Marzo 29, 2018

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El director de Historias extraordinarias se apronta a estrenar La flor y a triplicar la apuesta: rodada a lo largo de 10 años, múltiples tramas y locaciones, y con cuatro actrices protagonistas, el filme tendrá una duración superior a las nueve horas y habrá de verse proyectada en tres días consecutivos. Su estreno es en el festival BAFICI, que se realiza en Buenos Aires del 11 al 22 de abril.

por alejandro aliaga

¿Cuándo comienza la aventura? Quizás el día en que uno suelta amarras, deja gente y cosas atrás, abandona lugares y costumbres, se despide, pierde a alguien o algo. El día en que toca enfrentar lo inesperado. Cuando no queda más remedio. Cuando cruzas accidental o voluntariamente algunas fronteras.

El día en que, por ejemplo, tienes 10 años, vives en un gran apartamento en Buenos Aires, tu padre es un ex poeta dedicado a la publicidad en una importante corporación norteamericana, asistes a un colegio conservador y semi aristocrático, vas con tu familia a la casa de campo que tienen cerca y, sin embargo, nada puede evitar el derrumbe.

Cuatro películas le han bastado a Mariano Llinás para cuestionar y sacudir el cine argentino reciente, a la crítica, al público y a las instituciones. Hoy, a fin de estrenarla en abril de 2018 en el próximo festival BAFICI, está abocado a la tarea de editar la última parte de La flor, una película rodada a lo largo de 10 años, con cuatro mujeres como protagonistas, múltiples tramas y cuya duración, hasta ahora, sin contar la última de las tres partes, supera las nueve horas.

Pero la aventura comienza antes.

“Cuando yo era chico, no sentía que viniera de una familia de artistas –recuerda Llinás en la terraza de la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid mientras fuma un puro Farias y bebe agua mineral–. Mi viejo, Julio, que había sido poeta, que perteneció al movimiento surrealista, en ese entonces ya no tenía nada que ver con eso, se había retirado de la literatura y era un hombre de negocios. Entonces la imagen que tengo de mi papá es la de un hombre muy excéntrico, que le gustaba vestirse de paisano, pero no un artista, le gustaban los caballos, cocinar, era un hombre rico, éramos de clase media alta. Pero también con muchos problemas. Mi hermano, cuando yo tenía 11 años, murió por cuestiones de drogas. Después hubo otros problemas de adicciones en mi familia. Una familia más parecida a Cassavetes, atravesada por el alcoholismo y la desgracia. Entonces es más esa la cuna que tengo”.

“Esto que van a ver no es una película”, advierte Llinás al público antes de la proyección. “Para los que quizás no sabían, dura casi cuatro horas, por si desean salir de la sala (…) Y, para mayor frustración de todos, ni siquiera termina”.

Su hermana mayor, Verónica, en ese entonces empezó a vivir como actriz en el under porteño de la década del 80, y él, Mariano, a conocer ese ambiente. Son los primeros años de la democracia, aparece el centro Parakultural, los grupos teatrales independientes. Su padre se deshace de la publicidad o la publicidad se deshace de él, y vuelve a la poesía.

“Mi viejo vivía aterrorizado porque mi hermano esto o lo otro. Mi hermana también con problemas de adicción al comienzo. Era la época histórica, heroica de la drogadicción que se ve a principios de los 80. Entonces era una familia de artistas pero que venía de naufragios bravos. Lentamente la vida medio fastuosa que tenía, desaparece. Con la muerte de mi hermano hay un quiebre, luego se separan mis viejos, quilombos por todos lados. Ahí, en ese momento, se arma mi personalidad”.

Con 15 años empieza a ocuparse de aprender algunas cosas, de educarse al margen del colegio de derechas al que asistía. Empieza a leer una tradición que no es la surrealista de su padre sino la de Borges. Su padre, en tanto, alcanza su momento de mayor popularidad como escritor, su hermana empieza a trabajar en la televisión, a hacerse conocida como actriz, y él dice, “bueno, algo tendré que hacer”.

