Agosto 4, 2017

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El movimiento Ocupa Wall Street en 2011 trajo algo más que un renovado interés por la economía política. Surgieron medios y escritores que están refrescando el debate público en EE.UU. Tienen menos de 40 años, al igual que sus predecesores de principios del siglo XX son de izquierda, saben que la carrera académica los relegará a la intrascendencia y escriben en revistas como Jacobin, n + 1 y The Point. Su principal motor es la crítica al neoliberalismo.

por evan r. goldstein

Una noche de esta primavera, el Instituto de Humanidades de Nueva York organizó una reunión para discutir acerca de los “nuevos intelectuales públicos”. Frente a una sala repleta, sentados en una mesa rectangular, había tres ejemplares de esta raza ascendente: Nikil Saval, coeditor de n + 1; Sarah Leonard, editora senior de The Nation; y Jon Baskin, coeditor de The Point. Todos tienen menos de 40 años, no siguen carreras académicas y forman parte integral de lo que los organizadores del evento calificaron de “renacimiento en el periodismo cultural”.

Es una afirmación notablemente optimista, especialmente cuando se compara con el retorcerse de manos que típicamente acompaña al hablar de los intelectuales públicos en Estados Unidos, quienes parecen estar siempre en acto de desaparecer. Los pocos que quedan palidecen en comparación con las mentes casi míticas que recorrían las calles de Nueva York en las décadas de 1930 y 1940, cuando los alquileres eran baratos, las polémicas eran duras y la política era radical. O así dice la sabiduría convencional. ¿Qué pasó? Los intelectuales que no podían sobrevivir como escritores independientes se hicieron profesores. En la década de 1960, quedaban pocos intelectuales que no fueran académicos. El carrerismo y la especialización abrieron gradualmente un abismo entre los intelectuales y el público. La enérgica prosa de Edmund Wilson e Irving Howe cedió, a mediados de los 90, a la complicada teoría de género de Judith Butler y las reflexiones de estudios culturales de Andrew Ross.

Si un renacimiento intelectual está en marcha, el catalizador ha sido la avalancha de pequeñas revistas que han aparecido en la última década más o menos: Jacobin, Los Angeles Review of Books, The New Inquiry, n + 1, The Point, Public Books. Al mismo tiempo, las publicaciones más antiguas, como Dissent, han sido rejuvenecidas; revistas inactivas, como The Baffler, han sido resucitadas. James Livingston compara el momento actual con las primeras décadas del siglo pasado, cuando revistas como The Dial, The New Republic y Modern Quarterly, reorientaron la vida intelectual en EE.UU. “Entre 1900 y 1930, esas pequeñas revistas definieron el canon literario y elaboraron todas estas ideas sobre cómo reformar el mercado”, dice Livingston, profesor de historia en la Universidad de Rutgers en New Brunswick. “Fue un tiempo increíble de fermento intelectual. Nuestra época es similar en que todos saben que tenemos que hacer algo radical”.

En su libro de 1987, The Last Intellectuals, Russell Jacoby sostuvo que la generación de escritores y críticos que llegaron a la conciencia política en los años 60 fue absorbida por la universidad y desapareció de la vida pública, precipitando “una retirada de la energía intelectual del dominio más amplio a una disciplina más estrecha”.

Como sus predecesores de principios del siglo XX, los nuevos intelectuales públicos de hoy están, de manera casi uniforme, en la izquierda. Gran parte de ellos alcanzó la mayoría de edad en los años 80 y 90, un período marcado por el triunfo del capitalismo pos Guerra Fría y la sensación de que las grandes preguntas habían sido resueltas. En la medida en que comparten una agenda política, ella es desafiar el neoliberalismo. Cuando la economía casi colapsó en 2008, abrazaron las críticas marxistas y estructuralistas. En 2011 se precipitaron a la bandera de Ocupa Wall Street. Los dos meses que duró el campamento de Ocupa en el distrito financiero de Nueva York representaron una de las experiencias más esperanzadoras y significativas de sus vidas (la primera vez que las cosas parecieron estar en juego política e intelectualmente).

