Por qué aferrarse a todo esto

“Habían aprendido a encontrarse. Por fin, habían recuperado el abrazo colectivo. Habían aprendido a salir de la burbuja del sálvese quien pueda para encontrarse con el vecino en el caceroleo del balcón, en el pasillo del edificio, en la fila del negocio para comprar el pan, en las esquinas del barrio, en el Metro, en la plaza”.

por Alejandra Costamagna I 3 Noviembre 2020

Compartir:

Relacionados

Las patas son largas, flacuchentas, medio chuecas. Ocho hilos desviados hacia cual­quier parte. No hace falta que te acerques demasiado para ver los visos café oscuro en su cuerpo trigueño. Aunque no sabes si cuerpo es la palabra. Sabes, eso sí lo sabes, que las arañas tigre no son venenosas y que se comen o pelean o disputan el espacio con las de rincón, que sí son venenosas. Sabes que las tigre suelen ser lentas y desplazarse con parsimonia. La miras bien: parece congelada en la pared, al lado de tu cama. Te acercas, la fotografías, subes la imagen a redes y preguntas si es tigre o no. Mientras esperas la respuesta, buceas en Google. Te enteras de que las arañas son miopes, que tienen ocho rodillas, que los machos son más chicos que las hembras. Ves muchas fotos de arañas, muchas. No te da ni un poquito de miedo. Lo que se ve no da miedo, te dices. Es una idea absurda, piensas, demasiado llevada por la contingencia. Las redes lo confirman: es tigre, no la mates, adóptala, te va a proteger contra las de rincón, es la Tigresa del Oriente, es hermosa. Todo el mundo la piropea. Te da un orgullo ridículo, como si estuvieras exhibiendo la foto de tu hija o de tu novia. No pensabas matarla, pero tampoco la quieres en tu almohada. La operación es sencilla: deslizas un papel por debajo de sus patas y, una vez que está bien acomodada en la superficie, la cubres con una taza. Llevas la taza al balcón, sacas el papel y la dejas libre. Buenas noches, Tigresa. Cierras el ventanal, cubres tus párpados con un antifaz y te duermes.

Lo primero que haces al día siguiente es ir a verla. Sigue adentro de la taza, quieta, paralizada. Tiene todo el mundo por delante y se confina en ese espacio minúsculo. Estúpida. Inclinas la taza, a ver si entra en razón. A las dos horas, la medida surte efecto: la Tigresa sale y se aguacha en una orilla del balcón. Te tiendes en el suelo y le sacas muchas fotos. A algunos les toca ver cóndores o pumas o ciervos o incluso osos estos días, a ti te toca ver arañas. No puedes salir a cazar por ella, ni siquiera te puedes asomar al jardín del condominio porque la administración ha prohibido circular por los espacios comunes mientras dure la cuarentena. No te queda más que cortarle un brazo al aloe vera de interior y dejárselo en un costadito a la pequeña huésped para que se alimente. A las cuatro horas, a las seis, a las 10, a las 24 horas, la Tigresa sigue en su orilla, pero va cambiando de posición. A las 33 horas, vas a mirarla y ya no está. Es extraño lo que sientes: te apena su partida, pero te alegra que al fin se haya atrevido a seguir su vida.

Esa noche, al entrar a la cocina, enciendes la luz y la ves en el suelo. Te sorprende que ande paseándose por la casa tranquilamente. Quiubo, le dices contenta. Pero te acercas un poco y lo descubres. No es ella. Esta es de color pardo, sus patas no son ni delgadas ni largas ni chuecas, el abdomen tiene forma de violín. Has leído lo suficiente como para estar 99,9 por ciento segura de que es de rincón. Su reacción lo confirma. Empieza a correr en círculos sobre sí misma, enloquecida. Una imagen del mundo estos días. Dejas los pensamientos a un lado y actúas por inercia o por puro miedo: la aplastas con la pantufla y zanjas las cosas. Se te ocurre que tal vez has matado a la asesina de la Tigresa.

***

Dice Idea Vilariño:

Ya no tengo

no quiero

tener ya más preguntas

ya no tengo

no quiero

tener ya más respuestas.

Tendría que sentarme en un banquito

y esperar que termine.

