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Es la novelista rusa contemporánea más leída en el mundo y en su país, donde es considerada una especie de conciencia moral. Disidente en la época de la Unión Soviética y crítica del gobierno de Putin, Ulítskaya habla aquí sobre las transformaciones que ha vivido en este último siglo una sociedad que nació con el mito de una revolución comunista de la cual se conmemoran 100 años este 25 de octubre— y terminó entregada al capitalismo de oligarcas multimillonarios.

por evelyn erlij (traducción del ruso de yulia dobrovolskaya)

Por más de un siglo, Rusia fue una nación de mujeres. No en la esfera pública, pero sí en el espacio privado. Las guerras, declaradas y no declaradas, se han sucedido desde 1904 (año de la contienda contra Japón), y como resultado de ese impulso bélico los hogares se fueron vaciando de hombres. Solo en la Segunda Guerra Mundial, casi nueve millones murieron. Crecer sin padre o criar hijos sin una figura paterna se convirtió en una experiencia normal, y la literatura postsoviética es un buen testimonio. La Premio Nobel bielorrusa, Svetlana Alexiévich, escribió que no recuerda voces masculinas en su infancia. La autora Liudmila Ulítskaya (1943), en tanto, ha poblado sus libros de mujeres solas, de madres solteras, de esposas abandonadas que siguen adelante con una fuerza que cualquier hombre envidiaría.

La guerra no siempre fue el motivo de esa ausencia. En su cuento “La hija de Bujara”, compilado en Bednye rodstvenniki (Parientes pobres, 1992, sin traducción al español), Ulítskaya narra la historia de un doctor que se va de su casa cuando su pareja da a luz a una niña con síndrome de Down. En “Bronka”, incluido en ese mismo libro, una joven tiene un hijo cada año sin que nadie sepa quién es el padre. Simka, su mamá, tampoco hace preguntas. Quizá porque de eso se trataba vivir en la Unión Soviética: de aceptar la realidad sin hacer demasiadas preguntas. Así, a través de relatos cotidianos, la escritora reconstruye una memoria que desarma las narraciones gloriosas del pasado soviético oficial. Por ello, sus palabras son escuchadas como una suerte de voz de la conciencia del pueblo ruso.

“Si me consideran una autoridad moral es solo porque tuve la suerte de conocer a personas ejemplares. La vida ha sido generosa conmigo –explica Ulítskaya desde Moscú, Rusia, país en el que hoy es una de las autoras más leídas–. Desde joven he estado cerca de gente increíble, de un nivel moral e intelectual altísimo, y de distintos estratos sociales, desde científicos célebres hasta personas sencillas de gran calidad humana; desde disidentes, hasta mujeres sumisas entregadas a labores domésticas y al cuidado de sus hijos. Todos ellos están detrás mío. Yo, en realidad, no soy importante. No me atrevo a ofrecer una respuesta sobre por qué la gente lee mis libros en Rusia. Solo puedo decir que es algo que me alegra”.

Aunque en español hay solo cinco títulos traducidos, ha publicado una veintena de novelas y libros de relatos breves, por los que ha recibido importantes distinciones. En 1996 ganó el Premio Médicis de Francia; en 2001 obtuvo el Premio Booker ruso, y en 2009, el Premio Booker internacional. Sus trabajos han sido traducidos a 25 idiomas, pero su fama no ha evitado que las voces oficialistas de su país la tilden de “traidora”. Ulítskaya ha declarado de manera pública su descontento con el régimen de Vladimir Putin (“una sociedad que elige a un miembro de la KGB como presidente no es una sociedad consciente”, ha dicho), ha participado en protestas contra él y ha criticado la guerra que lanzó contra Ucrania en 2014.

“No me gusta el régimen actual por muchos motivos, pero he de mencionar estos dos detalles: la ausencia de represiones graves y las puertas abiertas”.

