Octubre 4, 2018

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Mientras Gabriela Mistral recomendaba Recuerdos del pasado como antídoto contra las “biografías sin espíritu” de los “héroes marciales” que empalagaban a los escolares, Manuel Rojas rescata que Vicente Pérez Rosales posee “la mejor prosa del siglo XIX chileno, limpia, concisa, castiza, adornada tan solo con palabras del lenguaje popular”. ¿Cómo hacerle justicia hoy a esta piedra angular de la literatura chilena sin caer en la museología? Es la pregunta que se hace Pablo Concha Ferreccio, editor de la nueva edición del libro, publicada por Tajamar y de la que reproducimos el prólogo.

por pablo concha ferreccio

“El libro más chileno que se ha escrito”: esta ha sido la opinión dominante sobre Recuerdos del pasado. Se trata, sin duda, de un texto que recorre la fundación y el temprano desarrollo de la República, cuando era necesario validar una cultura que se entendía como propia, capaz de distinguirse del pasado colonial y de las otras culturas modernas. Pérez Rosales relata ese período desde la voz de sus protagonistas. Ha escrito un libro, nos dice, como acicate para los chilenos: para que sepan qué es lo que se puede lograr con trabajo e iniciativa, para que entiendan el pasado común y su eventual proyección. De ahí que este libro haya sido degustado como la extracción más pura de la savia criolla.

En 1882, Vicuña Mackenna lo presentaba ya como una creación “imperecedera”. Cuatro años más tarde, Luis Montt le rendía un homenaje póstumo al autor en un nuevo prólogo: “Es tal vez el libro más original que hasta hoy ha producido la prensa chilena”. La permanente reedición de estas palabras y la autoridad de Montt, director de la Biblioteca Nacional y editor del libro, legalizaron esta interpretación; pero fue Alone quien, casi medio siglo después, la canonizó con líneas que ya son un lugar común: “Rara vez se habrá dado tal compenetración de un hombre, un libro y un país, como la que hay entre Pérez Rosales, sus Recuerdos del pasado y Chile”. Los juicios eran claros: Pérez Rosales había tenido la misión de representar la “evolución de nuestro país… en su mejor período”, el de los “padres de la patria” pero sobre todo el de la República conservadora. Tras haber asistido a la revolución de 1830 en París; haber trabajado como agricultor, fabricante de aguardiente y tendero; haber correteado ganado por una década en la cordillera y cateado minas en Copiapó y luego en California —donde además las hizo de vendedor callejero y de cocinero en un improvisado hotel—; Pérez Rosales volvía a Chile, después de todas esas empresas frustradas, para servir a la patria y ganarse su estatua. Varios han notado la curiosa lógica de esta historia, que describe el haz de contradicciones que informaron la vida del autor: un pipiolo que derivó en “pelucón indiferente”; defendió la República y la democracia, pero gustó de gobiernos fuertes; repudió las obras de la colonia española, pero no dejó de volver a las fuentes clásicas del idioma para ahogar todo respiro afrancesado.

Pero eso no es todo: si su labor de colonización en el sur le permitía convertirse en digno sucesor de los libertadores de la patria, su anterior vida juvenil había aportado un cariz decisivo a la cultura nacional, la figura del roto chileno en sus picarescas correrías por el mundo (esta interpretación crítica es desarrollada con más espacio por Rafael Sagredo en “La invención de un clásico: los Recuerdos del pasado de Vicente Pérez Rosales”). Todo ese vagabundeo lo había preparado para el destino de funcionario montt-varista que le estaba reservado. La fábula de esta novela de formación era que, después de todo, Pérez Rosales no se había desviado de su origen: sus experiencias algo disparatadas le habían servido para aquilatar un saber muy útil para la formación nacional. El status quo no había sido trastocado.

Este relato de un nacionalismo satisfecho de sí mismo no puede disimular su fondo portaliano y autoritario, cuya idea de chilenidad es pródiga en “elogios” como “virilidad”, “firmeza”, “orden”, “gallardía” y un largo etcétera. Para recor­dárnoslo, allí está el prólogo de Alone, que acompaña las tres ediciones de Recuerdos del pasado publicadas en dictadura.

