Llegaron los bárbaros

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Agosto 14, 2018

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Los críticos que destrozan a veces pueden ser divertidos, pero los que quedan son aquellos que te hacen ver lo que no habías visto, que te abren ventanas y te tocan donde no te habían rozado siquiera. ¿Una nueva reseña positiva a Lina Meruane? Tampoco funciona demasiado. En tiempos digitales y sin jerarquías, la crítica debe ser rockera, punk, sobregirada, para que no parezca que todo es entablado, un acuerdo entre amigos, un arreglo entre colegas.

por alberto fuguet

Dicen que la crítica es una conversación entre los que piensan y miran y analizan una determinada obra y el público. ¿Pero cuál público? ¿El masivo? En un mundo masivo, en un orden donde las redes sociales es lo que lo desordena todo, ¿vale la pena la crítica? ¿Puede hacer algo? ¿Vale la pena intentar llegar a los que siguen el sitio Rotten Tomatoes y ven trailers en sus iPhone y van a ver todas las películas marketeadas, tengan la calificación que tengan? Acaso esa es la labor de la crítica: ¿calificar con puntaje una obra?

O quizás queda un camino: se puede bombardear con misiles de inteligencia un portaaviones blockbuster de Hollywood que supuestamente es critic-proof, es decir, inmune a la crítica.

Capaz.

Creo que sí.

¿Hay maneras de abordar la crítica en redes sociales?

Quizás una crítica sí puede ser viral.

Intentar que lo sea.

Si una de las labores de la crítica no es tanto recomendar (a un crítico de verdad no le corresponde pautear un fin de semana) sino iluminar aquellas películas (u obras) que nacieron con alguna desventaja, entonces quizás la oportunidad para que la crítica (el ejercicio crítico, digamos) tenga algún futuro no solo existe sino que se vuelve necesaria.

No tanto para hundir, destrozar, bombardear, sino para avisarnos que hay obras que vale la pena ver o mirar o leer. Hoy el crítico debe dejar de intentar cuidar el monte y fijarse en las ovejas descarriadas que circulan por las praderas menos regadas. La labor del crítico-como-profesor o, peor aún, la figura del crítico-como-perro-guardián, ha terminado. Entre otras cosas, porque los críticos lo hicieron mal y no supieron adecuarse a los tiempos. Los bárbaros ingresaron. Los bárbaros se tomaron todo. La cultura se volvió pop y el marketing es la nueva religión.

Si el mundo y la cultura se ha fraccionado, si todo es en efecto nicho, entonces lo que puede –lo que debe– hacer un crítico es jugársela como si su vida dependiera por el objeto de su deseo.

En efecto, es complicado atajar lo imbatible.

Atacar por atacar tiene algo de intentar hacer quesillo con leche derramada.

Si el mundo y la cultura se ha fraccionado, si todo es en efecto nicho, entonces lo que puede –lo que debe– hacer un crítico es jugársela como si su vida dependiera por el objeto de su deseo.

Debe quizás incluso exagerar.

Acaso mentir.

Debe usar su voz (es clave que un crítico tenga voz, que sea un artista de la crítica) para remecer. Su público no es la academia ni algunos colegas ni el artista en cuestión, sino la posibilidad de conquistar fieles nuevos.

Así es: adoctrinar, evangelizar, seducir, conquistar.

¿La nueva novela de Jorge Volpi es una mierda por mucho que haya ganado el premio Alfaguara? No hay mucho nuevo ahí. ¿Vale la pena destrozar a Carla Guelfenbein de nuevo? Nada peor para un crítico que ser predecible; ese es el enemigo, no un escritor mediocre que vende menos de lo que él cree o es insertado a la fuerza en grupos tipo Bogotá 39. ¿Y si en cambio, tal como ocurre en el cine y en la música y las series de televisión, un crítico literario se dedica a abrir puertas e incentivar a lectores nuevos?

¿Qué pasaría?

Estoy cansado de críticas (de reseñas) a libros que luego nadie lee.

Que nadie lee, porque nadie hizo que me pareciera que mi vida dependía de ello.

Los críticos que destrozan a veces pueden ser divertidos, pero los que quedan son aquellos que te hacen ver lo que no habías visto, que te abren ventanas y te tocan donde no te habían rozado siquiera. ¿Una nueva reseña positiva a Lina Meruane? Tampoco. Porque ya no basta con destrozar o aplaudir de manera civilizada. La crítica (la prosa, lo que se dice) debe ser rockera, punk, sobregirada.

¿Para qué?

Para que no parezca (para que no me parezca) que todo es entablado, un acuerdo entre amigos, un arreglo entre colegas.

