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A la luz de los resultados en las elecciones estadounidenses, a los demócratas se les escapa que ser trabajador no significa ser pobre, sino de clase media. Y este sector, que es mayoritariamente blanco y que mira con resentimiento a los que están abajo, esperaba que la economía fuera el centro del debate. “Lo que ellos quieren”, escribe la autora, “son trabajos estables y de tiempo completo, que entreguen una sólida vida de clase media al 75% que no tiene un título universitario. Trump promete eso”.

por joan c. williams

Mi suegro creció comiendo sopa de sangre. La odiaba; si era por el sabor o la humillación, nunca lo supe. Su padre alcohólico regularmente se bebía el salario familiar y la familia a menudo andaba corta de dinero para comida. Fueron desalojados de un departamento tras otro.

Él dejó la escuela en octavo grado para ayudar a mantener a la familia. Eventualmente consiguió un trabajo bueno y estable, que en realidad detestaba, como inspector en una fábrica que hacía aquellas máquinas que miden los niveles de humedad en los museos. Trató de abrir varios negocios laterales, pero ninguno funcionó, de manera que mantuvo ese trabajo por 38 años. Se elevó de la pobreza a una vida de clase media: el automóvil, la casa, dos niños en la escuela católica, la esposa que trabajaba solo a tiempo parcial. Trabajó incesantemente. Tenía dos trabajos además de su posición a tiempo completo, uno haciendo las labores de jardín para un magnate local y otro acarreando la basura al vertedero.

Durante las décadas de los 50 y 60 leía The Wall Street Journal y votaba por los republicanos. Fue un hombre adelantado a su tiempo: un hombre blanco, trabajador de “cuello azul”, que pensaba que el sindicato era una pandilla de bromistas que tomaban su dinero y nunca le dieron nada a cambio. A partir de 1970, muchos blancos siguieron su ejemplo. Recientemente, su candidato ganó la presidencia.

Por meses, lo único que me sorprendió acerca de Donald Trump es el asombro de mis amigos por su éxito. Lo que lo está impulsando es la brecha en la cultura de clase.

Un elemento poco conocido de esa brecha es que la clase obrera blanca (COB) resiente de los profesionales, pero admira a los ricos. Los que han logrado ascender de clase (profesionales de “cuello blanco” que nacen de familias de “cuello azul”) informan que “los profesionales eran gente generalmente sospechosa” y que los gerentes eran niños universitarios “que no saben una mierda sobre cómo hacer nada, pero están llenos de ideas sobre cómo yo tengo que hacer mi trabajo”, decía Alfred Lubrano en el libro Limbo. Barbara Ehrenreich recordaba en 1990 que su papá de cuello azul “no podía decir la palabra doctor sin el intrínseco prefijo charlatán. Los abogados eran tinterillos… y los profesores eran sin excepción, farsantes”. Annette Lareau se encontró con un tremendo resentimiento contra los profesores, que eran percibidos como condescendientes e inútiles.

Michèle Lamont, en The Dignity of Working Men, también se encontró con resentimiento hacia los profesionales –pero no hacia los ricos. “No puedo golpear a nadie para tener éxito”, le dijo un obrero. “Hay mucha gente por ahí que es rica y estoy seguro que trabajaron dura y arduamente por cada centavo que tienen”, intervino un empleado de recepción. ¿Por qué la diferencia?

En primer lugar, la mayoría de los obreros tienen poco contacto directo con los ricos fuera de “el estilo de vida de los ricos y famosos”. Pero los profesionales los mandan de acá para allá todos los días. El sueño no es convertirse en alguien de clase media alta, con sus distintos modelos de comida, familia y amistad; el sueño es vivir en tu propio ambiente de clase, donde te sientes cómodo –solo que con más dinero. “Lo principal es ser independiente y dar tus propias órdenes y no tener que recibirlas de nadie más”, le dijo a Lamont un operador de maquinaria. Ser dueño de tu propio negocio; esa es la meta. Esa es otra parte del atractivo de Trump.