Muchos de los nuevos intelectuales son, o fueron hasta hace poco, estudiantes de posgrado. Llegaron al campus mucho después de que sus profesores y los profesores de sus profesores se hubieran retirado de la esfera pública, alejando a la izquierda académica de la izquierda política. La política del campus había suplantado la política más grande. Bruce Robbins, profesor de literatura en la Universidad de Columbia y un destacado combatiente en las escaramuzas del PC de los años 80 y 90, mira hacia atrás esa época con pesar. “A veces siento como si hubiera tirado 10 años de mi vida luchando las guerras culturales”, dice. Los nuevos intelectuales, añade, han iniciado una conversación más sustantiva. Samuel Moyn, que era un estudiante de posgrado en los años 90 y ahora es profesor de derecho e historia en la Universidad de Harvard, describe a su generación como pasiva: “Nunca estuvo la idea de que pudiéramos o debiéramos llegar a un público más amplio”, dice, señalando que los estudiantes de posgrado hoy no asumen tal postura. “Esta es una generación que rechaza la vocación de mero erudito”.

En su libro de 1987, The Last Intellectuals, Russell Jacoby sostuvo que la generación de escritores y críticos que llegaron a la conciencia política en los años 60 fue absorbida por la universidad y desapareció de la vida pública, precipitando “una retirada de la energía intelectual del dominio más amplio a una disciplina más estrecha”. Para Jacoby, las implicaciones eran terribles. “La correa de transmisión de la cultura (la manera inefable por la cual una generación mayor pasa no solo su conocimiento, sino sus sueños y esperanzas) está amenazada”, escribió. “Los intelectuales más jóvenes están ocupados y preocupados por las exigencias de las carreras universitarias. A medida que la vida profesional crece, la cultura pública se hace cada vez más pobre y más vieja”.

Treinta años después, ese proceso muestra signos de estar revirtiéndose. Los intelectuales más jóvenes no ven la academia como un refugio. La ven como una institución en crisis. Nunca han conocido un mercado de trabajo académico saludable o una época en la que las humanidades no estuvieran en una actitud defensiva.

Pero a medida que la vida académica se deteriora, la cultura pública se hace más rica y más joven. Evan Kindley, editor sénior de Los Angeles Review of Books y profesor visitante del Claremont McKenna College, argumentó el año pasado en PMLA, la revista de la Modern Language Association, que la crisis de contratación ha debilitado los incentivos para producir estudios revisados por pares. La energía intelectual que en una época anterior iba a llenar un currículum y tratar de conseguir un trabajo con nombramiento y trayectoria está ahora, para una pequeña pero influyente camarilla, siendo canalizada hacia el debate público. “La estructura de recompensa de la vida académica se ha desmoronado”, dijo a la multitud en el Instituto de Humanidades de Nueva York, el coeditor de n + 1, Nikil Saval, quien tiene 33 años y un doctorado en literatura de la Universidad de Stanford. “Muchos de los estudiantes de posgrado son como… ¿por qué debo participar en esto? Y escriben para los lugares que quieren”.

 

 

Y están encontrando una audiencia, ayudados por las redes sociales y las bajas barreras de acceso que ofrece internet. Jacobin, por ejemplo, una revista anticapitalista radical que comenzó en un dormitorio de la Universidad George Washington en 2010, tiene ahora 20.000 suscriptores de la versión impresa, casi un millón de visitantes mensuales a su sitio web y más de 80 grupos de lectura, desde Chicago a Calgary o Copenhague. Eso es un gran número de seguidores para una pequeña revista socialista.

