Febrero 8, 2018

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El pop y la música en general fueron su punto de partida. En las cuatro décadas de trabajo de Laurie Anderson, los discos y las presentaciones en vivo han sido parte de muchas más herramientas en manos de una creadora que, además de compositora, cantante, violinista e instrumentista múltiple, se ha expresado por medio de la poesía, el dibujo, la escultura, el arte visual, la performance y el cine. Laurie Anderson diluye las fronteras entre arte y vida, y por cierto entre las distintas disciplinas artísticas.

por david ponce

En una de las intervenciones de la gira The Nerve Bible que hizo en 1995, Laurie Anderson contaba una historia personal con John Cage, el artista que marcó hitos en la composición contemporánea en torno a las músicas electroacústica, electrónica y aleatoria, entre otras expresiones. “You know, hice una entrevista con John Cage” es el inicio de ese relato según las transcripciones de la gira, en la que Laurie Anderson refería en términos muy coloquiales y casi anecdóticos a su experiencia con Cage, que para entonces ya era un octogenario.

“Pasé un tiempo con él y parecía ser un tipo tan feliz. O sea, tenía 80 años y estaba siempre sonriendo. Mucha gente está de bastante mal ánimo a esa altura, pero él no”, es el recuerdo de la artista sobre ese encuentro, en el que se suponía que iba a dialogar con el compositor sobre música y teorías de la información, aunque, por testimonio propio, el único propósito de ella era preguntarle si las cosas estaban mejorando o empeorando. “Es solo algo que yo tenía en mente”, explica. “Pero parecía una pregunta tan estúpida, tan general, que me daba susto formularla”.

Entonces optó por dar rodeos. Y nadie lo cuenta mejor que ella. “Me puse a decir cosas como, bueno, según las teorías de la evolución, si hubiera una carrera entre un caballo moderno y un caballo prehistórico, el caballo moderno ganaría porque es más rápido, es más eficiente, está adaptado, y lo mismo pasa con nosotros. Y por otra parte, según (el biólogo y zoólogo) Richard Dawkins, no todo ha evolucionado en el mejor sentido. Por ejemplo, habría sido una gran cosa si los animales que lanzaban fuego hubieran evolucionado: hubiera sido muy conveniente para cocinar sobre la marcha, habría existido una evolución de las fosas nasales recubiertas de modo que la nariz no se quemara, y así. Y al final Cage dijo ‘¿Exactamente qué estás tratando de decir?’ Y yo dije ‘¿Las cosas están mejorando o empeorando?’ Y él paró solo un momento y dijo ‘Oh, están mejor, mucho mejor, estoy seguro. Vamos cada vez más rápido, somos más inteligentes y mejores. Es solo que no podemos verlo. Es solo que pasa tan lentamente’”.

Es llamativa por lo elemental la definición del propio trabajo que hace Laurie Anderson, una artista anunciada siempre con los calificativos de vanguardista, experimental, precursora e innovadora. Su definición en cambio es la de una narradora. Una “contadora de historias”, según la expresión en uso. Una historia de Laurie Anderson con John Cage puede ser entre otras cosas la referencia a un encuentro entre dos mentes brillantes de la música y el arte en el siglo XX, o, mejor todavía, una lección aplicada sobre el principio de que a cuestiones profundas corresponden preguntas sencillas. Pero sobre todo es un fragmento de la experiencia que cada vez más Laurie Anderson tiene a mano como fuente de su creación: un arte siempre múltiple en disciplinas, que a sus 70 años, apenas 10 menos que los de Cage, ella mantiene vigente.

“The Language of the Future” se llama su más reciente trabajo. Es una presentación en vivo que durante los últimos años la artista ha puesto en escena en ciudades como Berlín, Amsterdam o Buenos Aires, y que en octubre del año pasado llegaría a nuestro país, pero fue cancelada pocos días antes de la fecha agendada.

Este es un título que alude al futuro, pero que remite al pasado de la artista. “The Language of the Future” es también el nombre de una de las pistas que componen United States Live (1984), el monumental disco quíntuple con que Laurie Anderson documentó, en un total de cuatro horas y media de grabación, un show realizado en 1983 y publicado en ese orwelliano año 84. La alusión a Orwell la había hecho ella misma: para entonces Anderson había sido parte de Good Morning, Mr. Orwell, la adelantada videoinstalación del artista estadounidense de origen coreano Nam June Paik, realizada el primer día de 1984 y transmitida vía satélite, con una gama de participantes que iba desde poetas como Allen Ginsberg, artistas como Joseph Beuys, compositores como el citado John Cage, Philip Glass y Astor Piazzolla, pasando por la propia Laurie Anderson junto a Peter Gabriel, hasta bandas pop tan justa o injustamente olvidadas como los Thompson Twins y Oingo Boingo.

Hoy, situado en la era Trump, “The Language of the Future” es tanto o más político, con recursos como la voz de Lou Reed en la instalación sonora y nuevos relatos que poner en escena.

Ese solo elenco habla de las diversas disciplinas con que ya se vinculaba la artista: multimedia, para citar una palabra novedosa en la época. Y también, igualmente importante, es muestra de la cuna musical e incluso el sello pop que tuvo en sus inicios. Pop no por definición ni pretensión académica. Pop de efecto real, desde que está escrito que su canción “O Superman”, incluida en su posterior disco Big Science (1982), fue auténtico hit de ránkings en Gran Bretaña, antes que ningún pergamino más teórico en su carrera. Son signos de una época, un tiempo en el que una canción de ocho minutos de largo podía ser éxito radial, y en el que el Reino Unido iba a estar siempre más atento a las expresiones sonoras de EE.UU. que las propias audiencias norteamericanas, según habían demostrado desde antes bandas como The Pretenders e iban a seguir probando precursores del rock independiente, como Pixies desde los 80 en adelante.

