Noviembre 30, 2017

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Los análisis recopilados en Malestar en el trabajo. Desarrollo e intervención buscan comprender el complejo vínculo entre trabajo y subjetividad, enfocando sus conjeturas en los distintos factores que inciden en el sufrimiento laboral. A continuación compartimos uno de estos textos, donde se aborda el concepto de trabajo vivo y cómo el reconocimiento de los otros, sumado a la autoafirmación de la identidad y la valoración de sí mismo, son las principales retribuciones a las que aspira cualquier trabajador.

por christophe dejours

La clínica del trabajo se desarrolló en Francia después de la Segunda Guerra Mundial bajo el nombre de Psicopatología del trabajo. La renovación de esta clínica a partir de los años ochenta se debe a trabajos de investigación que resultan del encuentro entre el psicoanálisis y la ergonomía.

El campo de esta clínica se extendió más allá del estudio de las enfermedades mentales relacionadas con trabajo. El foco de investigación son los recursos psíquicos movilizados por los trabajadores, que llegan a resistir los efectos deletéreos de su tarea esforzándose por sostenerse en la normalidad.

Así es como han sido descubiertas estrategias de defensa contra el sufrimiento en el trabajo, construyendo un campo clínico inmenso y diverso. Más allá de las defensas y más allá de la normalidad, luego nos interesamos por las condiciones específicas que permiten acceder al placer en el trabajo e incluso en la construcción de la salud mental gracias al trabajo. Es debido a la expansión del campo clínico que una nueva denominación ha sido propuesta en 1992, que llamamos la Psicopatología del trabajo. Nuestro objetivo fue reunir investigaciones que van del sufrimiento al placer en el trabajo y desde las patologías mentales hasta la realización de sí mismo en el trabajo.

Esta clínica es de una gran riqueza y extremadamente diversa. Pero la psicodinámica del trabajo no es solo una disciplina clínica, es también una teoría centrada en el análisis de los procesos que causan estos problemas. Esta clínica se interesa tanto en la etiología del sufrimiento y de las patologías como en el placer y la salud que puede existir en el contacto con el trabajo. Una de las tesis principales de esta teoría es la «centralidad del trabajo» para la subjetividad.

Mucho tiempo ignorada, incluso rechazada por los psicoanalistas, la psicodinámica del trabajo se desarrolló sobre todo gracias a la confrontación con otras disciplinas: la ergonomía y la medicina del trabajo, la sociología (sociología de la ética y la sociología de la división sexual del trabajo), la antropología, luego con la filosofía (particularmente la fenomenología de Michel Henry y la Escuela de Francfort), con el derecho y más recientemente con la economía.

Hace muy poco tiempo, las escuelas de psicoanálisis se abren a la cuestión del trabajo. Primero en Francia y también en diferentes capitales europeas, en Canadá, en Brasil, en Chile, en Argentina. Esta nueva coyuntura es sin duda en contacto con el hecho de que muchos psicoanalistas reciben a pacientes cuya demanda inicial se refiere a su sufrimiento en el trabajo. ¿Cómo hacer sitio a una problemática del trabajo cuando trasciende el corpus freudiano?

Para responder a esta pregunta, lo mejor es sin duda comenzar por el análisis de aquello que, en relación con el trabajo, convoca la subjetividad. Con otras disciplinas nos dedicamos a comprender los efectos patógenos del trabajo. Para discutir con el psicoanálisis, nos ha parecido más idóneo examinar cómo la psicodinámica del trabajo puede aportar a la teoría de la sublimación. Es solamente después que se podrán esbozar ideas de por qué ciertas organizaciones del trabajo, socavando los muelles subjetivos de la sublimación, incluso oponiéndose fundamentalmente a esta última, son capaces de desestabilizar al individuo y de poner en marcha una crisis psíquica que puede llevar a veces hasta el suicidio. Tener en cuenta todos estos datos nacidos de la clínica sugiere por fin conceder a la sublimación un sitio específico en el funcionamiento psíquico, significativamente más importante que el que generalmente se le asigna en la psicopatología y la metapsicología.

