Septiembre 25, 2018

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La novela Qué hacer, de Nikolai Chernyshevski, imagina el ideal del revolucionario. No en vano, Lenin utilizó el mismo título para su influyente libro, aquel donde delinea la figura del revolucionario profesional. Por lo mismo, quizá no resulta arriesgado proponer que los grandes revolucionarios de América Latina, quizás sin saberlo, también desciendan de Rajmétov, un misterioso personaje de una olvidada novela rusa.

por arturo fontaine

I

Dedicar la vida entera a la revolución. ¿De dónde arranca este ideal? La expresión –“revolucionario profesional”– la usa Lenin varias veces en su libro Qué hacer. Uno no puede comprender ni la historia ni la cultura de Latinoamérica sin los bolcheviques. La revolución que se espera de algún modo siempre se inspira en la Revolución de Octubre. El ideal del revolucionario profesional lo toma Lenin de Nikolai Chernyshevski, figura emblemática de la intelligentsia rusa del XIX. Su novela Qué hacer –Lenin repetirá el título– aparece en 1883, un año después que Padres e hijos, la novela de Turgueniev, cuyo personaje Bazarov encarna el nihilismo juvenil y revolucionario. Qué hacer es la respuesta de Chernyshevski a Turgueniev y su personaje Rajmétov se contrapone a Bazarov.

La expansión del capitalismo ha generado en Rusia un rápido crecimiento económico y el orden tradicional se convulsiona. En procesos de modernización vertiginosos, las esperanzas son tan altas como profundas las frustraciones. La modernización acelerada –lo mostró Huntington en Political Order in Changing Societies (1968)– a menudo produce una escalada de demandas desestabilizadoras y conduce a un orden autoritario “pretoriano”.

Hubo también en esos años una enorme expansión de la cobertura universitaria. Surge así un nuevo personaje: el estudiante, la llamada “gente nueva”. De alguna manera, no pertenecen a las clases tradicionales, su forma de vida es –y se propone ser– distinta a las de sus padres. En la universidad, la atmósfera es radicalizada. Muchos no encuentran trabajos a la altura y en su desarraigo abominan de lo que Blok llamaría en su irónico poema “Los doce”, “la mazacotuda,/ la Rusia de los zares,/ la muy culona”. Es el ambiente de los Raskólnikovs. Dostoievsky habló de un “proletariado de bachilleres” y vio ahí el germen de la revolución.

Qué hacer es novela didáctica, un caso temprano de littérature engagée. Y nos incomoda que se quiera enseñar en una novela.

Dicho eso, hay que agregar que está llena de movidas metaficcionales, algo sorprendente en la época, y que la hace muy contemporánea. El narrador hace sentir al lector la naturaleza ficticia del relato. Algo de eso hay en Trollope, lo que criticó Henry James por atentar en contra del “suspension of disbelief”, la suspensión de la incredulidad. Chernyshevski, como hoy Martin Amis por ejemplo, atenta una y otra vez contra esa suspensión de la incredulidad. Gracias a estos juegos metaficcionales, a esta actitud lúdica, el lector deja pasar, hasta cierto punto, la moralina que a ratos se hace cargosa.

Chernyshevski, como hoy Martin Amis por ejemplo, atenta una y otra vez contra esa suspensión de la incredulidad. Gracias a estos juegos metaficcionales, a esta actitud lúdica, el lector deja pasar, hasta cierto punto, la moralina que a ratos se hace cargosa.

En la novela hay un grupo de estudiantes ateos que creen en la ciencia, la tecnología, el amor libre, el feminismo, el positivismo y el progreso como algo bueno e inevitable. Están construyendo un sistema económico socialista-cooperativo. Critican la “inconsecuencia”, la “moderación”, la “tendencia a lo burgués”. Es una novela escrita contra el statu quo y la burguesía, una novela revolucionaria.

La idea es inventar una nueva forma de vida. Estos jóvenes dejan sus hogares para vivir en pequeñas comunidades. Abrazan una utopía pastoril-tecnológica. Vera, en sueños, ve enormes estructuras de “acero y de cristal” con muebles de aluminio. Chernyshevski imagina los rascacielos del futuro a partir del edificio para exposiciones de Joseph Paxton, su “Crystal Palace” (Hyde Park, 1851). Una nueva manera de vivir supone una nueva arquitectura, una nueva estética.

