El encierro voluntario de Juan Carlos Onetti

Uno de los mayores escritores de la tradición literaria latinoamericana, quien falleció en 1994, a los 84 años, pasó su última década de vida en cama fumando y leyendo novelas policiales. El narrador uruguayo decía que todo lo importante ocurría en ese reducido espacio horizontal. De hecho, desde el inicio de su obra, tuvo en mente una vida “acuarentenada”, como diríamos en estos momentos. “Dormía, comía, leía y hacía el amor, todo en la cama”, contó su viuda Dorotea Muhr.

por Javier García Bustos I 9 Abril 2020

Compartir:

Relacionados

“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto”, se lee al inicio de El pozo, la primera novela de Juan Carlos Onetti, publicada a los 30 años, en 1939. “Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado, desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre, en las tardes, derrama adentro de la pieza”, anotaba el joven narrador uruguayo como si hubiese estado describiendo su vejez: el creador que decidió quedarse en su hogar, leyendo, bebiendo y fumando en su última década de vida.

“Juan dormía, comía, leía y hacía el amor, todo en la cama”, recordó su viuda Dorotea Muhr, más conocida como Dolly, en 2018. “En realidad era pereza”, señaló entonces a la agencia de noticias EFE. Dolly y Onetti se conocieron en 1945 y se instalaron en 1974 en Madrid, España.

“Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie”, dijo Dolly al diario español ABC, en 2006. “Es una leyenda lo del ‘hombre permanentemente acostado’. En realidad, únicamente al final de su vida prefirió quedarse en la cama, a consecuencia de un problema de salud que le mermó la movilidad de una pierna. Juan leía en la cama. Es más cómodo que en un sillón”, agregaba.

En la primera página de una de sus obras más memorables, La vida breve, Onetti escribió: “Cuando su voz, sus pasos, la bata de entrecasa y los brazos gruesos que yo le suponía pasaban de la cocina al dormitorio, un hombre repetía monosílabos, asintiendo, sin abandonarse por entero a la burla”.

El creador de Santa María, de personajes que oyen entre paredes conversaciones ajenas, de hombres que huyen a otros territorios, de apostadores resignados que observan paisajes baldíos, sitúa a sus criaturas, según el narrador mexicano Juan Villoro, ‘en la hiperrealidad de un cuadro de Edward Hopper. La descarnada veracidad de sus situaciones es ajena a todo artificio’.

El creador de Santa María, de personajes que oyen entre paredes conversaciones ajenas, de hombres que huyen a otros territorios, de apostadores resignados que observan paisajes baldíos, sitúa a sus criaturas, según el narrador mexicano Juan Villoro, “en la hiperrealidad de un cuadro de Edward Hopper. La descarnada veracidad de sus situaciones es ajena a todo artificio. Como Hopper, encierra la tristeza en cuatro paredes y perfecciona la significación de una media raída, un cenicero que nadie limpia, una alfombra donde las manchas fueron hechas por otras personas”.

El encierro real ocurrió en España. El país europeo fue el exilio de la pareja. En Montevideo Onetti había estado encerrado tres meses en un psiquiátrico, por orden del dictador Juan María Bordaberry. En Europa los años fueron más plenos. El autor de Para una tumba sin nombre (1959), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) recibió el Premio Cervantes en 1980, entonces dotado de 10 millones de pesetas. En la ceremonia del Cervantes, en un momento le preguntó al rey Juan Carlos, quien estaba a su lado: “¿Tienes fuego?”. Y ante la negativa del monarca, Onetti se apartó.

“Escribí la palabra muerte”

El video está en YouTube. Se lo puede ver agradeciendo el Premio Cervantes. Pareciera un hombre confuso, aburrido de sus propias palabras, con ganas de volver pronto a su hogar, a su pieza. “Llegué a España con la convicción de que lo había perdido todo, de que solo había cosas que dejaba atrás y nada que me pudiera aguardar en el futuro. De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor”, dijo en su discurso.