Trabajo, actividad y subjetividad

Normalmente contraponemos el trabajo de diseño con el trabajo de ejecución, donde el primero pasa por más noble que el segundo. La distinción no es falsa; sin embargo, conviene subrayar que no hay trabajo de ejecución sin el diseño del mismo.

El que no sabe hacer trampas o el que no se atreve a hacerlas es un mal profesional. Porque el que se conforma con la ejecución estricta de las prescripciones no hace nada más que la «huelga del trabajo apegado al reglamento». Ninguna empresa, ningún taller, ningún estudio, ninguna organización puede funcionar si la gente toma solamente la ejecución de los procedimientos oficiales.

Todos los que trabajan infringen los procedimientos, transgreden las órdenes y traicionan las consignas. Ni siquiera por un gusto inmoderado de la resistencia o de la desobediencia, muchas veces es simplemente para hacer bien el trabajo. Porque el trabajo concreto exactamente no se presenta jamás como lo prevén los diseñadores y los organizadores. Hay siempre unos imprevistos, averías, disfunciones, incidentes, en todo trabajo. Lo que es prescrito es lo que se designa bajo el nombre de tarea. Lo que hacen los trabajadores, concretamente es la actividad. Trabajar, en suma, es constantemente ajustar, adaptar, chapucear, es decir, un artesano creativo de la acción. El que no sabe hacer trampas o el que no se atreve a hacerlas es un mal profesional. Porque el que se conforma con la ejecución estricta de las prescripciones no hace nada más que la «huelga del trabajo apegado al reglamento». Ninguna empresa, ningún taller, ningún estudio, ninguna organización puede funcionar si la gente toma solamente la ejecución de los procedimientos oficiales. Un ejército donde los hombres se contentan con obedecer las órdenes es un ejército vencido.

Si los enfermeros y enfermeras ejecutasen rigurosamente las órdenes de los médicos, habría muchos más muertos en los hospitales. Esto es lo que precisamente evitan gracias a su celo profesional.

En los enfoques de la clínica del trabajo y de la ergonomía, sucede que el trabajo es eso que hay que inventar y añadir de sí mismo a las prescripciones para que la actividad funcione. Este celo del que hablamos no es otro que el trabajo vivo, sin el que ninguna organización del trabajo puede funcionar.

El trabajo en esta perspectiva se presenta fundamentalmente como un enigma. ¿Qué hay que añadir a las prescripciones para que esto funcione? Jamás lo sabemos de antemano y, por añadidura, hay que inventarlo. El segundo enigma es: ¿En qué consiste la inteligencia aquí convocada? ¿Cuáles son los recursos psicológicos?

Es debido al compromiso de la subjetividad en el celo, que el trabajo jamás puede ser neutro frente al yo y a la salud mental. El trabajo puede generar lo mejor, porque en ciertos casos el trabajo se transforma en un mediador esencial en la construcción de la salud. Pero puede también generar lo peor y conducir a la enfermedad mental y a la descompensación. En otros términos, el trabajo no puede ser considerado solo como un entorno. Al contrario, el trabajo penetra en lo más hondo de la subjetividad. Es por eso que es tan importante para el psicoanálisis.

El trabajo vivo

El trabajo vivo es lo que el sujeto debe añadir a las prescripciones para alcanzar los objetivos. El trabajo, en efecto, siempre está plagado de incidentes, con disfunciones de los objetos técnicos (de una central nuclear, de un avión o del servidor de un computador), de contra órdenes que vienen de la jerarquía, de las perturbaciones que vienen de demandas urgentes formuladas por los beneficiarios, de faltas de los colegas a sus compromisos, de faltas de último minuto de los clientes. Esto es lo que se llama lo «real» del trabajo. Lo real se aparece al que trabaja en la resistencia de su maestría, cuando algo escapa al dominio de su oficio.

