Lorrie Moore: escenas de la vida de provincia

Libros donde las historias y personajes son más importantes que el estilo y las ideas: esa podría ser una buena síntesis de la gran tradición de la narrativa norteamericana, de la que Lorrie Moore es una de las mayores exponentes de hoy. Invitada estelar del Festival Filba el año pasado, dictó en aquella ocasión una conferencia titulada “¿Qué es una novela?”, firmó libros y presentó la reedición de ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, novela en la que volvemos a ese paisaje poblado por hombres y mujeres que habitan en ciudades alejadas de los centros políticos y culturales, y que sienten que su vida se desperdicia en medio de la rutina laboral y la familia.

por Cristóbal Carrasco I 3 Marzo 2020

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Supongo que cuando Franz Kafka escribió a su amigo Oskar Pollak que los libros debían ser el hacha que rompiera el mar helado que hay dentro de nosotros, no estaba pensando, precisamente, en los libros de autoayuda. Podría haberlo hecho, de todos modos. Aunque posee raigambres antiquísimas, como los libros de sabiduría del Antiguo Testamento o la obra de Séneca, la literatura de autoayuda es un fenómeno eminentemente moderno, que posee un inicio muy específico: la publicación del libro Autoayuda, del escocés Samuel Smiles en 1859, y que inició una revolución silenciosa y radical entre los lectores y la literatura en general.

En Autoayuda, Smiles desarrolla una especie de código de conducta inspirado en historias de personas de éxito y frases de autores como Shakespeare o la Biblia misma. El libro, que fue autopublicado por Smiles, tuvo un éxito instantáneo: miles de copias vendidas y elogios como el de Bernard Shaw, que lo tildó de “Plutarco moderno”. Pero fue, como todo, también fruto de su tiempo: la proliferación de la imprenta en el siglo XIX, la pérdida de los valores católicos en Europa y el ascenso de la ética protestante, produjeron un quiebre moral que Smiles supo ver bien y que Max Weber analizó mejor aún en La ética protestante y el espíritu del capitalismo: la gente ya no buscaba la vida eterna, sino el éxito.

Y por éxito Smiles entendía algo muy específico: que los deseos se realizaran, que la gente fuera rica, social y sentimentalmente aceptada. Para ello, nada mejor que un manual de conducta, una especie de corpus normativo de la felicidad y el ascenso social. Los códigos oficiales –que, por cierto, también proliferaron en ese mismo siglo– no tenían la misma pretensión: muchos de ellos tenían como misión ordenar las relaciones civiles, garantizar los derechos mínimos de los ciudadanos o prohibir las conductas delictuales, pero ninguno de ellos decretaba cómo vivir bien, menos lo imponía o sugería.

Muchos autores han tratado de desentrañar el efecto que produjo la expansión de la literatura de autoayuda desde fines del siglo XIX. Autores como Michel Foucault (en El orden del discurso o algunas de sus entrevistas) o Eva Illouz (en su magistral La salvación del alma moderna), se han ensañado en mostrar la autoayuda como una herramienta de dominación y opresión social. De seguro hay algo de cierto en ello, pero en un plano paralelo, y en plena “epidemia de los manuales de superación personal” (como dijo el New York Times), la escritora norteamericana Lorrie Moore –egresada de Cornell y estudiante ejemplar de los cursos de escritura creativa– publicó en 1985 su primer libro de relatos, Autoayuda, y que a través del tono, a medias categórico, a medias compasivo, revelaba un mandato que, en plena expansión neoliberal de fines del siglo XX, nadie parecía dudar: la obligación de encajar, de funcionar, de acoplarse al modelo.

