Las vidas mínimas de Carlos Araya

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Octubre 15, 2016

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Historial de navegación se pasea por nuestro propio far west, Calama, una ciudad fantasmagórica en la que confluyen nacionalidades, culturas y vidas diversas que van dejando tenues marcas de su paso por el desierto. Aunque en algunos relatos la enumeración de imágenes funciona bien, el abuso de este recurso termina por anular la impresión de que estamos ante experiencias desoladoras.

por lorena amaro

Quizás ninguna enumeración pueda parecer más infinita que la que Borges emprendió en “El Aleph”; con ella pretendió vencer las imposibilidades de la escritura, siempre lineal o secuencial, y no simultánea, como es la experiencia del mundo. En Historial de navegación, Carlos Araya parece querer vencer, también, ese límite de la palabra escrita, impregnándola del lenguaje de las imágenes. Un pasaje de “El mapa de mi hijo” da una idea bastante exacta de su forma de narrar/montar: “La luz del atardecer atraviesa los árboles. Las bolsas en el borde del río Loa vienen y van con el movimiento del agua. Los metales de la estructura del puente rechinan. El río aumenta su caudal. Alguien grita mientras la madera cruje. Noche y silencio”. ¿Será que utilizando fragmentos y recogiendo en ellos distintas imágenes –más o menos enfocadas– de la vida atacameña, se puede vencer ese límite y transmitir las atmósferas y sensaciones de la experiencia terrible, pero también desvaída, de la provincia chilena?

Dos fotografías enmarcan este libro de 13 relatos, como subrayando el propósito de ilustrar, a partir de sugerencias visuales, el mundo del norte minero. En una se puede ver una feria de diversiones vacía, que dialoga, en su desolación, con la otra, más ominosa, de la mina de Chuquicamata: un bloque alto y macizo, antecedido por el humo de las chimeneas. Estas imágenes parecieran fijar un sentido para el recorrido de Araya por Calama, que adquiere la forma de una “colección de planos fijos” (tomo esta frase de Ejercicios de encuadre, su libro anterior), los que funcionan como enunciados de un relato lírico del paisaje y sus habitantes, y se ordenan como enumeraciones.

Historial

Estas enumeraciones pueden funcionar de manera sobresaliente, como en “La última película”, texto que abre el volumen y en el que sobresale un diálogo entre dos adolescentes en busca de sexo y una prostituta que desea recuperar a su hija. Es un triángulo utilitario y violento: los reclamos sexuales que expresan, las quejas y amenazas que se hacen, los detalles demasiado concretos de sus vidas estrechas, toman la forma de una enumeración, que en una página sintetiza todas las marejadas de su ruinosa relación.

Pero también saturan: las enumeraciones pueden volver anodino los relatos en que la acumulación de imágenes fijas y dispersas, de hijos de padres ausentes, padres de hijos irremisiblemente perdidos, ejecuciones acontecidas en el silencio del desierto, inmigración esclavizada y prostituida, no dan abasto para narrar el derrumbe progresivo de una ciudad fantasmagórica, justificada solo por la mina.

Un límite maldito, el de Calama, nuestro propio far west, donde confluyen nacionalidades, culturas y vidas diversas, que van dejando tenues marcas de su paso por esa geografía. La cartografía es una forma de ordenar las enumeraciones visuales, de establecer recorridos. Los de los personajes de este libro son incesantes, ya que muchos de ellos caminan e incluso corren por “el tatuaje de carreteras en el desierto” (“Fernando Jopia”). A ese movimiento se contrapone el reposo siniestro de sus fantasmas: la imagen insistente de un joven colgado de una viga en un punto preciso del desierto.

Los títulos de los relatos parecen, también, pedazos de una larga enumeración, esta vez de nombres propios. “Fernando Jopia”, “Matt y Emily Lekker”, “Julia Cardona”, “Guillermina Vega” y “Tai Hiromi”, entre otros, dan cuenta de la diversidad racial y cultural a la que apuntan estas vidas mínimas de Araya. El suyo es sin duda un proyecto meritorio en el panorama literario chileno, coherente además con la línea de Alquimia, editorial que viene publicando propuestas narrativas que dialogan con el ámbito visual (la más significativa de ellas, La filial, de Matías Celedón). Un proyecto, el de Araya, que merece atención, pero que corre el riesgo de perder fuerza y definición por el abuso de la imagen como un recurso para contar historias, las que precisan de mayor versatilidad y desarrollo narrativo. Lamentablemente, muchas de las escenas que busca plasmar alcanzan apenas el estatuto de muecas, sombras, estetizaciones endebles que no terminan de impactar realmente: no siempre una imagen vale más que mil palabras.

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