Enero 18, 2018

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¿Por qué existe la percepción de que el escritor checo fue un solterón antisocial y atormentado, un burócrata gris que redactaba pesadillas sobre hombres convertidos en insectos o envueltos en absurdas conspiraciones del destino? Posiblemente, porque sus cartas y diarios proyectan esa imagen. Pero suponer que existe una relación simétrica entre la vida y las palabras puede conducir fácilmente al error. La prueba irrefutable es la biografía de Kafka escrita por Reiner Stach: 2.359 páginas que barren con todos los clichés existentes y muestran a un Kafka socialmente integrado, seductor, partícipe de los vertiginosos cambios políticos de su época y, claro, antes que todo, como alguien que “veía el acto de escribir como el eje de su existencia”.

por pablo riquelme

Cuenta Dora Diamant que, en sus días finales, Kafka encontró en un parque berlinés a una niña que lloraba desconsoladamente porque había perdido su muñeca. El escritor la calmó con una historia: “Tu muñeca tan solo está haciendo un viaje. Lo sé porque me ha enviado una carta”. Tras prometer que volvería con la carta al día siguiente, Kafka fue a su casa y se puso a escribir el texto “con toda seriedad, como si se tratara de una de sus obras”. Al otro día volvió al parque y le leyó la carta a la niña. La muñeca explicaba a su dueña que la quería, pero necesitaba alejarse de ella para vivir su vida de muñeca. Prometía escribir cada día. Durante tres semanas, Kafka leyó a la niña las cartas que mandaba la muñeca. En la última, la muñeca anunciaba su matrimonio y el adiós definitivo. Para entonces, la niña estaba feliz por el matrimonio de la muñeca.

La historia que narra la última mujer de Kafka retrata a un tuberculoso que gasta sus últimos cartuchos de vida para consolar a una niña que no conoce. Los testimonios que han llegado sobre Kafka coinciden con ese perfil: el de un tipo atento, generoso y confiable, de gran sentido del humor. ¿Por qué entonces existe la percepción de que Kafka fue un solterón antisocial y atormentado, un burócrata gris que redactaba pesadillas sobre hombres convertidos en insectos o envueltos en absurdas conspiraciones del destino? Posiblemente porque sus propios textos –sus relatos y novelas, pero también sus cartas y diarios– proyectan esa imagen. Sin embargo, sabemos que sus escritos no pueden ser interpretados literalmente. Quien lea en sus diarios la entrada del 2 de agosto de 1914 (“Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Por la tarde, Escuela de Natación”) puede interpretar que a Kafka no le interesó demasiado el inicio de la Primera Guerra Mundial. Ahora sabemos que no solo le interesó, sino que le afectó profundamente. Suponer que existe una relación simétrica entre la vida y las palabras de un autor puede conducir fácilmente al error.

Tal vez la explicación más simple tenga que ver con nuestro desconocimiento. Proyectamos sobre Kafka lo que nos dicen sus textos porque no hemos tenido nada mejor a lo que echar mano para deconstruirlo. Salvo por los perfiles biográficos de Klaus Wagenbach y Hartmut Binder –el primero descatalogado y el segundo todavía a la espera de ser traducido desde el alemán–, había sido imposible acceder a un relato que alumbrara sus puntos ciegos.

Este asunto ha sido zanjado con la biografía escrita por el filólogo alemán Reiner Stach (1951). Se trata de una obra monumental –2.359 páginas– que barre con todos los clichés existentes sobre Kafka y refleja el estado actual de la investigación sobre el autor de El proceso. Stach muestra a un Kafka socialmente integrado, seductor, celoso de su intimidad (“su intimidad era como una caja de cristal en la que no entraba casi nadie”), pero partícipe y agente de los vertiginosos cambios políticos y sociales de su época. El biógrafo retrata a un escritor rigurosamente comprometido con la literatura, que “veía el acto de escribir como el eje de su existencia” y cuya “abrumadora e implacable voluntad de perfección” le hizo dejar tras de sí “un campo de ruinas”. “Por cada página manuscrita que consideró digna de ser publicada –dice Stach– hubo 10, quizá 20 páginas que quiso ver destruidas”. Si existe la posibilidad de leer El castillo y tantos otros textos de Kafka es gracias a Max Brod, su amigo y sobre todo editor de su obra inédita, a la que rescató del fuego al que había sido condenada por su autor y después salvó de la Gestapo, cuando la obra kafkiana fue proscrita durante la Alemania nazi. Muchos de esos papeles terminaron, junto a Brod, refugiados en Israel.