Ese mismo año, el Estado ruso inició una investigación en su contra por supuesta “propaganda homosexual”, tras ser editora de una serie de libros infantiles sobre cómo viven las familias en otras partes del mundo. “¿Por qué en vez de escribir sobre lo importante, usted ahoga la Gran Historia en lo individual y lo cotidiano? (…) ¿No se trata de un nuevo tipo de falsificación de la Historia, sobre todo considerando su estatus de gurú?”, la interrogó el crítico literario Lev Danilkin, de la revista rusa Afisha, en una de las varias entrevistas hostiles que le han hecho en su país.

Ser parte de la disidencia y vivir al margen de la oficialidad ha sido la historia de su vida. Nació en Baskortostán y se educó en Moscú, donde siguió una carrera como bióloga y genetista. Cuando trabajaba en un laboratorio, un empleado la denunció a ella y a cuatro científicos por leer y distribuir literatura prohibida. Terminó en prisión, y aunque fue liberada al día siguiente, perdió su trabajo, lo que a la larga la llevó a dedicarse a la dramaturgia y, luego, a la narrativa. El samizdat (la copia y divulgación de libros censurados) es el tema que aborda en su última novela, Zeliony chatior (La carpa verde, sin traducción al español), en la que narra los destinos de tres amigos que, en la era post-Stalin, se convierten en disidentes por amor a los libros.

“Pertenecí a esa juventud cuyas vidas cambiaban bajo la influencia de los libros –cuenta–. Nunca en la historia de nuestro país y, creo, del mundo en general, hubo otra época de ‘gran lectura’ equiparable a la de mi juventud. El libro era un verdadero tesoro y no solo me refiero a los libros de contenido político. Hasta los viejos manuales de genética en su momento fueron retirados de las bibliotecas, en los tiempos en que esta era perseguida. Por muy ridículo que parezca, ¡la genética fue tildada de ‘pseudo ciencia de la burguesía’! Sería erróneo pensar que solo Orwell o Solzhenitsyn fueron prohibidos. Qué feliz me sentí cuando a mediados de los 60 me pasaron el primer libro de un autor desconocido llamado Vladimir Nabokov. ¡Descubrí un mundo nuevo! Eso es lo que para nosotros significaba samizdat y tamizdat (la publicación en el extranjero de autores soviéticos prohibidos).

¿Por qué se le temía tanto a la palabra escrita en la Unión Soviética?

Nunca he visto listas de los libros prohibidos y no estoy segura de que en la KGB hubiera tales listas: cualquier libro que no había pasado el control de la censura estaba bajo sospecha. En aquella época, incluso los Evangelios estaban prohibidos. Las autoridades odiaban toda palabra libre, independientemente del ámbito del conocimiento humano: ciencia, arte, historia, filosofía. “En el principio era el verbo”: nuestros caudillos incultos difícilmente reconocerían la cita, pero instintivamente temían la palabra libre.

“La supervivencia de la humanidad está ligada a la comprensión de que somos parte de la misma especie, y que el objetivo principal consiste en comprender a las civilizaciones distintas y encontrar el consenso en vez de buscar el enfrentamiento. La Rusia actual todavía no ha madurado para asimilar esta idea bastante sencilla”.

¿Qué pasó con la disidencia que describe en La carpa verde? ¿Cuán viva está en la Rusia de Putin?

Algunos emigraron a Occidente, algunos se quedaron y encontraron un idioma común con la autoridad. Ha crecido una nueva generación de disidentes, pero es muy distinta a la de los idealistas de antes. ¿Cómo son sus vidas? Nada fácil. Pero la resistencia moderna no está sometida a las represiones tan fuertes de los años soviéticos. Según los datos de Memorial (asociación por los derechos civiles), actualmente en Rusia hay 120 presos políticos. No son los miles ni millones que había en los tiempos de Stalin. El poder actual no es tan sanguinario como lo era entonces. No obstante, la situación es tal, que un gran número de personas cultas, capaces de formar criterios independientes, elige abandonar el país. Es malo para Rusia, pero para los que se van, esperemos, es bueno. Las autoridades no ponen obstáculos a los que deciden marcharse. Y esto también habla a su favor, si lo comparamos con el estalinismo. No me gusta el régimen actual por muchos motivos, pero he de mencionar estos dos detalles: la ausencia de represiones graves y las puertas abiertas.

