Bitácora del yo dañado

Todo es personal es el diario que Simón Soto llevó entre 2017 y 2018, cuando comenzó un tratamiento de desintoxicación de alcohol y cocaína. Como diario, es menos personal de lo que promete. Pero incluso así, cuenta una buena historia y hace un gran uso de la primera persona. Tanto, que le creemos. Y entendemos que hay otro libro más duro quizás por debajo del libro editado. Quizás por eso uno entiende el pacto: es la confesión de un chico aterrado. Y, también, existe la posibilidad de que estemos ante un libro que conecta como pocos con su generación, donde los excesos parecieran ser menos valorados que el respeto a la vida privada.

por Alberto Fuguet I 25 Septiembre 2020

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Quizás es la pandemia lo que ha hecho que Todo es personal de Simón Soto se haya vuelto no solo personal, en las manos de cada lector, sino un éxito rotundo (en varios sentidos). Por lo general las cosas no funcionan así, pero todo está alterado y me gusta lo que le está sucediendo a este libro. Hay un morbo legítimo de entrar en el juego, pero hay algo más. Que Soto sea masivamente poco masivo y sin muchos lazos sociales o mediáticos, aumenta el triunfo de este curioso y, diría, necesario libro.

“Quería escribir contra lo que había hecho”, dice. Y lo hizo. No tengo miedo, grita con su libro, aunque lo cierto es que, si se lee atento, es la confesión de un chico aterrado. Pero la valentía está en atreverse. Pudo haber pensado menos el libro, pero, viendo a sus compañeros de ruta, está claro que este volumen es un deseo de su autor de separarse, de huir, de dejar los talleres y la calculada escena literaria millennial. Simón Soto deja el gesto de ser hijo y pasa a ser padre. Un padre nuevo, trizado, donde ya no puede escribir para que lo quieran y atesoren, sino apenas para que lo comprendan.

Un amigo me dice: por qué algunos autores no dejan de intentar con la ficción y publican un diario, tell–it–all, que destruya toda su respetabilidad. Unas entregas de otros autores me intrigarían más en la medida en que se desnudaran de manera frontal (Arturo Fontaine Talavera o Carla Guelfenbein, por ejemplo, quizás hasta Gonzalo Contreras). Aunque esto es poco probable, mirando sus libros pasados. Contarlo todo no es parte de su plan ni del plan de nadie. Lo tenemos claro en esta era emo que se ha ido arrastrando: hay autores que nunca desean cruzar cierto umbral del buen gusto. Porque, ¿se puede con­fesar más allá de lo aconsejable? Lo más probable es que no, y Simón Soto por cierto no lo hace. Lo que sí decide hacer es contar bastante, en un ambiente donde reprimir es más la norma y donde toda actitud punk es vista como poco literaria y poco conveniente a la hora de postular a fondos. El libro, entonces, destaca aún más y parece más singular en un ambiente donde la afectación es la pose, la apariencia lo es casi todo y la cuenta de Instagram es tu escudo y tu canal de cable propio y quizás hasta tu identidad poética.

Soto, en una decisión maestra, opta por quedar como un caído, a pesar de que al final el diario puede leerse como un making of de su éxito Matadero Franklin. Porque si bien todos andan leyendo este libro como la saga de un caído y un adicto, yo lo vi como el triunfo del espíritu y la voluntad: chico drogo e inseguro supera sus vallas y logra el mayor de los triunfos, que es escribir, terminar la apuesta y hasta publicar su novela. Lo que leemos no es el diario de un caído, es la reescritura de un diario (a lo Piglia y su Renzi) que es más cerebral que carnal y que se edita en vida, algo no menor y algo a la vez fatal. Un paréntesis: sospecho que todos los diarios que escandalizan o marcan un terremoto son póstumos y muy pocos contaron con el permiso explícito de su autor. Cheever y Donoso son dos autores cuyo gran diario nunca pensaron en publicar. Mejor, lo soñaron pero no se atrevieron. Este diario es de un autor claramente vivo, que se cuida y cuida a sus cercanos, y que desea vivir y escribir otros libros. Insisto: ¿es posible publicar un diario en vida? Se quema, sí, pero no se autoinmola. ¿Se puede criticar eso? Tarea para la casa.

Todo es personal se presenta desde una suerte de triunfo o al menos de paz. Sabemos un poco el final, entendemos el spoiler mayor: no pasó algo tan grave puesto que el autor ha sobrevivido para contarlo.

Y lo que cuenta, lo cuenta bien.

Es cierto que Soto es menos personal de lo que promete. Aun así, cuenta una historia de redención y hace un gran uso de una primera persona más calmada que sus demonios. Tanto, que le creemos. Y entendemos que hay otro libro más duro quizás por debajo del libro editado. Quizás por eso uno entiende el pacto: déjame contarte lo que puedo. Y, también, le dice al lector, que no para de subrayar, una pregunta que es, creo, la siguiente: ¿tú contarías tanto, hueón?

Decididamente no.

“El diario se diluye. No hay ideas ni fuerza para anotar todo”, confiesa.

Simón Soto desea no contar la caída sino la redención. Argumenta que no vale la pena contar sus excesos; yo creo que sí. Algo me hace pensar que soñó menos y que optó por narrar sueños para herir menos.