La biografía –cuya investigación y escritura se prolongó por casi dos décadas– se compone de tres libros. Los primeros años abarca el período 1883-1909, esto es, entre el nacimiento de Kafka y el comienzo de su actividad laboral como abogado. Este volumen analiza el contexto sociopolítico de la Praga decimonónica en que Kafka se formó intelectual y sentimentalmente, el lugar que ocupaba en su familia, el origen de su amistad con Max Brod y sus primeros pasos literarios. Curiosamente, a pesar de ser el primero en orden cronológico, el libro apareció en su versión alemana recién en 2014, es decir, fue el último de la trilogía en ser publicado. Esto se debe a que las fuentes de este período eran las que resultaban más inaccesibles para el biógrafo, que decidió esperar el desenlace judicial que mantenía el Estado de Israel con los herederos de Brod por su legado.

Stach comenzó con el volumen cronológicamente intermedio, Los años de las decisiones, publicado en 2002. Este libro cubre el lustro más fértil de Kafka como escritor, el lapso que va entre 1910 y 1915. En ese período encuentra el tono y el tema de su escritura, se compromete en matrimonio con Felice Bauer y comienza la Primera Guerra Mundial. El libro restante, Los años del conocimiento (2008), desarrolla los devastadores efectos que tuvo la Gran Guerra sobre su vida. También profundiza en sus últimas relaciones sentimentales y narra cómo Kafka contrajo y luego convivió con la tuberculosis que lo llevó a la tumba en 1924, un mes antes de que cumpliera 41 años.

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Kafka comprando una novela en una máquina de monedas de la estación de trenes de Viena. Turisteando en París. Invirtiendo sus ahorros en bonos de guerra de la monarquía austrohúngara. Viajando desde Praga a Brescia para ver volar al aviador Louis Blériot, el pionero que cruzó a cielo abierto el Canal de la Mancha. Pendiente del golpe bolchevique en Petrogrado, preocupado por el destino de los judíos en Europa. Yendo al cine para ver, por quinta vez, Papaíto piernas largas, protagonizada por Mary Pickford.

La biografía de Stach presenta a un Kafka cercano que es, antes que todo, un tipo normal. Un hombre intelectualmente inquieto, fascinado con los adelantos de un mundo y una época que cambian a toda velocidad. Pero mirado más de cerca, también es un hombre en conflicto, atrapado entre las expectativas del padre, que le transmitió una identidad difusa, y el camino propio que él mismo intentó forjarse como escritor.

El iletrado Hermann no entendía cómo es que su hijo era incapaz de cumplir con lo mínimo –atender el negocio– y en cambio dedicara tanto tiempo a los amigos, al cine y a escribir.

A Kafka le costó cumplir la pauta cultural burguesa decimonónica. Antes que estudiar una carrera que le arreglara el futuro, prefirió la Química y la Filología Alemana. Si finalmente llegó al Derecho fue para darle en el gusto a Hermann Kafka, su padre. Tampoco quiso jugar el papel de hijo del dueño en el negocio familiar, un comercio de hilos y algodones que daba continuos dolores de cabeza al padre y la madre, Julie Löwy. Había una brecha insalvable entre la generación de Hermann y la de Franz.

Hermann se había criado en el campo, era un self-made man judío, que intentaba hundir sus raíces en la clase media alemana de Praga. Para él, el negocio pertenecía a la familia y la familia pertenecía al negocio, y todo se medía en coronas checas. Franz, en cambio, había nacido en la ciudad, y según Hermann, tenía posibilidades. ¿Las tenía? En un mundo organizado patriarcalmente, Franz tuvo tres hermanas menores: Elli, Valli y Ottla. Antes, había tenido hermanos: Georg y Heinrich. Murieron a los 15 y 7 meses, de sarampión y encefalitis. Kafka llevó este peso consigo durante toda la vida. De haber sobrevivido, alguno de los hermanos menores, quizás habría ejercido como heredero del escudo familiar. Pero no: en eso, Kafka estaba solo frente al padre y se culpaba por no estar a la altura de lo que socialmente se esperaba de él. El Gregor Samsa de La transformación es hijo de ese sentimiento.