Hace unas semanas vi una película que terminó siendo apoyada y catapultada por la crítica. Una película pequeña y barata que terminó siendo un éxito, gracias a que la crítica se juntó con “la voz de las redes” y terminó generando el ansia y la curiosidad necesaria para que mucha gente fuera a verla. A Quiet Place, una cinta de terror silenciosa, que llegó a nuestros cines como Un lugar en silencio, terminó sorprendiendo a todos. No era una sandía calada, algo que venía con el sello Marvel. Tampoco una franquicia. ¿Es tan buena? ¿Es John Krasinski, el actor-director, el nuevo Hitchcock o De Palma? No. Pero lo intenta. La premisa es genial: el ruido genera la atracción de los monstruos. Cualquier ruido puede ser la debacle de esta familia. Esto genera tensión. Muchas críticas lo entendieron e hicieron que la gente quisiera ir a verla. Luego debatieron. Unos quedaron decepcionados, otros no.

La crítica, arrinconada y transformada en calugas, ha optado por saltarse al público masivo (que no les hace caso, que siguen a youtubers, que creen en las recomendaciones de Instagram) y escriben para los autores y para la academia y el mundillo literario, en el caso de los críticos literarios sobre todo.

¿Es la labor de la crítica crear un éxito?

Por qué no.

¿Es capaz Patricia Espinosa de transformar un libro editado por una editorial indie escrita por una chica desconocida del sur en un éxito? No. Le falta rock, le falta deseo, le falta coraje. Prefiere destrozar, y lo hace brillantemente. Me ha hecho parir. Pero Espinosa, que no es nada de tonta, no usa su tribuna en un tabloide para lograr que se lea más lo que ella desea. Por el contrario, intenta, sin éxito, atajar a los que son poco atajables.

Y volvemos a la idea de atajar.

¿Vale la pena atajar?

Pinchar globos, quizás, como dice Héctor Soto. Él piensa que la crítica de cine debe hacer eso: inflar globos que no tienen aire y pinchar los que han sido inflados con demasiado helio. Para citarlo de verdad: “El primer deber de un crítico es elegir a sus interlocutores”. Y agrega: “La crítica es un pacto de lealtad y confianza, hecho de rigor y convicciones, de complicidades y buena fe”.

La crítica, arrinconada y transformada en calugas, ha optado por saltarse al público masivo (que no les hace caso, que siguen a youtubers, que creen en las recomendaciones de Instagram) y escriben para los autores y para la academia y el mundillo literario, en el caso de los críticos literarios sobre todo. Incluso aquellos que usan los medios masivos y se dan el gusto de latear, de no decir nada, de orientar. ¿Orientar? Para qué si ya perdimos el norte.

El rol de la crítica en tiempos de redes sociales: ¿para quién se escribe?

Y algo más fatal: ¿importa lo que escriban los críticos? ¿Hacen falta?

Me gustaría pensar que sí.

Yo soy fan de la crítica y de ciertos críticos. Fui uno (o algo parecido a uno) y, cada tanto, escribo de cine, de libros, de series, y mi fin es, supongo, crítico. Como creador me importa que mis libros y películas sean tomados en cuenta, tanto positiva como negativamente. Pero importan. O, mejor dicho, podrían importar. Una cosa tengo clara, aunque en los últimos tiempos esta certeza me ha llenado de dudas: no existe un movimiento artístico sin crítica. Se necesita de otros que ayuden a esparcir la voz, a cuestionar, a unir y juntar, a remecer, a dañar y destrozar pero, por sobre todo, a guiar, poner las cosas en su lugar y generar debate.

No entre nosotros o entre ellos.

Con el público mayor.

Estamos llenos de monólogos, pero para conversar se necesitan dos.

Ojalá distintos, ojalá representativos.

No existe un movimiento artístico sin crítica. Se necesita de otros que ayuden a esparcir la voz, a cuestionar, a unir y juntar, a remecer, a dañar y destrozar pero, por sobre todo, a guiar, poner las cosas en su lugar y generar debate.

El otro día supe que un autor joven debutante que había pasado la prueba o al menos no fue masacrado, había dicho en Facebook: “Pasé la prueba, ya me bautizaron”. Lo triste es que no se produjo un terremoto inmediato con esa reseña. Ni de ventas ni de comentarios ni de nuevos artículos.

¿Es posible criticar de manera masiva?

¿Para todos?

¿Esa época terminó?

¿Acaso todo ahora no es nicho?

Tal como me ha dicho un editor: cuando a un crítico le gusta algo, es altamente probable que ese libro sea condenado al olvido. En algún momento el “agradarle a la crítica” (de cine, de televisión, de teatro, de libros, de música) se volvió una suerte de castigo, como ser tildado el mateo del curso. Algo que quizás deje contentos a los padres del muchacho, pero desde luego eso no lo convierte en el más popular.

