran el futuro con buenos ojos (“la globalización económica conlleva el hundimiento de la vieja socialdemocracia europea”, asegura Guy Standing), pero también hay quienes piensan que esa lucha de la que habla Águila no está perdida. Paul Krugman, por ejemplo, insiste en que el éxito económico de los países escandinavos es una muestra de que esta fuerza política no está acabada: “El capitalismo está manejado por el interés propio. Pero deberíamos ser capaces de ponerle límites a la inmoralidad, es decir, codicia con reglas. Las socialdemocracias con economías de mercado que tienen normas y fuertes redes de protección no son utopías morales, sino que son las sociedades más decentes que se han creado”.

 

Imagen de portada: Afiche electoral del candidato socialdemócrata alemán Martin Schulz.

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