Prueba tocando el saxo.

La supervivencia la conoce Llinás gracias a su familia.

“No me sale. Y ni en pedo me iba a meter en el terreno de mi viejo, con el carácter egocéntrico e invasivo que tenía. Después de salir del colegio, estudié un año antropología, pero no. Opté entonces por el cine, donde nadie me iba a joder. De pronto, estoy en ese momento espeluznante, que es cuando uno termina la carrera y no hiciste nada todavía. Y decís, bueno, voy a escribir una película, y me fue bien, gané un concurso”.

Aquí comienza la aventura.

 

*

 

El contexto es fuera de contexto. Es en Madrid y no en Buenos Aires, y varios años más tarde. La Filmoteca española repasa su filmografía. Pocos minutos antes del estreno de la primera parte de La Flor, Mariano Llinás conversa en la cafetería del cine con un grupo de personas. Entre ellas, vestida de negro y con gafas oscuras, su madre, Marta, de 78 años, quien pisa por primera vez Europa.

En la sala, algo menos de la mitad de las butacas disponibles son ocupadas por los espectadores que han llegado pese al frío.

“Esto que van a ver no es una película”, advierte Llinás al público antes de la proyección. “Para los que quizás no sabían, dura casi cuatro horas, por si desean salir de la sala. Comprenderé que no es que no les guste lo que vieron. Y, para mayor frustración de todos, ni siquiera termina”.

Levanta la vista, mira la platea, la decoración modernista del techo, y exclama: “¡Esta es la sala de cine más linda del planeta!”.

A la hora más o menos de iniciada la proyección, se van algunos espectadores. Cuando encienden las luces, queda apenas una treintena de personas.

 

*

 

Han pasado cerca de 10 años desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico latinoamericano esa –otra, previa y muy celebrada– anomalía de más de cuatro horas que se tituló Historias extraordinarias (2008). Anomalía no tanto por su duración, sino por su ambición: la de hacer una película desvinculada de la industria y con decenas de personajes, con un león, un tanque y en locaciones que van desde la pampa argentina hasta Mozambique, lo que sentó de alguna manera un precedente en el llamado “nuevo cine argentino”, donde tiene cabida la obra de realizadores como Lucrecia Martel, Lisandro Alonso o Laura Citarella.

“Es verdad que el nuevo cine argentino no es nuevo como movimiento, pero sí es nuevo porque espera que cada película que aparezca sea nueva, aspira a que sean algo nuevo, porque luego hay otro cine que no espera eso, sino que las películas se parezcan a otras”.

“Es verdad que el nuevo cine argentino no es nuevo como movimiento, pero sí es nuevo porque espera que cada película que aparezca sea nueva, aspira a que sean algo nuevo, porque luego hay otro cine que no espera eso, sino que las películas se parezcan a otras. Lo que genera esta repetición de películas idénticas a sí mismas es la industria, que está regida por productores que no pueden imaginar lo que no vieron, siempre te van a decir ‘viste esta película’ o ‘se parece a tal otra’”.

Historias extraordinarias recibió varios premios nacionales e internacionales, incluyendo dos premios en BAFICI, un premio Sur y uno en el Festival Internacional de Cine de Miami.

Y se dijo de ella, entre otras cosas:

“Viendo el film de Llinás tenemos una impresión extraña, como si el cine argentino despertara de una larga temporada de sueño y de silencio, y lo escuchásemos hablar, maquinar, contar con palabras, por primera vez” (Alan Pauls).

“Una máquina de ficción insobornable y emocionante” (La Nación).

“Es un trabajo contagiosamente juguetón y emocionantemente inventivo” (The New York Times).

 

*

 

Las películas de Mariano Llinás están repletas de historias. Una al lado de la otra, o abajo o arriba de otras. Se superponen, se acumulan, forman un collage de historias, a veces extraordinarias, a veces excéntricas, a veces extremas. Muchas veces exhilarantes. Porque el humor, el gozo en su cine, es clave.