La experiencia de lo real en el mundo, es decir, de su resistencia al dominio o control, se hace inevitablemente sobre el modo del fracaso. Es decir, de una experiencia afectiva de sorpresa, disgusto, irritación, decepción, cólera, sentimiento de impotencia. Todos estos sentimientos forman parte integrante del trabajo. Son la materia prima fundamental del conocimiento del mundo. Lo real se revela para el sujeto que trabaja a través de los afectos. El que es insuficientemente sensible es inevitablemente un torpe: rompe las máquinas, porque no sabe sentir afectivamente cuando no funcionan. El cuidador torpe desestabiliza al enfermo, porque no reconoce afectivamente la angustia del otro.

Para experimentar afectivamente lo real, y entonces conocer el mundo, se debe tener primero un cuerpo, porque es con el cuerpo que se experimentan los afectos.

Trabajar es primero estar en falta y fracasar. Pero es luego mostrarse capaz de controlar el fracaso, de probar otras maneras de hacer las cosas, de volver a equivocarse y ponerse nuevamente manos a la obra. Trabajar es no abandonar, aceptar que uno está invadido por el trabajo más allá de las horas que le pagan, aceptar una invasión por la preocupación por lo real y de su resistencia, hasta en el espacio privado. Así como los jóvenes psicoanalistas que hablan incansablemente y en toda circunstancia de psicoanálisis, de sus dificultades prácticas y éxitos que encuentran; igualmente el joven ingeniero de mantenimiento de una central nuclear debe aceptar vivir 24 horas tensionado por su trabajo. Trabajar no es solamente fracasar, sino que es también ser capaz de aguantar el fracaso, tanto tiempo como sea necesario para encontrar la solución que permitirá superar lo real.

La apropiación del cuerpo: «Cuerpropiación»

Esta resistencia al fracaso es verdaderamente decisiva. El caso es que para encontrar la solución hay que establecer previamente una verdadera intimidad con la resistencia a lo real; hay que confundirse con ella. Y podemos mostrar que el enigma de lo real se presenta en todo trabajo y necesita primero ser «apropiado» para luego ser «descifrado». Encontrar la solución que conviene es imposible sin formación previa de una familiaridad subjetiva y afectiva entre el cuerpo y lo real, que el filósofo Michel Henry teorizó bajo el concepto de «cuerpropiación de la gente». Esta cuerpropiación no es solamente cognitiva. Lo esencial de su ingenio se juega en el cuerpo a cuerpo con lo real.

Es el cuerpo lo que nos hace inteligentes. Así, el trabajo de producción –poièsis– se transforma, gracias a la resistencia, en «exigencia de trabajo –Arbeitsanforderung– impuesta al psiquismo a causa de sus relaciones con cuerpo» (Freud, 1915). Para que esto ocurra en el cuerpo, lo primero que se experimenta es la resistencia de lo real. En el léxico freudiano tiene que ver con términos como el Arbeit. El trabajo-poièsis implica en segundo lugar un trabajo de sí sobre sí, para poder apropiarse de nuevas habilidades. El placer obtenido del éxito del trabajo-Arbeit, ocasionado por el trabajo-poiésis como la prueba para la vida de alma, es vinculado al crecimiento de la subjetividad.

Trabajar no es solamente producir, sino que es también transformarse uno mismo. Y esta transformación de sí esencialmente es un cambio del modo de habitar su cuerpo. Esto pasa también por la colonización de la subjetividad por el trabajo, fuera del tiempo de trabajo, hasta en los insomnios y hasta en la economía de las relaciones; pero también en los sueños.

Trabajar no es solamente producir, sino que es también transformarse uno mismo. Y esta transformación de sí esencialmente es un cambio del modo de habitar su cuerpo. Esto pasa también por la colonización de la subjetividad por el trabajo, fuera del tiempo de trabajo, hasta en los insomnios y hasta en la economía de las relaciones; pero también en los sueños. El trabajo del sueño es el tiempo cuando, gracias a la regresión formal, el cuerpo subjetivo se transforma.

