Los hermanos terribles (o los formidables enemigos)

Política internacional
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Agosto 11, 2016

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En plena campaña presidencial de Estados Unidos, la periodista Jane Mayer publica Dark Money, una historia apasionante –y no por eso menos siniestra– sobre los hermanos Charles y David Koch. Satanizados por la izquierda, maldecidos por los ecologistas, endiosados por gran parte de la derecha y temidos por los poderosos, los Koch llevan décadas trabajando para erosionar el poder del Estado a través de movimientos como el Tea Party. Esta es la historia de quienes, a punta de financiamiento oscuro, lograron formar un partido político privado que extiende sus tentáculos por todo el conservadurismo estadounidense.

por juan manuel vial

Hace poco más de 40 años, los multibillonarios Charles y David Koch se propusieron reducir hasta la insignificancia el poder del gobierno de Estados Unidos. La cruzada tenía metas urgentes, definidas y en ningún caso desinteresadas, pues los hermanos Koch argüían que sus empresas pagaban demasiados impuestos y que estaban sometidas a un exceso de regulaciones ridículas, como por ejemplo las de corte ambiental (el imperio que dirigen es en buena medida petrolero). Con el correr del tiempo, los Koch no solo fundaron varias organizaciones tendientes a darle respaldo teórico a su fijación, sino que también, y a través de los cientos de millones de dólares que invirtieron en sucesivas campañas políticas, adquirieron paulatinamente el control del Partido Republicano. Dicho de otro modo: el giro que en los últimos años dio aquel partido hacia la extrema derecha –incluida la reaparición del Tea Party y la consiguiente polarización en el Congreso– no habría ocurrido sin los fondos que Charles y David destinaron para tales efectos.

En enero de 2015 los Koch, saliendo de las sombras que por lo general los envuelven, se jactaron ante la prensa de que iban a gastar 889 millones de dólares en el ciclo electoral de este año. Pero, claro, en aquel entonces, ellos no contaban con la irrupción de Donald Trump en la arena presidencial del Partido Republicano. El Frankenstein que involuntariamente habían ayudado a crear –las semillas del extremismo que Trump tan bien supo aprovechar las habían sembrado años antes los Koch–, se revelaba contra el orden, la teoría, el patronazgo y los mecanismos establecidos, y echaba por tierra los tremendos esfuerzos que por más de cuatro décadas habían emprendido los hermanos con el fin de comprar para beneficio propio –no hay otra forma de decirlo– el sistema político estadounidense.

Los dos mandatos de Barack Obama habrían sido muy distintos si él no hubiese tenido en frente a enemigos tan formidables, persistentes y feroces como los herederos más poderosos de Wichita. Fue durante su presidencia que los Koch obtuvieron algunas de las grandes victorias por las que llevaban decenios maquinando. Y ello ocurrió, en buena medida, gracias a un controvertido fallo de la Corte Suprema del 21 de enero de 2010, fallo conocido como Citizens United, que revirtió un siglo de restricciones destinadas a evitar que las corporaciones y los sindicatos gastaran cuanto dinero quisieran en elegir candidatos.

La consecuencia más visible del dictamen es que les confiere inusitado poder a unos pocos individuos, sumamente acaudalados, que defienden planteamientos extremos tendientes a favorecer sus propios intereses. Según el análisis que tras las elecciones de 2012 hizo la Sunlight Foundation, una organización no partidista, los súper ricos se convirtieron en los cancerberos de la política: “El diez milésimo de la población de Estados Unidos, o el 1% del 1%, es el que ahora pone los límites del discurso aceptable”. En el caso de los Koch, el asunto iba más allá: el banquete que les había dejado servido el fallo de Citizens United les permitió donar millones y millones de dólares a grupos de “asistencia social”, los que a su vez ejercieron su derecho de invertir cuanto desearan en las elecciones. Estos dineros se conocen como “dark money”, o plata oscura, dado que la ley no exige revelar de dónde provienen. Los Koch se aseguraron así de que resultaran electos quienes mejor pudiesen promover el ominoso objetivo que los obsesiona: “Extirpar de raíz al gobierno de Estados Unidos”, por citar esa expresión célebre que utilizan con frecuencia.