Ahora bien, este relato de un nacionalismo satisfecho de sí mismo no puede disimular su fondo portaliano y autoritario, cuya idea de chilenidad es pródiga en “elogios” como “virilidad”, “firmeza”, “orden”, “gallardía” y un largo etcétera. Para recor­dárnoslo, allí está el prólogo de Alone, que acompaña las tres ediciones de Recuerdos del pasado publicadas en dictadura (1973, 1975, 1976) por la editorial Gabriela Mistral, órgano ideológico de la Junta Militar. Dicha interpretación exalta la astucia y la socarronería del autor como rasgos que decantan en un tono ejemplarizante, propio de un discurso que, por cierto, justifica el racismo para la construcción y modernización de la patria y condena “lo femenino” como signo de debilidad. Desde nuestro presente, aceptar esta lectura implica naturalizar esas violencias fundantes y cerrar los contornos de la comunidad nacional al presentarla como un todo ya acabado, como el producto perfecto de una época señera e insuperable.

Quizás arribemos a una lectura más provechosa de este libro si evitamos reconducir el itinerario de Pérez Rosales a tan estrecho cauce, y en su lugar lo recordamos a él mismo como la rara avis que fue: “Enemigo de todo lo que fuese someterme al obediente yugo de los destinos públicos”, según su propia definición en una carta a Luis Montt. Ciertamente, en Recuerdos del pasado hay una comunidad que rescatar, pero es más bien esa que Gabriela Mistral vislumbró al recetar su lectura como antídoto contra las “biografías sin espíritu” de aquellos “héroes marciales” que empalagaban a los escolares al despuntar el siglo XX. Es este un clásico, pero no una pieza de museo. ¿Cómo hacerle justicia hoy?

Recuerdos del pasado es un texto de factura inusual, que escapa a la norma de su época. Pérez Rosales compone un artefacto literario con materiales de naturaleza disímil; un objeto que, como la vida que relata, se modifica a cada instante: a veces biografía, otras, obra teatral; aquí entrada de enciclopedia, allá informe de Estado. En este ensamblaje reside buena parte de su dinamismo. Ese carácter multiforme, que muchas veces expresa ideas contradictorias entre sí, es guiado por una voz narrativa cercana, que entrega su inconfundible fisonomía al relato toda vez que surge de la participación en el tráfago humano, toda vez que ingresa en el murmullo callejero. De ahí que sea atendible su afán didáctico: porque no se manifiesta mediante la imposición de normas, sino que prefiere aconsejar apoyado en experiencias que responden a fines prácticos, que descubren la ayuda útil. Aun cuando es cierto que aquel celo utilitarista resulta muchas veces excesivo, lo es también que la honda empatía del narrador con la vida y sus posibilidades no por ello se resiente; cuando esa empatía despunta con fuerza, encuentra siempre la compañía del lector. Es más, el gran poder de observación que la distingue se debe, en buena medida, a esa sensibilidad particular; a esa, digamos, disposición del ánimo.

La crítica de su época es fruto de ella, y así las emprende contra la segregación urbana: “la alegre Pampilla, hoy Parque Cousiño, totalmente despojada de su primitivo carácter demo­crático, solo se destina ahora a la nobleza encarrozada, dejando puerta afuera a la humilde y nacional carreta”; contra los políticos que anteponen el interés personal al servicio público: “¡Cuántos aspirantes a empleos empuñarían el arado; cuántos eternos habladores enmudecerían; cuántos bandos políticos, sociedades juradas para asaltar el poder, se disolverían si el servicio público se hiciera en lo posible obligatorio y gratuito!” (pp. 596-597); o bien despacha balances certeros: “la Iglesia y la Riqueza nunca olvidan sus tendencias invasoras” (p. 55). Aun cuando Pérez Rosales se pasa años buscando la marmita de oro, no rinde pleitesía al mercantilismo yanqui, porque “especula hasta con la desmoralización” (p. 466). Igualmente vigentes y llanos resultan otros juicios sobre la vida y el com­portamiento humano:

 

La tierra es la patria común del hombre, así como la de cuantos animales se mueven en ella. El interés, o mejor dicho, el bienestar de cada uno de esos seres animados, es el único móvil que los impulsa a reunirse, a separarse o a dispersarse sobre la superficie de ambos hemisferios.

A esta disposición a marchar en pos del bienestar se da el nombre de emigración, y al ser que emigra, el de emigrante. (p. 611)

 

Pérez Rosales compone un artefacto literario con materiales de naturaleza disímil; un objeto que, como la vida que relata, se modifica a cada instante: a veces biografía, otras, obra teatral; aquí entrada de enciclopedia, allá informe de Estado.