Es probable que a Todo es personal le haya ayudado ser una de las pocas novedades en estos tiempos de encierro, pero no es solamente eso: ha tocado un nervio. Ha encontrado el medio para contar un nuevo tipo de ficción o la ficción que queremos contar o la verdad procesada: el fragmento, el post, el despacho, el desliz.

Lo que aumenta la fascinación, el pacto entre autor y lector de este libro de no ficción (con algo de ficción y no tanta verdad dura como uno quisiera o exige por estos días de fin–de–mundo–tal–como–lo–conocemos), es que posee un subtítulo (que no se lee tan preciso en la portada por el tema del rojo sobre gris y tipografía más pequeña) que rotula como Diarios de abstinencia que, creo, o deseo creer, se ha leído como Diarios de pandemia.

Porque si bien hay abstinencia, Soto desea no contar la caída sino la redención. Argumenta que no vale la pena contar sus excesos; yo creo que sí. Algo me hace pensar que soñó menos y que optó por narrar sueños para herir menos. Abusa del truco del roman à clef al cambiar nombres de manera torpe, quizás intencio­nalmente torpe, o cuando dinamita a Luz Croxatto tildándola de L. C. En su nota del autor al comienzo lo deja claro, como esos contratos con letra chica: “En la edición final he cambiado algunos nombres, de otros se han conservado simplemente sus iniciales, tanto para proteger el anonimato de cercanos y conocidos, como para no desconcentrar al lector en minucias”. Lo cierto es que un diario no es un cuento ni una novela. Uno espera desconcentrarse, desea detalles, minucias, irrelevancias y secretos. Pero lo importante es su deseo de venganza, de quemar su casa y contar su proceso. Soto poetiza el resentimiento y legitima el pelambre, porque es capaz de mirarse con dureza. Aquí ocurre algo curioso: es más duro consigo mismo que con los otros.

Otro efecto del libro: le ha servido al autor para situarse donde desea que lo lean y miren y, algo no menor, que no lo confundan. “Ayer tuve la primera sesión con el siquiatra. El objetivo es recibir ayuda para dejar el alcohol. Fui honesto con el doctor y le confesé que, la mayoría de las veces, no soy capaz de controlar­me y termino sumido en una profunda borrachera, acompañada casi siempre por el consumo de cocaína”. Los diarios son testimonio del 2017/2018. Chile parece otro país y a Soto le alteran más sus demonios que el status quo, lo que visto desde el hoy parece tan fascinante como imposible. Este es un viaje a la Zona Cero propia, donde Soto anota desde la primera línea de su escritorio, donde el verdadero enemigo es lo doméstico y la incapa­cidad de concentrarse (esta es quizás la parte que lo conecta con el confinamiento). “Hace cuatro o cinco días que abandoné el medicamento antidepresivo, y tras jornadas felices y radiantes, hoy, durante la tarde, ha vuelto a invadirme el fantasma del bajón de ánimo; la melancolía, la tristeza. Pequeñas punzadas de ansiedad y angustia, ese sinsentido que todo lo cubre, que avanza como la marea creciendo a medida que el día se acerca a la noche”, anota.

¿Está escribiendo su propia pandemia y confinamiento?

Con sus libros de cuentos era un cuentista más. Correcto, indie, prometedor. Matadero Franklin lo disparó y lo espesó; también lo hizo más pop. Y ahora se mitifica, se arma a su medida, se expone, se aleja de los suyos. Respeto ese deseo y que reflexione acerca de su tarea de guionista para la tele: asume, goza y sufre con lo que otros niegan o se avergüenzan o esconden con mayor talento que con el que escriben. Soto no se perfila como un autor que se gana la vida en la televisión (y por eso debe entregarse al mundo de las drogas y el alcohol), sino que se reinventa como un crack de las series que, además, escribe lo que a sus colegas no se les ocurriría. Esta apuesta eleva, de inmediato, el artefacto de Simón Soto, que aparece en la misma portada mirando hacia fuera de cuadro, con sus brazos cruzados arriba de su prominente barriga de chico oso, con la mano derecha envuelta como si fuera boxeador, pero que insinúa una decisión demente de automutilación literaria. ¿Se habrá quemado con aceite hirviendo o cortado la mano con un cuchillo mientras cocinaba (como efectivamente teme en las primeras entradas del diario) o en el peak de su jale de cocaína? Soto sabe que su cuerpo es parte del material literario: “Todas las debilidades de mi carácter quedan bajo una fuerte luz (…): mi cuerpo adiposo, con sobre­peso, mi pobre bagaje cultural, mi desconocimiento sobre la historia, mi carencia de lecturas, mi falta de reflexión e inteligencia, mi incapacidad para leer el presente y los signos políticos de los tiempos que atravesa­mos. Vuelvo a sentirme como un impostor, o un estafador, porque todo esto es material esen­cial en la construcción de un escritor”.

Tiene razón: todo es material. La leyenda se está construyendo. Y la foto de Carla McKay dice mucho y deja claro que estos diarios serán de un tipo dañado que mira de lado, pero igual da la cara. Esto ya es curioso, poco común, inesperado y muy al día. Tanto el libro (¿es un diario o es una bitácora?) como la foto, captan algo que definitivamente está en el aire y quizá por eso vuela tan alto en estos días.

 

Imagen: Carla Mckay.

 

Todo es personal, Simón Soto, Ediciones UDP, 2020, 181 páginas, $14.000.

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