Franz resintió hasta el final de sus días el hecho de que Hermann no lo hubiera introducido debidamente en las tradiciones del templo. Ser un judío germanoparlante en una Praga de mayoría checa significaba pertenecer a una minoría dentro de otra minoría. Y Franz ni siquiera sabía muy bien qué significaba ser judío. El desarraigo de Franz adquirió forma de rebeldía. Hermann no daba crédito a las extravagancias del hijo: dormía con la ventana abierta en pleno invierno (derrochando la carísima calefacción); nadaba en el río Moldava al alba, arriesgando resfríos; se dejaba seducir por las modas de la medicina natural y el vegetarianismo, renunciando a la carne… ¡La carne que a él tanto le había escaseado cuando chico! Estas excentricidades al padre le parecían una afrenta. El iletrado Hermann no entendía cómo es que su hijo era incapaz de cumplir con lo mínimo –atender el negocio– y en cambio dedicara tanto tiempo a los amigos, al cine y a escribir.

Kafka fue parte del modesto e insular Círculo de Praga, grupo de intelectuales jóvenes formado por Franz Werfel, Oskar Baum, Otto Pick y Max Brod, que era el líder. Se reunían en el café Savoy, el Arco, el Corso, y leían todo lo que estaba en boga: Tolstói, Strindberg, Dostoievski, Hamsun. El summum era “el maestro Flaubert”. Discutían sobre el movimiento sionista y soñaban con ir a Palestina. A veces las noches se desbandaban y terminaban recitándoles sus textos a las putas del Gogo, el burdel de moda. Tenían más pretensión que unidad estética y, salvo Kafka, que los alumbró a todos, de allí no salieron escritores destacados. ¿Eran escritores alemanes? Hablaban alemán con el acento duro de los checos. ¿Eran escritores checos? Hablaban checo con acento alemán. Eran escritores judíos que garabateaban en el dialecto alemán de Praga, en una región donde el nacionalismo checo estaba harto del dominio alemán, y donde campeaba el antisemitismo.

Kafka obtuvo el grado de doctor en Derecho en 1906. Deambuló un año por los laberintos de los tribunales. Quería irse de Praga. Pronto entendió que para probar suerte como escritor en Berlín o Múnich necesitaba publicar algo. Y para eso precisaba un trabajo que le permitiera dejar la casa paterna y escribir tranquilo. A pesar de que los judíos no conseguían trabajos en la burocracia austrohúngara, la oportunidad se presentó: un puesto de carrera como funcionario auxiliar en el moderno Instituto de Seguros y Accidentes de Praga, el órgano estatal encargado de velar por los intereses de los trabajadores accidentados de la industria checa. Es decir: un trabajo con horarios fijos que le dejaría la tarde libre para escribir. Según Stach, Kafka percibió que, tras sus largos años de formación, se le estaba yendo el tren para iniciar una carrera funcionaria. Y entendió que “se le estaba ofreciendo la que quizá fuera la última oportunidad de ganarse el pan en condiciones compatibles con el trabajo de escritor”. Se convertiría, muy pronto, en un trabajador excepcional, valiosísimo, al que nunca dejaron que se marchara. Ni siquiera cuando durante la guerra quiso enrolarse en el ejército. No: el doctor Kafka era necesario. Su muerte en el frente habría sido una pérdida irreparable para el Estado.

Trabajar para poder escribir, y escribir para poder vivir: esa era la idea. Su voz autoral no la encontró en sus primeros relatos –Descripción de una lucha, Preparativos de boda en el campo–, sino en los diarios, hacia 1910. Allí comenzó a poner en práctica la escritura como forma de expresión existencial, como ejercicio de meditación orientada no a una meta narrativa, sino a desarrollar un lenguaje, una identidad. En esas anotaciones inventó su propio mito, según el cual todo su organismo estaba orientado hacia la literatura y el único obstáculo que se le oponía era la oficina. La escritura lo calmaba, le daba seguridad en sí mismo, lo hacía feliz. “Yo no tengo interés alguno por la literatura, lo que ocurre es que consisto en literatura, no soy otra cosa ni puedo serlo”, explicaba a su novia en 1913.

A ese autoimpuesto programa vital se sumó la mecanógrafa berlinesa Felice Bauer cuando, el 13 de agosto de 1912, la conoció en casa de Max Brod. Un mes después comenzó a seducirla a través de las cartas que salían casi diariamente desde Praga hacia Berlín. El cariño nació de las palabras, no de los besos ni de la cercanía. A los 10 meses estaban comprometidos. Para él fue una manera de embarcarse en su propia vida, lejos de Hermann, lejos de Praga.

