El misterio de la visión

Se publican los Cuentos escogidos, de Marta Brunet, una de las autoras que mejor observó la realidad de las mujeres y de la vida en provincia. Bajo la selección de Cynthia Rimsky, compartimos a continuación el prólogo del volumen, donde la antologadora establece un diálogo imaginario con la escritora, confesando que “si no hubiese sido por la lectura, yo también habría encajado en los deseos que los otros tenían para mí. Qué insatisfacción se siente al estar de cuerpo presente en una vida que no es la que se desea, y la que se desea vivirla solo en el interior como hacen las mujeres de sus cuentos”.

por Cynthia Rimsky I 22 Octubre 2020

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Marta, es tal mi deseo de conversar con usted que voy a obviar que en la muerte, ni una escritora puede leer. Hace casi un año entré a una oficina, por otro motivo, y salí de allí con su obra completa en edición crítica: dos tomos,[1] 1925 páginas, 2 mil 285 gramos. Eso pesa su obra. Sépalo para los fines que estime convenientes.

Necesito contarle lo que omití decir en esa oficina: únicamente leí Montaña adentro en el ramo de Castellano. ¿Recuerda las intenciones del estado de Chile de enseñarnos a hablar y a escribir correctamente? Esta materia ahora se llama Lenguaje, comunicación y literatura, suena tan abierto en comparación a la anterior. Por esa época ya estaba convertida en una lectora y sacaba dos o tres libros a la semana de la biblioteca municipal, pero a usted la pusieron del lado de la corrección y, por rebelde, me la perdí.

Pasaron más de cuarenta años.

Ahora que la leo me parece como si ya hubiese estado en esa noche de nubarrones, luego de un día de calor sofocante y de viento arremolinado. Aunque nunca me paseé con mis hermanas por la plaza del cuento, alguna vez que volví de la de mi barrio a la casa de mis padres, también busqué el rincón más recoleto en la pieza de los trastos, entre la caja del piano y una ruma de colchones, y allí largó su pena, abrió el corazón, dejándola salir y envolverla en su peligroso manto, adherida a ella como nueva piel, humedecida y dolorosa.[2]

El recuerdo es engañoso, hace aparecer como vivencias propias las que únicamente leía en la biblioteca. Debe ser porque, aunque usted y yo recién nos conocemos, presiento que leímos —yo en mi adolescencia, usted ya escritora— a las mismas autoras. El único dato iluminador que encuentro es que a usted le gustaba Nada de Carmen Laforet, igual que a mí. Pero ¿y Katherine Mansfield, Djuna Barnes, Jean Rhys, Vita Sackville-West, Virginia Woolf?

Si cierro mis oídos a las voces de las mujeres que transitan por los decorados vivos pintados por usted en sus cuentos, escucho la respiración de esas otras escritoras. ¿Será que un rocío venido de muy lejos humedeció la hoja en blanco que dejaba en el rodillo de la máquina una jovencita que en su interior se sentía distinta a su entorno? La ciudad de Talca del 1900 no debió prever que la literatura iba a afectar a una lectora de una forma tan real como el poder patriarcal, el judicial, el eclesiástico, el político, el militar. Si no hubiese sido por la lectura, yo también habría encajado en los deseos que los otros tenían para mí. Qué insatisfacción se siente al estar de cuerpo presente en una vida que no es la que se desea, y la que se desea vivirla solo en el interior como hacen las mujeres de sus cuentos.

¿El amor? ¿Es que el amor hablará alguna vez por boca de su festejante? ¿Cómo lograra este abrir el banal aro de su frase para que en ella entren las palabras obscurecidas por la pasión? ¿Cómo irá a decir las dulces palabras de terneza? ¿Qué sentirá ella entonces?

La madre asegura entre tanto:

—Es un excelente partido. Serás muy feliz.[3]

Junto a la impresión de que usted leyó a Virginia, Katherine, Djuna… hay una parte de ese exterior/interior que estas escritoras lograron desmontar y que en las ilusiones que se hacen sus personajes atrapados en los decorados vivos que usted les pinta, no aparecen. Me pregunto cómo leyó a estas escritoras europeas, contemporáneas suyas, bohemias, bisexuales, rupturistas; dónde estaba usted, qué veían sus ojos miopes al levantar la cabeza del libro en un salón en Talca. Seguro que para una mujer en el Chile de esa época existían mínimas posibilidades de romper las normas sociales a través de la bohemia, la promiscuidad, la bisexualidad, la amoralidad… ¿Y de inventarlas, también estaba prohibido?

Me gustaría saber más de su vida para ver en qué lugar de su casa leía los relatos que la hacían imaginar como posible un destino diferente al de las demás mujeres que la rodeaban, pero su vida quedó oculta por los anteojos oscuros que siempre llevó puestos como un muro defensivo; imagino que necesitó velar su intimidad para escribir y publicar cuando las mujeres todavía no tenían derecho a voto. Me pregunto cómo alguien que vio tan intensamente su época estuvo por años prácticamente ciega.

