Kafka y la causa feminista

La pregunta de si la literatura del autor de La metamorfosis pasa demasiado por alto la causa feminista no resulta del todo justa. Porque Kafka se sitúa más acá de esta bandera, en lo que no consigue ser humano, y por ende, en lo que falla a la diferencia sexual. El hijo–insecto, ¿es el prototipo del escritor? ¿O de la escritora? ¿O del escritore? Mejor: si en Gregorio Samsa tocamos el límite de la humanidad, ¿tiene aún sentido articular el problema de la escritura junto al del género y al del ser sexuado? Desde su mudez, desde su cuerpo extraño, ¿tiene sentido hablar de lo masculino y lo femenino?

por Aïcha Liviana Messina I 27 Febrero 2020

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Cada vez que voy a hablar de Kafka a Estados Unidos, me preparo para que me pregunten por el lugar que las mujeres tienen en su obra. Hasta el momento, me lo he tomado siempre con un poco de ironía, pues no veo por qué Kafka debería estar preocupado de la causa feminista. Tenía ya tantos rollos personales… Además, estoy enamorada de Kafka. La voz que emerge de su obra forma parte de mi sistema de sobrevivencia. Que el destino de un abogado haya sido escribir La metamorfosis, me hace pensar que hay un hoyo dentro del universo, algo que escapa a toda lógica, pero también algo profundamente terrible, y que este hoyo no deja de respirar.

¿Acaso mi amor por Kafka hace que cierre los ojos sobre ciertos rasgos suyos machistas, o incluso que los excuse? Podemos reparar en el hecho de que en Kafka, efectivamente, los personajes “principales” son hombres (varones). Es más, en muchos de sus relatos, las mujeres tienen como único rol el de ser un poco pícaras o muy provocadoras, de engañar a los hombres (a los pobres hombres, condenados sin causas precisas). En Kafka, las mujeres no se pierden en los meandros de la Ley. Al contrario, contribuyen a empeorar la situación de estos hombres (varones) ya perdidos. Y para peor, cuando Kafka escribe La carta al padre casi nada dice de su madre, además de que su amor por su marido le quitaba “independencia espiritual” (no en sí, sino desde el punto de vista del hijo).

¿Pero, la literatura está volcada a lo representado o hacia otra cosa?

Por cierto, no creo que la literatura de Kafka nos relacione con lo irrepresentable y que, en este sentido, sea algo así como un texto religioso. Pienso que el objeto de su escritura refleja la condición de enmudecimiento del escritor, de tal suerte que los cuentos y novelas reflejarían en realidad la condición –o incondición– del escritor. El objeto de la escritura no sería diferente del problema de su sujeto. Pensemos en La metamorfosis: un buen hijo de familia despierta un día en un cuerpo de insecto, no pudiendo así ir al trabajo, producir, ganar dinero, ni tampoco hablar, comunicarse con otros y otras. Este relato me parece que narra la situación paradójica del escritor que escribe desde lo que le impide obrar en el mundo, comunicarse con otros y en este sentido ser mundano: ser parte de la economía que produce el mundo, la sociedad, sus valores (y sentirse bien con ellos). Kafka mismo, a pesar de tener un buen trabajo, experimenta este no poder trabajar, no poder producir, no poder ser parte de una economía común (esta economía que, si seguimos a Marx, no es solamente productiva de bienes y de valores sino de la propia sociedad y humanidad). En efecto, para Marx es a partir del trabajo y de lo que produce que los individuos se relacionan unos con otros y se autoproducen como sociedad y como humanos. Sin una participación común en la producción y en la producción de lo común, uno deja de ser humano, de ser homogéneo con la sociedad, de sentirse parte de un mundo, de poder comunicarse tranquilamente con otros.

Odradek, Gregorio, los animales del bestiario, no remiten a una vida que se conserva y que, para asegurar tal conservación, se somete a la autoridad del padre. Son más bien fallas en esta economía que, si bien no asegura ninguna redención a los hijos perdidos y perdedores, dejan abierta una brecha y, también, una esperanza.