Qué hacer es una novela de formación cuyo protagonista es Vera. Seguimos su evolución hasta transformarse en una mujer nueva, que maneja una cooperativa de trabajadores, estudia medicina y tiene una relación igualitaria con el hombre que ama, con quien convive antes de casarse. Hay una nueva moralidad, entonces. Por ejemplo, los celos deben desaparecer. Son los años 60, pero los 60 del siglo XIX ruso.

Rajmétov es el personaje más enigmático, “el hombre especial”. El lector adivina que está comprometido en actividades subversivas clandestinas y es un líder. No trabaja, pues heredó. Viste con modestia, aunque le gusta la elegancia. No toma. Come carne casi cruda. Se ha acostado en una cama llena de clavos para prepararse para la tortura. Es una suerte de santón ruso laico. Se dedica al entrenamiento físico, el trabajo manual y el estudio. Todo por la revolución. Renunció incluso al amor de una mujer porque “el amor… ataría mis manos”. Su debilidad: los puros finos.

Cuando el narrador conoce a Rajmétov, lo examina “sin ceremonias, como si delante de él no estuviera una persona, sino un retrato”. Rajmétov aquilata a cada persona. El narrador tiene influencia sobre un grupo de estudiantes. Eso le atrae. A Rajmétov, fuera de su círculo, le interesaba la gente con “influencia en los demás. El que no fuera autoridad para otras personas, ese de ningún modo pudo siquiera entrar en conversación con él”. Las personas son instrumentos de la revolución. La gente nueva, los jóvenes como Lopukhov y Sacha Kirsanov, que “no temían a nadie y a nada”; a Rajmétov sí le tenían algo de miedo. Masha, que en la novela conecta con el mundo popular, admira a Rajmétov. Hay un vínculo espontáneo entre Rajmétov y la gente del pueblo.

Los Rajmétov, dice el narrador, son pocos. Sin embargo, “gracias a ellos florece la vida de todos”, son “motores de los motores”, la “sal de la sal de la Tierra”. La alusión al Evangelio de Mateo no es casual. La gente nueva se parece a los primeros cristianos, aspiran al “hombre nuevo”. Representan una suerte de apostolado cristiano secularizado. Masha canta una canción: “Habrá paraíso en la Tierra… será pronto, lo veremos…”.

Vera dirá a Sacha: “Las personas como Rajmétov son otra especie; se funden con la causa general de tal forma que… llena su vida; para ellos incluso sustituye la vida personal. Pero para nosotros, Sacha, esto es inaccesible. No somos águilas, como él”.

En la novela hay un grupo de estudiantes ateos que creen en la ciencia, la tecnología, el amor libre, el feminismo, el positivismo y el progreso como algo bueno e inevitable. Están construyendo un sistema económico socialista-cooperativo. Critican la “inconsecuencia”, la “moderación”, la “tendencia a lo burgués”.

Rajmétov anticipa lo que propondrán Bakunin y Nechayev (Catecismo revolucionario, 1869): “El revolucionario es un hombre dedicado. No tiene sentimientos personales ni asuntos privados ni emociones ni compromisos ni propiedades ni nombre. Todo en él está subordinado a un compromiso único y exclusivo, un único pensamiento y una única pasión: la revolución”.

Vera, gracias a Rajmétov, comprenderá que los celos son un “sentimiento deformado… consecuencia de una opinión sobre el hombre como… sobre mi objeto”. Entonces ella reconocerá su amor por Sacha.

La “gente nueva” se propaga. “En pocos años –dice el narrador–, la gente les gritará ‘¡Sálvennos!’”. El papel de la “gente nueva” es despertar al pueblo y movilizarlo contra el despotismo, atacando su raíz: la desigualdad entre hombre y mujer. Ellos mueven al pueblo y los Rajmétovs son los que mueven a los que mueven.