Muchos de sus relatos transcurren en los días duros de la URSS. ¿Cree que ese pasado también está hablando del presente de Rusia?

No soy una gran conocedora de la historia, hice carrera en biología, lo cual determina mi modo de ver. Incluso la historia la estudio desde el punto de vista de la evolución: a partir de esa mirada, el presente siempre es una continuación del pasado. La historia del siglo XX e incluso del XXI demuestra que a la larga los vencedores resultan perdedores, y que los vencidos, aprendiendo de su derrota, son capaces de desarrollarse. Hace 70 años, el mundo era bipolar y nadie dudaba que estos polos opuestos eran Estados Unidos y la URSS (también se podría decir el capitalismo y el socialismo), pero hoy la bipolaridad ya no existe, lo cual no me entristece. Creo que la supervivencia de la humanidad está ligada a la comprensión de que somos parte de la misma especie, y que el objetivo principal consiste en la máxima colaboración, en el esfuerzo para comprender a las civilizaciones distintas y en encontrar el consenso en vez de buscar el enfrentamiento. La Rusia actual todavía no ha madurado para asimilar esta idea bastante sencilla. Estamos a la espera. Tal vez viviremos para verlo. Lo mismo es cierto para cualquier potencia mundial.

El derrumbe del socialismo y la conversión de Rusia en una economía de mercado fue un giro violento. ¿Cómo cree que afectó la mentalidad de su país?

Creo que los 70 años del régimen soviético dejaron en ella una cicatriz profunda. El miedo frente al poder que vivieron varias generaciones fomentó mucha cautela. Para sobrevivir hacía falta “mezclarse con el paisaje”, camuflarse, pero incluso así uno corría riesgos. En los años en que los organismos de seguridad estatal recibían desde arriba una orden expresada en números sobre cuántas personas había que arrestar ese mes o ese año, nada salvaba, ni la cercanía con personas clave ni la participación activa en las represalias en el bando de cazadores. El régimen de hoy está genéticamente vinculado al anterior. El jefe del Estado dijo públicamente que la caída de la URSS fue una catástrofe geopolítica. Es así como la mayoría percibe la actualidad. La retórica soviética es sustituida por otra idea utopista: la misión especial de Rusia en el proceso histórico. Es la idea euroasiática, es decir, cuando Rusia no se presenta como la frontera del mundo occidental, sino como la vanguardia de Asia fusionada con Europa, que sigue su propio camino y posee un carisma especial. Incluso existe un término especial: Eurasia. Entre estos dos pilares, Oriente–Occidente, oscila el columpio ruso, alejándose y acercándose a la democracia occidental. Y este mismo proceso se reproduce en la conciencia popular.

La Rusia del último siglo comienza con el mito de la revolución comunista y termina con un capitalismo de oligarcas ultramillonarios. ¿Cómo se enseña esta historia hoy? ¿Cómo se da coherencia en el discurso a ese relato tan contradictorio?

Es un gran problema. Sobre todo para los historiadores profesionales. Fue el tema de grandes discusiones hoy prácticamente extintas. Dado que tanto la política como los funcionarios que están a su servicio siguen muy atentos a lo que dicen y opinan en las cimas del poder, hasta ahora no se ha logrado escribir un nuevo manual de Historia. Las imágenes de los caudillos (Lenin, Stalin) tienen dos caras. La desestalinización que había comenzado, hoy se ha reducido a nada. A pesar de estar tan lejos, usted ha percibido un rasgo muy preocupante de nuestro país y de nuestra sociedad: el intento de combinar lo incombinable. Esto ocurre en la esfera mental y en el ámbito económico. De hecho, su pregunta contiene la respuesta: no se pueden unir los ideales comunistas con el capitalismo de oligarcas, pero es justo lo que se intenta.

“El jefe del Estado dijo públicamente que la caída de la URSS fue una catástrofe geopolítica. Es así como la mayoría percibe la actualidad. La retórica soviética es sustituida por otra idea utopista: la misión especial de Rusia en el proceso histórico”.

