Los pasillos de la conciencia

La biografía de Philip K. Dick, escrita por Emmanuel Carrère, puede ser leída como una introducción al mundo alucinado del autor de El hombre en el castillo, pero sobre todo se trata de una presentación de los métodos que Carrère usaría en el resto de su obra, al abordar las vidas ajenas en libros como El adversario, Limónov o los textos de prensa reunidos en Conviene no tener dónde ir.

por Álvaro Bisama I 29 Octubre 2019

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Emmanuel Carrère (1957) publicó por primera vez Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick en 1993. Carrère aún no era Carrère o, más bien, aún no conocíamos esos libros extraños suyos, a medio camino entre la novela y el ensayo, entre el periodismo y la confesión, donde la fascinación por los otros convivía con la melancolía de la propia voz. No. No teníamos cómo. En 1993 (y en el 2002, cuando Minotauro editó la primera edición en español del volumen) tampoco podíamos saber que el mundo que Dick (1928-1982) imaginó como ficción podía ser leído como un avance del presente, donde lo que llamó alguna vez el Imperio terminó tomando la forma actual de un paisaje doméstico de cámaras, drones, noticias falsas y banalidad televisiva. Pasa a veces: los libros se demoran en encontrar su época, los personajes solo remiten a sí mismos y la belleza de lo excéntrico es un gesto vacío, hasta que el contexto se despliega sobre ellos para darles un nuevo significado.

Basta decir que esa edición de Minotauro tenía como portada una ilustración del rostro de Dick sacada de una historieta breve de Robert Crumb que trataba de resumir la crisis religiosa del autor, que abarcó no solo su percepción de lo real, sino también la tensión entre vida y escritura y sus visiones extáticas acerca de la divinidad. En el cómic, Crumb dibujó a Dick tratando de descifrarlo, pero apenas lo logró. Las líneas de tinta de su achurado eran otra versión del laberinto donde también se habían perdido antes Stanislaw Lem, Harlan Ellison, Pablo Capanna, Jonathan Lethem o Richard Linklater, entre muchos, además del mismo escritor.

Así, la duda que los personajes de sus libros tenían respecto a lo real (esa entropía que estaba al centro de la interpretación de Lem en Ubik, por ejemplo) era aplicable a su obra, que excedía el género de la ciencia ficción para ubicarse en otro lugar, indefinible, capaz de unir la paranoia, la mística y la autobiografía.

De este modo, las sospechas que los personajes de El hombre en el castillo tenían acerca del mundo en que vivían (esa distopía donde los nazis habían ganado la guerra, pero que se revelaba como falsa cuando los protagonistas consultaban el I Ching), se extendían también a los lectores que trataban de explicarse una colección de preguntas que aún siguen irresolutas: ¿quién era Dick? ¿Qué le había pasado en 1974 cuando el velo de lo real se rompió y no vio otra cosa que a Dios –a quien llamó el Programador– y se dio cuenta de que había escrito sus novelas a partir de “recuerdos residuales fragmentarios de un mundo reducido a una esclavitud horrible”? ¿Por qué las visiones del futuro que había en sus libros nos remitían a un orden cotidiano que estaba en permanente difuminación y derrumbe? ¿Qué era lo que definía lo humano ahí? ¿Tenía sentido lo que había dicho en Metz, Francia, cuando afirmó que sus libros eran “en una cierta forma reales, literal o físicamente, no ficción, sino verdad”?

Carrère trató de resolverlas en Yo estoy vivo…, narrando la vida del escritor en un juego de espejos incesante en cuyo centro habita la duda o el vacío. Biografía centrada en una narración que a veces adquiere tintes novelescos, el libro del francés trata de resolver el enigma ampliándolo una y otra vez, sin hacer demasiado alarde: vemos así la vida de un escritor de género sometido a experiencias emocionales extenuantes (matrimonios continuos, sospechas de acoso de la policía, desgracias varias) en un mundo delirante (el San Francisco de los beatniks, los submundos de la ciencia ficción, el fin de la edad de oro de la sci/fi y la llegada de la new wave) y en un tiempo de cambios irremediables (auge y caída del hippismo y la cultura de las drogas, la resaca cultural de los 70 de la mano de Nixon). Carrère escribe de Dick interesándose en su proceso creativo mientras trata de cruzar sus libros y su vida como si fuesen una sola cosa. De este modo, la vida de un escritor de novelas fantásticas se convierte en la de un místico obsesionado con la Gnosis y acechado por una paranoia constante. La novela, para él, escondía una revelación. Mejor, implicaba la puesta en escena de un misterio religioso.

“Dick poseía una increíble capacidad de adaptación: cuando uno de esos libretos que él aplicaba a la realidad fallaba, utilizaba otro y ya está”, anota Carrère, que intenta una y otra vez describir cómo el norteamericano lidia con lo real, una tragedia constante donde la ficción y la vida son lo mismo.

Carrère escribe de Dick interesándose en su proceso creativo mientras trata de cruzar sus libros y su vida como si fuesen una sola cosa. De este modo, la vida de un escritor de novelas fantásticas se convierte en la de un místico obsesionado con la Gnosis y acechado por una paranoia constante. La novela, para él, escondía una revelación. Mejor, implicaba la puesta en escena de un misterio religioso.