Pero estoy dejando de lado los aspectos literarios más interesantes, los juegos metaficcionales. El narrador dice: “Bueno –piensa el lector perspicaz–, ahora el personaje principal será Rajmétov… Vera Pavlovna se enamorará de él… No habrá nada de eso, lector perspicaz… De antemano te digo que cuando Rajmétov se vaya, después de hablar con Vera Pavlovna, entonces se irá ya definitivamente de esta narración y que no será un personaje principal ni secundario…”. El narrador se pregunta: “¿Para qué lo introduje en la novela y lo describí tan detalladamente? Mira, intenta adivinarlo, lector perspicaz; ¿podrás?”.

Ahora hay un misterio por resolver y el narrador atribuirá al lector esta y aquella hipótesis, para desmentirlas. El lector es invitado a reconstruir la trama. Al fin, se nos da la respuesta. Rajmétov está en la novela porque, sin él, consideraríamos que los demás personajes, la gente nueva (Lopujov, Sasha, Vera) está idealizada, es demasiado generosa para ser real. Gracias a Rajmétov, ellos aparecen como lo que son: modelos a imitar por todos nosotros. Y si nos parecen demasiado buenos y elevados es que nosotros, lectores, estamos demasiado abajo, en el subsuelo.

Y desde ahí, desde ese subsuelo miserable, contestará Dostoievsky con sus Memorias del subsuelo, aparecida al año siguiente. Chernyshevski responde, como sabemos, con Qué hacer (1863) a la novela de Turgueniev (1862) y Dostoievsky (1864) a la de Chernyshevski.

 

II

 

En 1887, Alexander, el hermano mayor de Lenin, fue ahorcado con un grupo de revolucionarios. Intentaron asesinar al zar. Ulianov confeccionó la bomba. Y ese verano, en la hacienda familiar, el joven Lenin lee Qué hacer de pe a pa cinco veces. La lee por comprender a su hermano, convertido en revolucionario por esa novela.

Dijo a Valentinov que Chernyshevski era “el más grande de los socialistas anteriores a Marx”, que esa novela “proporcionaba energía para toda una vida”, que su “mayor mérito era mostrar cómo debe ser un revolucionario”. Ya en el Kremlin, colgó en su oficina un cuadro del escritor y tenía a mano sus obras completas que releía a menudo. En la billetera guardaba su foto.

Como Rajmétov, Lenin fue un asceta; y si bien no heredó una fortuna, vivió hasta pasados los 40 de las remesas de su madre. “Es imposible describir la vida privada de Ilich”, escribiría Liádov, dirigente bolchevique, “porque simplemente no la tuvo: su alma y su cuerpo pertenecieron a la lucha revolucionaria”.

En Qué hacer (1902) de Lenin, los “revolucionarios profesionales”, los Rajmétovs, “se forjan” y “lo mismo da que sean estudiantes u obreros”. Su misión: “Desarrollar la conciencia política de los obreros”, pues ella “solo puede ser introducida desde afuera”, más allá de las luchas de reivindicación económica. Junto a otras clases, se configurará así, mediante la acción política dirigida por el Partido, un pueblo movilizado para la revolución. La acción confiada por Chernyshevski a Rajmétov era “ir a todas las clases de la población”, dice Ingerflom en El revolucionario profesional (2017). “Lenin la amplía: el revolucionario profesional va a suscitar la constitución de las clases”. “¡Dadnos una organización de revolucionarios –dice–, removeremos a Rusia en sus cimientos!”. Esto es Chernyshevski, no Marx.

¿Qué fue de la primacía de la base material por sobre la superestructura ideológica (religión, moral, política, derecho)? Para Marx, la revolución del proletariado sería engendrada inevitablemente por y desde el capitalismo. No ha sucedido. La Revolución de Octubre se hace Contra El Capital (1917), como escribió inmediatamente Gramsci: “Los bolcheviques renuncian a Karl Marx”. Lenin no sigue la ruta de Marx y ocurre que, según Marx, el destino iba a gestarse en la ruta que no se tomó. Por tanto, no hay manera de llegar al destino.

Por tanto, no hay ruta. Lenin embarca a Rusia en un viaje sin ruta y sin destino.

Dice el poema “Los doce” (1918), de Blok, ya citado:

 

Parado está el burgués en la encrucijada

con la nariz escondida en las solapas.

Y contra él, la cola entre las patas,

un perro sarnoso frota su burdo pelo.