La relación con Felice Bauer removió los cimientos de su identidad. Por un lado, desató en él una explosión creativa sin igual en su existencia: en dos años y medio escribió La condena, La transformación, En la colonia penitenciaria y El proceso. En esos textos estaba todo su inventario temático y estilístico: la figura omnipotente del padre, la lógica onírica de la acción, el héroe desdichado frente a las estructuras jurídicas del mundo, el ansia de pertenecer a una comunidad. Por otro lado, la perspectiva del matrimonio y los hijos lo enfrentó con sus miedos más profundos. El matrimonio amenazó su escritura. Kafka llegó a la convicción de que la oficina, la casa y los hijos lo privarían del tiempo y las energías que necesitaba para escribir. ¿Y si no tenían hijos? Kafka puso su miedo por escrito y la novia lo leyó.

El matrimonio amenazó su escritura. Kafka llegó a la convicción de que la oficina, la casa y los hijos lo privarían del tiempo y las energías que necesitaba para escribir. ¿Y si no tenían hijos? Kafka puso su miedo por escrito y la novia lo leyó.

Felice puso fin al compromiso matrimonial en junio de 1914. El quiebre radicalizó a Kafka: decidió dejarlo todo y probar suerte como escritor en Berlín. Allí, gracias a Brod, tenía contactos que habían prometido ayudarlo. Allí también vivía Felice. Tal vez lejos de Praga todavía era posible solucionar las diferencias.

Ese mismo verano, Francisco Fernando, el heredero al trono del imperio, fue asesinado a tiros por un nacionalista serbio en Sarajevo. Los gabinetes imperiales decidieron a toda máquina. Semanas después, comenzó la Primera Guerra Mundial.

***

La oleada de destrucción que trajo consigo la Gran Guerra aniquiló a Kafka moral y físicamente, y derrumbó el mundo a su alrededor.

La movilización nacional cortó el tejido de todas las relaciones sociales. El gobierno censuró las cartas, restringió las llamadas telefónicas y canceló los viajes al extranjero. Kafka perdió contacto con Felice y con sus conocidos en Berlín –todos fueron enviados al frente–. Algunas semanas antes había soñado con abandonar el coto paterno e irse de Praga. Ahora estaba prisionero.

La guerra también significó la ruina de la monarquía danubiana. En el invierno de 1917, el otrora poderoso Estado austrohúngaro ya no fue capaz de garantizar el abastecimiento de comida y carbón para sus ciudadanos. Esto coincidió con la muerte del emperador Francisco José, único monarca de Austria-Hungría desde 1848. Era un preámbulo de lo que ocurriría al año siguiente, en octubre de 1918, cuando los nacionalistas checos aprovecharon el armisticio general para salir a las calles y proclamar la República de Checoslovaquia.

Un año y medio después del inicio del conflicto armado, Kafka y Felice se reunieron en Marienbad, en la frontera checo-alemana, y retomaron el compromiso matrimonial. Llegaron a un trato: cada uno asumiría sus preocupaciones económicas. Esto significaba que, después de casarse, Felice seguiría trabajando. El acuerdo, impensable antes de la guerra, grafica cómo los códigos burgueses que distinguían a esta clase –los esposos trabajan, las esposas crían a los hijos– desaparecieron rápidamente en las mentalidades de la época. Nadie sabía cómo iban a ser las cosas después de la guerra, pero todos sabían que nada volvería a ser como antes.

Los temblores sociales y el frío extremo que pasó en la casa de la Calle del Alquimista hicieron mella en Kafka. La noche del sábado 11 de agosto de 1917, a las cuatro de la mañana, escupió sangre por primera vez. ¿Diagnóstico? Mycobacterium tuberculosis. Kafka interpretó la enfermedad como una liberación y la usó como justificativo para la retirada social. Ya no tendría que explicarle a nadie por qué no tenía familia, ni sentido de los negocios, ni ganas de hacer una carrera burguesa. La tuberculosis también dio la oportunidad a sus padres para explicar a quienes quisieran escucharlos la extravagante conducta del hijo. El matrimonio fue cancelado definitivamente. Según Stach, para Kafka “había llegado el momento de hacer balance, de concentrarse en lo esencial y asumir de una vez la tarea asignada con todas las consecuencias. Y Kafka tenía menos dudas que nunca de en qué consistía esa tarea”. La pugna entre matrimonio y literatura llegaba a su fin. Triunfó la literatura.

Ilustración: Sebastián Ilabaca

 

Kafka, Reiner Stach, Acantilado, 2016, 2.359 páginas, $107.000.

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