Germán Marín, escritor de la memoria

Ayer falleció uno de los mayores escritores de nuestro país. Leer su trilogía Historia de una absolución familiar, o El palacio de la risa, Lazos de familia y Compases al amanecer, corroboran que no hay en la literatura chilena otra obra que muestre mejor el carácter público de la memoria: los hechos que trae hasta nosotros configuran un mundo que no es solo suyo; es un mundo compartido. Incluso su escritura –de frases largas, que van y vienen, como el fluir de la vida– refleja los movimientos que hacemos cuando, tejiendo unas imágenes con otras, sintiendo pena o alegría, recordamos.

por Carlos Peña I 30 Diciembre 2019

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Jacques Lacan

Hay dos tipos básicos de escritores, los de la imaginación y los de la memoria. Los primeros fantasean y los segundos recuerdan; los primeros usan las palabras para hacer castillos en el aire que nos distraen o nos consuelan; los segundos las usan para descubrir una extraña pulsión que los anima y que ellos mismos no saben, hasta que la escriben, identificar. Ambos tipos de escritores usan las palabras para inteligir la realidad, pero quien mejor lo logra es el escritor de la memoria porque a fin de cuentas, como decía Valle Inclán, las cosas no son como las vemos sino como las recordamos.

La distinción entre escritores de la imaginación y escritores de la memoria es arbitraria, aunque cuenta con ilustres defensores. El principal y más antiguo de todos es Avicena, quien sugirió que la imaginación era meramente formal y la memoria, en cambio, intencional, motivo por el cual quien imagina nunca se estremece ante lo imaginado; pero quien recuerda puede conmoverse hasta las lágrimas. La escritura de la memoria no está animada por una fantasía sino por una pulsión que hiere al autor, algo que la escritura simula curar pero que en realidad, muchas veces, se agrava.

Sí, se agrava.

Hay un espléndido texto de Derridá, titulado La farmacia de Platón, donde explora el mito del origen de la escritura que aparece en el diálogo Fedro. En ese texto, la invención de la escritura es presentada como un fármacon: He aquí –dice Zeus en el relato de Platón­– un invento que hará a los egipcios más instruidos y capaces de acordarse: la memoria y la instrucción hallarán en la escritura su fármacon. La palabra fármacon suele ser traducida como remedio, pero Derridá explica que también significa veneno, y es que la escritura aparenta ser un remedio a la falibilidad de la memoria, cuando en vez de curar el olvido, lo empeora: si escribimos algo, la realidad es rebajada, parte de ella pasa a pérdida y por eso la escritura solo en apariencia es un remedio.

De todos los escritores de la memoria que ha dado nuestro país, el narrador por antonomasia es, sin duda, Germán Marín. No hay en la literatura chilena otra obra que muestre mejor el carácter público de la memoria. Este hecho –que la memoria que trae hasta nosotros un mundo es siempre una memoria compartida– resplandece una y otra vez en los textos de Germán Marín, quien al escribir su propia memoria, escribe en alguna medida la de todos.

Y es que no hay tal cosa como mi memoria o mi mundo, si por esto entendemos una esfera privada de experiencias y de significados que se sostenga en sí misma y que sea anterior y más fundamental que el mundo que compartimos con otros. En la filosofía, es esta una idea que subrayó Heidegger. Mientras Sartre o Husserl, y para qué decir Descartes, intentaron preguntarse cómo era posible, a partir de mi mundo, llegar a una experiencia intersubjetiva con los otros, Heidegger mostró que los seres humanos están desde el inicio siendo con otros y que el mundo “es siempre el mundo que uno comparte con los demás”.

La habilidad de Germán Marín es exactamente esa: no ceder a la ilusión del yo privado y, en cambio, hacer ver permanentemente en su escritura, cuando relata sus días en la Escuela Militar, los incidentes familiares y cuando mira una foto, que el mundo que trae el recuerdo es siempre un mundo compartido, en algún sentido el de todos.

Toda la obra de Marín es eso: un gigantesco esfuerzo por rescatar la memoria y, por esa vía, el mundo. Marín es un animal, por decirlo así, memorioso; pero no porque tenga buena memoria, sino porque concibe la vida y la existencia como la edición de lo que recordamos.

Leer a Germán Marín es sumergirse en los meandros de la memoria y tomar conciencia del entramado de significados y de sentidos que constituye el mundo. Incluso su escritura –las frases largas, que van y vienen, recuperándose cuando están a punto de caer, hasta que el peligro empieza de nuevo– refleja los movimientos que hacemos cuando, tejiendo unas imágenes con otras, escapando hacia allá o hacia acá con una u otra digresión, sintiendo pena o alegría, recordamos. La trilogía Historia de una absolución familiar ejecuta, a una altura que la literatura chilena nunca había alcanzado, esa relación entre escritura, memoria e historia.