Entre las historias que leí sobre usted, saltando y sin anotar fuentes —de lo que tarde me arrepiento—, hubo una de cuando volvió a Chile, después de ocupar cargos diplomáticos en La Plata y Buenos Aires, donde llegó a publicar en La Nación, en la revista Sur, y tuvo relación con Victoria Ocampo, una gran lectora de Virginia Woolf y las demás. Si usted no las leyó antes —posiblemente a Chile no llegaban traducciones—, lo pudo hacer allá. Me ha sido imposible averiguar dónde vivió, a qué café iba por las mañanas. Catorce años parecen muchos a una viajera. Para la ciudad extranjera es una bicoca.

En cambio su escritura sí fue afectada por la extranjería. Leo que se volvió interior. Todavía debe haber académicos que están investigando qué significa ese término en su obra. Antes de salir de Chile usted era una renombrada escritora criollista con éxitos como Montaña adentro. Ni antes ni después de 1900 hubo un movimiento literario tan masivo en Chile como el criollismo; escritores y escritoras plantearon una literatura nacional y popular. Como las ciudades estaban contaminadas con lo extranjerizante, salieron a las minas, al campo, a los barrios marginales a dialogar con las humilladas, explotadas, injuriadas, despreciadas, sin derecho a la justicia.

Seguro que para una mujer en el Chile de esa época existían mínimas posibilidades de romper las normas sociales a través de la bohemia, la promiscuidad, la bisexualidad, la amoralidad… ¿Y de inventarlas, también estaba prohibido?

“Las escritoras y escritores bajan al fondo de las minas, se internan en los bosques y quebradas, parten hacia las aldeas y fundos, trayendo de regreso ‘las piezas cobradas’, ‘el morral repleto de caza’, ‘las manos llenas de tesoros’, que más tarde reelaborarán en las páginas emocionadas de sus libros”.[4]

En la época se ensalza que las y los escritores hayan dejado a un lado las imágenes que sí deseaban escribir por otras que iban a ampliar la estrecha visión que tenían entonces los y las habitantes del país. Cuán urgente tuvo que haber sido la situación o cuán poderosa era la reacción —ahí están sus libros, los de Manuel Rojas, Baldomero Lillo, Augusto d’Halmar como testigos—, para recurrir a la literatura, en vez de a los políticos, la iglesia o el movimiento obrero, en pos de lograr un cambio cultural.

Una cosa es clara; el cambio que usted vivió en Argentina la dejó fuera del movimiento criollista por el que ganó su fama y la admiración de Alone, seudónimo del influyente crítico Hernán Díaz Arrieta, quien la dio a conocer.

Entonces viene lo que me sorprendió de su regreso a Chile en 1953. No debió ser fácil abandonar la comodidad del estilo que le otorgó la fama. Imagino la ilusión que sentía al llevar con usted los nuevos manuscritos interiores en la maleta, la ansiedad por dar a conocer el cambio de su escritura, por mostrarle a Alone sus descubrimientos. Me recuerda a su cuento “Soledad de la sangre”, la mujer casada a quien le es permitido trabajar y hasta gastar en un fonógrafo con el derecho a dos discos —después de comprar una manta al marido—; la alegría que siente esa mujer cada vez que su esposo le permite escuchar la balada militar y las canciones españolas. Pues bien, vuelvo a lo que aconteció: usted llega a Chile radiante y el campo literario, con Alone a la cabeza, deja caer un manto de silencio sobre los textos que escribió en Argentina y los posteriores. No se habla del cambio, la dejan en el criollismo como si nunca hubiese escrito de otra cosa. Así como a Gabriela Mistral la conocimos por “Piececitos de niño azulosos de frío”, a usted la conocimos únicamente por el retrato social de los campesinos pobres en el latifundio.

Hace unas noches fuimos en auto a un pueblo de ciento veinte habitantes en la pampa húmeda. En la estación funciona un restorán sin pretensiones, atendido por un viejo alto y campechano que tiene como acompañante en esta quijotada a un gaucho asador medio borrachín. Habían colocado tres mesas en el andén, bordada la vía por generosos manchones de crisantemos rosados, la luz era mortecina como en las estaciones cuando no pasa el tren. Influida por sus cuentos saqué a colación la figura de la soltera y de cómo nuestra generación todavía sintió miedo a no casarse por ser demasiado inteligentes, independientes, liberales… Y cómo, en menos de cuarenta años, hoy existe el derecho a no hacerlo y a establecer otras sexualidades o a decidir género. Una de las mesas estaba ocupada solo por mujeres, tías, primas, sobrinas, hermanas. Más tarde llegó a conversar con el asador una pareja joven medio hippie que estaría de vacaciones en la casa familiar. Alguien en la cocina, supuse que la esposa, freía las papas y armaba las ensaladas. Imaginé que en la mesa desocupada estaría usted y me pregunté qué vería. Su espectro hizo que la conversación se fuera relativizando, a los postres ya no estábamos tan seguras de que las mujeres modernas hayan dejado de sentir que en su vida cada hora respondía a un molde. Y todas parecían repetirse a sí mismas. Como esas constantes hileras de cisnes que desfilan para probar la puntería de los tiradores en las ferias veraniegas. Como interminables hileras de cisnes, recortados en cartón, pintados de diversos colores, moviendo la cabeza con idéntico ritmo. Iguales siempre. Iguales. Un día y otro.[5]

