By

Desde su primer libro, Las edades del laberinto, pasando por Industrias Chile S.A. y País nocturno y enemigo, César Cabello ha construido un proyecto poético que problematiza los símbolos de la transnacionalidad a partir de lo mapuche y lo fronterizo-periférico. Junto a Jaime Pinos y Juan Carreño configuran una estética de “bajo fondo” que para el poeta Germán Carrasco “trasciende el mero documento testimonial del paria y que se instala, sin complejos, ante la representación social disminuida que proponen los discursos de un Estado subsidiario”.

por germán carrasco

César Cabello y otros poetas han tomado como material el lumpen, y han investigado y conocen el tema con bastante maestría. El peligro es que cierta academia los diseccione y encasille como poetas-lumpen, y que hagan de eso pasto de papers y de aprovechamientos varios.

Desde que Marx acuñara el concepto de lumpen-proletario, a mediados del siglo XIX, para referirse al grupo humano que quedaba fuera de los procesos de producción del capital, este ha ido evolucionando hasta adquirir características propias que lo distancian de su primera representación. Es así como, producto de la nueva estratificación social provocada por la recesión económica y el quiebre del discurso conservador que fomentara el auge de la clase media durante el siglo XX, el lumpen actual se articula bajo un sentido de pertenencia que no es reivindicativo en cuanto a su conciencia de clase u organización política, pero que incorpora como propias las ideas de progreso económico y social.

Es esta dualidad, propia del lumpen, la que le permite a la voz de los poemas travestirse en buenos prospectos de “delincuentes”, que asumen como suya la gratificación individual, la consecución de bienes materiales y la preeminencia de la propiedad privada por sobre el patrimonio moral del pobre y la comunidad.

Este fenómeno, no privativo de la literatura de interés sociológico, ha encontrado en la poesía chilena actual una textualidad que trasciende el mero documento testimonial del paria y que se instala, sin complejos, ante la representación social disminuida que proponen los discursos de un Estado subsidiario y de los medios de comunicación masivos.

Autores como Jaime Pinos en Criminal, Juan Carreño en Compro fierro y Oxicorte, y César Cabello en El país nocturno y enemigo y Lumpen, se apropian de este espacio culturalmente diferenciado para resignificar el conflicto “centro-periferia / local-universal” desde una perspectiva que subvierte el canon de la literatura chilena, tanto desde el punto de vista temático como desde la propia difusión precaria de sus obras en editoriales autogestionadas o independientes.

La transgresión cuidadosa de los discursos jurídicos y mediáticos en torno a la figura del Tila, en el caso de Pinos; la documentación de la experiencia poblacional traducida en el uso de registros de habla naturales del coa o de la jerga callejera, en la poesía de Carreño; y la deconstrucción consciente que permea a partir de sus propios recursos formales e ideológicos la literatura universal, en el caso de Cabello, configuran una “Estética de bajo fondo” que bien vale la pena analizar.

Hay una aclaración importante que hacer, y es la empatía solapada y condescendencia con que se suele hablar de marginalidad, encasillando a los autores. El título de esta columna es la elección de una perspectiva y los materiales precisamente porque se opta por esta persona como una estrategia y un dispositivo literario. La biografía de los autores nada tiene que ver con la situación de marginalidad. Así como escriben desde esta perspectiva, bien podrían hablar desde otro dispositivo: el helenismo, el rigor formal, lo libresco. Es una aclaración fundamental y hay que tener cuidado extremo con confundir los planos.

Me referiré ahora a la obra de Cabello; Pinos y Carreño merecen más de un estudio o columna completa cada uno.

Desde su primer libro, Las edades del laberinto, pasando por Industrias Chile S.A. y el citado País nocturno y enemigo, César Cabello ha construido un proyecto poético que problematiza los símbolos de la transnacionalidad a partir de lo mapuche y lo fronterizo-periférico. En su cuarto libro, Lumpen, el poeta retoma los tópicos trabajados, pero incorpora elementos autobiográficos que lo distancian de la imaginación alegórica de sus textos anteriores y que marcan un itinerario en donde la evocación de su lugar de origen, la toponimia de la población Santa Olga, en Lo Espejo, se ficcionaliza y opera como un espacio de enunciación más situado, para él o los hablantes del libro, según sea el caso.

En el poema que abre el texto, “50 Aniversario de la población Sta. Olga”, leemos:

 

Celebro la sombra de mi infancia en una toma de terrenos,

al grupo de niños con el que jugábamos a explorar

la fábrica abandonada, el hospital inconcluso,

las fronteras de los aeropuertos.

 

Celebro las horas desérticas,

las hechizas lámparas: velas al interior de tarros de pintura

con las que alumbrábamos la marcha nocturna

de los nuevos pobladores que llegaban por Panamericana

hasta el baldío, todavía sin nombre.