***

“El corona no existe, nos están matando”, grita un hombre en la calle. Te despiertas, caminas unos pasos y abres la venta­na que da al poniente. No es posible distinguirlo bien, es un bulto en la penumbra. Se tambalea de un lado a otro, ¿lleva una botella en la mano? Desafía el toque de queda. Que no aparezca un milico, piensas, ruegas. Se te vienen a la cabeza las palabras de la anciana por teléfono, un par de días atrás: “Hace tiempo que no hablo con mi hermano. Desde antes del Golpe que no hablamos”. Y tu pregunta asombrada: “¿Cómo desde antes del Golpe?”. Y su corrección: “Bah, desde antes del bicho este”. El tiempo se ha dislocado, piensas, los miedos se traspapelan. Del futuro no sabemos nada, el presente nos apabulla y el pasado regresa todos los días para recordarnos cómo era el mundo cuando era narrable. La voz del hombre se apaga con la noche.

Tienes dos ventanas: una da al oriente, otra al poniente. Tu día consiste en rotar de una a otra, como si los mundos de afuera amplificaran la vida puertas adentro. A veces miras por la ventana en la madrugada y todo te parece brillante y como recién hecho: la montaña al fondo, la luz entre las nubes, el cemento en la calle. Te vuelves a asomar por la ven­tana poniente. En la penumbra ves el murito que han empezado a construir allá abajo. Esta semana te has detenido a mirar a los trabajadores que llegan tem­prano, despliegan sus mascarillas y se dan a la tarea de ganarse los pesos para asegurar la sobrevivencia. La cuarentena no existe para ellos. No deberías estar mirando, te has dicho. No deberías estar escribien­do. ¿Qué deberías hacer? Ya hicieron la mezcla del cemento. Van poniendo capas y capas, lentamente. Serán varios días, supones. Piensas en el avance del virus, en su tiempo lento que, sin embargo, va dejando esquirlas de estallido. Un virus como un Golpe, un martillo que alerta el peligro. Un virus que deja al desnudo lo que se venía vociferando en las calles. “Los pájaros que no tienen nido son los que van a morir”, te dijo la anciana antes del encierro. El eco del hombre ebrio allá afuera se mezcla con las imágenes que te arroja el recuerdo. Piensas que es imposible construir un muro mental y aislarse cuando al otro lado el mundo se desploma.

Ahí están, ahí los ves. Son ocho o 10, caminan por el medio de la calle con sus armas en alto, con cascos, alumbrándose con linter­nas. Unos metros más allá, otro grupo igual. Hace unos meses, desde esta misma ventana, los veías disparan­do al cuerpo, a los ojos de los manifestantes. Qué es esto, piensas. Nos custodian los que antes nos mataban. Qué es todo esto. Desvías la vista hacia el balcón. Miras el brazo de aloe vera en la esquinita donde pasó 33 horas la Tigresa. En la tarde has abierto una cajonera y has encontrado una bolsa llena de antifaces. Deberían ser mascarillas. Mejor, deberían ser capuchas. Pero son antifaces. Los has lavado a mano, uno a uno. Veintiún antifaces tendidos ahora en tu colgador. Cuarenta y dos ojos en reposo.

***

Dice Anne Carson:

¿Por qué aferrarse a todo eso? Y yo dije

¿dónde puedo dejarlo?