Hillary Clinton, en cambio, representa la estúpida arrogancia y presunción de la élite profesional. La estupidez: el traje pantalón. La arrogancia: el servidor de correo electrónico. La presunción: la canasta de los deplorables. Peor, su mera presencia restriega que hasta las mujeres de su clase pueden tratar a los hombres de clase trabajadora con falta de respeto. Hay que ver cómo, condescendientemente, ve a Trump como incapaz de ocupar el cargo de presidente y rechaza a sus seguidores como racistas, sexistas, homofóbicos o xenófobos.

La conversación llana de Trump se convierte en otro valor para las personas de cuello azul: una conversación franca. “Ser directo es una norma de la clase obrera”, señala Lubrano. Como un sujeto de cuello azul le dijo: “Si tienes un problema conmigo, ven a hablar conmigo. Si tienes una forma en que quieres que algo se haga, ven a hablar conmigo. No me gusta la gente que practica esos juegos de dos caras”. Se considera que para la conversación franca se requiere coraje viril, no ser “un completo gallina y debilucho”, le dijo un técnico de electrónica a Lamont. Por supuesto, Trump apela a esto. ¿El burdo reconocimiento de Clinton de que ella habla de una manera en público y de otra en privado? Una prueba adicional de que tiene dos caras.

La dignidad masculina es un gran asunto para los hombres de clase trabajadora. Trump promete un mundo libre de corrección política y un regreso a una era anterior, cuando los hombres eran hombres y las mujeres conocían su lugar. Es comida reconfortante para los jóvenes con educación media, quienes podrían haber sido mi suegro si hubieran nacido 30 años antes. Hoy se sienten perdedores (o lo hacían hasta que conocieron a Trump).

La dignidad masculina es un gran asunto para la mayoría de los hombres. Y se relaciona con el estatuto de sostén de la familia: muchos aún miden la masculinidad por el tamaño de su sueldo. Los salarios de los hombres blancos de clase obrera se vinieron abajo en la década de 1970 y recibieron otro golpe al cuerpo durante la Gran Recesión. Desearía que la masculinidad funcionara de otra manera. Pero la mayoría de los hombres, como la mayoría de las mujeres, buscan alcanzar los ideales con los que han crecido. Para muchos hombres de cuello azul, todo lo que piden es la dignidad humana básica. Trump promete darla.

¿La solución de los demócratas? Hace unas semanas el New York Times publicó un artículo en el que se aconsejaba a los hombres que cursaban estudios secundarios que tomaran trabajos de “cuello rosa”. Hablando de insensibilidad. Los hombres de la élite, se podrá notar, no están inundando los trabajos tradicionalmente femeninos. Recomendar eso para los hombres de COB solo aviva la rabia de clase.

¿No es esto injusto con Clinton? Por supuesto que lo es. Es injusto que ella no fuera una candidata plausible hasta que estuvo tan sobrecalificada que repentinamente no estuvo calificada debido a errores pasados. Es injusto que Clinton sea llamada una “mujer desagradable”, mientras que Trump es visto como un hombre de verdad. Es injusto que Clinton solo lo hizo bien en el primer debate porque envolvió su candidatura en un baile de femineidad. Cuando volvió al modo ataque, eso era la acción correcta para un candidato presidencial, pero la errada para una mujer. La elección demuestra que el sexismo mantiene un apoyo más profundo de lo que la mayoría imaginaba. Pero las mujeres no se mantienen unidas: las mujeres de COB votaron por Trump sobre Clinton por un abrumador margen de 28 puntos (62% contra 34%). Si se hubieran dividido 50-50, ella habría ganado.

La clase supera al género, y está conduciendo la política estadounidense. Los encargados de formular las políticas de ambos partidos (pero especialmente los demócratas, si quieren recuperar sus mayorías) necesitan recordar cinco puntos principales.

Entender que la clase trabajadora significa clase media, no pobre

La terminología aquí puede ser confusa. Cuando los progresistas hablan acerca de la clase obrera, típicamente se refieren a los pobres. Pero los pobres, en el 30% inferior de las familias estadounidenses, son muy diferentes de los estadounidenses que están literalmente en el medio: la mitad, el 50% de las familias cuyo ingreso promedio fue de 64 mil dólares en 2008. Esa es la verdadera “clase media”, y se llaman a sí mismos “clase media” o “clase trabajadora”.