Dark Money se titula el revelador y fascinante libro que publicó en enero Jane Mayer, respetada periodista que ha trabajado en todos los medios importantes del país y que en la actualidad escribe para The New Yorker. La investigación tiene un subtítulo elocuente, “La historia oculta de los billonarios detrás del surgimiento de la derecha radical”, y es una lectura inquietante, puesto que deja claro que Estados Unidos enfrenta hoy, como nunca antes, la grave encrucijada que hace años planteó Louis Brandeis, el brillante abogado liberal y juez de la Corte Suprema (sus palabras sirven de epígrafe al libro): “Debemos elegir. Podemos tener una democracia, o podemos tener la riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero no podemos tener las dos al mismo tiempo”. Mayer, hay que agregar, fue intimidada durante años por los Koch para que no publicara el libro.

Litigio fraternal

El fundador del imperio, Fred Koch, fue el hijo sobresaliente y ambicioso de un inmigrante holandés que se estableció en la frontera entre Texas y Oklahoma. Fred estudió en el MIT, donde obtuvo el título de ingeniero químico, y luego desarrolló un innovador método para refinar petróleo. Establecida ya en Wichita, Kansas, la empresa de Fred sirvió a dos patrones excepcionales durante los años 30 del siglo pasado, algo que por supuesto contribuyó a darle un aire novelesco a su historial: Josef Stalin y Adolf Hitler. Y desde el principio, a través de sucesivos subsidios  y jugosos contratos, el imperio que heredaron los hermanos Koch se vio favorecido por el mismo gobierno que ellos pretenden eliminar.

Fred tuvo cuatro hijos: Frederick (1933), Charles (1935) y los gemelos David y Bill (1940). El patriarca creía en una educación a punta de golpes y correazos e intentó inculcar en todos sus retoños sus creencias políticas. En 1958, Fred Koch pasó a ser uno de los 11 miembros fundadores de la John Birch Society, un grupo archiconservador conocido por diseminar teorías conspirativas acerca de cómo el comunismo planeaba doblegar a EEUU.

A mediados de los años 60, tres de los hermanos Koch intentaron dejar fuera del imperio a Frederick, el primogénito, por medio de una estratagema brutal: si él no renunciaba a la parte que le correspondía, ellos revelarían su supuesta homosexualidad. La historia completa de esta canallada nunca salió a la luz en detalle (Bill relató los hechos en una corte; su declaración permanece sellada). Pero en 1997 la revista Fortune hizo una referencia al vuelo sobre “un intento de chantaje por homosexualidad de parte de Charles a Frederick para conseguir sus acciones a un precio más barato”.

Al momento de morir en 1967, Fred Koch era el hombre más rico de Kansas. Tras su deceso, Charles tomó el control de la compañía y tres años más tarde se le unieron los gemelos. Pero Bill no estuvo de acuerdo con que Charles reinvirtiera las ganancias en la empresa. “Heme aquí, uno de los hombres más ricos de EEUU, y me veo obligado a pedir un préstamo para comprarme una casa”, consta que declaró en la corte. Bill, que políticamente hablando era independiente, también se quejaba de que Charles le daba demasiado dinero al Partido Libertario.

Cansados de la tiranía de Charles, Bill y Frederick intentaron quitarle el control de la empresa en 1980, pero él y David se percataron a tiempo, lograron dar vuelta al directorio a su favor y despidieron a Bill. Los dos bandos que se habían enfrentado en la niñez –Bill y Frederick por un lado, Charles y David por el otro– se veían ahora las caras en los tribunales. En 1983, Charles y David les compraron su parte de la compañía a sus hermanos por cerca de 1.100 millones de dólares. “Pero el litigio fraternal continuó por 17 años más. Entre otras acusaciones, Bill y Frederick sostuvieron que Charles y David los habían engañado al subvaluar la compañía”, informa Jane Mayer.

En un libro publicado en 2007, The Science of Success (“La ciencia del éxito”), Charles Koch habla de las costumbres virtuosas que se requieren para alcanzar el éxito en el mundo de los negocios. Sin embargo, según acota Mayer, “él ha sido bastante menos comunicativo respecto al hecho de ser un heredero”. David Koch, por su parte, se ha tomado el asunto con más humor. Durante un discurso que dio ante los alumnos del colegio al que asistió, expresó: “¿Cómo ocurrió que David Koch llegó a obtener la fortuna para poder ser tan generoso? Bueno, déjenme contarles una historia. Todo comenzó cuando yo era un niño pequeño. Un día mi padre me dio una manzana. Pronto la vendí por cinco dólares y compré dos manzanas y las vendí por 10. Entonces compré cuatro manzanas y las vendí por 20. Claro, todo eso día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, ¡hasta que mi padre murió y me dejó 300 millones de dólares!”.