 

Está allí el burgués, como perro hambriento,

está allí mudo, como signo de interrogación.

Y el viejo mundo, como quiltro,

la cola entre las piernas, detrás.

 

Pero despedazado el mundo burgués, hecho trizas ese embutido de capitalismo y neofeudalismo con despotismo burocrático que era Rusia, ¿ahora qué?

La entrega a la causa tiene la belleza moral del sacrificio. Lo que mueve al revolucionario es el espíritu de sacrificio. Es lo que encarna Rajmétov. Ser capaz de arriesgar la vida es lo que da sentido a la vida. La revolución es una pasión moral.

Conquistado el poder, Lenin no tiene un proyecto económico. La hambruna que sucede a la destrucción del statu quo lo hace reintroducir un neocapitalismo. Con la NEP vuelve –¡maldición!– el mercado y surgen los “hombres NEP”, incipiente y corrupta burguesía a la que habrá que destruir después. Tampoco tiene Lenin un diseño político-institucional. No hay reglas que protejan el pluralismo y la democracia, y del vacío surge Stalin. “Para su pan diario, su tarjeta de racionamiento, su habitación, su parafina en el duro invierno ruso, el individuo depende del Partido-Estado, contra el cual es totalmente indefenso”. Es lo que vive y escribe Victor Serge, un bolchevique de tomo y lomo (Mémoires d’un révolutionnaire, 1951). Es la economía política de una sociedad totalitaria a la cual se llega, las más de las veces, como un efecto no buscado. Ahí está Cuba, ahí está Venezuela. “Donde el único empleador es el Estado”, escribe Trotsky, “el viejo principio: quien no trabaja, no come, ha sido sustituido por uno nuevo: quien no obedece, no come” (La revolución traicionada, 1937).

“El líder revolucionario”, dice Milner en Relire la Révolution (2016), “es apresado por la máquina; mientras más sabe que se ha comprometido con la revolución, menos sabe lo que hace”. Žižek en su Lenin 2017 (2017) afirma que Lenin “repetidamente varía el motivo no sabemos qué hacer”. Žižek piensa que debemos repetir a Lenin, pero “repetir a Lenin no es repetir lo que hizo, sino lo que no pudo hacer, las oportunidades perdidas”. ¿No es demasiado amplia la propuesta? ¿No se podría argumentar, por ejemplo, que lo que Xi Jinping hace hoy en China no es sino una radicalización de la NEP, ergo, una repetición de Lenin, de una de sus oportunidades perdidas?

El ideal del revolucionario profesional nos llega a América Latina vía Lenin. Revolucionario profesional fue el Che Guevara, desde luego; también Fidel. Y Mario Santucho del ERP en Argentina; Eleuterio Fernández Huidobro de los Tupamaros de Uruguay; Abimael Guzmán, de Sendero Luminoso del Perú; Schafik Hándal, del FMLN de San Salvador; Manuel Marulanda de las FARC de Colombia; Miguel Enríquez del MIR de Chile… Incluso los comunistas chilenos que optan por una vía legal al socialismo. Luis Corvalán era sin duda un revolucionario profesional. Lo mismo Gladys Marín. A todos enamoró el ideal del revolucionario en estado puro.

La entrega a la causa tiene la belleza moral del sacrificio. Lo que mueve al revolucionario es el espíritu de sacrificio. Es lo que encarna Rajmétov. Ser capaz de arriesgar la vida es lo que da sentido a la vida. La revolución es una pasión moral.

Qué hacer lleva al revolucionario al poder, pero entonces ¿qué hacer? No hay respuesta. Solo una certeza: aferrarse al poder. Y hay una lógica –una ya conocida lógica económica y política– que conduce del ideal revolucionario de Lenin a la “revolución traicionada” de Trotsky.

Lenin brotó de una novela. Los grandes revolucionarios de América Latina, quizás sin saberlo, descienden de Rajmétov, un misterioso personaje de una olvidada novela rusa.

 

 

Versión sintetizada de la presentación “Lenin reads Chernyshevski. A view from Latin America”, que el autor expuso en la conferencia “Culture in Revolution. Revolution in Culture. 1917-2017”, organizada por la Academia de Ciencias de Moscú, en San Petersburgo, 18 de noviembre de 2017.

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