Las maldades de Richard H. Thaler

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Septiembre 11, 2018

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El último premio Nobel de Economía ha puesto de cabeza a sus colegas de la Escuela de Chicago al integrar la psicología para explicar aspectos del comportamiento humano que hasta hace poco eran considerados extraños. Según la “economía del comportamiento”, las personas no siempre deciden racionalmente, como piensan los economistas ortodoxos, sino que en ciertas circunstancias sus acciones se basan en “sesgos”, volviendo relativa cualquier predicción. Este modelo intenta dar un panorama más completo de la realidad, asumiendo la complejidad de la naturaleza humana e invitando a ver la economía no como una ciencia exacta e infalible.

por sebastián edwards

Según el sitio de la Universidad de Chicago, 29 académicos asociados con la casa de estudios (entre profesores, ex profesores y ex alumnos) han ganado el premio Nobel de Economía. Nada de mal para un galardón que se otorga desde hace tan solo 48 años. El último agraciado fue el profesor de la Booth School of Business Richard H. Thaler, quien lo ganó el 2017.

Thaler es un economista poco habitual: heterodoxo, irónico, iconoclasta y combativo. Su contribución es haber combinado los principios de la psicología y la economía, para explicar aspectos del comportamiento humano que hasta hace poco eran considerados extraños, actitudes reñidas con la racionalidad, conductas aberrantes. Esta combinación de disciplinas recibió el nombre de “economía del comportamiento” (behavioral economics) y se ha transformado en un campo extremadamente popular entre académicos jóvenes.

Muchos, en la misma universidad, piensan que Thaler no es un verdadero representante de la Escuela de Chicago. Incluso lo ven como un afuerino, un espía, una especie de caballo de Troya cuyo objetivo final sería destruir la rica tradición de Milton Friedman. Tanto es así que cuando la Academia Sueca anunció su premiación, varios de sus colegas hicieron rechinar los dientes. No por envidia (aunque, claro, algo de eso hubo), sino porque pensaron que la “marca” de la universidad, su reputación como baluarte y defensora del capitalismo, se veía comprometida. Y bueno, algo de eso también hay.

Muchos, en la misma universidad, piensan que Thaler no es un verdadero representante de la Escuela de Chicago. Incluso lo ven como un afuerino, un espía, una especie de caballo de Troya cuyo objetivo final sería destruir la rica tradición de Milton Friedman.

Los dos últimos libros de Thaler han tenido gran éxito. En el 2008 publicó Un pequeño empujón, con el entonces profesor de la Escuela de Derecho de Chicago, Cass Sunstein (actualmente en Harvard). En esta obra los autores argumentan que el comportamiento humano se caracteriza por una gran inercia: la gente se “queda pegada” en hábitos antiguos, muchos de los cuales son contraproducentes y resultan en malas decisiones. Por ello es recomendable que las autoridades les den un “empujoncito” que los ayude a moverse en la dirección correcta. No se trata de obligarlos a hacer algo que no quieran; solo indicarles que lo que están haciendo no es conveniente y señalarles el camino adecuado.

Thaler y Sunstein se refieren a este enfoque como “paternalismo libertario”. Paternalismo porque una autoridad “iluminada” vela, como un padre, por el bienestar de la población. Libertario, porque cambiar de rutinas o comportamientos es completamente voluntario; se respeta la libertad. El presidente Barack Obama (amigo de Sunstein, de hecho fueron colegas en la Escuela de Derecho de Chicago) adoptó esta filosofía en su mandato.

Ejemplos de políticas públicas basadas en las ideas de Thaler y Sunstein incluyen reglas que inducen a las personas a ahorrar más para su vejez e inscripciones automáticas en gimnasios y clases de ejercicios, para mejorar la salud de las personas. Ambas son actividades beneficiosas, pero por pura inercia casi nunca se emprenden, o se persiguen en forma parcial y tímida. La gente solo se embarca en ellas si reciben el impulso (empujón) del caso.