Quisiera detenerme en ese lugar común. En el primer relato de Autoayuda, “Cómo ser la otra mujer”, Moore relata, a través de órdenes y consejos, el inicio de un affaire: “Mira los Hummels de terciopelo falso que giran alrededor de los zapatos de piel; algunos son blancos como los que lleva tu padre y están apoyados en guirnaldas sobre un montoncito de nieve sintética. Todas las tiendas han cerrado. Ves tu aliento en el cristal. Dibuja un símbolo de la paz. Esperas un autobús. Él surge de la nada”. En el affaire, la protagonista es ingenua y descuidada, el amante es un galán insignificante. Todo el relato suena, o parece sonar, como una condena a la infidelidad. De hecho, pocas páginas después, la narradora-jueza lo dice, con el tono de la autoayuda, pero también de la cercanía, como si la narradora supiera lo que siente la protagonista: “Cuando tenías seis años te creías que ‘amante’ significaba algo molesto, como ponerse un zapato en el pie equivocado. Ahora eres mayor y sabes que puede significar muchas cosas, pero que esencialmente significa ponerse el zapato en el pie equivocado. Caminas de manera diferente. No te reconoces en los escaparates; eres otra mujer, una loca escaparatista con gafas que tropieza frenética y preocupada entre los maniquíes”.

A sabiendas del estado de la literatura, a sabiendas de que los libros ya no serán el hacha que rompa nuestro corazón, Moore insiste en intentarlo, y para ello, nada mejor que mostrar las miserias de la clase media a través de la literatura que más consumía.

Nunca sabemos –porque Moore es lo suficientemente lista para que sus palabras no suenen completamente condenatorias ni empáticas– qué es lo que piensa la narradora, y quizás ese sea el ingenio de iluminar ese lugar común: los relatos de Autoayuda son una expresión magistral de la tensión que existe entre mandato y libertad, orden y liberación.

El mismo New York Times consideró esos cuentos “una colección de historias divertida, coherente y conmovedora” y “no totalmente irónicos”. Por sobre todo, señalaba que “desde sus inicios, la ficción ha pretendido, entre otras cosas, ser buena para nosotros. La superación personal, así como la instrucción en modales y las fábulas, fueron la ingeniosa defensa de lectores y escritores acusados de ociosidad. La sabiduría actual supone que la ficción debe tratar sobre nada; se supone que simplemente ‘es’, pero un libro como Autoayuda, de hecho, nos instruye sobre nuestros dilemas actuales y permanentes y es bueno que así sea”.

Creo que esa es, justamente, la gracia de Moore: a sabiendas del estado de la literatura, a sabiendas de que los libros ya no serán el hacha que rompa nuestro corazón, insiste en intentarlo, y para ello, nada mejor que mostrar las miserias de la clase media a través de la literatura que más consumía.

Luego del éxito de Autoayuda, Moore siguió una carrera vinculada a la academia. Trabajó desde esa época para la Universidad de Wisconsin –en la que hizo clases de escritura creativa por casi 30 años– y comenzó a colaborar habitualmente con relatos y artículos para The New Yorker, Paris Review y The New York Review of Books. Publicó un par de años después su primera novela, Anagramas, y luego, casi a mediados de los años 90, ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, que ha sido reeditada por Eterna Cadencia.

A Chile vino a presentar esa novela, en el marco del festival Filba que se realizó a comienzos de octubre del año pasado en la Universidad Diego Portales. “¿Qué es una novela?” fue el título de la conferencia que dio en el auditorio de la Biblioteca Nicanor Parra. La respuesta fue rica en imágenes y sinuosa: Moore caminó por el espacio o el lugar en el que transcurre la acción, se detuvo en los personajes y en la voz, y finalmente apeló a la estructura.

Para Moore los personajes vienen después que el territorio y en su voz radica el triunfo de la novela: es lo que nos queda a los lectores, ese susurro, ese tono, ese humor.

“Todo parece nuevo y sospechoso en ese lugar”, comenzó diciendo sobre ese mundo paralelo, esa realidad sustituta, en la que el escritor se sumerge cuando comienza a escribir una novela. “La gente se siente acogida o abandonada en esa habitación”, dijo después, agregando que en ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? el espacio es la infancia. “A veces hay que elegir una distancia que no te hiera”.