La habilidad de Germán Marín es exactamente esa: no ceder a la ilusión del yo privado y, en cambio, hacer ver permanentemente en su escritura, cuando relata sus días en la Escuela Militar, los incidentes familiares y cuando mira una foto, que el mundo que trae el recuerdo es siempre un mundo compartido, en algún sentido el de todos.

En esas tres novelas (¿o habría que hablar de una sola, inmensa y continuada y gigantesca, novela?) la narración no solo está ejecutada como evocación o recuerdo explícito, sino que en ella se intercala un diario de vida, el diario del escritor, en el que se deja constancia del presente (un presente que la escritura va inevitablemente rebajando) y de las vicisitudes de la escritura y del recuerdo. El libro así es casi una reflexión sobre las relaciones entre la escritura y la memoria. Escritura de lo que se recuerda y registro de la edición. Se recuerda, sugiere Marín, para intentar editar lo que vivimos y así absolvernos de la culpa. Cuando vivimos, las cosas se viven con la premura del instante y es únicamente cuando recordamos cuando nos vemos como agentes que pudimos escoger, seres más o menos libres cuyo curso de acción estaba, en cierta medida, entregado a sí mismos. Y al reconstruirnos ex post como agentes, podemos sentir culpa y de esa manera absolvernos. Recordamos, pues, para sentirnos como agentes de lo que somos y sentimos culpa no por un afán masoquista o sufriente, sino para sabernos libres.

La culpa, paradójicamente, nos libera.

De toda su producción, quizá el lugar en el que ese vínculo aparece de forma más notoria, enlazando la memoria privada y la pública (o mejor aún: desmintiendo esa distinción) es Lazos de familia y Compases al amanecer.

En Lazos de familia es la fotografía la que desata el pasado que, en vez de rememorar, Marín hace el esfuerzo por exorcizar. Y es que hay recuerdos que, al traerlos a la conciencia de hoy, pueden resultar, justamente por añorables, destructores. La felicidad recordada suele causar dolor. El recuerdo (lo recordado, más bien, como ocurre en “Un día feliz” de este libro) suele ser la medida de la inevitable mediocridad del presente.

En Lazos de familia la fotografía es empleada no como un artificio que desata la disquisición ensayística (como ocurre en Los anillos de Saturno, de Sebald) sino como un archivo que acredita la fugacidad de la existencia y del mundo circundante donde ella acontece. Walter Benjamin observa que la distinción entre el arte pictórico y el fotográfico deriva del hecho que en el primero nos interesa el autor (el sujeto que es capaz de trazar en la tela un momento real o imaginado), en tanto que en la segunda nos interesa el momento que la fotografía congeló.

¿Por qué?

Lo que ocurre es que nuestra existencia siempre está transcurriendo (está “habiendo sido”, cabría insistir) y la fotografía nos permite archivarla en momentos discretos que, sin embargo, traen hasta nosotros un mundo entero. La sospecha de la fenomenología (que vemos lo que vemos siempre sobre un fondo, un mundo circundante que lo hace posible de manera que al recordar un objeto rescatamos el mundo que lo recortaba y lo hacía posible) queda así acreditada mediante la fotografía. La gracia notable de Marín en este libro precioso es ejercitar esa memoria de archivo que acaba siendo también la memoria del lector. Marín mira una foto –de una estatua, una escena, una cosa– y es capaz mediante la palabra, esa palabra cadenciosa que trata a las frases como si fueran un permanente desafío de equilibrio, de traer hasta el presente el mundo que circundaba lo que la foto atrapó.

Un esfuerzo semejante se ejecuta en Compases al amanecer, solo que aquí es el recuerdo de un programa de radio que acompañaba a solitarios insomnes y a taxistas, el que es capaz de desatar la ficción. Una ficción que está, en cualquier caso, atada a la memoria.

Desde antiguo (desde Aristóteles, para ser preciso) la ficción aparece como mímesis, como imitación de lo real. Fingir equivale, en la escritura y en el gesto, al intento de imitar algo que se estima digno o indigno. Pero, como se ha observado muchas veces, la mímesis apenas aparenta imitar lo real: en verdad lo que hace, a pretexto de la imitación, es transgredirla, mostrar que la realidad real pudo ser de otro modo. Y lo mismo –Marín es consciente de esto– ocurre cuando se escribe sobre el recuerdo: “Acaso sea una remembranza inventada, como más de una vez me he mentido, producto del deseo de que así hubiera sido”, escribe en “Escena en el parque”.

La buena literatura devela esa particular índole de la condición humana y del lugar que en ella le cabe a la novela, o a esos hermosos textos híbridos que creó Germán Marín: la de narrarnos y así, siquiera por algunos momentos, tener la ilusión que fuimos, o que somos, autores de lo que vivimos.