Espíritu de secta

Tras esas apariencias de diversidad, cada vez se impone de manera más autoritaria el evangelio del nuevo puritano, alias progresista beato. Tal vez equivocadamente, cree estar produciendo un cambio radical en cómo pensamos, sentimos y vivimos. Orgulloso de esto, ignora que encarna una paradoja: aboga por la tolerancia y el respeto a la diferencia como normas sacrosantas de la vida moderna, al mismo tiempo que se abandera con la uniformidad como práctica.

por Manuel Vicuña I 30 Julio 2020

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Quizá vivamos distraídos por una ilusión. Creemos que somos más autónomos que nuestros padres, y que ellos lo son respecto de nuestros abuelos. Suponemos que gozamos de nuevos márgenes de libertad, hasta el punto de poder forjarnos a voluntad, con independencia de las fuerzas que provienen del pasado y de las presiones del entorno. El sentido común dice que el individualismo como indeterminación tiene todo a su favor. Sería la época dorada del laissez-faire ético. Disfrutaríamos de licencias inauditas para elegir entre una amplia variedad de estilos de vida y puntos de vista.  

Tengo mis dudas con esta variante del optimismo ilustrado. Resulta engañoso por exagerado. Hoy, ¿qué tan fácil es reivindicar los atributos del individualismo? ¿Qué tan fácil emprender el camino solitario de la excentricidad? ¿Tenemos forma de abandonar la manada y salir ilesos?  

Tras esas apariencias de diversidad, cada vez se impone de manera más autoritaria el evangelio del nuevo puritano, alias progresista beato. Este se instala en el domicilio político de la izquierda, aunque no le hace honor a su tradición de pensamiento crítico. Pontifica desde el púlpito reservado a los justos. Cuida que nadie se salga de la línea. Tiene seguridades a prueba de fuego. Considera las reservas del escepticismo, ese atributo de la vida civilizada, como un torcido subterfugio conservador. ¿Sentido del humor? Poquito. ¿Humor negro? Ninguno. ¿Moralina? Por montones. Hasta la ironía le parece ofensiva. Tiene la piel fina. Se escandaliza por todo y lo manifiesta con histrionismo. Posee la convicción del cruzado y una disposición narrativa que nunca abandona el esquema que divide al mundo en héroes y villanos. Patrulla el lenguaje a la caza de palabras ofensivas que aísla como factores patógenos, y en su reemplazo pone en circulación otro vocabulario, cuyos términos funcionan como señales de identidad y salvoconductos para ingresar al club de las almas bellas.  

El nuevo puritano repudia a los intolerantes y sin embargo no soporta a los disidentes. Usa las redes sociales como mecanismo de intimidación. A la hora de ajusticiar a los culpables, es despiadado, incluso sádico. Con frecuencia, y a veces sin mediar más que un descuido, estalla la reacción en cadena que sacrifica al canalla de turno. Ambiciona el poder para imponer la unanimidad en la plaza pública y expandir la jurisdicción de sus principios. Juzga el pasado con la vara de los ideales actuales, y por lo mismo reparte condenas a diestra y siniestra. En su disección de la cultura, en vez del escalpelo de la crítica, utiliza el machete del resentimiento. Adhiere al progreso moral de la humanidad como ley histórica, con una candidez similar a la de quienes combaten el insomnio con grabaciones del oleaje marino. El nuevo puritano se jura emisario de un futuro mejor en misión de servicio en un presente lleno de costumbres retrógradas. Día a día aumenta el catastro de las víctimas que merecen su compasión o, para ser más preciso, un tipo de sentimentalismo compatible con un corazón de piedra. El nuevo puritano se identifica con la víctima porque en nombre de esa condición adquiere el derecho a convertirse en victimario. La fuerza de su mesianismo es indisociable del protagonismo contemporáneo de la víctima como figura ética, política y mediática. Vivimos en la época de la “aristocracia del dolor, de la meritocracia de la mala suerte”, dice el italiano Daniele Giglioli. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento (…). Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. El guardián de la virtud usa como estimulante la tendencia al victimismo y los rituales colectivos de autoconmiseración.