Los nuevos intelectuales son “la refutación más grande al argumento de Jacoby”, dice Corey Robin, un teórico político en el Brooklyn College, quien fue profundamente influenciado por la lectura de The Last Intellectuals cuando era estudiante de posgrado en los años 90. “Toda la premisa de la narrativa de Jacoby es una historia de corrupción: los intelectuales son absorbidos por el mundo académico, son corrompidos y pierden su filo”, dice Robin. “Ahora estamos en el otro extremo de ese túnel”.

Hasta hace poco, David Marcus pasó la mayor parte de sus días escondido en un pequeño cubículo sobre la Biblioteca Butler en la Universidad de Columbia, como estudiante de posgrado en historia estadounidense. Su tesis es sobre la teoría política estadounidense en los 50. Enseñó un seminario de “Civilización contemporánea”, un curso de Columbia sobre grandes libros esenciales. Una nubosa tarde de marzo, su escritorio está lleno de una pila de trabajos de estudiantes que necesitan calificaciones. Pero su mañana fue dedicada a trabajar en el ensayo editorial para el próximo número de Dissent, que edita con Michael Kazin, profesor de historia en la Universidad de Georgetown.

Marcus, que tiene 32 años, se unió a Dissent en 2006, un tiempo “sombrío e insano” en la revista. Por un lado, se estaba haciendo vieja. Fundada en 1954 por Irving Howe y un círculo de escritores que incluían a Norman Mailer, Meyer Schapiro y Lewis Coser (“Cuando los intelectuales no pueden hacer nada más, empiezan una revista”, escribió Howe en ese entonces), el promedio de edad en las reuniones editoriales estaba desde hace tiempo bien al norte de los 50. “No creo que la gente en la órbita de Dissent anticipara que hubiera otra generación”, dice Marcus.

Los intelectuales más jóvenes no ven la academia como un refugio. La ven como una institución en crisis. Nunca han conocido un mercado de trabajo académico saludable o una época en la que las humanidades no estuvieran en una actitud defensiva.

Durante la última década, sin embargo, la revista demócrata-socialista ha experimentado una suerte de reajuste generacional. El pie de imprenta ahora integra a varios escritores y estudiosos más jóvenes, incluyendo a Tim Barker, Tressie McMillan Cottom, Sarah Leonard, Jedediah Purdy y Nick Serpe. Cuando Dissent celebró su aniversario número 60 en una cena de gala en Manhattan, The New York Times se maravilló ante el “notorio contingente de personas veinteañeras” que asistió.

La circulación de Dissent nunca superó los 10.000 ejemplares (hoy se sitúa en aproximadamente 5.000). Sin embargo, siempre ha sido una respetada incubadora de talento, un lugar donde jóvenes intelectuales de izquierda podrían comenzar a hacerse un nombre por sí mismos. Entre esos escritores estaban Keith Gessen, Mark Greif y Benjamin Kunkel; en 2004, junto con Marco Roth, Chad Harbach y Allison Lorentzen, fundaron n + 1, posiblemente la más celebrada de la nueva cosecha de pequeñas revistas. Apareciendo el año después de que Partisan Review, la revista insignia de los intelectuales de posguerra, cesara sus 69 años de existencia, n + 1 ofrecía una mezcla de tanta seriedad literaria y aspiración política que fue saludada como un cambio de guardia, una “lucha generacional contra la pereza y el cinismo”, como A.O. Scott escribió en The New York Times Magazine. Bruce Robbins, “instantáneamente golpeado” por n + 1, organizó un evento para sus editores en Columbia. Para su sorpresa, cientos de personas se presentaron. “Los jóvenes sabían enseguida que algo importante estaba sucediendo”, dice. En seis meses, el primer número de n + 1 se había agotado.

La influencia de n + 1 se extiende a la manera en que se comercializó y se financió, en parte, haciendo fiestas. La primera tuvo lugar en un gimnasio de una escuela en el Lower East Side. “Entré y había 800 personas emocionadas por esta pequeña revista que era seria y directa, y no se avergonzaba de su elitismo”, recuerda Jon Baskin. El modelo de negocio básico –unas pocas personas comprometidas y una inversión de unos 8.000 dólares por los editores fundadores– parecía replicable. En 2009, Baskin junto con Jonny Thakkar y Etay Zwick, dos compañeros estudiantes de posgrado en el Comité de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago, fundaron The Point, una revista de filosofía, cultura y política (fiel a sus raíces de la Universidad de Chicago, The Point es la menos izquierdista de las nuevas revistas pequeñas).