La vida de Dick es entendida como una novela conspirativa, en la que todas las señales de la vida cotidiana poseen un sentido oscuro, un sótano de significados en conflicto. Así, lo que comenzaba como el relato de las batallas cotidianas de un escritor profesional de ciencia ficción que redacta relatos y novelas para subsistir (contra el tiempo, lleno de anfetaminas, metido en la máquina de producción de una literatura carente de cualquier prestigio artístico), terminaba convertido en la narración de la búsqueda de una verdad elusiva, siempre desplegada como una puesta en escena extática, acaso una colección de las aventuras mentales del “Cristóbal Colón de los mundos paralelos”.

Por supuesto, hay más formas de profundizar en el mundo del autor de Una mirada en la oscuridad. Están la antología de piezas de no ficción The Shifting Realities of Philip K. Dick y la biografía de Lawrence Sutin. El libro de Carrère, sin embargo, exhibe ahora una fragilidad que no tenía cuando fue leído por primera vez, porque no podíamos saber que el francés hablaba de sí mismo al perseguir los pasos de Dick. Esa fragilidad tenía que ver con que la biografía puede ser leída como una introducción al mundo de Dick, como otro modo de trazar un mapa en esa hagiografía tormentosa y secreta; pero también como una presentación de los métodos que Carrère usaría en el resto de su obra, al abordar las vidas ajenas en libros como El adversario, Limónov o los textos de Conviene no tener dónde ir.

Ahí, el acto de narrar se presentaba como la búsqueda de una verdad invisible, apenas verbalizada, que encontraba su correspondencia en una relectura constante y perpleja (también paranoica). Aquello se exacerbaba en El reino (2015), donde alcanzaba el tono de una confesión. En ese libro, el autor no solo detallaba exhaustivamente la relación tortuosa que tenía con la fe católica, algo que resolvía apenas por medio de la lectura de textos místicos, la oración, la terapia y la escritura; además presentaba una explicación de sí mismo a la luz de la revisión de pasajes completos del Nuevo Testamento, que eran vueltos a narrar para buscar su sentido privado, siempre definidos desde el ansia de una revelación tan personal como tambaleante. Anotaba Carrère en ese libro: “He llegado a ser lo que tanto me asustaba ser. Un escéptico. Un agnóstico: ni siquiera lo bastante creyente para ser ateo. Un hombre que piensa que lo contrario de la verdad no es la mentira sino la certeza. Y lo peor, desde el punto de vista del hombre que he sido, es que no me va tan mal (…) El camino que recorrí en otro tiempo como creyente, ¿voy a recorrerlo hoy como novelista? ¿Como historiador? No lo sé aún, no quiero dirimirlo, no creo que la etiqueta tenga tanta importancia”.

Phil Dick se paseaba de modo oblicuo en varios pasajes de El reino, donde percibimos que la redacción del volumen es un capítulo más en la búsqueda religiosa de Carrère. Todo es parte de la misma trama: en un momento, él y su mujer contrataban a una niñera psicótica llamada Jamie, que había conocido a Dick en San Francisco y decía rezar por su alma. Todo terminaba, por supuesto, en un desastre (“¡He conocido a demonios más grandes que usted y no conseguirá volverme loca!”, le dijo la niñera), pero ejemplificaba con eficacia el método de Carrère, donde los azares cotidianos siempre devenían en iluminaciones súbitas o fantasmagorías donde la fe trizada tomaba la forma de saltos narrativos.

Ahí, no había diferencia alguna entre vida y escritura, todo estaba imbricado, al punto de confesar que el año en el que escribió Yo estoy vivo… tuvo al I Ching como apoyo. Dice Carrère: “El propio Dick se sirvió de este texto para componer una de sus novelas, El hombre en el castillo. Cuando su intriga estaba empantanada, consultaba el I Ching y el libro le sacaba del atasco. Yo hice con provecho algo parecido. Un día en que pensaba que no saldría adelante, desbordado por todo lo que tenía que mantener ensamblado, el I Ching me regaló esta frase que todavía hoy me sirve de arte poética: ‘La gracia suprema no consiste en adornar exteriormente materiales, sino en darles una forma simple y práctica’”.

Una idea: tal vez Yo estoy vivo… y El reino son versiones del mismo libro. Ambos textos narran cómo un autor se relaciona con sus materiales, al punto de que ellos lo terminan devorando o cambiando para siempre. De pronto la biografía de Dick en realidad es un ejercicio de introspección de Carrère, un libro en el que narra como si estuviese hablando de sí mismo, como si la vida del norteamericano fuese otro de sus recuerdos privados. Hace 10 o 15 años esto era imposible de percibir. Ahora, en cambio, se vuelve una lectura urgente, dada la reflexión que el francés ha venido haciendo en sus libros sobre la distancia entre arte y vida, sobre ese juego triste entre realidad y ficción, donde el examen de la vida de los otros es también una indagación en los pasillos tortuosos de la propia conciencia.

 

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick, Emmanuel Carrère, Anagrama, 2018, 376 páginas, $21.000.