Marginalia

Literatura
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Agosto 7, 2016

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Estos son apuntes o anotaciones al voleo sobre la visita de Mario Vargas Llosa a Chile, instancia en que recibió el grado de Doctor Honoris Causa de la Universidad Diego Portales y presentó su última novela, Cinco esquinas. Las historias y los dichos expresados funcionan, para el autor de este texto, como destilados de literatura: momentos en que se aplaca el ruido mediático y aparecen los bordes imperfectos, la puntuación fantasma que es la respiración perpetua de un novelista.

por álvaro bisama

Aún sigo pensando en varias cosas que Mario Vargas Llosa dijo en abril pasado, cuando visitó la UDP. Me tocó conversar con él en las dos ocasiones en que visitó la Facultad de Comunicación y Letras para dialogar con estudiantes y profesores de la Escuela de Literatura Creativa. No estuve solo en esos encuentros. Arturo Fontaine me acompañó en ambos, y en el segundo participó también Cecilia García Huidobro, decana de la facultad. Anoto esto por el contexto: Vargas Llosa lleva décadas en el ojo público y aunque no hay casi nada nuevo que decir sobre ese hecho (fue miembro del boom, escribió varias obras capitales de la literatura latinoamericana, viró políticamente de la izquierda al liberalismo, fue candidato presidencial y perdió con Fujimori; ganó el Premio Nobel, es un comentarista insomne de los cambios culturales de Occidente), esta vez venía rodeado de un aura mediática inesperada. Este ruido incluía los últimos coletazos de la separación de su esposa peruana (Patricia Llosa), las apariciones con su nueva novia (Isabel Preysler) en las revistas del corazón españolas, los ecos de la celebración de su cumpleaños número 80 y una campaña presidencial peruana donde Keiko Fujimori se alzaba como favorita en las encuestas. Que Cinco esquinas, su última novela, trabajase una ecuación entre la prensa amarilla, las redes de Vladimiro Montesinos y la alegre vida sexual de la clase alta peruana, solo aumentaba el volumen como una caja de resonancias que hacía todo más ensordecedor.

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Todo lo anterior era demasiado; pero Vargas Llosa habló de literatura, y con eso dejó por un rato afuera el murmullo que lo rodeaba, mientras abordaba los contornos del oficio de escribir novelas pero también el acto de leerlas. Con eso, se ocupó también del sentido de la literatura y cómo esto se cruzó con su propia biografía. Ante las preguntas, Vargas Llosa respondió de modo casi infatigable. Sus respuestas eran largas, al modo de pequeñas miniconferencias que poseían una claridad envidiable. En ellas podría haberse referido a la literatura como una picaresca, pero prefirió abordarla al modo de una novela de aprendizaje definida a salto de mata entre la vida y los libros. Volvió a los temas de La verdad de las mentiras, La orgía perpetua o Cartas a un joven novelista, asuntos como la influencia y el lugar que habían tenido Flaubert y Sartre en su formación (Sartre había sido la matriz de sus lecturas mientras estudiaba en Perú, Flaubert había sido el descubrimiento de Europa), el lugar de la novela en relación a la didáctica política y cómo eran las verdaderas condiciones materiales de un escritor latinoamericano en la década del 50. Era el mapa que lo definía como lector crítico, las claves de la formación del intelectual latinoamericano formado desde la década del 50 en adelante, a partir de urgencias y distancias, de lecturas saltadas, de libros olvidados, de acercamientos y rechazos.

Pero es ahí donde se coló lo inesperado. O lo que yo creo que era inesperado, algo que excedía la precisión y la profundidad de esas respuestas. Las confesiones escamoteadas de un autor sobre cómo se relacionaba con su oficio, aquella escenificación privada de una literatura que parece atrapada por su misma presencia pública. Se trata de detalles, de fragmentos de ideas, de anécdotas, soluciones parciales y privadas a problemas de su propia escritura. Anoto algunas al azar.

a) Vargas Llosa escribe a mano. b) Vargas Llosa dice no volver a leer sus novelas ya publicadas. c) Vargas Llosa dice que el proceso de una novela funciona así: lo pasa mal en un primer momento y luego empieza a divertirse. d) Vargas Llosa recuerda un relato de Isak Dinesen llamado “El mono”. El cuento es inquietante, un clásico perdido. Vargas Llosa lo describe en detalle. Su memoria es prodigiosa. Narra lo que sucede hasta que llega el clímax. No espoilea. Deja el final abierto. La audiencia queda en el aire: hay una muchacha, un mono y una monja. e) Vargas Llosa cuenta la trastienda de Conversación en la Catedral. Dice que avanzaba sin destino, que solo escribía escenas sueltas. Entonces recuerda que le pasó lo que le sucede a Zavalita al comienzo de la novela: debe ir a rescatar a su perro de un canil municipal. Recuerda entrar en la perrera y atravesar pasillos compuestos por jaulas. En cada una de esas jaulas, un perro ladraba. El pasillo estaba hecho de esos ladridos. f) Vargas Llosa recuerda que no había rabia ahí sino un deseo desesperado por llamar la atención. Cada uno de los perros ladraba para que lo vieran, para que alguien lo recogiera y lo sacara de ahí. Vargas Llosa dice que su perro se llamaba Batuco. g) Vargas Llosa dice que conoció a Mayta. Que la realidad supera su novela. Mayta había sido un revolucionario y terminó administrando un quiosco en una cárcel. Una noche conoció a Mayta. Hablaron. Luego no se vieron más. Mayta desapareció. h) Vargas Llosa dice haber reído mientras escribía Pantaleón y las visitadoras. i) Vargas Llosa dice que murieron 100 personas que trabajaron en su equipo de campaña. Lo dice ante la pregunta sobre cómo era compatibilizar la vida política con la escritura. Vargas Llosa dice que leía y escribía casi a escondidas. Vargas Llosa dice que cada mañana se levantaba y preguntaba: ¿a cuántos colaboradores mataron hoy?foto_destacada

Esta lista que acabo de anotar es la marginalia de lo que se dijo. Quizás no tenga importancia en el recuento de su visita. O quizás sí. Son puros detalles que solo pueden tener sentido porque fueron dichos casi al pasar, si bien para mí adquieren valor en la medida en que suponen el oficio de la novela como algo que existe en tensión con su tiempo, pero también con las señales privadas que este decreta. Esas señales apenas son discernibles pero justamente decretan cierta precariedad, cierta sorpresa al modo de consignas secretas o de anécdotas olvidadas. Quizás  esos detalles despejan lo que el ruido mediático entierra, una cocina de la escritura que funciona en la medida en que hace aparecer los bordes imperfectos, la puntuación fantasma que es la respiración perpetua de un novelista.

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