Al despertar por la mañana había decidido incluir en esta antología únicamente los cuentos escritos por usted en Argentina y los posteriores, que no fueran criollistas. Fue la lectura completa del segundo tomo la que en un segundo momento me llevó a cambiar de opinión, cuando descubrí que el estilo interior que supuestamente desarrolló en Argentina está presente desde sus inicios como escritora, incluso en las columnas que publicó en los medios. Fue la recepción crítica la que puso a estos cuentos en segundo plano.

¿Es una tontera preguntarle si se sentía más atraída por el criollismo o por los relatos interiores? Habiendo sido criada en el sur, en un fundo familiar, testigo directo de las injusticias que cometían los y las terratenientes avalados por el estado, es elogiable que se sintiera éticamente inclinada y dispuesta a retratar esas vidas ignoradas.

La conciencia, que hace pasar directamente “las piezas cobradas”, “la caza”, “los tesoros” a “las páginas emocionadas de sus libros”, permitió a los criollistas poner al pueblo como protagonista de la literatura nacional. También funcionó como un cedazo que retuvo las imágenes no deseables, que ensuciaban, embarraban, dejaban grumos a la vista y en el sabor de la buena conciencia. En esos agujeros quedó retenido el deseo espeso, el placer fibroso, la belleza no depurada, la poesía de lo cotidiano, la sabiduría de la experiencia, la ironía, la extrañeza, el humor, el conocimiento de lo natural, todo lo que no tenía relación directa con la pobreza se le sacó al pueblo. Quedó el sufrimiento, la violencia, las pasiones tristes.

Hasta que en 1939 la designan cónsul en La Plata y luego en Buenos Aires. Lo que haya conocido en Argentina —lejos del latifundio, la crítica, el conservadurismo, la desigualdad— la hizo posar nuevamente su mirada hacia esas mujeres también atrapadas, aunque por otros mecanismos. Marguerite Yourcenar se pregunta: “¿Quién puede ser tan insensato como para morir sin haber dado, por lo menos, una vuelta a su cárcel?”. Es lo que usted hace en sus relatos; acompaña a las mujeres a dar vueltas exhaustivas, agobiantes, minuciosas, atentas, por las celdas que habitan, y está ahí para ayudarlas a pintar la naturaleza en el segundo que levantan la cabeza para dejar volar su mirada por el hueco en el muro.

A diferencia de estas personajes mujeres, usted sí viajó fuera de Chile, trabajó como periodista, estuvo a cargo de una revista, siendo soltera dio a luz un hijo que murió, lo que permite inferir que tuvo amantes; participó en los círculos literarios, ejerció cargos. Sin embargo, prefirió escribir sobre aquellas mujeres que no podían salir con sus sentimientos, con sus pasiones, al exterior, y cuya ilusión de sentirse, saberse distintas a la máscara que las representaba, las dejaba secas por dentro.

Dentro de la celda la situación interior de sus mujeres es tan clara, tan grave el peso de las cadenas, tan difíciles de romper. La lectura de sus cuentos me hace pensar tanto en el amor, en esa ilusión de que el amor, ese otro ilusorio, podría abrir la puerta de la celda si quisiera, y nunca puede o quiere, llega tan cerca y algo se interpone.

Andar. Andar. Dejar que el potente romper de las olas le llene los oídos con su insistencia y le asorde el pensamiento, la amargura que la corroe, la indignación contra sí misma. ¿Para qué ha venido, dándose la excusa de un viaje?