John Palattella, editor general de The Nation y uno de los organizadores del evento en el instituto de Nueva York, ve la fusión del compromiso intelectual y el espíritu empresarial como un rasgo único de esta nueva cosecha de intelectuales. Empiezan revistas pero también imprimen libros; organizan paneles y son expertos vendedores, promotores y usuarios de las redes sociales. Nadie personifica más este fenómeno que Bhaskar Sunkara, el fundador de Jacobin, 26 años, a quien Vox recientemente ungió “el mejor capitalista socialista que se haya visto”.

Jacobin se ha convertido en el más querido del profesorado”, dice James Livingston. “Bhaskar ha reclutado esta generación más joven de pensadores y escritores brillantes que no transigirán en su política, lo que es tan atractivo en un mundo que escinde la diferencia”. La revista también destaca por su colorido y elegante diseño. Un vistazo a la portada y está claro que esta no es la revista trimestral intelectual de tu padre.

“La mirada atrevida evidencia la distinta sensibilidad generacional de los intelectuales más jóvenes”, dice Corey Robin. Su sello es la falta de miramientos ante los expertos profesionales, académicos e intelectuales. “Son confrontacionales, argumentativos y no les importan los modales”, dice Robin, editor colaborador de Jacobin.

 

 

Él contrasta este estilo con el tenor educado y profesional de su propia generación. “Cuando fui a la universidad, me dijeron que lo más importante es conseguir un protector; es un sistema feudal, necesitas un patrocinador, pero nadie cree que su mentor pueda ya protegerlo, ni siquiera en los programas superiores. Si en una relación feudal el protector no puede protegerte, toda la relación de obligación y deferencia empieza realmente a cambiar”.

Peter Frase se inscribió en el Graduate Center de la City University of New York con el objetivo de convertirse en un teórico marxista. Pero llegó a considerar la cultura del marxismo académico como arcana e insular. “Cuando comencé a redactar artículos para revistas y proyectar mi tesis, me sentí frustrado por tener que escribir artículos que nadie más leería, para satisfacer a los árbitros del sistema de revisión por pares y participar en un proceso que parecía internamente justificado para llenar currículums y tener una carrera académica, pero sin tener mucho efecto”. Él encontró más satisfacción escribiendo su blog, que llegó a los lectores de todo el mundo.

Un día recibió un correo electrónico de Sunkara. “No pensé que Jacobin fuera a llegar a ninguna parte”, dice Frase, de 36 años, “pero Bhaskar parecía un buen tipo”. Frase contribuyó con un ensayo sobre la ética del trabajo en el primer número. “El amor al trabajo no llega fácilmente al proletariado”, escribió, “y su construcción durante siglos fue un logro monumental para la clase capitalista”. En el ensayo más conocido de Frase, publicado en 2011, anticipó el fin del capitalismo y el surgimiento de nuevos acuerdos sociales más equitativos. Ese artículo es la base del primer libro de Frase, Four Futures: Life After Capitalism, recién aparecido por el sello de Jacobin en la editorial Verso. Tras siete años en su doctorado en sociología, Frase se alejó.

En 2004, Marco Roth, Chad Harbach y Allison Lorentzen, fundaron n + 1, posiblemente la más celebrada de la nueva cosecha de pequeñas revistas. Apareciendo el año después de que Partisan Review, la revista insignia de los intelectuales de posguerra, cesara sus 69 años de existencia, n + 1 ofrecía una mezcla de tanta seriedad literaria y aspiración política que fue saludada como un cambio de guardia.