Una pizca de psicología

El libro más reciente de Thaler es Portarse mal, y en él cuenta lo difícil que fue introducir la idea de la “economía del comportamiento” en la academia norteamericana. El libro se lee a ratos como una novela policial o de espías, un cuento con villanos (casi todos economistas ortodoxos relacionados con Chicago) y héroes, casi siempre académicos jóvenes e idealistas que creen tener razón y están convencidos de que si perseveran podrán ampliar los márgenes del análisis económico.

Como explica en el libro, Thaler no fue el primer cultor de este nuevo enfoque. Los líderes del movimiento fueron dos israelís, Daniel Kahneman y Amos Tversky, a quienes Thaler y otros mozos y mozas, se unieron con entusiasmo. Kahneman, de profesión psicólogo y profesor en Princeton, ganó el Nobel de Economía el 2002, y Tversky, quien enseñaba en Stanford, murió prematuramente en 1996, a los 59 años.

Ejemplos de políticas públicas basadas en las ideas de Thaler y Sunstein incluyen reglas que inducen a las personas a ahorrar más para su vejez e inscripciones automáticas en gimnasios y clases de ejercicios, para mejorar la salud de las personas. Ambas son actividades beneficiosas, pero por pura inercia casi nunca se emprenden.

Como Thaler explica en Portarse mal el punto de partida de este enfoque fue reconocer que había un cúmulo de comportamientos humanos que no eran explicados adecuadamente por el uso directo (y mecánico) de la teoría económica tradicional. Muchos individuos se comportaban de manera aparentemente irracional, es decir, se “portaban mal”. Un caso típico es no aprovechar ofertas de empleadores que son claramente provechosas, como el ejemplo dado más arriba: inscribirse gratis en un gimnasio. Otra actitud reñida con la ortodoxia es considerar costos ya incurridos (y por tanto irrelevantes) en la toma de una decisión; en teoría tradicional esto se llama “la irrelevancia de los costos hundidos”. Pero en la vida real la gente lo hace a cada rato. En el libro, Thaler da un ejemplo claro: el de una persona que pagó una cifra importante por entradas para un partido de básquetbol. Sin embargo, la noche del juego es una noche miserable, con una nevazón bíblica, con caminos peligrosos y un frío espantoso. La persona ya no quiere ir al juego, pero como pagó por las entradas decide hacerlo, “para no perder el dinero”.

Lo que estos autores notaron es que estas aberraciones no eran aleatorias, sino que eran sistemáticas y seguían un patrón reconocible. Eran “sesgos” en el comportamiento, que respondían a características psicológicas de los individuos. El desafío, entonces, era desarrollar un enfoque sistemático que explicara estas desviaciones aparentemente irracionales; hacer un catálogo de ellas, y tratar de encontrar un hilo conductor. Poco a poco fueron etiquetando los diversos sesgos. A los ortodoxos, cuenta Thaler, esto no les gustó nada. Para ellos (o para su versión más caricaturesca), los seres humanos actúan en forma completamente racional, como si en cada momento estuvieran maximizando una “función de utilidad”, y considerando todos los ángulos económicos de cada elección. Las decisiones aparentemente aberrantes no lo son, una vez que uno piensa con más dedicación y aplica el enfoque tradicional en forma cuidadosa.

Entre las ideas novedosas y pioneras de Thaler (ideas que, como se dijo, de una manera u otra contradicen a la ortodoxia) se encuentra lo que él llama el “efecto propiedad”. Según este principio, la gente tiene apego a las cosas que posee y les asigna un valor mayor del que tienen, incluso mayor que su valor de reposición. Thaler y sus colegas han determinado este comportamiento por medio de experimentos simples: les regalan a algunos estudiantes un tazón con el emblema de la universidad. Se les informa que en la tienda de la institución se venden por 10 dólares. Luego les ofrecen comprárselos de vuelta en $12. De aceptar la transacción el estudiante ganaría un 20%, ya que con los 12 dólares puede comprar otro tazón idéntico y quedarse con $2. Pero casi ninguno quiere hacerlo. Y eso es “irracional”, según los teoremas centrales de la teoría del consumidor clásica.