“Lo que realmente me llama la atención es que los demócratas tratan de ofrecer políticas (¡licencia por enfermedad pagada!, ¡salario mínimo!) que ayudarían a la clase trabajadora”, me escribió recién un amigo. Unos pocos días de permiso pagado no van a sostener a una familia. Ni tampoco un salario mínimo. Los hombres de COB no están interesados en trabajar en McDonald’s por 15 dólares la hora en lugar de 9.50 dólares. Lo que ellos quieren es lo que mi suegro tenía: trabajos constantes, estables y de tiempo completo que entregan una sólida vida de clase media al 75% de los estadounidenses que no tienen un título universitario. Trump promete eso. Dudo que lo cumpla, pero al menos entiende lo que ellos necesitan.

Entender el resentimiento de la clase trabajadora hacia los pobres

¿Recuerdan cuando el presidente Obama promovió el plan de salud llamado Obamacare, señalando que entregaría atención médica a 20 millones de personas? Solo otro programa que gravaría a la clase media para ayudar a los pobres, dijo la COB, y en algunos casos probó ser cierto: los pobres obtuvieron seguro de salud, mientras que algunos estadounidenses más adinerados vieron subir sus primas.

Los progresistas han prestado atención a los pobres desde hace más de un siglo. Esto (combinado con otros factores) llevó a programas sociales dirigidos a ellos. Los programas en función de los recursos que ayudan a los pobres, pero excluyen a la clase media pueden mantener los costos y las tasas de impuestos más bajos, pero son una receta para el conflicto de clases. Ejemplo: el 28.3% de las familias pobres recibe subsidios para el cuidado de sus hijos, que son en gran parte inexistentes para la clase media. De esa forma, mi cuñada trabajó a tiempo completo para el programa Head Start, proporcionando cuidado infantil gratuito a las mujeres pobres mientras ella ganaba tan poco que casi no podía pagar por el de sus propios hijos. Ella resentía esto, especialmente el hecho de que algunas de las mamás de los niños no trabajaban. Una llegó tarde un día para recoger a su hijo, llevando bolsas de compras de la tienda Macy’s. Mi cuñada estaba lívida.

El muy aclamado Hillbilly Elegy, de J.D. Vance, captura este resentimiento. Familias de vida dura, como la de la madre de Vance, viven junto a familias establecidas, como la de su padre biológico. Mientras que los de vida dura sucumben a la desesperación, las drogas o el alcohol, las familias establecidas se mantienen en el buen camino, como mis suegros, que eran dueños de su casa y enviaron a sus dos hijos a la universidad. Para lograrlo, vivieron una vida de rigurosa frugalidad y autodisciplina. El libro de Vance hace ásperos juicios sobre sus parientes de vida dura, lo cual no es infrecuente entre las familias establecidas que mantenían su nariz limpia por medio de pura fuerza de voluntad. Esta es una segunda fuente de resentimiento contra los pobres.

Otros libros que se ocupan de esto son Hard Living on Clay Street (1972) y Working-Class Heroes (2003).

votantes trump

Entender cómo las divisiones de clase se han traducido en la geografía

El mejor consejo que he visto hasta ahora para los demócratas es la recomendación de que los hipsters se muden a Iowa. El conflicto de clases ahora sigue de cerca la división urbano-rural. En las inmensas llanuras rojas entre las delgadas costas azules, cantidades sorprendentemente altas de hombres de clase trabajadora están desempleados o discapacitados, provocando una ola de muertes por desesperación en la forma de epidemia opiácea.

Vastas zonas rurales se están marchitando, dejando un rastro de dolor. ¿Cuándo se ha escuchado a un político estadounidense hablar de eso? Nunca. Lo aborda bien Jennifer Sherman en Those Who Work, Those Who Don’t (2009).

Si desea conectarse con los votantes blancos de clase trabajadora, ponga la economía en el centro

“Los blancos de clase obrera son tan estúpidos. ¿No se dan cuenta de que los republicanos solo los usan cada cuatro años y luego los joden?”. He escuchado alguna versión de esto una y otra vez, y en realidad es un sentimiento con el que la COB está de acuerdo, por lo que rechazaron el establishment republicano este año. Pero para ellos, los demócratas no son mejores.