“Hay mucho miedo entre los jóvenes académicos, porque están tratando de comenzar una carrera y conseguir trabajo y, por lo tanto, puede haber una efectiva reticencia de hacer afirmaciones audaces o de herir susceptibilidades, lo que es comprensible”, dice. “Tener una plataforma para hacer argumentos fuera de ese contexto nos ha liberado de tener que ocuparnos de nuestros modales”.

Si bien la decepción ha sido durante mucho tiempo la disposición tradicional de los pensadores de izquierda en EE.UU., los nuevos intelectuales muestran un grado de esperanza. “Como el primer período sostenido durante generaciones”, comienza la nota del editor en un número reciente de n + 1, “es un momento emocionante para la izquierda estadounidense”. Este optimismo se remonta al menos al 17 de septiembre de 2011, cuando un grupo de activistas estableció un campamento en el parque Zuccotti de Nueva York. Protestas similares pronto se extendieron por todo el país. Las pequeñas revistas se agruparon alrededor de Ocupa Wall Street, formando lo que ellos llamaron un “grupo de afinidad de escritores y artistas”, organizando conferencias y paneles de discusión y analizando los objetivos del floreciente movimiento. “Intelectualmente esos pocos meses fueron el mejor momento de mi vida”, dice Nikil Saval, el coeditor de n + 1.

“Durante mucho tiempo, parecía que no había alternativa a la política tal como existía”, dice Sarah Leonard, 28 años, profesora de tiempo parcial en la Gallatin School de la Universidad de Nueva York. “Y así seguimos escribiendo sobre el socialismo y la desigualdad, porque eso era lo correcto, no porque pensáramos que nuestros argumentos iban a triunfar. El optimismo que surgió de Ocupa quiso decir que mucha gente tenía los mismos sentimientos que nosotros. Ciertamente, estos temas eran preguntas vivas e ideas vivas. Fue un gran cambio emocional”.

Leonard y Saval ayudaron a iniciar una publicación emergente, Occupy!, un intento temprano para pensar lo que estaba sucediendo en terreno. El primer número incluyó un mensaje de la mayor figura política de la Nueva Izquierda, Mark Rudd; una carta abierta a la policía; relatos de primera mano de las protestas en Atlanta, Oakland y Filadelfia; y un cancionero Ocupa (Woody Guthrie, naturalmente, estuvo a la altura). Saval y sus colaboradores transportarían pilas de Occupy! al campamento.

Cualquiera fuese el optimismo nacido con Ocupa ha sido reafirmado por el auge de Black Lives Matter y el sorprendente éxito de la campaña presidencial de Bernie Sanders. “Tal vez por primera vez en el trayecto de 60 años de Dissent”, dice David Marcus, “estamos bien posicionados en la política del momento”. A raíz de la elección de Donald J. Trump, eso significa una política de fiera oposición. “Hemos aprendido que los límites de la política estadounidense son más amplios que lo que cualquiera de nosotros imaginó. El peligro es mayor, pero también lo es la promesa”, escribe Timothy Shenk, estudiante de doctorado en historia en la Universidad de Columbia, en el sitio web de Dissent. “Nuestra tarea no es aferrarse a fragmentos de un orden liberal destrozado, recolectando pedazos antes de que lleguen los bárbaros”.

Seth Ackerman, 38 años, miembro del consejo editorial de Jacobin y candidato a doctor en historia en la Universidad de Cornell, señala otro efecto persistente de Ocupa: una oleada de interés por la economía política. “Los jóvenes académicos cuyo trabajo anterior se centró en Foucault o Barthes, de repente quieren escribir sobre productos derivados o paraísos fiscales”. Cita un precedente histórico: “Cuando hay una generación de intelectuales cuya posición de clase está en peligro, es probable que haya algún tipo de radicalización intelectual entre los jóvenes”.