Otro sesgo es el llamado del statu quo. A la mayoría de la gente no le gusta cambiar; evita lo nuevo, aun cuando es conveniente innovar. Por ejemplo, un enorme porcentaje de personas no cambia al beneficiario de su póliza de seguros luego de divorciarse, aun en casos en que el divorcio ha sido muy disputado. Este principio ha sido usado en políticas públicas. La idea es establecer la opción más conveniente (ya sea desde el punto de vista personal o social) como la “opción por defecto”, o la alternativa que se va a seguir si el individuo decide mantener la pasividad y no tomar ninguna acción. Por ejemplo, y como se dijo más arriba, muchas compañías automáticamente les descuentan un dinero a los empleados para ponerlos en cuentas de ahorro. Si no desean hacer esa contribución a su cuenta individual, el empleado puede “desanotarse”, pero si no hace nada y mantiene el statu quo, seguirá ahorrando.

Thaler, Gary Becker y la ortodoxia

La mejor manera de apreciar las contribuciones de Thaler y sus colegas, y de entender por qué generan tantos anticuerpos entre los economistas tradicionales, es analizando el pensamiento de Gary Becker, también profesor de Chicago y premio Nobel, considerado uno de los mejores y más originales exponentes del pensamiento clásico.

Entre las ideas novedosas y pioneras de Thaler (ideas que, como se dijo, de una manera u otra contradicen a la ortodoxia) se encuentra lo que él llama el “efecto propiedad”. Según este principio, la gente tiene apego a las cosas que posee y les asigna un valor mayor del que tienen, incluso mayor que su valor de reposición.

En el año 1976, Becker publicó un libro que revolucionó las ciencias sociales: The Economic Approach to Human Behavior. Si bien se trataba de una colección de artículos, el hecho de que fueran recolectados entre dos cubiertas de cartón permitió a una serie de académicos analizar en forma exhaustiva su pensamiento.

Este libro, más que ningún otro texto, ha sido responsable de que académicos en otras disciplinas acusen a los economistas de un imperialismo rampante, de un deseo por abarcar todos los temas, y todos los problemas de la sociedad. El libro se pregunta cuáles son los “límites de la disciplina económica”. Y lo que Becker argumenta es muy simple: la economía como ciencia prácticamente no tiene límites.

Según Becker, la economía (en su versión clásica) es una disciplina útil para analizar en forma fructífera prácticamente todos los problemas sociales, incluso aquellos que tradicionalmente fueron considerados alejados de su órbita. En los artículos recopilados en el libro, Becker usa las herramientas del enfoque económico para analizar en forma precisa y elegante problemas relacionados con la discriminación racial, las decisiones políticas en un sistema democrático, el crimen y el castigo, comportamientos irracionales, fertilidad, “calidad” y “cantidad” de hijos, teoría del matrimonio, teoría de las interacciones sociales y análisis del altruismo y el egoísmo por medio de la simbiosis entre la economía y la sociobiología.

En el capítulo introductorio, Becker aclara que lo suyo no es normativo, es decir, no pretende cambiar las políticas públicas, ni abogar por un sistema de organización social por encima del otro. Lo que busca, precisa, es un enfoque “positivo”, que le permita explicar o dar cuenta de distintos comportamientos de los seres humanos en sociedad. Esta es una diferencia importante entre Becker y Thaler. Para el último las políticas públicas son de gran interés; lo que le interesa es usar su enfoque para alterarlas o para ofrecer opciones a las políticas tradicionales.