A fuerza de trabajar la madera, el ebanista siente las esencias con su olfato. Con su tacto desarrolla registros de sensibilidad ignorados, profanos. El marinero, a fuerza de desafiar el mar, conoce el agua, el oleaje y el océano con un placer ignorado por otros. A fuerza de ensayar con su instrumento, el violinista entiende el arte de las sonoridades, las cuales no habría tenido acceso antes de haber trabajado su violín.

Lo que digo sobre el trabajo manual y concreto es tan válido en el trabajo intelectual. Es con su cuerpo con lo que el profesor o el comediante escucha a su público que le permite ajustar su destreza corporal y construir un sentido dramatúrgico que suscite la atención del cuerpo. Es con nuestro cuerpo con el que los psicoanalistas experimentamos afectivamente el contacto con nuestros pacientes y a través del cual adquirimos un conocimiento de su estado psíquico. Un «conocimiento por cuerpo».

La manera como el trabajo ordinario convoca la subjetividad de un trabajador constituye el primer nivel de la sublimación.

Trabajo, cooperación y actividad deóntica

Aunque la relación con la tarea sea muy compleja, reducir el análisis a la centralidad subjetiva del trabajo constituye una simplificación injustificada. El trabajo, en efecto, implica también, en la inmensa mayoría de las situaciones ordinarias, la relación con el otro. Trabajamos para alguien, para un cliente, para un jefe, para sus subordinados, para colegas. El trabajo implica también, a veces, al colectivo donde encontramos el centro de la problemática de la cooperación.

Tenemos que entender la cooperación como un aspecto de la actividad. Tenemos que asumir que existe siempre una diferencia entre la organización prescrita del trabajo, lo que se designa bajo el nombre de coordinación y la organización efectiva del trabajo, lo que se designa bajo el nombre de cooperación.

La cooperación es otra cosa que la coordinación. Implica una revisión consensual de la organización prescrita. Para esto hace falta que todos se esfuercen por trabajar juntos en un colectivo o un equipo, revisen la división de las tareas y las personas disponibles, inventando reglas prácticas, admitidas y respetadas.

No será en este artículo donde comente todos los eslabones intermediarios que permiten la construcción de la cooperación. Señalaré solamente que esto exige que se establezcan entre los que trabajan relaciones de confianza. Es la condición para que cada uno se atreva a mostrar a otros cómo trabaja, sin temor a que revelando sus trampas esto se vuelve contra él. La cooperación reposa en una actividad compleja de confrontación entre los diferentes modos inteligentes de hacer trampas con las prescripciones. Confrontación orientada hacia la búsqueda de acuerdos y de consenso sobre lo que es eficaz y lo que no, lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo e injusto. Es una actividad de construcción de acuerdos y de reglas sobre el modo de «interpretar» las órdenes o las prescripciones.

Podemos mostrar fácilmente, a partir del análisis del proceso de construcción de las reglas, que una regla no tiene jamás solamente una vocación técnica. La regla es al mismo tiempo una regla social que organiza la civilidad y la vida juntos. Trabajar no es jamás producir, es también vivir juntos. Las reglas de trabajo y convivialidad deben ir siempre juntas.

A esta actividad de construcción de reglas, que consume una buena parte de nuestro tiempo y de nuestra energía, en las sociedades de psicoanálisis le damos el nombre de actividad deóntica. Solo podemos hablar de colectivo cuando hay unas reglas que organizan la actividad común. Si no, no es un colectivo, es un grupo o una muchedumbre, incluso una masa.

La actividad deóntica forma parte integrante del trabajo ordinario y conduce a diferenciaciones a veces muy marcadas entre equipos o entre colectivos, entre estilos de trabajo y entre las escuelas. Los colectivos y los oficios tienen una historia y esta historia no es otra que la historia de sus reglas y de sus transformaciones.

Actividad deóntica, espacio de discusión e identidad

Para poder cooperar hay que arriesgarse: entre otras cosas, a manifestarse, a mostrar lo que se hace y a decir lo que se piensa. Indudablemente es arriesgarse.

¿Por qué la gente prefiere arriesgarse en vez de hacer el trabajo simplemente reglamentado?