Esa radicalización se extiende más allá del relativamente remoto archipiélago de las pequeñas revistas. La actitud es capturada en la introducción a The Future We Want: Radical Ideas for the New Century (Metropolitan Books, 2016), una colección de ensayos y llamada generacional a las armas, editada por Leonard y Sunkara. “Se nos dijo que en la economía del conocimiento los buenos trabajos seguirían a la educación superior; hay pocos trabajos y nos encerramos en unos miserables tan pronto como sea posible para alimentar a los usureros”, escribe Leonard. “No necesitas un curso universitario para saber cuándo te están estafando”.

 

 

Al menos una vez al mes, durante los últimos 30 años, un desconocido le pide consejo a Russell Jacoby. El buscador de consejo típicamente es un estudiante de posgrado desesperado por convertirse en un intelectual público, para continuar la tradición de críticos-ensayistas de antaño: Edmund Wilson, Dwight Macdonald, C. Wright Mills. El buscador quiere una ratificación por parte del autor de The Last Intellectuals.

“Nunca sé qué decir”, relata Jacoby con un suspiro. “Odio alentarlos, porque la economía es tan intimidante”. Señala que incluso un escritor exitoso como Christopher Hitchens tuvo que enseñar a tiempo parcial en la New School. “A menos que tengan un socio rico o una familia rica, va a ser muy difícil sobrevivir”. Él lo sabe por experiencia. Jacoby intentó varios períodos como escritor independiente; ninguno resultó ser sostenible. Cuando The Last Intellectuals se publicó, él era un trabajador académico desempleado de 42 años y padre de dos hijos, que había enseñado en siete universidades en 12 años. Durante los últimos 20 años, ha tenido un puesto en el departamento de historia de la Universidad de California en Los Angeles con un contrato renovado anualmente. “Yo soy lo que se llama un profesor en residencia”, dice Jacoby. “Sea lo que sea que eso signifique”.

Consultado sobre la nueva cosecha de pequeñas revistas y los escritores congregados alrededor de ellas, responde: “¿Cómo se las arreglan?”.

La respuesta: precariamente. Los empleados de Jacobin (hay 10) ganan salarios de un rango que va de la sección media de los 40.000 a la sección baja de los 30.000 dólares. Saval no cobra salario como coeditor de n + 1. Él es autor de Cubed: The Secret History of the Workplace (Doubleday, 2014) y escribe sobre arquitectura y diseño para T: The New York Times Style Magazine, entre otros lugares. Frase se gana la mayor parte de su sustento como analista estadístico. Ackerman, que está en el décimo año de su doctorado, recientemente tropezó con una carrera lateral como traductor al inglés del economista francés Thomas Piketty. Espera que la faena le permita flotar el tiempo suficiente para terminar su tesis. David Marcus no ganó dinero como coeditor de Dissent y sobrevivió con su beca de posgrado en Columbia y escritos ocasionales. “Tengo 32 años y gano 30.000 dólares al año”, dijo en marzo. “En algún momento necesitaré encontrar otra forma de remuneración para mi trabajo”. En septiembre fue nombrado editor literario de The Nation.

John Palattella, editor general de The Nation, ve la fusión del compromiso intelectual y el espíritu empresarial como un rasgo único de esta nueva cosecha de intelectuales. Empiezan revistas pero también imprimen libros; organizan paneles y son expertos vendedores, promotores y usuarios de las redes sociales.

La relación entre dificultades financieras y resonancia intelectual es difícil de desenredar. Sin embargo, la mayoría de la gente ve una. “La desaparición de los trabajos académicos en las humanidades indudablemente ha acelerado el resurgimiento de las pequeñas revistas, al negarles a tantos jóvenes intelectuales de talento un nicho profesional seguro y obligándolos a improvisar alternativas”, dice Jackson Lears, historiador cultural de Rutgers y editor de la revista trimestral Raritan. ¿Cuán sustentables son esas alternativas? No mucho, dice Thomas Frank, editor fundador de The Baffler. Los trabajadores de la cultura están atrapados en una paradoja: nunca ha sido más fácil ser publicado y nunca ha sido más difícil ganarse la vida. “Este es el final del camino para la crítica cultural no académica”.