Son los días en que Laurie Anderson hacía el gesto de grabar, en español en el original y con excelente pronunciación y acento marcado, la parodia de presentación de show televisivo con que se inicia la canción “Smoke Rings”: “Stand by / You’re on the air / Buenas noches, señores y señoras / Bienvenidos / La primera pregunta es: ¿qué es más macho: pineapple o knife?”. Ese es también el inicio de Home of the Brave (1986), otro de los discos característicos con que la autora retrata el sonido y el aspecto de una época, en sintonía con coordenadas tan diversas como los mismos filtros pop que estaba usando David Bowie, el tango sofisticado que había hecho suyo una figura tan moderna como Grace Jones o los experimentos tercermundistas de una banda llamada Electrodomésticos en un país lejano llamado Chile.

No eran solo el traje plateado brillante de Laurie Anderson, su peloparado post-punk, la visualidad de sus teclados ni la textura ochentera de video-tape de sus clips. Eran años en que la new wave instalaba el culto a cierto artificio tan novedoso como seductor en la sonoridad de moda, y en que la música tecno aplicada al pop arrojaba un resultado tan llamativo y exacto como el tecnopop, según la jerga del momento. Pero si gente como Kaja Goo Goo, Duran Duran o incluso Gary Numan y Depeche Mode estaban usando sintetizadores y baterías programadas, esos mismos sonidos adquirían un sentido más denso e inquietante en poder de Anderson. “The Language of the Future”, se llamaba ese tema del 84, y dos años después, en otra de las canciones del disco Home of the Brave, ella iba a dejar una instantánea más a ese mismo respecto, con cita atribuida a William Burroughs y sonido tecno y pop: “Language is a virus”.

El pop y la música en general fueron un punto de partida. En las cuatro décadas de trabajo de Laurie Anderson, los discos y las presentaciones en vivo han sido parte de muchas más herramientas en manos de una creadora que, además de compositora, cantante, violinista e instrumentista múltiple, se ha expresado por medio de la poesía, el dibujo, la escultura, el arte visual, la performance y el cine.

Un necesario y mínimo apartado curricular de muestra en torno a esa diversidad incluye hitos como la residencia artística en la Nasa (2002) que originó su performance The End of the Moon; la retrospectiva de artes visuales The Record of the Time: Sound in the Work of Laurie Anderson (2003), presentada por el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon; su libro de dibujos Night Life (2007), la instalación de música, escultura y video Habeas Corpus (2015), en torno a la identidad y la memoria; y su película Heart of a Dog (2015), una reflexión sobre el afecto y la pérdida motivada por la muerte de su terrier y dedicada al músico Lou Reed, de quien enviudó en 2013.

Ya en su recordada primera visita a Chile, en 2008, en la gira previa a su disco Homeland (2010), Laurie Anderson se valía del violín y la electrónica, de las proyecciones visuales, del monólogo o spoken word y de la tecnología aplicada a una especie de talk-box electrónica o a unos anteojos sonoros como instrumento de percusión, para elaborar un discurso crítico de los EE.UU. de su día. Hoy, situado en la era Trump, “The Language of the Future” es tanto o más político, con recursos como la voz de Lou Reed en la instalación sonora y nuevos relatos que poner en escena. Si en “The Homeland Tour” la artista narraba una historia conmovedora de pájaros para fabular el origen de la memoria, hoy acude a la reintepretación de un relato griego clásico sobre otra bandada de pájaros, lo mismo que refiere la historia personal de infancia sobre su hospitalización a los 12 años tras un accidente doméstico en una piscina y sobre la superación de ese trauma. Y en último término es elocuente la elección del nombre de este nuevo trabajo, para el que fue a buscar una de las composiciones de ese disco en vivo de 1984.

Porque esa también es una historia. En “The Language of the Future”, la grabación original, de la que hay un registro audiovisual de baja fidelidad en la referida instalación Good Morning, Mr. Orwell, una joven Laurie Anderson hace cierta narración en la que acuña el nombre de un “idioma high-tech” que bautiza computerese, todo basado en electrónica y circuitos, y que describe en un diálogo con pasajes como “¡Es tan digital! Ella se refería a que la relación estaba a veces activa de nuevo, a veces inactiva de nuevo / siempre dos cosas turnándose / corriente que circula a través de cuerpos y que luego no corre / Era un lenguaje de sonidos, de ruido, de turnos intercalados, de señales  (…) / corriente que corre a través de cuerpos y que luego no circula / activa de nuevo / inactiva de nuevo / siempre dos cosas turnándose / una cosa instantáneamente reemplaza a la otra / era el lenguaje del Futuro”. El lenguaje del futuro, ayer y hoy. El mundo digital desplegado que hoy conocemos, el cuerpo como transmisor de información y de conexión en redes que habitamos, vuelven descritos y predichos desde un tiempo tan remoto y a la vez tan próximo, en las líneas que una Laurie Anderson post-punk en traje plateado brillante imaginó en 1984, cumplidas hoy. Multimedia, sí. Adelantada a su tiempo, sobre todo.

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