Los que participan en la actividad deóntica, de la vida del colectivo y del vivir juntos aportan, de hecho, una contribución superior a la cooperación, a la organización del trabajo, a la empresa o a la institución y también a la sociedad. Si se implican de este modo es porque a cambio de esta contribución esperan una retribución.

Entonces la clínica del trabajo está sobre este punto irrefutable: que la retribución que moviliza a la mayoría de los trabajadores no es la retribución material. No porque sea insignificante, por supuesto, pero no es el motor. La retribución esperada es ante todo una retribución simbólica. Su forma principal es el reconocimiento. En el doble sentido del término: reconocimiento en el sentido de gratitud o agradecimiento por el servicio entregado; reconocimiento en el sentido de juicio sobre la calidad del trabajo realizado. El reconocimiento también alcanza su eficacia simbólica solo si es obtenido y si es conferido según procedimientos cuyos criterios son extremadamente precisos.

En este artículo me centraré en que el reconocimiento pasa por juicios. Existen dos formas de juicios.

La evaluación individualizada y cuantitativa de los resultados pone a todos los asalariados en competencia unos a otros. Los éxitos de un colega son una amenaza para el asalariado. Cada uno trabaja para mostrar sus propios éxitos y todos los golpes son permitidos. La desconfianza y el miedo llegan sobre el mundo del trabajo. La deslealtad se vuelve común.

El juicio de utilidad se trata de la utilidad económica, social o técnica de la contribución realizada por un sujeto a la organización del trabajo. El juicio de utilidad es importante para el sujeto, porque le confiere un estatuto en la organización para la cual trabaja y, más allá, un estatus en la sociedad. Es también la condición para acceder no solo a un salario, sino que a derechos sociales. Basta darse cuenta de los efectos temibles de lo que supone ser ignorado en el trabajo, es decir, de relegación en tareas subalternas o absurdas, incluso en la interdicción de trabajar, conservando su salario. Las personas relegadas a tareas absurdas son asoladas por la vergüenza y la pérdida de confianza en sí mismo y se hunden en la depresión.

El juicio de belleza se enuncia siempre en términos estéticos. Es un bello trabajo, es una bella obra, es demostración elegante, es un hermoso modo de hacer las cosas. El juicio de belleza connota primero la conformidad del trabajo cumplido con las reglas del arte, con las reglas de oficio. Este juicio puede ser llevado solo por el otro que conoce las reglas del arte y el oficio, desde el interior. Es el juicio de los pares, el más severo, ciertamente, pero también es más apreciado. Su impacto sobre la identidad es considerable. Reconocido por sus pares, un trabajador accede a la pertenencia: pertenencia a un equipo, a un colectivo, a una comunidad de oficios. La pertenencia es eso por lo que el trabajo permite conjurar la soledad. Decimos en lo sucesivo sobre él que es un piloto de caza como otros pilotos de caza, que es un investigador como otros investigadores, que es un psicoanalista como otros psicoanalistas.

Es importante señalar que lo esperado por el trabajador en estos dos juicios, de utilidad y de belleza, es la apreciación de la calidad de la prestación, el juicio sobre la calidad del trabajo realizado. En un segundo momento, el sujeto puede pensar este juicio como uno que tiene que ver con el registro del ser, de la identidad.

El reconocimiento, por esta razón, tiene un impacto considerable sobre la identidad. Es gracias al reconocimiento que una parte esencial el sufrimiento se puede transformar en placer en el trabajo. Estamos aquí lejos del masoquismo, es decir lejos del placer producto de la erotización del sufrimiento. El camino que pasa por el reconocimiento es mucho más largo y no tiene que ver con la coexcitación sexual, depende del juicio del otro.