En el sitio web también hay disponible un diálogo con Onetti, quien falleció a los 84 años, en 1994, debido a problemas hepáticos. Se llama Entrevista a Juan Carlos Onetti desde la cama. Las primeras imágenes muestran a un hombre que podría ser un vagabundo fumando y exhalando humo por las narices. A los pocos segundos, asoma una mujer. Es Dolly, quien le arregla el pelo a “el más grande novelista latinoamericano”, como dijera Julio Cortázar.

Onetti está con una camiseta en cama. Parece no importarle nada. En su velador hay una ruma de libros. En las paredes de la pieza hay reproducciones de fotos y pinturas. Se ve a Carlos Gardel y una obra de Salvador Dalí (Muchacha en la ventana). El escritor tiene en sus manos dos cajetillas de cigarrillos marca Silk Cut.

En una de esas imágenes, Onetti lee un ejemplar del autor británico, James Hadley Chase. En otra fotografía, en blanco y negro, se le puede ver leyendo un libro de Joseph Conrad. Además, releía con devoción títulos de Raymond Chandler, Georges Simenon, Jim Thompson, Dashiell Hammett y William Faulkner.

“Tú me habías dicho que no se trataba de una entrevista y me estás entrevistando”, dice Onetti a quien se lo puede ver en varias fotos, buscando en Google, leyendo en cama. Incluso hay una donde aparece con un revólver apuntando a quien lo retrata. El narrador tenía una pistola de juguete para molestar a los periodistas que llegaban a su departamento.

En una de esas imágenes, Onetti lee un ejemplar del autor británico, James Hadley Chase. En otra fotografía, en blanco y negro, se le puede ver leyendo un libro de Joseph Conrad. Además, releía con devoción títulos de Raymond Chandler, Georges Simenon, Jim Thompson, Dashiell Hammett y William Faulkner. “Faulkner fue el escritor más grande de todos los tiempos”, decía Onetti.

El destacado creador decidió vivir su propia cuarentena. Pasó sus últimos años en cama, fumando, leyendo, bebiendo whisky, ante los cuidados de su compañera Dolly, en el departamento 3 (piso 8), ubicado en avenida América 31, en Madrid.

En ese video de YouTube (de 15 minutos con 23 segundos), el ex secretario de redacción del memorable semanario Marcha habla sobre su pasado, de Uruguay y de su obra. “No voy a volver por muchas razones, por mi edad, y porque ese Montevideo, donde muchas veces fui feliz, no existe más”, señala. “Yo soy inmortal en mi literatura, no pueden matarme”, agrega Onetti al final del video filmado en julio de 1991, tres años antes de morir. Su mirada, a veces, está perdida. Un año antes de fallecer publicó su libro final: Cuando ya no importe (1993). “Escribí la palabra muerte deseando que no sea más que eso, una palabra dibujada con dedos temblones”, apuntó en esa obra.

En 2006 se exhibió, en el Museo de la Universidad de Alicante, la exposición Reencuentro con Onetti. Allí se mostraron diversos objetos, primeras ediciones, discos grabados con su voz, que recreaban su ambiente personal. Allí estaba también su máquina de escribir y, por cierto, su cama.

 

Palabra de Onetti: fragmentos escogidos de una vida horizontal

“Tal vez estuviera tirada en la cama, como yo, en una cama igual a la mía, que podía ser escondida en la pared y exhumada por la noche con unos desesperados chirridos de resortes; el hombre, corpulento, de retintos bigotes enconados, podría estar, siempre bebiendo, doblado en un sillón o sudando, prisionero de un imaginario respeto, junto a los pies descalzos de la mujer”.

(De La vida breve)

“Los libros los había escondido, expuesto, el viejo agonizante, y ella me miraba con una lástima, una curiosidad semejante a la que yo atravesaba en las horas vulnerables del amanecer contemplando al viejo inquieto que empezaba a sumergirse con timidez y torpeza en el largo sueño”.

(De Dejemos hablar al viento)

“Había que inventar otro mundo, otros seres, otros peligros. La muerte no era bastante, la clase de susto que él mostraba con los ojos y los movimientos de las manos no podía ser aumentado por la idea de la muerte ni adormecido con proyectos de curación”.

(De Los adioses)