Para Moore los personajes vienen después que el territorio y en su voz radica el triunfo de la novela: es lo que nos queda a los lectores, ese susurro, ese tono, ese humor. La novela, al final, es un género de preguntas (al revés del cuento, donde prima la acción), “que no resuelve misterios sino que los captura”.

¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? parte en París, en medio de una comida insulsa entre una pareja a medias acomodada, a medias feliz de disfrutar las estrecheces de vivir en el extranjero. Sin embargo, no es suficiente para la pareja, que se despedaza. Fruto de esa insatisfacción, la protagonista comienza a recordar a Sils, su amiga de adolescencia, con la que trabajaba en un parque de atracciones de medio pelo en las cercanías de la frontera con Canadá y con la que comenzó a vivir la vida que perdió en su matrimonio: se emborrachaban, iban a fiestas, huían y planeaban abortos. Con la remembranza, Moore, junto con exponer algunos de los temas que había tratado en Autoayuda –la incomodidad y la insatisfacción de una vida desperdiciada en la clase media norteamericana–, expone un paisaje que comenzó a mostrar a partir de su estancia en la Universidad de Wisconsin: la forma en que los norteamericanos que no pertenecían a las grandes capitales culturales de Estados Unidos vivían su relación con las grandes ciudades y con la cultura. ¿Cómo eran los norteamericanos que no vivían en Nueva York? ¿Qué relación tenían con lo que pasaba afuera de sus ciudades pequeñas y encerradas?

Aquel paisaje quedó preciosamente retratado cuatro años después, cuando Lorrie Moore publicó en The New Yorker el que probablemente sea su mejor texto: “También eres feo” (que después aparecería en su libro de relatos Como la vida misma y que fue elegido por John Updike entre los mejores cuentos norteamericanos del siglo XX). La protagonista es una profesora morena del medio oeste norteamericano que se ha acostumbrado a la vida confortable de los campus universitarios, las citas mediocres con hombres simplones y las habladurías de sus prójimos. Su tez morena la hacía ver como extranjera (“que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país”, dice con gracia la narradora), pero no es solo eso: Moore, que había ya abandonado el tono de los manuales de autoayuda, volvía a insistir con la disconformidad que las protagonistas sentían ante su entorno. La protagonista, Zöe, debe lidiar con la inminencia del cáncer, el éxito de su hermana, la irrelevancia de su trabajo (pese a que, en realidad, es interesantísimo: se dedica a analizar el uso del humor en la presidencia norteamericana; hoy estaría dichosa), y la sensación ominosa de que, pese a todo, nunca es suficientemente perfecta. La narradora dice: “Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo: ‘Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas’”. La protagonista, por supuesto, no lo logra: en medio de una fiesta, hace una escena absurda y violenta con un hombre con el que ha coqueteado durante la noche. Como en algunas novelas de Saul Bellow, donde los personajes cultos y pensativos terminan sucumbiendo ante la violencia, Moore ensaya esa versión en la vertiente femenina. ¿Cómo es posible?, nos preguntamos. ¿De quién es la culpa?, pensamos también.

Algo de aquella pequeña tragedia parece olvidarse cuando leemos textos como los de Moore, porque en un comienzo sus relatos parecieron centrarse más en el ingenio y en el humor que en la vida misma de los personajes, pero no por eso dejan de ser trágicos. Por eso, si hay algo que Moore ha podido desarrollar, es su capacidad de que los personajes sean el centro, más que su estilo, y que sean las historias las que nos emocionen, más que sus ideas.

 

¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, Lorrie Moore, Eterna Cadencia, 2019, 176 páginas, $16.000.

 

Al pie de la escalera, Lorrie Moore, Seix Barral, 2009, 384 páginas, $19.000.

 

Autoayuda, Lorrie Moore, Salamandra, 2002, 224 páginas, fuera de catálogo.