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La película de Maite Alberdi, que muestra los afanes de un grupo de adultos con síndrome de Down por llevar una vida normal, fue criticada por Ascanio Cavallo por caminar al borde “de la sociedad, de la ética, del cine”. A partir de este punto de vista, que suele surgir con cierta frecuencia cuando se analizan documentales, entrevistamos a la directora y a dos críticos.

por matías hinojosa

El sábado 10 de junio, en su crítica semanal de la revista Sábado, Ascanio Cavallo apuntó, a propósito del estreno de Los niños de Maite Alberdi, algunas ideas sobre el problema de la ética en la realización documental. Según el crítico, toda la filmografía de la realizadora “camina por el borde; de la sociedad, de la ética, del cine” y su última película “puede resultar más estridente” en este punto, puesto que, bajo su perspectiva, entró en “un territorio especialmente espinoso”.

La cinta tiene como protagonistas a un grupo de adultos con síndrome de Down, a quienes se sigue en sus actividades diarias como alumnos de un colegio especial. El grueso de las acciones acontecen durante el taller de gastronomía al que todos asisten. En ese escenario se van desplegando sus personalidades y relaciones; también sus anhelos de llevar una vida normal: mientras uno de ellos intenta conseguir un sueldo que le permita vivir solo, una pareja persigue con obstinación la idea de casarse. Para el crítico, “los 82 minutos (que dura la película) son una demostración de que nada de eso es posible”. Y también se pregunta si el mostrar la vida de estos sujetos es acaso un acto de simpatía o de crueldad.

“Mi problema cuando se habla de ética en el documental, es que siempre gira en torno a lo que se puede o no se puede representar, lo que se puede o no se puede ver”, opina la directora, consultada por este comentario. “Y yo creo que la ética se mueve en otro terreno, que ningún teórico o crítico de cine se pregunta, y que tiene que ver con la relación que se establece con los personajes. Nadie sabe lo que pasa detrás de cámara y los problemas éticos surgen ahí. Yo tengo un compromiso con ellos, referente a los límites que uno se pone para que esas personas sean bien representadas. El director de documentales está enfrentado todo el tiempo a este dilema y es irresponsable pensar que no lo hace, porque mi trabajo es exponer un punto de vista sobre lo que filmo, pero sin tergiversar la realidad”.

Christian Ramírez, crítico del suplemento “Artes y Letras” de El Mercurio, defiende el modo en que la directora trató el asunto. “Por cierto que no estoy de acuerdo con ese argumento, sobre todo atendiendo a la creciente plasticidad que el documental ha ido adquiriendo en el último par de décadas, en las que la variedad de temas e intensidad con que el género los trata ha aumentado de forma exponencial”.

Cavallo cuestiona las motivaciones que hay detrás del filme, ya que la película plantearía la dificultad de las personas con síndrome de Down para integrarse normalmente en la sociedad, pero sin dar soluciones al respecto, cuestión que para él induciría a pensar que “no hay nada que hacer” en relación a este problema.

Maite Alberdi

“Me hace ruido cómo la película abraza las expectativas y esperanzas que tienen estos chicos, porque, ¿de verdad Maite piensa que a estas personas deberíamos darle autonomía? Yo creo que el ideal sería que tuvieran un mayor grado de independencia, pero me da la impresión que por su nivel de vulnerabilidad y por sus deficiencias cognitivas, aquellas expectativas son irrealizables. No sé si lo puedan conseguir, en esta o en cualquier otra sociedad”, opina Héctor Soto, crítico de La Tercera. “Ella suscribe a estas expectativas e indica lo injusto que es, pero cuestiono que sean realmente posible sus planteamientos”, agrega.

Para Soto, el cine de Maite Alberdi siempre ha sido problemático bajo una perspectiva ética: “La verdad es que ese lado más perverso ha acompañado desde siempre a su cine. Estableciendo una línea fronteriza muy tenue entre lo que es una mirada ingenua al documental y lo que es una cosa más perversilla, creo yo. Eso, de alguna u otra manera, ya estaba en La once. Esas señoras cuando fueron filmadas, en verdad no sabían el público que iba a ver esa película. De hecho, cuando la vi, me acompañó algún sentimiento de incomodidad, respecto a conductas, frases, observaciones que hacían estas señoras, que, si tú quieres, eran muy políticamente incorrectas, pero que a lo mejor las señoras no las hubieran dicho si sabían que eso se iba a utilizar o iba a ser visto en contextos donde sus puntos de vistas no iban a ser muy bien entendidos. Ahora con Los niños me ocurre algo parecido, porque muestra una cosa bastante cruel: que a estos sujetos los están preparando para adquirir en su vida una autonomía y para desarrollar unas competencias de las cuales nunca van a ser seres muy plenos. Ahí hay una cosa complicada”.

Esta misma línea de pensamiento lleva a Cavallo a preguntarse “¿Cuán lícito es mostrar a personas que no saben ni entienden lo que verán los demás?”.

Ramírez advierte una paradoja en esta interrogante: “Creo que al hacer ese juicio, el crítico no solo está adoptando una suerte de superioridad moral respecto del documental, sino también respecto de los sujetos que este muestra. De modo que quien aparece patronizante con estas personas finalmente no sería el realizador sino el comentarista. La ironía es que al hacerlo, él mismo se vuelve vulnerable a un posible cuestionamiento ético”.

Para la directora, esta reflexión encierra una subestimación sobre los personajes, asumiendo un prejuicio respecto del cual ellos no serían capaces de comprender a lo que se están exponiendo. “Esa crítica me parece un poco ofensiva, porque no es un comentario hacia la película sino que hacia los personajes. Creo que se habla de falta de ética solo para justificar la sensación de incomodidad que una persona determinada tiene viendo la película. Por lo tanto, esas opiniones hablan mucho más de la persona que está viendo, y sus aprensiones sobre ese mundo, que del propio documental”.

 

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