Esta perspectiva, que surge ante todo de la atención a la escritura de Pérez Rosales (y no tanto a su personaje mitologizado), desemboca en otra interpretación de Recuerdos del pasado. Así lo ve Mariano Latorre, quien se inspira en la relación de este “huaso seguro de sí mismo” con la naturaleza. Más tarde, González Vera lo percibe como “un americano, un hombre total” de “espíritu equilibrado” y honda tolerancia, y su entusiasmo lo lleva a editar los Recuerdos en 1943. A finales de los años 60, Carlos Droguett siente el texto de Pérez Rosales como un cordial manojo de nervios cuya fuerza abre ríos cordilleranos o bien hace erupción en los meandros de la historia nacional. Manuel Rojas, por último, en 1972 lo rescata para la edición cubana como un gran “independiente, un aristócrata, en el mejor sentido de la palabra: no quería depender de nadie, ni de patrones ni de clientes”; y remata categóricamente: “Su prosa es la mejor prosa del siglo XIX chileno, limpia, concisa, castiza, adornada tan solo con palabras del lenguaje popular”.

La gran conciencia de Pérez Rosales sobre el oficio literario destaca a lo largo de su obra, pero especialmente en las reflexiones que contiene el cuaderno de su diario de viaje a California, donde se encuentra el siguiente texto inacabado e inédito:

 

Estilo

Casi siempre las cosas que dicen sorprenden menos que las maneras que se emplean para decirlas; porque casi todos los hombres tienen las mismas ideas que están al alcance de todo el mundo. La diferencia consiste en la expresión y estilo. El estilo hace singulares las cosas más comunes, fortifica las más débiles, da grandeza a las más sencillas.

Lo que me distingue de Pradon, decía Racine, es que yo sé escribir; sin embargo, Pradon era un poeta ridículo, y Racine uno de los mejores trágicos que haya producido el mundo. “Homero, Platón, Virgilio, Horacio —dice La Bruyère—, no están encima de los otros escritores, sino por sus expresiones y por sus imágenes”.

La expresión es el alma de todas las obras que son hechas para agradar a la imaginación. Se exige, antes de todo, del historiador, la verdad de los hechos; del filósofo, la exactitud del raciocinio. Si a estas cualidades indispensables se agregan las que constituyen el grado del estilo, se les leerá con mayor placer; pero de cualquiera manera.

 

Se ha dicho que los Recuerdos algo tienen de contrahechos en su ilación; sin embargo, la calidad de su escritura siempre se ha reconocido, quizás atribuida a esa prolija conjugación del molde clásico con la “licenciosa pero atractiva libertad” (p. 160) del romanticismo. La sintonía de los escritores del siglo XX con el texto se debe justamente a los pasajes en que Pérez Rosales deja a un lado la perspectiva severamente apegada a las formas de lo clásico (que muchas veces, como su falsa modestia, parece una impostura) y asume un tono más espontáneo, franco y rebelde; un tono pregnante que, si no desconoce el ascendente clásico, tampoco se inscribe del todo en su estela. En ese sentido puede entenderse la permanente cita al Quijote y el empleo de léxico del Siglo de Oro mezclado con chilenismos, americanismos y citas del inglés y del francés. Acaso sea producto de ese tira y afloja entre deseo y ley, entre humor y solemnidad, entre la vocación por el ridículo y la reverencial compostura, que los Recuerdos transmiten aquella potencia vitalista que González Vera nombró como “un poderoso aliento positivo” y Feliú Cruz como la luz de un “sol de alegría”. Esto constituye uno de sus principales legados y es la materia que no deja de sorprender a los nuevos lectores. En definitiva, no se trata de la lengua ni del estilo, sino del movimiento de eso que Roland Barthes llamó escritura, una “moral de la forma” cuya transformación urde una solidaridad histórica.

Recuerdos del pasado contiene los modos de un saber-hacer particular, ese conjunto de ideas, prácticas y afectos desde el que se ha pensado la experiencia de una posible comunidad. Son aquellas maneras, que muchos de nosotros hemos escuchado en las historias de algún familiar ya mayor, las que aquí se revelan como una de las principales ramas de la tradición literaria. Muchos de esos modos culturales hoy no vibran en nosotros, pero nos permiten comprender los procesos del pasado y las modificaciones de esa tradición. Otros, sin embargo, vibran con fuerza en nuestro presente y lo seguirán haciendo de maneras insospechadas en los modos de leer, de escribir y de hacer comunidad. La sensibilidad ante la naturaleza, el goce del cosmopolitismo, las ansias de un bien genuinamente común, la búsqueda de experiencias transformadoras y el gran ánimo vital que impregnan las páginas de este libro no son, ciertamente, los menores.

 

Recuerdos del pasado, Vicente Pérez Rosales, Tajamar Editores, 2018, 650 páginas, $24.990.

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