 

Celebro al homo faber,

a las dirigentas del comité Sta. Olga de Kiev

y al político desconocido que –sin pedir nada a cambio–

convenció al propietario de esos manzanares

para que firmara la expropiación…

 

…Y aunque a veces me descubro envuelto en el ropaje de tus calles

–veo como extiendes tus manos por encima de mi propia vida–,

celebro el día en que me alejé de ti

y solo regresé para cargar el ataúd

en el funeral de un amigo

o consolarme con las mismas verdades

de “El dios abandona a Antonio”.

 

Celebro que me dieras un lugar,

una colmada tumba para arrastrar hasta allí mis huesos,

aún fuertes, aún no heridos por el horror

de tener que recobrarte.

 

Esta referencia a un espacio marginal que se intenta prestigiar con la cita a la Alejandría de Kavafis, en “El dios abandona a Antonio”, es retomada en el último poema del libro, “Población y límite”, a partir de las “señales de ruta” que refuerzan la historicidad del relato inmanente en el texto y que, a pesar de la precariedad de los sujetos que configuran la experiencia fundacional de la población, es la única pertenencia a la que la voz de los poemas puede filiarse:

 

Dobla hacia el poniente en Cardenal Caro.

Sigue cinco calles hacia abajo.

Habrá hombres esperándote en los callejones…

… mujeres que transportan ollas con comida

de una vivienda a otra.

 

Es sábado y el cura de la población vecina

visita nuestras casas.

Propone la construcción de una iglesia

y de una sala de reunión…

 

Somos treintaicinco familias

venidas de Ninguna Parte.

 

Cada una tomó sus cosas

y las instaló en tierra.

Abrió puertas ajustando los marcos

a una estatura mediana.

 

Cavó un pozo para defecar.

 

Compartió su sangre

y viajó en grupos de doce jornaleros

hasta las primeras obras de carretera.

 

Cada una entró a la fuerza

y rechazó carpetas con títulos de dominio.

Casó a sus hijas con los muchachos buenos

y escogió un nombre: Pueblo Hundido, Sta. Olga,

Las Ánimas, Villa Tempestad.

 

Esta filiación, que no tiene nada de utópica y que se presenta como una constante en el libro, se resuelve mediante la imposibilidad del hablante por establecer una experiencia trascendente, ya sea desde la familia, la condición de clase, el trabajo o la misma poesía. Como se lee en “Mano de obra”:

 

Esta casa tiene la forma de la noche.

La construyó mi padre sin ser arquitecto.

En ella puso en juego sus horas robadas al trabajo

y la liquidez de un auto que por necesidad

tuvo que venderse.

 

Esta casa tiene la forma de sus manos,

la estatura media del hombre derrotado bajo la puerta,

por donde solo pasa él y su voz sombría: albañil-cadáver

despedido por una familia numerosa…

 

O en el poema “Wéstern o la división del trabajo”:

 

No recuerdo haber jugado más que con trenes en la infancia.

Mis sueños y el peso del hierro me devolvían a una edad remota,

donde la combustión de la sangre y del alma

convergían en el camino interminable

de los rieles.

 

Iba a ser maquinista (o mecánico de aviación),

pero el trabajo y mis anhelos fueron separados por el tiempo,

como en esa lucha de indios contra vaqueros.

 

Pienso en esto, sentado frente al polígono fabril

donde se construían las locomotoras

y que hoy albergan las bodegas

de un supermercado.

 

Solitario, como un vagón fantasma

que retorna –sin fuerzas– por la vía.

Furioso, contra ese tren negro –sin luces–

en el que se ha convertido mi existencia.

 

Y en “Mi padre, de pie, sobre un motor Volkswagen de 2 cilindros”:

 

Me despido de las carrocerías de autos

abandonadas en los patios de las casas

y talleres mecánicos. Del overol azul

que me dio mi padre junto con un salario

que no alcanzaba a fin de mes.

 

Y me despido de estos poemas,

a los que nunca le llegaron las refacciones

y debieron ser terminados con repuestos hechizos

o partes viejas de otras escrituras.

 

Me despido de este país y de sus capataces,

de sus ríos de aceite en los que flotan pertrechos

y carburadores quemados.

 

Me despido de las baterías de autos que se acumulan

unas sobre otras como reliquias de un tiempo detenido,

incapaces de avanzar por su cuenta

hasta el cementerio de chatarra.

 

Y me despido de mis objetos, de su muerte limpia

en manos de quien no les ha encontrado un uso mejor,

para que vuelvan a ser saldos o materia de la poesía.

 

Me despido de lo inservible y de mis recuerdos

al enterrar este motor Volkswagen, modelo 68.

 

Y me despido de lo que fui, el hijo de un mecánico

que heredó su oficio a un grupo de iletrados,

a los que nunca pudo contratar

definitivamente.