El enmudecimiento de Kafka no está relacionado con algo que no puede decir, sino con el hecho de que su inactividad lo sustrae del mundo de la producción, del sentido y entonces también de la producción de lenguaje y de significaciones (las cuales también son frutos de un trabajo, de un obrar, de una economía). Entonces, que un hombre, un buen hijo, que se levanta todas las mañanas para llegar a la hora al trabajo, despierte en un cuerpo de insecto no es una mera fantasía, el fruto de un acto de magia. Es la experiencia, la in–condición, de quien no consigue ser parte de la economía a través de la cual la humanidad se autoproduce. Aquí la extrañeza del cuerpo no es correlativa de una metamorfosis en el sentido de una transformación. Gregorio no es un animal: es la imposibilidad de ser humano, de comunicarse, de estar con otros. Gregorio se convierte en insecto por la imposibilidad de comunicarse. Su cuerpo es el correlato de su enmudecimiento.

Aquí la escritura se vuelve problemática. El hijo–insecto, ¿es el prototipo del escritor? ¿O de la escritora? ¿O del escritore? Pero… si en Gregorio Samsa tocamos el límite de la humanidad, ¿tiene aún sentido articular el problema de la escritura junto al del género y al del ser sexuado? Desde su mudez, desde su cuerpo extraño, ¿tiene sentido hablar de lo masculino y de lo femenino? ¿No es desde un cuerpo definido, mundano, que se puede relacionar con otros, que podemos concebir la sexualidad? Y, ¿no es desde la inscripción en un discurso que podemos concebir el género (en todas sus variantes)?

Con esto me quedé por algunos años tranquila. La pregunta de si la literatura de Kafka pasaba demasiado por alto la causa feminista no correspondía, porque Kafka se sitúa más acá de esta causa, en lo que no consigue ser humano, y por ende, en lo que falla a la diferencia sexual. Sin embargo, me parece que la relación de la obra de Kafka con una cierta causa feminista puede ser desarrollada ulteriormente. ¿Acaso lo que dispone la obra de Kafka no es, justamente, la organización típicamente patriarcal de la sociedad, desde el rol que ocupan los varones en ella, hasta el modo en que toda una economía la sustenta? Es más, ¿acaso la Carta al padre no es una carta dirigida a esta fuente inaccesible de autoridad encarnada por el padre?

En Kafka está todo el dispositivo patriarcal definido como sociedad donde mandan los hombres, donde la familia se rige en torno a la figura del padre, y que funciona por medio de la dimensión productiva del trabajo con la cual nos legitimamos, rendimos cuentas (al padre). Pero este dispositivo presenta sus fisuras. No es que Kafka nos encamine hacia el matriarcado. En Kafka hablan los hijos perdidos, los hijos del fracaso de esta lógica (los “loser sons”, como diría Avital Ronell). Lo interesante es que aquí los hijos no hablan en su condición de hijos, en cuanto hijos de un padre, sino desde su in–condición, desde lo que los hace otros, ni hombres ni animales, extraños a la economía familiar y a la lógica misma que estructura tal familia, es decir, el patriarcado. ¿Será entonces que en Kafka la ausencia de una representación femenina adecuada tenga que ver con la ausencia de una representación masculina adecuada? Después de todo, Odradek o Gregorio Samsa provienen de lo que falla a la lógica de la diferencia sexual, así como de la diferencia de género. Kafka no sería indiferente a la causa feminista. Estaría ya fuera de ella, del círculo (entre otros familiar) que la predetermina, de su ley.

Con todo, creo que se puede decir más.

Solemos concebir la literatura desde una idea, si no abstracta, por lo menos autónoma de lenguaje. Hacemos como si la literatura fuera una relación con el lenguaje, pero con un lenguaje desarraigado de la historia y entonces del modo en el que, por razones históricas, nos sexualizamos a través del lenguaje. Pues somos niñas, niños, niñes, desde un lenguaje. Somos varones y damas, masculino y femenino, somos incluso transexuales y asexuales desde un lenguaje. Gritamos, hablamos suave, hablamos firme, o hablamos temblando desde características (caracteres) ya predefinidos antes de que accediéramos a la palabra y desde nuestro propio cuerpo ya hablante, ya heredero de una historia del lenguaje y del cuerpo. De hecho, el patriarcado no es ni un mero hecho biológico que dependería de una supuesta supremacía sexual o genital, ni un mero hecho cultural. Si es la vida la que produce lenguaje, la que produce formas, colores, símbolos, modos de aparecer y de esconderse (“la naturaleza ama esconderse”, dice Heráclito), la vida es una continua escritura desde la cual los seres se diferencian en su apariencia, en su cuerpo. La sexualidad es así el fruto del carácter ya fantasioso de la vida.