Los términos enigmáticos de Freud para calificar la sublimación toman, bajo la lupa de la psicodinámica del trabajo, un significado preciso. «Es una especie cierta de modificación del fin y del cambio del objeto, en la cual nuestra escala social de valores entra en cuenta, que distinguimos bajo el nombre de sublimación» (Freud-1933). El modo en el que la escala social de valores tiene una importancia para la sublimación pareciera pasar bien por los juicios de reconocimiento por otros, juicio de utilidad y juicio de belleza. La psicodinámica del reconocimiento en el trabajo constituye el segundo nivel de la sublimación e introduce allí una nueva dimensión. El éxito de la sublimación depende en gran medida del juicio del otro y de la lealtad de los colegas en los procesos de reconocimiento (mientras que el primer nivel de la sublimación, el de la cuerpropiación, en rigor es intrasubjetivo).

Para algunos de nuestros pacientes, la identidad a la salida de la adolescencia es incierta, inconclusa, inmadura y el riego de crisis de identidad con sus consecuencias psicopatológicas no está lejos. Es por eso que el trabajo, vía el reconocimiento, constituye para muchas personas la segunda posibilidad de la construcción de la identidad y de la salud mental.

Un nuevo método de organización del trabajo: la evaluación individual de resultados

Dado que el mundo del trabajo es colonizado por los nuevos métodos de gestión, se nos instala un nuevo método de organización, estrechamente vinculado a la doctrina gestionaria. La evaluación individualizada de los resultados es introducida en la inmensa mayoría de las empresas privadas tanto como en los servicios públicos. Este método es presentado como un medio «objetivo» de evaluar el trabajo de cada individuo y de hacerlo comparable al de otros asalariados. La evaluación individualizada reposa en el principio de un análisis cuantitativo y objetivo del trabajo, pasando por la medición de los resultados.

La evaluación del trabajo por métodos objetivos y cuantitativos de medición reposa en bases científicas erróneas. Este método de evaluación cuantitativa es falso y lo será siempre. Este método genera sentimientos de injusticia que tienen también efectos letales sobre la salud mental.

Lo más grave, probablemente, son los efectos de este método sobre el trabajo en equipo, sobre la cooperación y sobre la vida juntos. La evaluación individualizada y cuantitativa de los resultados, en efecto, pone a todos los asalariados en competencia unos a otros. Los éxitos de un colega son una amenaza para el asalariado. Cada uno trabaja para mostrar sus propios éxitos y todos los golpes son permitidos. La desconfianza y el miedo llegan sobre el mundo del trabajo. La deslealtad se vuelve común. La obsequiosidad, la ayuda mutua, desaparecen. No nos hablamos más. Las solidaridades se derriten. Al fin, cada uno se encuentra solo en medio de la multitud, en un entorno humano y social hostil. La soledad se expande sobre el mundo del trabajo y esto cambia radicalmente la subjetividad y la salud mental.

Contrariamente a lo que afirmen ciertos autores, el acoso en el trabajo no es nuevo. Pero sí, efectivamente, las víctimas del acoso aumentan considerablemente. Esto no es a causa del acoso mismo, es a causa de la soledad. Aún más, frente al acoso, a la injusticia, a las dificultades del trabajo ordinario y a los fracasos que contiene toda vida profesional, no es idéntico en absoluto de hacer frente a esas dificultades con la ayuda y la solidaridad de otros o de encontrarse único, aislado y en un entorno humano potencialmente hostil.

La multiplicación actual de los suicidios en el trabajo resulta no solo de injusticias, de la desgracia o el acoso. Principalmente resulta de la experiencia atroz del silencio de otros, del abandono por otros, de la negativa de testimoniar de los otros y de su cobardía.

El sufrimiento ético

Es en este contexto en que ciertos trabajadores aceptan poner su celo profesional a lo que manda la dirección y que su sentido moral reprueba. Para alcanzar el volumen de negocios al cual se comprometió firmando un contrato por objetivos, hace falta timar a los clientes. O aún más, para aumentar el rendimiento de su equipo el gerente debe manipular a los subordinados usando alternativamente de la promesa y de la amenaza. Para dejarse ayudar en el arte de engañar al cliente o de manipular a los subordinados gozamos de formaciones ad hoc, y de guiones que se exhiben sobre la pantalla de computador destinados a prestar asistencia al operador en el desvío de las cuestiones molestas puestas por los clientes, o en la elección de las formulaciones más aptas para impresionar a los subordinados. En otros términos, se trata de mentirles en lo sucesivo a los clientes y a los subordinados y de manipularles. Mentiras y manipulaciones son prescritas. Cualesquiera que sean los medios utilizados y las faltas a los reglamentos, la dirección cerrará los ojos si el volumen de negocios aumenta.