Esto antes no era así.

Para Walter Benjamin, la instancia más sublime de un crítico eran sus colegas. Incluso más que llegar a los propios artistas y más que lograr la posteridad. Pero qué pasa cuando se escribe en medios masivos. Benjamin, el inventor de los flaneurs, hoy sin duda tuitearía y tendría su FB o blog y le gustaría llegar no solo al “círculo”.

¿Qué es un crítico rockero?

Pauline Kael lo fue, Greil Marcus también. Sin duda lo fue Walter Benjamin. Susan Sontag es acaso la más rockera. Un crítico rockero es aquel que se lanza a la crítica (al mundo) como un artista. Que lo toma todo de manera personal. Que desea conversar con el mundo y, por cierto, modificarlo. Un crítico rockero no pide permiso y es más punk que muchos de los artistas que desean ser tomados en cuenta. Todavía leo a Pauline Kael para escuchar su voz, no para que me recomiende nada, y muchas veces deseo ver aquellas películas que ella destrozó con humor más que aquellas que catapultó (como su exagerada pero rockera crítica a El último tango en París, de Bertolucci). Un crítico rockero tiene una voz más potente que muchos de los artistas o aspirantes a artistas en los que se fija y que, ante todo, se considera a sí mismo una figura mediática y además un artista por derecho propio.

Eso es clave para que exista un crítico rockero: la voz, la autobiografía, la subjetividad.

Creo que han sido los más importantes o, al menos, los que más me importan.

El crítico fan, el crítico groupie, el crítico que a veces pierde su capacidad crítica.

Hoy hay mejores críticos gastronómicos que de cine.

Los críticos de series se atreven más que los de libros.

Quizás porque ahí el diálogo es con el público que está ansioso de una voz externa para iniciar una conversación.

Parte del hundimiento de la crítica, me dicen, tiene que ver con las nuevas tecnologías y con esa falacia de que ahora “todo el mundo es un crítico”.

Un crítico rockero tiene una voz más potente que muchos de los artistas o aspirantes a artistas en los que se fija y que, ante todo, se considera a sí mismo una figura mediática y además un artista por derecho propio.

También ha existido un movimiento sísmico, de placas, en que la academia y lo políticamente correcto terminó ganando el partido. El no querer quemarse o dañar a otros ha provocado el alzamiento del reseñismo. La crítica como orientación, el crítico como alguien que anuncia, constata, comparte, pero nunca hunde y, menos aún, es capaz de catapultar. Cuesta imaginar hoy un crítico con una voz tan famosa como la de aquellos que critica. Esos fenómenos, al parecer, ya no se producen.

No sé cuándo ocurrió pero, poco a poco, la crítica se ha vuelto una conversación privada (aunque abierta) entre el crítico y el creador (o el mundillo: sus padres, sus amigos, sus editores, los libreros). Esto sucede en todos los ámbitos. No es labor de la crítica impedir que vaya gente al cine o atajar a lectores incautos, pero sin duda era más divertido cuando eso sucedía.

Héctor Soto de nuevo: “No es tarea de los críticos llevar público a las salas de cine. Pero pienso que sí debiera serlo el hecho de salvar las películas que están en riesgo de ser pulverizadas por la industria del espectáculo. También lo es subir las vallas, jerarquizar, apoyar títulos que partieron en desventaja, relacionarlos con lo que ocurre fuera de la pantalla y abrir puertas al cine –al clásico o al que está en vías de serlo– que nadie debería perderse”.

Eso le digo a un amigo cineasta por WhatsApp, te trataron con tibieza, nunca estuvo en cuestión que era una cosa de vida o muerte.

¿Y lo es?, me pregunta.

Para vos sí, lo es –le digo, porque es argentino.

Dale –me dice–, pero para ellos parece que no.

Y pienso: para ellos parece que no.

Y claro: no son rockeros y no admiten que también podrían ser artistas. Para ellos parece que no es tan importante ni urgente. La película de mi amigo no fue rechazada, fue tratada con una delicadeza tibia. ¿Resultado? Nadie la fue a ver y se perdió.

¿Importa?

Me gustaría pensar que sí.

Me gustaría pensar que la crítica cree que sí: que es importante, que es clave, que necesita ser salvada o apoyada, que es un artículo de primera necesidad.

Mi amigo me dice: uf, por qué la crítica no ama como odia, che.

No le respondo, pero escribo esto.

 

Imagen de portada: Pauline Kael, Walter Benjamin y Susan Sontag.

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