La mía fue la primera promoción de estudiantes del doctorado en Chicago (1977-78) que tuvo que leer este libro en el curso de teoría de precios, enseñado por el propio Becker. A estas alturas, cuando ya han pasado 40 años desde su publicación, es difícil imaginarse el impacto que tuvo en nosotros. Estábamos tan fascinados como escandalizados. Recuerdo como si fuera hoy cuando Becker habló sobre fertilidad: “En general los padres aman a sus hijos; los disfrutan, gozan viéndolos crecer. Pero esa satisfacción y goce no son instantáneos. Se van dando de a poco, a través del tiempo. Primero uno decide tenerlos, luego nacen, y de ahí en adelante, en forma lenta, uno los disfruta”.

Hizo una pausa, nos miró con detención y sonrió. Luego agregó: “Bueno, los hijos también se sufren, pero eso es fácil de incluir en el modelo matemático sobre la fertilidad; el sufrimiento es, simplemente, un goce negativo”.

Enseguida prosiguió: “En ese sentido, los hijos son como un bien durable, como un bien blanco, como un bien que uno compra en una tienda de almacenes un día cualquiera, y cuyos servicios uno va apreciando y disfrutando lentamente a través de la vida; los hijos son como un televisor, como una máquina de cortar el pasto, como una lavadora de platos”.

 

Richard Thaler, último ganador del Nobel de Economía. Fotografía: Bengt Nyman, 2017.

 

Aquí el profesor hizo una pausa, y si mi memoria no me traiciona, se mesó los cabellos y esbozó una sonrisa un tanto irónica. Continuó: “Entonces, al analizar el tema de la fertilidad tenemos que decidir, como cientistas sociales, si vamos a considerar a los hijos como un refrigerador o como una lavadora”.

Al escucharlo me dio un ataque de risa, el que tuve que reprimir al darme cuenta de que Becker hablaba con absoluta seriedad. Pensé entonces en mi hija Magdalena, de tan solo siete meses, y traté de decidir si era más parecida a un refrigerador o a una lavadora.

En el trimestre de invierno de 1978, Becker también disertó sobre el enfoque económico del suicidio. Muchos de nosotros nos sentimos perturbados. Esta reacción se vio amplificada cuando alumnos de cursos superiores nos informaron que su primera esposa se había quitado la vida hacía un par de años. Becker escribe en su libro: “Hasta cierto punto… la mayoría (si no todas) las muertes son un ‘suicidio’ en el sentido de que podrían haberse postergado si más recursos se hubiesen invertido en alargar la vida”.

Al final, el “enfoque económico” de Becker es relativamente simple. Argumenta que todas las actividades, incluso aquellas que no están sujetas a mercados formales, tienen una función de demanda de parte de los individuos. Y con esta función de demanda aparecen “precios” (implícitos o explícitos) que están íntimamente asociados con esta. Si el mercado formal existe, ese precio será explícito y podrá ser visto por todos los que participan en él. Pero, dice Becker, cuando el mercado formal no existe, aún existirá un precio, o “precio sombra”, que determina el volumen o cantidad demandada de la actividad o bien en cuestión. Por ejemplo, si el precio del suicidio es bajo, habrá un número elevado de suicidios. Por el contrario, si el precio de suicidarse es alto, el número de estos será reducido.

El corolario de este principio es tan sencillo como poderoso: si como sociedad queremos aumentar el nivel de cierta actividad (por ejemplo, la lectura entre los niños), todo lo que hay que hacer es descubrir algún procedimiento para reducir su precio sombra. Darles dinero en efectivo a los niños sería una manera de reducir el precio de la lectura y aumentar su cantidad demandada (este enfoque ha sido criticado, entre otros, por el filósofo Michael Sandel). Pero hay, desde luego, otras maneras de reducir este precio. Por ejemplo, los libros pueden tener ilustraciones o estar publicados en formatos atractivos o tener tipografías más grandes.