Ambos partidos han apoyado los acuerdos de libre comercio debido a las evidentes ganancias netas del PIB, pasando por alto a los trabajadores de cuello azul que perdieron su trabajo al trasladar las plantas a México o Vietnam. Estos son precisamente los votantes en los estados cruciales de Ohio, Michigan y Pennsylvania que los demócratas han ignorado durante tanto tiempo. Perdón. ¿Quién es el estúpido?

Un mensaje clave es que los acuerdos comerciales son mucho más caros de lo que los hemos considerado, porque el desarrollo de puestos de trabajo sostenidos y los programas de capacitación deben ser contados como parte de sus costos.

A un nivel más profundo, ambos partidos necesitan un programa económico que pueda entregar trabajos de clase media. Los republicanos tienen uno: liberar los negocios estadounidenses. ¿Los demócratas? Ellos siguen obsesionados con asuntos culturales. Entiendo perfectamente por qué son importantes los baños transgénero, pero también entiendo por qué la obsesión de los progresistas por priorizar asuntos culturales enfurece a muchos estadounidenses cuyas principales preocupaciones son económicas.

Cuando los votantes de cuello azul solían ser firmemente demócratas (1930-1970), los buenos empleos estaban en el centro de la agenda progresista. Una política industrial moderna seguiría el camino de Alemania. Se necesita financiamiento a gran escala  para los programas de colegios comunitarios vinculados con empresas locales destinados a capacitar a los trabajadores para empleos bien pagados de la nueva economía. Clinton mencionó este enfoque, junto con otras 600 mil sugerencias de políticas públicas. Ella no lo destacó.

Evitar la tentación de desestimar el resentimiento de cuello azul como racismo

El resentimiento económico ha estimulado la ansiedad racial que, en algunos partidarios de Trump (y en Trump mismo) se ha deslizado en abierto racismo. Pero desestimar la rabia de la COB como nada más que racismo es comida reconfortante intelectual, y es peligroso.

Los debates nacionales sobre la policía están alimentando las tensiones de clase hoy en día, precisamente de la misma manera que lo hicieron en la década de 1970, cuando los jóvenes universitarios ridiculizaban a los policías como “cerdos”. Esta es una receta para el conflicto de clases. Estar en la policía es uno de los pocos buenos trabajos abierto a los estadounidenses sin una educación universitaria. La policía obtiene salarios estables, grandes beneficios y un lugar de respeto en sus comunidades. Para las élites, desestimarlos como racistas es un ejemplo revelador de cómo, aunque los insultos basados en la raza y el sexo ya no son aceptables en una sociedad educada, los insultos basados en la clase lo siguen siendo.

No defiendo a los policías que matan ciudadanos por vender cigarrillos. Pero la actual demonización de la policía subestima la dificultad de poner fin a la violencia policial contra las comunidades de color. La policía debe tomar decisiones en una fracción de segundo, en situaciones que amenazan la vida. Yo no. Si tuviera que hacerlo, también podría tomar algunas malas decisiones.

Decir esto es tan impopular que arriesgo convertirme en una paria entre mis amigos en la Costa Izquierda. Pero el mayor riesgo hoy en día, para mí y para otros estadounidenses, es la continua desorientación de clase. Si no tomamos medidas para salvar la brecha cultural de clase, cuando Trump demuestre que no puede traer el acero de regreso a Youngstown, Ohio, las consecuencias podrían resultar peligrosas.

En 2010, mientras estaba en una gira promocional de mi libro Reshaping the Work-Family Debate, di una charla sobre todo esto en la Harvard Kennedy School. A la mujer que moderaba al conjunto de oradores, una importante operadora demócrata, le gustó mi charla. “Estás diciendo exactamente lo que los demócratas necesitan escuchar”, reflexionó, “y que nunca escucharán”. Espero que ahora lo hagan.

Traducción: Patricio Tapia

Joan C. Williams es profesora de derecho y directora del Center of Work Life Law de la Universidad de California. Este texto apareció en el último número de Harvard Business Review.
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