Abril 28, 2017

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Una noche de 1991: a Perlongher el sida se lo comía y Pedro Lemebel le dio un abrazo y le regaló un guante de encaje blanco. Era un guante sin par, como ellos, que no volvieron a verse porque Néstor murió al año siguiente.

por federico galende

Llega carta de Brasil. Ella la lee. En la carta él le cuenta que la noche anterior asistió a un psicodrama que terminó convertido en una psicomedia de gritillos con deseos de jubilación. Así que ha tenido que mandarse un speech: que en todo esto hay mucha muerte y poco deseo, y que el deseo de muerte solo sirve para pringar los yiros furiosos de la lumpenería patrullada, el desafío a la ley, los revientes del cuerpo.

Del día que partió a São Paulo su amiga conserva una foto en la que su rostro se ve difuso, un poco borroneado por la luz que rebota sobre la ventanilla del bus al que acaba de subirse, en un contraplano que deja al otro lado la plataforma de la terminal desde la que ella se despide fuera de cuadro, abanicando levemente las manos: “¡Adiós mariquita linda!”. Los Pedros son tantos que la frase la exclama pensando en la voz de Pedrito Vargas, no en la de Lemebel, quien por entonces está muy lejos de poner ese título a uno de sus libros de crónicas.

Está muy lejos porque todavía no escribe: corre recién el otoño de 1981 y Néstor Perlongher, no más harto del culatazo milico que del viril desaire izquierdoso, se marcha al exilio en el mismo momento en el que a Lemebel, escogido ese año por un puñadito de alumnos pobres como el mejor profesor del liceo, lo despiden sin darle mayores explicaciones. Demasiado amanerado para el gusto de las autoridades, demasiado zurdo además, tanto así, que ni siquiera se acercó a recibir el premio de los alumnos de manos del alcalde pinochetista.

Muy loca será, muy mariposa será, pero sus alitas sucias de seda no las tocan esos asquerosos garfios ensangrentados, motivo por el que se vuelve a la población de los molineros en la que creció junto a sus padres, se sienta a mirar caer la tarde en la plaza, se enciende uno de esos pitos que la izquierda militante del barrio desaconseja y se pone a pensar. ¿En qué piensa? No piensa en el futuro, no piensa en a qué se va a dedicar, piensa en la miseria de un país repleto, cada vez más, de cadáveres.

Ambos coincidieron en hacerle el consabido plano detalle a la entrepierna masculina en algún suburbio, en alguna esquina, en el pobrerío rosado que no frecuenta los restaurantes gays ni los anglicismos de moda de la marica californiana.

Tiene 25, 26 años, y vaga en esas calles alicaídas mientras el bus en el que viaja Perlongher, a la larga uno de sus escritores más queridos, empieza a dejar atrás el cemento de Buenos Aires para internarse por un paisaje barroso en el que asoman los ríos, las matas, los pantanos, los pajonales. Entonces Perlongher se distrae del trayecto, toma un cuaderno y un lápiz y empieza: “En la trilla del tren que nunca se detiene/ en la estela de un barco que naufraga/ en una olilla, que se desvanece/ en los muelles los apeaderos los trampolines los malecones…”.

Lo que sigue se sabe: hay cadáveres. El poema es un rezo profano del que esos dos vocablitos son el estribillo, uno que le dicta al oído el traqueteo uniforme de los neumáticos sobre el pavimento y en torno al cual las palabras comienzan a caer en cascada, a merodear como si fuesen avispas. El bus que avanza, los vocablos que se aportuñolan, el portugués que se agaucha: cuando apoye el primer pie en la estación el poema estará listo, se llamará “Cadáveres”, y será el más famoso de todos sus textos.

Lo publicará el Diario de Poesía primero y después aparecerá en Alambres, en 1987, un año antes de que Lemebel funde con Pancho Casas el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis y uno después de que irrumpa en un solemne acto de la izquierda leyendo su “Manifiesto”. Allí los recuerda a todos: las manos tajeadas de su madre, los niños que nacerán con su “alita rota”, los corazones amariposados de un pueblo herido para el que reclama un pedazo de cielo.

De Perlongher, Lemebel no había leído todavía “Cadáveres”, pero sí el legendario Austria-Hungría, editado por Fogwill en 1980 y cuyas páginas escandalizaban al lector señorito, llamando a pasar de los desgastados compadritos de Borges a los yiros del trolo que atraviesa los márgenes sin más equipaje que su polla y una navaja. A pesar de que aún no se conocían, ambos coincidieron en hacerle el consabido plano detalle a la entrepierna masculina en algún suburbio, en alguna esquina, en el pobrerío rosado que no frecuenta los restaurantes gays ni los anglicismos de moda de la marica californiana.

Después el tiempo pasó y una noche la poeta Carmen Berenguer los presentó a los dos en el Cinzano: fue una noche de 1991, a Perlongher el sida se lo comía y Pedro le dio un abrazo y le regaló un guante de encaje blanco. Era un guante sin par, como ellos, que no volvieron a verse, porque Néstor murió al año siguiente en la cama de un hospital (“hace SHHH la enfermera con una aguja en los ovarios”) y Lemebel siguió a solas escribiendo libros cada vez más notables. Hasta que un día se fue también él, novia de los mendigos, delicada princesa de los más nimios detalles: con esa garganta que le falló no se cansó de gritar todos los crímenes, y de saborear el bourbon áspero y el terciopelo del semen.

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