El párrafo anterior trasunta otros rasgos distintivos de los Koch: Charles es el hermano huraño, extremadamente celoso de su privacidad, mientras que David es el tipo sociable y mundano. Siguiendo esa lógica, Charles persuadió a David en 1979 para que se presentara como candidato a la vicepresidencia junto a Ed Clark, el candidato a presidente del Partido Libertario (la dupla obtuvo el 1% de los votos). Tras la elección de 1980, Charles y David desaparecieron de la arena pública. Durante las tres décadas que siguieron, los hermanos contribuyeron con más de 100 millones de dólares –monto en su mayoría ocultado– a decenas de organizaciones en apariencia independientes, que se dedicaban a promover sus ideas. “Con el transcurso del tiempo”, continúa Mayer, “la maquinaria ideológica de muchos tentáculos que montaron llegó a conocerse como el Kochtopus” (pulpo en inglés se dice octopus). La idea detrás de todo esto era “conducir la política estadounidense hacia la extrema derecha sin tener que pasar por el voto popular”.

Prontuario contra el medio ambiente

Se dice que fue el mismísimo patrono de los libertarios, Friedrich Hayek, quien propagó la idea del think tank como un arma política oculta. En los años 50, un excéntrico libertario inglés llamado Anthony Fisher le preguntó al maestro qué podía hacer para que el socialismo y el comunismo no continuaran expandiéndose en Occidente. ¿Debía presentarse como candidato a algún puesto público? Hayek, que entonces enseñaba en la London School of Economics, respondió que para la gente con sus creencias resultaba inútil involucrarse en política: los políticos eran prisioneros de la sabiduría convencional. La solución, por lo tanto, era fundar “un instituto académico” que lanzara “una guerra de ideas”. En 1977 Charles Koch fundó el Cato Institute, el think tank libertario que llegaría a convertirse en uno de los espacios de discusión pública más llamativos y dinámicos de la capital de Estados Unidos.

Hoy los Koch cuentan con una asamblea ideológica manejada a través de un poderoso grupo de interés: Americans for Prosperity. La entidad contrata funcionarios de primer nivel, financia su propio banco de datos, encomienda sofisticadas encuestas y levanta fondos entre los cientos de millonarios y billonarios que aglutina. Según Jane Mayer, “los Koch han establecido lo que en efecto es su propio partido político privado”.

Al mismo tiempo que los hermanos desarrollaban su guerra ideológica en contra del gobierno, las empresas del conglomerado enfrentaban una y otra vez diversas denuncias en los tribunales, principalmente de carácter ambiental (los Koch han gastado fortunas financiando sucesivos estudios tendientes a negar el calentamiento global). Las multas que los hermanos tuvieron que pagar por desastres ecológicos marcaron en varias ocasiones montos récords debido a la gravedad de los hechos.

Según la fiscal federal Angela O’Connell, las Koch Industries no se asemejan a ninguna otra empresa petrolera con la que ella hubiera lidiado, y eso que en su carrera de 25 años en el Departamento de Justicia le tocó tratar con casi todas: “Siempre operan fuera del sistema”. Los derrames de crudo son normales en el rubro, pero mientras las otras compañías se sentaban a discutir con los reguladores y admitían sus faltas, las Koch Industries “mentían una y otra vez para evitar las multas. (…) Mienten acerca de todo y se salen con la suya porque son una compañía privada”.

Phil Dubose: el “Hugo Bravo” de los hermanos Koch

Lo peor, no obstante, estaba por venir: en 1999 Bill Koch, otra vez Bill, denunció a las Koch Industries por “un patrón deliberado de fraude”. Los investigadores de Bill llevaron hasta el estrado  una impresionante cantidad de testigos. El momento decisivo llegó cuando Phil Dubose, un hombre de Luisiana que había trabajado para las Koch Industries por 27 años antes de ser despedido en 1994, se paró frente al tribunal. Dubose testificó sobre aquello que se conocía como “el método Koch”: “Ellos medían fraudulentamente el petróleo crudo de las reservaciones indias, tal como lo hacen en el resto de Estados Unidos. Si comprabas petróleo, achicabas el medidor. Ellos te enseñaban cómo hacerlo. Poseían medidores en terreno. Los recalibraban (…). La trampa la hacías de diferentes maneras. Todo consistía en pesos y medidas, y ellos tenían el pulgar en la balanza. Ese es el método Koch”.