No se han anunciado conmemoraciones oficiales por el centenario de la Revolución de octubre. ¿Qué le parece el supuesto miedo que tendría Putin frente a lo que simboliza Lenin, es decir, una revolución popular?

Soy incapaz de reconstruir las supuestas dolencias de alma de Vladimir Putin. No excluyo que a último momento encontrarán una solución teatralizada y veremos, por ejemplo, un gran show en la Plaza Roja o en los Campos de Marte de San Petersburgo. De verdad es un rompecabezas ideológico difícil: ¿celebrar el centenario de la Revolución como una gran victoria o reconocerlo como un grandísimo error?

¿Qué piensa del uso que Putin ha hecho de la figura de Stalin como símbolo de la fortaleza rusa, al mostrarlo como el hombre que expandió el imperio y venció al nazismo?

Kruschev abrió ese grifo, me refiero a la desestalinización, y el agua comenzó a fluir. El país dijo en voz alta lo que había sufrido. De todos los Evangelios, en Rusia, al parecer, solo han sabido oír las palabras de Pablo que aparecen en su Epístola a los romanos: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”. Es una frase muy cómoda para cualquier poder. Hoy no solo presenciamos la restauración del estalinismo, sino que vemos que Iván el Terrible, tirano y delincuente, se convierte en una gran personalidad histórica. Todas estas tendencias están vinculadas al embate de los ánimos imperialistas, al nacionalismo y patriotismo que el poder, en su búsqueda de un pilar firme, quiere usar de punto de apoyo. Es una piedra insegura, pero más aún: es peligrosa. Las autoridades actuales son precavidas: por un lado, sienten el deseo de dar marcha atrás y volver a meter a Stalin en su pedestal. Por otro, no tienen ganas de perder las últimas esperanzas de que el mundo vea en Rusia no un país asiático subdesarrollado, con un líder inamovible, sino un Estado civilizado. Eso lleva a que la política interior y la exterior no coincidan.

¿Qué le parecen esos jóvenes que hoy usan la sigla “URSS” en sus ropas?

Veo más a menudo a jóvenes con las siglas soviéticas fuera de Rusia, en el extranjero. No estoy segura de que esto refleja sus simpatías hacia el Estado desaparecido. Durante mucho tiempo, la más popular imagen en las camisetas era la del Che Guevara, pero cuando pregunté a un par de chicos quién era, no supieron responder. La mezcla de McDonald’s, Che Guevara, marcas populares de zapatillas, Beatles, Madonna y tatuajes son signos de la globalización, sea cual sea nuestra postura frente a esto. Es un fenómeno complejo, pero para mí es un presagio de la formación de una humanidad nueva, planetaria, con una conciencia nueva, con posibilidades nuevas y, espero, más ética que nosotros.

¿Es optimista respecto del futuro de Rusia?

En 1991 hubo una oportunidad de librarnos del poder soviético y de comenzar el camino democrático. Pero la perdimos. Confiemos en que no era la última oportunidad. El “tercer camino” que proponen los nuevos ideólogos, a nivel de definiciones, es flojo. No he encontrado en él nada, aparte de la retórica nacionalista sazonada con algo de mística. Tal vez no he sido capaz de comprender. Por varias razones no puedo hacer predicciones sobre el futuro de Rusia. La más importante es que hoy la situación es tan complicada, que no se puede esperar nada bueno. No obstante, vivir es increíblemente interesante. Al menos, mientras no corra la sangre.

 

Daniel Stein, intérprete, Liudmila Ulítskaya, Alba Editorial, 2013, 512 páginas, $20.100.

 

Mentiras de mujeres, Liudmila Ulítskaya, Anagrama, 2009, 176 páginas, $13.800.

 

Sóniechka, Liudmila Ulítskaya, Anagrama, 2007, 128 páginas, $11.100.

 

Sinceramente suyo, Shúrik, Liudmila Ulítskaya, Anagrama, 2006, 480 páginas, $19.000.

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