 

La pérdida del sentido de comunidad, del orgullo proletario y, probablemente, de la utopía socialista heredada de la ex Unión Soviética, que podría emparentarse con la derrota ideológica de José Ángel Cuevas o con la merma en la batalla cotidiana de Hernán Miranda, toma en Cabello otros derroteros que lo sitúan más en una “poética de los materiales”, a la manera del coreano, padre de la poesía obrera, Mu-San Baek, que en una cuestión meramente reivindicativa. Sin embargo, a pesar de la distancia con sus predecesores chilenos, el hablante de Lumpen no desconoce del todo la pertenencia a un lugar y a una tradición, a esta altura nostálgica, como bien muestra la paráfrasis al poema “Despedida”, de Teillier, en “Mi padre, de pie,  sobre un motor Volkswagen de 2 cilindros”.

Es esta dualidad, propia del lumpen, la que le permite a la voz de los poemas travestirse en buenos prospectos de “delincuentes”, que asumen como suya la gratificación individual, la consecución de bienes materiales y la preeminencia de la propiedad privada por sobre el patrimonio moral del pobre y la comunidad.

Asistimos al comienzo de este cambio, en el siguiente texto:

 

Primer acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, de ocupación camionero, es propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, que presta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que estos realicen trabajos simples de gasfitería en sus casas.

Segundo acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, ahora desempleado, sigue siendo propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, pero esta ya no la presta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que realicen trabajos simples de gasfitería en sus casas.

Tercer acto

Carlos Manuel Vergara Santelices, propietario de una llave inglesa, marca Bahco, heredada de su abuelo, ofrece servicios simples de gasfitería o arrienda la herramienta a sus vecinos de la población Sta. Olga para que estos realicen reparaciones por su cuenta en sus casas.

¿Cómo se llama la obra?

 

Y continuamos con la gesta que desplaza la historia y territorialidad poblacional hacia el cuerpo malformado del delincuente, para fijarse en un intento de poética lumpen, en “Lumpen”, el poema que da título al libro:

 

Este es el linaje de Juan “el asesino”,

que engendró a Sombra, a Víctima, a Desencanto.

Repartió semilla y bala en Las Ánimas,

Pueblo Hundido y la Sta. Olga.

 

Aquella es la zona muerta

que no está en los expedientes.

 

A este lote pertenezco.

Trabajo “al portazo” cuando veo un auto

sin ocupantes. No soy “perkin”, en cana cocino,

no hago aseo. Me enfrento a puñaladas,

en el óvalo, con un sable y una “sacadora”.

 

Fui parido en medio

de un ajuste de cuentas.

 

El control de la natalidad

estuvo a cargo de los militares y de sus señoras,

quienes nos obligaron a quedarnos detrás

de la nube del progreso.

 

Hasta nuestras escuelas

llegaban las ancianas de CEMA Chile,

para con nuestros propios lápices de colores

registrarnos la cabeza, en busca de liendres y piojos

que serían exterminados con un enjuague

de champú Lindano,

regalado por la dictadura de Augusto.

 

Tendrían que habernos hecho desaparecer a todos

si no querían parásitos merodeando por su país.

 

No sé en qué momento la población fue intervenida.

Se llenó de “pacos”, cuarteles y “viejas sapas”.

La tierra se subdividió en poblaciones y comunas.

 

Yo quedé muy lejos aspirando “ñoco” en un eriazo,

entrando a la ciudad por las noches a robar

la exigua recompensa de los seres invisibles

y sin patria.

 

La naturalización del delito y de una moral retorcida, a la manera de Panero, así como de la corrupción del lenguaje producto de la codicia y de la ambición personal que encuentra su referente más clásico en los detalles narrados por Tucídides en “Historia de la Guerra del Peloponeso”, sirven a Cabello para acreditar una ideología delictiva que encuentra en el “soliloquio carcelario” su mejor expresión.

Estas voces que asumen su degradada humanidad, desde un calabozo, son también el reflejo de la acumulación de miseria y tormentos que deja la experiencia del mundo moderno, arraigado en el capital. Basta pensar en la cita de Defoe sobre Crusoe, del poema “Reclusión”, para concluir que mientras más acompañado esté el hombre, más solo se sentirá y le será todavía más difícil encontrar una salida a su condición. Así lo dice Cabello en el poema “Canero viejo”:

 

No puedo más que contenerme,

pagar con años mis delitos, hasta salir de aquí

y culearme a la misma negra barriobajera

que conocí en la población.

 

Hacer amigos, pavonearme con ellos

de una hija bien casada y tres nietos

que vendrán a visitarme.

 

Mentir, agruparme en una “carreta”

y echar a andar las naves de la conversación.

A veces entrecortada por el grito de los carceleros

que piden silencio al interior de las jaulas.

 

Naufragar, todos los días, contra el mismo cuerpo

que duerme a tu lado y que, al igual que tú,

apoya su cabeza en el mástil de los soñadores

sin rumbo.

 

Una gran luna como un remache de acero

oculta los rostros de nosotros, los delincuentes,

en la cárcel de San Miguel.

 

En una esquina de la celda alguien llora.

Fue violado. No tiene a nadie que lo consuele.

Hasta salir de aquí y ajustar cuentas con el amor

y con sus abusadores.

About the Author

 

Leave a Reply