El jurado determinó que las Koch Industries habían dado 24.587 declaraciones falsas al gobierno. La probable multa a pagar era superior a 200 millones de dólares, con el agregado humillante de que un cuarto de la cifra iría a parar a los bolsillos de Bill, quien, triunfante, se refirió a sus hermanos en los siguientes términos: “Son los más grandes sinvergüenzas de la industria petrolera”. No obstante, al final se llegó a un convenio que cerró la causa previo pago de 25 millones de dólares. La mayor parte del dinero llegó a las arcas fiscales, mientras que Bill recibió US$ 7 millones. La disputa en tribunales también sirvió para firmar lo que se llamó “el entendimiento global”: a mediados de 2001, Charles, David y Bill firmaron un acuerdo que impedía futuros litigios. “El pacto significó una paz tensa entre los hermanos”, acota Mayer. Pero al mismo tiempo puso fin a una guerra sucia que duró décadas.

De acuerdo a un informe dado a conocer el año 2012 por el Ministerio de Protección Ambiental, entidad que documenta la producción tóxica y cancerígena de ocho mil compañías estadounidenses, las Koch Industries eran las principales productoras de basura tóxica del país: generaron 430 millones de kilos de materiales peligrosos. De ese total, 26 millones de kilos fueron diseminados en el aire, el agua y la tierra, convirtiéndolas en la quinta empresa más contaminante de Estados Unidos. El conglomerado Koch también se cuenta entre los mayores emisores de gases de efecto invernadero: arrojan más de 24 millones de toneladas de dióxido de carbono anualmente a la atmósfera, algo similar a lo que emiten cinco millones de autos en el mismo período de tiempo.

Los dos mandatos de Barack Obama habrían sido muy distintos, insisto, si él no hubiese tenido en frente a enemigos tan formidables, persistentes y feroces como los herederos más poderosos de Wichita: la formación del Tea Party de Sarah Palin, de Eric Cantor y del resto; la polarización en el Congreso que llevó a clausurar dos veces el funcionamiento del gobierno federal a un costo enorme (Estados Unidos perdió por primera vez en la historia el puesto de excelencia que otorgan las agencias calificadoras de riesgo); la millonaria campaña mediática desatada contra casi todas las medidas que Obama tomó para sacar al país de la peor crisis económica desde la Gran Depresión (la inmensa mayoría de ellas probaron ser acertadas); el financiamiento de la reconfiguración de los distritos electorales que permitió el triunfo republicano en las elecciones de medio término de 2010 (la Casa de Representantes que ganaron los republicanos fue la que dio un giro más pronunciado hacia la extrema derecha, ello desde que comenzó a medirse la posición política de los legisladores); el alineamiento de los congresistas republicanos para negar en bloque el calentamiento global; la imposibilidad de Obama de subvertir, durante su primer gobierno, los recortes de impuestos a los más ricos implementados por George W. Bush; la indisciplina campante al interior del Partido Republicano; el sabotaje descarado al primer programa del gobierno de Estados Unidos que ofrecía salud accesible a millones de ciudadanos sin seguro médico; todo esto, y más, fue posible gracias al dinero con que los Koch infiltraron el sistema político. Al ganar la reelección en 2012, Obama admitió ante un grupo de cercanos: “Soy el presidente en ejercicio, alguien que ya contaba con una enorme red de apoyo a lo largo de todo el país y millones de donantes, lo que me permitió igualar cualquier cheque que extendieran los Koch. Pero no estoy seguro de que el candidato que me siga pueda competir bajo estas mismas condiciones”.

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Como ya sabemos, surgió aquel monstruoso imprevisto que obligó a reconsiderar la viabilidad de la operación política sin precedentes en la que los Koch planeaban gastar 899 millones de dólares durante el ciclo electoral de este año. Me refiero a ese Frankenstein que paradójicamente ellos mismos ayudaron a crear, Donald Trump. En agosto del año pasado, cuando los demás aspirantes republicanos a la presidencia se apresuraban a reunirse con los donantes manejados por los Koch, Trump tuiteó lo siguiente: “Les deseo suerte a todos los candidatos republicanos que viajaron a California para suplicar por plata, etc., de los Hermanos Koch. ¿Marionetas?”. Hace poco más de un mes, durante una inusual entrevista emitida por televisión, Charles Koch sugirió que perfectamente podría llegar a votar por Hillary Clinton. La candidata demócrata fue rápida en responder: no le interesaba el falso apoyo de alguien que financia una organización dedicada a restringir el voto ciudadano y que se empecina en negar toda evidencia del calentamiento global. Conociéndolos, lo único cierto es que los Koch no se van a quedar de brazos cruzados.   

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