Mientras tanto, las pequeñas revistas siguen haciendo correrías. Alyssa Battistoni, estudiante de 30 años de ciencia política en Yale y miembro del consejo editorial de Jacobin, se preocupa de que el nuevo intelectualismo público esté creando expectativas onerosas para los jóvenes estudiosos: “Debes hacer cultura pública y escribir, como si esto fuera poco, sobre todo lo demás, a pesar de que eso probablemente no contará para tu solicitud de empleo o el archivo de nombramiento, y que podría generarte problemas en alguna parte en el intertanto”. Incluso si se cumple con esas exigencias y se evita la reputación de ser difícil, los honorarios, los trabajos de profesor asistente y las becas, eventualmente se agotarán (y, las probabilidades indican, también las perspectivas de empleo). Y como generaciones de intelectuales han descubierto, lo romántico de la lucha tiende a disminuir a medida que uno se acerca a los 40 años. ¿Entonces qué?

Aaron Bady ha pensado mucho esa pregunta. Es un especialista de 37 años en literatura africana contemporánea, con un doctorado de la Universidad de California en Berkeley, que pasó cinco años en el mercado del trabajo, incluyendo dos años como posdoctorando en la Universidad de Texas en Austin. Fue finalista en tres concursos de un nombramiento, pero nunca recibió una oferta. “Mi generación no corre el riesgo de confundir la universidad con un refugio”, escribió este año en Boston Review. Bady dice que nunca tomó la decisión de abandonar la academia; un día los cheques simplemente dejaron de llegar. De repente, él no tenía ninguna afiliación institucional ni iniciativas prometedoras. Se había convertido en un ex académico.

En 2012, Bady cayó en la órbita anárquica de los editores en The New Inquiry, que había comenzado unos años antes como una especie de salón para los habitantes de Brooklyn empapados de teoría crítica. Es la creación de Mary Borkowski, Jennifer Bernstein y Rachel Rosenfelt, amigas del Barnard College que se graduaron a pesar de la recesión en 2009. “No teníamos dónde ir para hacer trabajo intelectual”, dice Rosenfelt, ahora directora asociada del programa de maestría en edición creativa y periodismo crítico de la New School. “La escuela de posgrado era un callejón sin salida. La edición y el periodismo eran un barco que se hunde”. El resultado fue una “población excedente de jóvenes inteligentes, interesantes e interesados”, muchos de ellos mujeres, muchos de ellos cada vez más radicalizados por la deuda estudiantil.

El trabajo de Bady para la revista es ecléctico, cubriendo cultura popular, educación superior, política keniana, el pene de Donald Trump, la legalidad de los registros exhaustivos, incluyendo el desnudo –hay un ensayo titulado memorablemente “No podemos permitirnos proteger los anos de los condenados”– y mucho más . “La vacuidad del nombre The New Inquiry significa que potencialmente puede abarcar casi cualquier cosa”, agrega.

Bady ahora vive en Oakland, tratando de ganarse la vida como escritor. Él y su pareja, también un antiguo estudiante de posgrado, quieren comenzar una familia y les preocupa si son capaces de costearla. Piensa mucho acerca de si la escuela de posgrado valió la pena y sobre el significado del trabajo intelectual. “Si hace ocho años le hubiera dicho a mi madre que voy a dejar la escuela de posgrado y convertirme en independiente, su respuesta habría sido: no puedes permitirte el lujo de tomar un riesgo así, si hay una opción más segura. Pero cuanto más parece que no hay opción segura, menos atractivo se hace cualquier tipo de compromiso”.

Bady se queda en silencio. “Si voy a luchar, necesito que valga la pena”, concluye. “Necesito continuar el trabajo que encuentro más satisfactorio”.

 

Artículo aparecido en The Chronicle of Higher Education. Traducción: Patricio Tapia.

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