Andar. Correr. Huir. Sabe que la sigue. Que es inútil todo. Y se detiene, súbitamente, firme, fría en esa piel que súbitamente también ha adherido a la suya como otras veces.[6]

Al leer nuevamente los cuentos seleccionados en esta antología para buscar un orden —otra arbitrariedad que sabrá disculparme—, descubrí que en algunos sus mujeres personajes parece que van a romper el espejo y en otros se lo quedan mirando congeladas o lo tapan para no ver. En esa lectura recordé cuántas veces en mi adolescencia creí haber encontrado a mi verdadero Yo; creía que podría salir a la calle vestida con ese Yo y algún acontecimiento exterior que no recuerdo hacía intolerable el dolor. ¿Huía de un sueño, volvía de una realidad?… No ser más. No pensar más.[7]

Los meses que tuve cerca el segundo tomo me interrogué continuamente por las y los jóvenes que leerán estos cuentos; si alguna vez se habrán sentido como sus personajes o si la cárcel que usted pinta maravillosamente quedó, a partir de los movimientos feministas de los últimos años, vacía, inutilizable. ¿La lectura de esta antología se convertirá en una visita a las ruinas prehistóricas para entender y no olvidar de dónde venimos o las mujeres continuaremos pasando por la cárcel para conseguir nuestra libertad cada vez?

Debido a la ruina de su vista, durante diecisiete años usted vivió rodeada de una nebulosa creciente, incapaz de ver perspectivas, de entender las distancias, los objetos eran como sombras, apenas podía escribir y tenía que pedir a sus amistades que le leyeran.[8] En “La vida quieta” hay un fragmento que me la hace imaginar:

Es el cerebro una gran negrura de oquedad en que todo ruido, todo rumor, por insignificante que sea, repercute, molesta, exaspera. Bordonea una abeja. Rebullo. Aprieto los dientes. Me duele el bordoneo como si en la cabeza me giraran matracas. Tensa de impaciencia con ojos torvos miro el rumoroso punto dorado que raya el silencio. Pesa el calor sobre los párpados obligando a cerrarlos.

Cuesta creer que en esa condición pintara decorados tan vivos; me refiero a la capacidad asombrosa de su escritura para transformar la naturaleza en deseo, belleza salvaje, sensualidad, ruptura, osadía; toda la libertad que sus personajes mujeres no alcanzan, usted la pinta al otro lado del hueco en el muro.

Dentro de la celda la situación interior de sus mujeres es tan clara, tan grave el peso de las cadenas, tan difíciles de romper. La lectura de sus cuentos me hace pensar tanto en el amor, en esa ilusión de que el amor, ese otro ilusorio, podría abrir la puerta de la celda si quisiera, y nunca puede o quiere, llega tan cerca y algo se interpone. ¿Será que la ilusión no es la llave?

En cambio, en la narración del exterior usted se escapa a horcajadas de la poesía. Su cuasi ceguera, el borroneo, las sombras, actúan como un filtro que impide el paso de la conciencia, que permanece atrapada junto a las mujeres en la cárcel. En el exterior, usted vuela lejos de esas mujeres sin atrevimiento, derrotadas por la ilusión. Al otro lado del muro castigado por la lluvia nace un camino posible para ir a contrapelo de lo real; desaparecen las explicaciones, las condiciones sociales, las determinantes morales: asoma el misterio, lo fantástico, la extrañeza, el absurdo, lo irreal.

Seguía mirando arriba, la enormidad del monumento, del que solo veía ahora el pecho del caballo, una de las poderosas patas delanteras alzadas y en violento escorzo la cabeza, todo ello en sombra destacándose contra un cielo de primavera destemplada, de tarde sin nubes, de pájaros silenciados por el viento que traía del sur sus lienzos humedecidos, de árboles desdibujados por la inquietud. Tal vez un ángel había encendido el lucero, tan luminoso, tan deslumbrador, tan inverosímil.[9]

No sabe el deseo que siento de continuar este párrafo, llevar al bello aparecer de este lucero inverosímil a que dinamite el muro y se fuguen cabalgando ebrias hacia el bosque de la noche. Ahora sí puedo formular la pregunta que originó el deseo imperioso de escribirle aunque usted no pueda leer mi carta. Se lo pregunto a usted y, también, a quienes leerán esta antología: ¿Será la tradición realista de nuestra narrativa —no así la poesía— lo que impide que el lucero inverosímil nos saque por el hueco abierto en el muro?

Suya

Cynthia Rimsky

Argentina, 17 enero 2020.

 

[1] Marta Brunet, Obra narrativa I y II, edición crítica de Natalia Cisterna. Universidad Alberto Hurtado, Santiago, 2017.

[2] Del cuento “Soledad de la sangre”.

[3] Del cuento “La otra voz”.

[4] Véase El criollismo, Ricardo Latcham, Ernesto Montenegro y Manuel Vega. Editorial Universitaria, 1956.

[5] Del cuento “La otra voz”.

[6] Del cuento “Noctilucas”.

[7] Del cuento “Soledad de la sangre”.

[8] Lo cuenta José Donoso en “Marta Brunet: en Europa se le hizo la luz”, Revista Ercilla, 29 de noviembre de 1961.

[9] Del cuento “La otra voz”.

 

Cuentos escogidos, Marta Brunet, Alfaguara, 2020, 200 páginas, $15.000.