La gran diferencia entre Thaler y los clásicos es que para estos últimos no es necesario recurrir a “sesgos” para mejorar el poder explicativo de la teoría económica. Todo lo que hay que hacer es esforzarse más y ser más creativos al introducir mejoras a la teoría.

De la misma manera se puede pensar con respecto a las elecciones en un sistema democrático. Becker en ningún momento argumentaría que los votos debieran ser sujetos a la mercantilización, y ser comprados y vendidos. Pero lo que sí diría es lo siguiente: si un país está preocupado porque muy poca gente acude a las urnas, debe implementar políticas que reduzcan el “precio sombra” de votar. Esto puede hacerse por medio de la implementación del voto electrónico, el voto a distancia, el voto por correo, el voto por internet o el voto anticipado. En los países donde estas medidas han sido implementadas, la participación electoral ha aumentado fuertemente, tal como lo hubiera previsto Becker.

La gran diferencia entre Thaler y los clásicos es que para estos últimos no es necesario recurrir a “sesgos” para mejorar el poder explicativo de la teoría económica. Todo lo que hay que hacer es esforzarse más y ser más creativos al introducir mejoras a la teoría. Para Becker y sus colegas de Chicago, George Stigler y Ronald Coase (ambos ganadores del Nobel), la introducción de dos conceptos clave es esencial: la existencia de “información incompleta” y los “costos de transacción”. Con ellos, argumentan, es posible explicar cuestiones como el “efecto manada” y otras actuaciones que, en la superficie, parecen irracionales. Ejemplo: estoy de vacaciones y no conozco la calidad de los restaurantes en el pueblito italiano en el que me encuentro. ¿Cómo decido a cuál ir? Podría hacer una larga investigación por internet, pero los costos (de transacción) de hacerlo serían muy elevados. Sigo entonces a los grupos y elijo el restaurante con más público, bajo el supuesto de que esa gente sabe lo que hace y dónde la comida es más rica. He actuado como una oveja en una manada, pero lo que hice es perfectamente racional.

Detrás de este debate hay una discusión metodológica. La tradición económica –desde J. Neville Keynes (padre de Maynard) hasta Milton Friedman, pasando por Herbert Simon– dice que los modelos teóricos deben ser parsimoniosos, estar basados en un número limitado de supuestos muy generales y simples. Por ejemplo, suponer que los individuos buscan maximizar su felicidad, lo que hacen sujetos a una serie de restricciones (el día tiene 24 horas). Como estos son modelos (y no “la realidad”), no tienen que ser perfectos o absolutamente precisos. Tampoco completamente “realistas”. Desde luego, ningún individuo anda con una calculadora midiendo los efectos de sus acciones sobre su felicidad. Basta con que actúen “como si” lo hicieran, y que este supuesto produzca buenas (aunque no necesariamente perfectas) predicciones.

Según los críticos, una de las características de la “economía del comportamiento” es que plantea teorías que van perdiendo la parsimonia. Hay una multitud de principios, excepciones y “sesgos” que se van sumando para explicar mejor la realidad. Al final, dicen los escépticos, se podría llegar a una situación límite, en la que habría tantos sesgos como personas. Cada uno de ellos explicaría las peculiaridades de cada individuo. El poder predictivo de este sistema sería enorme, pero su utilidad casi cero.

Desde luego, Thaler y los partidarios de la “economía del comportamiento” nunca han pensado llegar tan lejos. Son los primeros en estar de acuerdo en que esa idea de sesgos ilimitados es una tontería. Su objetivo es incorporar un número limitado de sesgos, aquellos que son útiles para entender por qué la gente hace lo que hace y qué se puede hacer para alterar ese comportamiento. Al final, comparan los costos y los beneficios de agregar un sesgo adicional al catálogo. Y, claro, esa manera de pensar es totalmente compatible con el enfoque económico clásico.

 

Portarse mal, Richard H. Thaler, Paidós, 2018, 528 páginas, $17.900.

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