Saltará la liebre y tendrá tus ojos

por Martín Hopenhayn

por Martín Hopenhayn I 21 Febrero 2019

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Muerto Cortázar algunos rótulos fueron dejando al escritor en un nicho poco grato, entre literatura para adolescentes y narrativa experimental de rápida obsolescencia. Pero al releer sus cuentos, dice el autor de este artículo, tales letreros que le colgaron posmortem no hacen justicia alguna.

por martín hopenhayn

He vuelto a leer, hace un par de meses, lo que leí por primera vez hace medio siglo y que entonces, a mis 13 años, me caló hasta los huesos. Hablo de los cuatro libros de relatos con que Julio Cortázar se dio a conocer: Bestiario, Las armas secretas, Final del juego y Todos los fuegos el fuego. Recuerdo devorarlos noche a noche en el invierno de 1968, desconcertado por esa escritura capaz de secuestrarme a discreción, y meterme en la vida de desconocidos a los que podía tutear sin ofender. Desde mi trinchera impúber le atribuía a Cortázar el poder de decidir cuándo robarle al lector su distancia y enviarlo, solo con pasaje de ida, a la vida paralela del relato. En principio, sin garantía de retorno. Como en los cuentos “Axolotl” y “Continuidad de los parques” en Final del juego, o “La noche boca arriba” y “La isla a mediodía” en Todos los fuegos el fuego, o “Lejana” en Bestiario o “Las babas del diablo” en Las armas secretas, no podía saber en qué momento saltaba la liebre desde la página y te miraba con tus propios ojos. Se borraba al instante la frontera que separa lo real de lo fantástico, el que mira de lo mirado, la lectura de la trama. Cortázar era eso: te hacía desaparecer. O al menos, así me parecía.

Mucho tiempo después, ya muerto Cortázar y con dos generaciones nuevas de lectores, algunos rótulos fueron dejando al escritor en un nicho poco grato, entre literatura para adolescentes y narrativa experimental de rápida obsolescencia. Pero al releer ahora estos cuatro libros que me fueron iniciáticos hace medio siglo, y atento a la posibilidad de si sobrevivían al paso del tiempo y serían capaces de volar por encima de los nuevos moldes estéticos, no me cabe duda que tales letreros que le colgaron posmortem no hacen justicia alguna.

Volví a vivir, 50 años más tarde, esta singularidad en la forma de contar, mirar y desandar lo real hasta el absurdo, la fatalidad o la irrelevancia. Cortázar volvió a sacar su gancho monstruoso del texto para asirme del cuello y tirarme dentro de la historia.

En mi nueva lectura volví a viajar por corredores de viejas casonas de clase media en Buenos Aires y por veredas disparejas donde adolescentes aburridos destapan historias equivocadas de las que no volverán ilesos. Redescubrí un París mal calefaccionado, nada turístico, embriagado de itinerarios condenados al fracaso. Entre ambas puntas del mapa quedé nuevamente atascado en lugares que no son de nadie o que parecen allí desde siempre, poblados por una temporalidad familiar que se rompe de un paraguazo al doblar la esquina y estallar contra un mundo paralelo.

Será que el propio Cortázar nunca fue del todo de aquí ni de allá, sin edad fija en el rostro, evocado más de una vez como el “niño de las manos grandes”, porque al parecer nunca dejaron de crecerle. Un Cortázar que debió arrastrar esas extremidades enormes que no caben en los bolsillos y pueden sostener sobre la palma todos los desenlaces para sus relatos. Quiero pensar que la insuperable maleabilidad en la perspectiva del narrador hizo juego con esa otra maleabilidad etaria del propio Cortázar; y que tal vez le permitió investigar de ida y vuelta, en sus invenciones, todo el abanico de sensibilidades.

Volví a vivir, 50 años más tarde, esta singularidad en la forma de contar, mirar y desandar lo real hasta el absurdo, la fatalidad o la irrelevancia. Cortázar volvió a sacar su gancho monstruoso del texto para asirme del cuello y tirarme dentro de la historia. Reencontré esa porfía lúdica en descentrar sus relatos, pese a que en todos ellos cumple con el rigor de elegir escrupulosamente dónde se ubica el narrador. Son cuentos que suenan a lo que dicen, todos premunidos de un lenguaje hecho a la medida de la historia por contar. El caso más sublime es la parábola de Charlie Parker en “El perseguidor”, donde cada frase es un fraseo de free jazz, y cada palabra una nota de trompeta que solo se sostiene quebrando la anterior.

Recomiendo leer, o bien releer, estos cuatro libros de cuentos, los más puros de un Cortázar que sigue siendo cuentista en estado puro. Pero sobre todo, demorarse en ellos. En esa demora saltará la liebre. Y tendrá tus ojos.

 

Cuentos completos. Volúmenes 1 y 2, Julio Cortázar, Alfaguara, 2010, 648 y 552 páginas, $23.000 cada tomo.

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