La multiplicación actual de los suicidios en el trabajo resulta no solo de injusticias, de la desgracia o el acoso. Principalmente resulta de la experiencia atroz del silencio de otros, del abandono por otros, de la negativa de testimoniar de los otros y de su cobardía.

Hace poco los asalariados no habrían aceptado obedecer a estas órdenes terminantes que son contrarias a sus valores en los servicios públicos por la lealtad con respecto a los usuarios. Pero hoy, el asalariado vacila. Porque todos los demás, tanto dirigentes como los colegas, los ejecutivos y los subordinados, todo el mundo consiente en poner su celo en el servicio de acciones que la conciencia moral reprueba.

Se abre aquí el capítulo nuevo en clínica del trabajo, del sufrimiento ético, es decir del sufrimiento en contacto con la experiencia de la traición de sí mismo. Lo que es grave, aquí, desde el punto de vista psicopatológico, es que un cerrojo suplementario de la sublimación es violado: «Nuestra escala social de valores».

En el primer enfoque que le dimos, esta «escala social de valores» pasaba por el juicio del otro. El nuevo capítulo del sufrimiento ético permite hacer mejor embargable el segundo aspecto, del modo en el que «nuestra escala social de valores es parte de la evaluación de nuestros resultados». El juicio que el sujeto hace sobre sí mismo no es solo sobre la calidad de su contribución productiva, sino que sobre el valor ético de su prestación. Porque por su actividad de producción, el trabajador compromete, de facto, el destino del otro, en particular del cliente al que se le ordena engañar.

Es decir que el trabajo no se reduce a una actividad, implica dimensiones que dependen solamente de la acción, en el sentido que Aristóteles da al concepto de praxis: acción moralmente justa. Las nuevas patologías vinculadas al sufrimiento ético muestran que detrás del término de valor se encuentra implícitamente designado el basamento ético de la sublimación, que compromete lo que en el narcisismo se llama la «estima de sí mismo».

Es en cierto modo el tercer nivel de la sublimación: cuando el trabajo vivo es efectivamente juzgado y deliberadamente orientado con vistas a honrar la vida, entonces los efectos a cambio del trabajo sobre la identidad, o sobre el sí mismo, se traducen por el crecimiento de la estima de sí y del amor de sí.

Consintiendo a poner su celo en el servicio de órdenes y de prescripciones que deshonran la Kultur (pensando en el doble sentido que tiene en alemán, de cultura y de civilización), el trabajador debilita todavía más las bases intrasubjetivas de su identidad y se hace todavía más dependiente del reconocimiento de la empresa para mantener su identidad. De hecho, los trabajadores más expuestos son los más implicados en su tarea. Los que hacen siempre el mínimo, los que «sacan la vuelta», no se suicidan cuando entran en desgracia.

La clínica del trabajo, procediendo a la investigación de los suicidios en el trabajo, sugiere que el trabajo compromete la subjetividad y la identidad de todos los que auténticamente se implican en la construcción de un ambiente (ethos) del trabajo de calidad. El trabajo es más productivo cuando abre a la sublimación y es una actividad socialmente valorizada. Los suicidios en el trabajo son de aparición reciente, ya que los primeros registros corresponden a Francia, 1995. Ellos marcan un cambio histórico en la medida en que muestran la aparición del sufrimiento ético en aquellos que son conducidos, por las nuevas formas de organización del trabajo, a experimentar con la traición a sí mismos.

 

Traducción: Patricia Guerrero Morales

 

Malestar en el trabajo. Desarrollo e intervención, Horacio Foladori y Patricia Guerrero (editores), LOM, 2017, 204 páginas, $9.000.

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