El nuevo puritano puede trapear el suelo con su adversario, sin pagar ningún costo. De ahí viene su gusto por la funa o la agresión en patota como rito de expiación express y marcaje denigratorio. En su descargo, hay que decir que a cada hora aumentan los motivos para indignarse y ya nadie se atreve a poner las manos al fuego ni por los lactantes. 

Tal vez equivocadamente, cree estar produciendo un cambio radical en cómo pensamos, sentimos y vivimos. Orgulloso de esto, ignora que encarna una paradoja: aboga por la tolerancia y el respeto a la diferencia como normas sacrosantas de la vida moderna, al mismo tiempo que se abandera con la uniformidad como práctica. El mundo parece devolverle su imagen como quien se mira en un espejo sin fisuras. Se engaña, al menos en parte. Con el ejercicio de su policía edificante, promueve la duplicidad, la hipocresía y el conformismo, no el asentimiento voluntario a sus creencias. Vociferando, silencia sin convencer necesariamente. Al nuevo puritano no le interesa persuadir con razones o trabar diálogos sin censura, desperdiciando así la oportunidad de acercarse, por medio de esas interacciones, a posiciones más depuradas. Prefiere sacar de circulación las opiniones discordantes. Intenta pastorear a chicotazos a los indómitos, pretendiéndose dueño de la verdad. Actualiza el lema “la letra con sangre entra” y, al final del día, sobreestima el alcance de su influencia.  

Por eso el crítico razonado del nuevo puritano debe cuidar cada una de sus palabras, a sabiendas de que pisa un campo minado en el que cualquier error le estallará en la cara. Del otro lado, ocurre justo lo contrario: el nuevo puritano puede trapear el suelo con su adversario, sin pagar ningún costo. Las ofensas le parecen una muestra de fervor justiciero; las acusaciones, incluso las lanzadas al voleo, una acreditación instantánea de culpabilidad. De ahí viene su gusto por la funa o la agresión en patota como rito de expiación express y marcaje denigratorio. En descargo del nuevo puritano, hay que decir que a cada hora aumentan los motivos para indignarse y ya nadie se atreve a poner las manos al fuego ni por los lactantes. Nadie con dos dedos de frente dice que los principios que defiende sean una barbaridad. O que los valores y las costumbres del pasado hayan protagonizado, invariablemente, un cuento de hadas que debiésemos enseñarles a los niños. Hay mucho que tirar a la basura. El tema es hacerlo sin generar más material tóxico ni arrollar a los diferentes sin medir las consecuencias. Nunca deberíamos renunciar a interrogar las propias certezas; tampoco dejar de cuestionar los medios que usamos para propagarlas.  

Hace rato que estas cuestiones me han convencido de lo siguiente: quizá no hay texto filosófico más pertinente al momento actual que De la libertad, el ensayo escrito por John Stuart Mill en 1859. Al inglés le urgía fijar las relaciones adecuadas, desde una perspectiva liberal, entre la sociedad y el individuo. Tempranamente comprendió que la opresión política no era la única amenaza a la soberanía individual, que también debíamos cuidarnos de la “tiranía de la mayoría”, que no aguanta que la contradigan y suele infiltrarse como un virus en las conciencias. Si no se discuten los artículos de fe de la opinión pública, afirmaba Mill, corren el riesgo de figurar como dogmas muertos, y no como verdades vivas. Solemos olvidarlo, pero tal vez sea hora de recordar el lado odioso del ideal democrático en versión foro digital: darle la palabra a todo el mundo no conduce necesariamente a la expresión de voces de tono liberal, de vocación tolerante. En estas circunstancias, conviene reivindicar el valor del pluralismo, y la resistencia del excéntrico al espíritu gregario y a los consensos opresivos. Yo al menos sigo creyendo que la contradicción opera como el carburante que mantiene en funcionamiento una mente inquieta. La cantidad de opiniones y creencias que han devenido absurdas con el paso del tiempo debiese ser un recordatorio del carácter tentativo de nuestras convicciones. La historia de la emancipación de la herencia asfixiante del pasado, siempre ha supuesto el rechazo a los condicionamientos morales que nos obligan a prejuzgar y asentir por anticipado.