***

Habían aprendido a encontrarse. Por fin, habían recu­perado el abrazo colectivo. Habían aprendido a salir de la burbuja del sálvese quien pueda para encontrarse con el vecino en el caceroleo del balcón, en el pasillo del edificio, en la fila del negocio para comprar el pan, en las esquinas del barrio, en el Metro, en la plaza. Habían vuelto a cantar “El derecho de vivir en paz” o “El baile de los que sobran” desde las ventanas durante el toque de queda de ese octubre del 2019. Ver a los milicos custodiando la ciudad les traía los peores re­cuerdos de la dictadura. Les parecía una pesadilla de la que querían despertar con urgencia. Pero estaban juntos y se volcaban a la calle. Coreaban y saltaban en perfecto desorden, sudor con sudor, confundidos entre la multitud. Iban a cumplir cinco meses en ese despertar colectivo cuando llegó la pandemia y los recluyó. Adiós, abrazos; adiós, manos; adiós, besos. Debieron cambiar las capuchas por las mascarillas, llenar los rociadores de agua con cloro para desin­fectar las bolsas de basura y mitigar el riesgo que corren los trabajadores del aseo. Los ronquidos de los gatos reemplazaron el murmullo de los bares. Y de pronto los vecinos pasaron a ser sonidos de fondo en el silencio de la noche o en la intermitencia de las sirenas que golpean los oídos. Debieron aprender, debiste aprender a reconocerlos detrás de los muros por sus voces, por sus ruidos domésticos. Sin caras. Reconocer los gritos que se multiplican por la ciudad, las llamadas de auxilio de unas mujeres atrapadas puertas adentro, el sonido de una tina que se llena de noche, el volumen de los televisores, los aullidos de los perros cada vez que pasa una ambulancia, el niño que se ríe a carcajadas y que cada noche canta el cumpleaños feliz a quién sabe quién: a su gato, a su peluche, a sí mismo, en una existencia imaginaria en la que todos los días se cumplen años. O la cele­bración de ese otro cumpleaños desde la puerta: el padre y la madre sostienen una torta en la entrada del departamento y la hija les canta desde el pasillo del edificio. Debiste aprender a mirar estas escenas por la mirilla, en silencio, infiltrada. Te preguntaste si verían la sombra de tus pies debajo de la puerta. Te apoyaste sin querer en la cadena y el ruido alertó a los vecinos. La hija se dio vuelta y miró fijamente hacia tu puerta. Debiste sentirte una intrusa, una aguafiestas. Debiste aprender otras formas de reunión colectiva, encuentros remotos, contactos sin contacto, pantallas divididas en cuadraditos. Debiste explicarle a la anciana lo que era eso. “Ah, son como estampillas en un televisor”, le escuchaste decir. Debiste aprender a contener las ganas de abrazar.

***

Dice Natalia Ginzburg:

Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, actúa de modo más vivaz nuestra memoria.

***

Lees dos páginas y paras, empiezas un libro y saltas a otro. Una línea te deja pensando en mil cosas y no vuelves, no vuelves. Tienes una montaña de libros a medio leer. Con la escritura pasa igual. Con estos apuntes, sin ir más lejos. Entras y sales. Todo te parece una cadena interminable de sinopsis. La palabra que más dices estos días es “ya”, que es como un “listo, ahora sí”, que daría el puntapié para ponerte a hacer lo que te has propuesto. Pero cuando vas a hacerlo se te ocurre que con un café te concentrarías más y caminas hasta la cocina y aprovechas de clorificar lo que compraste ayer y de darle comida al gato y de mirar por los rincones por si encuentras alguna araña y de hacer una lista de las cosas pendientes en lo inmediato y de las que vas a hacer cuando acabe la crisis sanitaria y de cómo se verán las calles con las nuevas marchas, enérgicas, rabiosas, urgentes, y de la tristeza que nos recorrerá al mismo tiempo porque serán días de duelo y de hambre, y mientras imaginas todo eso piensas que tienes que lavarte las manos por quincuagésima vez en el día y que hay partes en Chile donde, desde antes del covid–19, no hay agua para lavarse cincuenta veces las manos porque la tienen secuestrada los grandes agricultores, y entonces re­cuerdas que tienes que mandar una chorrera de mails, pagar las cuentas, leer los artículos que querías leer y no alcanzaste a leer, limpiar el baño, cerrar las cortinas. Recuerdas que debes llamar a la anciana y hacer como que escuchas por primera vez cuando te diga que a ella le gustaba sentarse en el banquito de la plaza, pero que ya no hay niños ni plaza ni banquito. También te pasa que te quedas pegada en asuntos completamente irrelevantes. Hace unos días, por ejemplo, apareció una araña tigre al lado de tu cama, cerca del antifaz que ocupas todas las noches. Sabes que son inofensivas y se comen a las de rincón, pero tampoco la querías en tu almohada, así que la pusiste con mucho cuidado en una taza y la llevaste al balcón. Le hiciste una guarida con unas ramitas y ella, muy dócil, se quedó ahí. Cada media hora ibas a ver cómo estaba. Después te largaste a fotografiarla y fantaseaste con escribir acerca de ella. Lo descartaste, te pareció que estabas perdiendo un poco el norte. Te preguntaste dónde estaba el norte. Dijiste: el norte está en los recuerdos. Dijiste: el norte está en el acto de recordar. Dijiste: el norte está en lo que queda almacenado detrás de los ojos. Abriste con mucha curiosidad un archivo guardado como “escritura 2019”. Y te encontraste con cuatro palabras: “Se mandó a cambiar”.

Dice Clarice Lispector:

Ya que hay que escribir, al menos no opaquemos con palabras la entrelínea.