Pensando así, el lenguaje de la literatura es el lenguaje de la vida. No es un lenguaje que refiere a significaciones ideales. En el lenguaje, las significaciones son vitales y son productoras de vida. Con el lenguaje, respiramos aire, nos constituimos como seres vivientes; y producimos aires: producimos vida como lo que está ya siempre en mutación. El lenguaje no es un lujo, un artificio en la naturaleza; es una de las condiciones de posibilidad de los seres vivientes. Es una de las formas de la naturaleza.

En Kafka hablan los hijos perdidos, los hijos del fracaso de la lógica patriarcal. Lo interesante es que aquí los hijos no hablan en su condición de hijos, sino desde su in-condición, desde lo que los hace otros, ni hombres ni animales, extraños a la economía familiar y a la lógica misma que estructura la familia.

En La metamorfosis encontramos justamente esta dimensión mutante de la vida posibilitada, entre otros hechos, por el lenguaje e incluso por el modo en el que se expresa y se encarna la mudez. Si pensamos en Gregorio vuelto insecto, el insecto no designa una nueva condición de Gregorio. Gregorio no pasa de ser hombre varón a ser animal. No pasa de una condición humana (cultural) a una condición animal (biológica). No pasa de un género a otro. Esto presupondría que estos géneros, estas fronteras que los separan, son certeros. Ahora bien, Gregorio encarna una in–condición: no es ni hombre ni animal. Es un hijo que tiene pensamientos humanos encerrados en un cuerpo animal. Durante todo el relato, Gregorio vuelto insecto no deja de pensar, incluso de tener atenciones, busca cuidar su entorno. Lo que no puede es comunicar. Es entonces un humano huésped de un animal. Siguiendo esta misma “lógica”, Gregorio no se nutre de alimentos de insecto. En un momento determinado, escucha una pieza de música tocada (bastante mal) por su hermana. En ese momento empieza a tener hambre de música, lo que lo lleva a salir de su escondite y, por esta razón, por aparecer en su extrañeza, a ser matado por su propia familia. La música, su alimento espiritual (y a la vez su único alimento), lo lleva a la muerte, a ser echado a golpes de escoba, a morir sin sepultura… como un insecto (o como un perro, diría K.).

Gregorio el insecto no vive de la economía familiar, sino de música, de la música mala de su hermana. Por cierto, no vive para durar (y tampoco para conservarse), pero su enmudecimiento es también el evento de una escucha insólita. En el silencio del insecto está la vida en mutación. El silencio o la condición de mutismo, tal como el lenguaje, es vital y creador de vida. La vida que se transforma conserva la huella de un silencio. La historia de la vida da vida también a esto que podría no tener historia: el silencio, los seres mudos de la historia, esto de lo que no hay registro, pero que, en el caso de Gregorio, está encarnado en la extrañeza, incluso la monstruosidad de su cuerpo.

Volvamos con esto al tema del patriarcado. En Kafka está todo el dispositivo del patriarcado, y dentro de este dispositivo, los personajes femeninos suelen ser personajes callados o bien mujeres provocadoras, como en el jardín del Edén, o bien madres dependientes de su marido y que por lo mismo serían “poco espirituales”. Sin embargo, hay también una vida donde las premisas de este dispositivo están modificadas, pero también donde queda algo de este dispositivo, algo que dentro de este dispositivo podría no tener historia: un cierto silencio. Es de hecho esta mudez la que hace posible una mutación en la vida y con ella una mutación en la historia. Odradek, Gregorio, los animales del bestiario, no remiten a una vida que se conserva y que, para asegurar tal conservación, se somete a la autoridad del padre. Son más bien fallas en esta economía que, si bien no asegura ninguna redención a los hijos perdidos y perdedores, dejan abierta una brecha y, por ende, una esperanza. El patriarcado ancestral que gobierna la sociedad desde el modo en que la vida se racionaliza está derrotado por el aspecto híbrido de los hijos que abren a otras expresiones de la vida, y a otras historias de la vida.

 

Ilustración: Josefina Contín.