“En mi familia, lo último que se pierde es el humor, lo primero es la plata”, escribió en Twitter su hermana actriz, Verónica.

 

*

 

Algo inesperado ocurrirá cuando, si todo sale de acuerdo a lo planeado, se estrene completa en el BAFICI La flor (hasta ahora solo se conoce la primera parte, que cuenta la maldición de una momia y la reunión de una pareja de cantantes a lo Pimpinela), que habrá de verse proyectada en tres días consecutivos.

Las películas de Mariano Llinás están repletas de historias. Una al lado de la otra, o abajo o arriba de otras. Se superponen, se acumulan, forman un collage de historias, a veces extraordinarias, a veces excéntricas, a veces extremas.

–Hay que ver, viste, es una película a investigar. No sé bien cómo es, qué es lo que pasa. No sé bien qué pasará cuando vos tenés los tres objetos juntos. La flor salió así, es una película olímpica, con un montón de escenas y tramas. Si hay alguna rebelión sería en no cambiar su naturaleza de acuerdo a los tiempos que corren; eso sería canallesco, hacer una serie de televisión con eso, jamás. Porque, vos fíjate, son 10 años de la vida de las chicas.

Las chicas son las actrices Pilar Gamboa, Laura Paredes, Valeria Correa y Elisa Carricajo. Cuando empezaron a filmar la película, prácticamente no tenían experiencia cinematográfica. Cuando terminaron, todas tenían ya mucha, y una de ellas (Pilar Gamboa) era una actriz más o menos conocida de la televisión.

-¿Una película un poco en sintonía con Boyhood?

-A veces me hablan de Boyhood, pero no sé, yo no siento que se parezca tanto. La vi en un avión y me pareció que podría haber sido hecha con actores diferentes en tres meses. Pienso que salió mal el experimento. Ni siquiera se parece mucho el niño al grande. El único personaje que creo que funcionó es el de Patricia Arquette, uno nota esas capas geológicas en la película. Vos notás que cuando empieza la película ella era una gran estrella, acababa de hacer la película con el guión de Tarantino y era como la hermana canchera de las Arquette, y después, en el medio de la película, viste, te das cuenta que no la llamaron más, no funcionó tanto su carrera, y vos ves que está más gorda, más linda también, con una belleza diferente, actúa desde otro lado. La flor es desde la chicas. El capítulo cuatro, por ejemplo, se hizo seis años después que los anteriores. Ya las chicas, en esa parte, están embarazadas. Una de ellas embarazada de mí (Laura Paredes, su pareja). Entonces el espesor que tenga eso, entendés, no sé cómo va a salir.

 

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Llinás no ve series de televisión, no usa teléfono móvil. Piensa en las series y en Twitter como el enemigo. No tiene interés.

“Cuando yo muestro La flor y a la gente le parece larga, yo descubro que hay un espectador cuya paciencia ha disminuido. La gente que se pasa todo el tiempo mirando su teléfono evidentemente se ha desacostumbrado a ver cine. Hay críticos de cine que incluso admiten que prefieren ver una serie que una película de Jean Renoir”.

“En la casa de mi mamá, el otro día me dio mucho orgullo porque vi en su anaquel de DVDs que había uno de Six Feet Under que tenía el celofán, estaba sin abrir, y me dije ‘mirá que bien mi madre’. Yo noto que las series son un gran peligro para el cine. Cuando yo muestro La flor y a la gente le parece larga, yo descubro que hay un espectador cuya paciencia ha disminuido. La gente que se pasa todo el tiempo mirando su teléfono evidentemente se ha desacostumbrado a ver cine. Hay críticos de cine que incluso admiten que prefieren ver una serie que una película de Jean Renoir, lo cual es escandaloso desde el punto de vista de algunas personas que éramos cinéfilas hace algunos años, y ese escándalo lo asumen, lo aceptan, y al mismo tiempo están ahí, tiqui-tiqui-tiqui”, hace mímica con las manos. “A los que nos gusta el cine, estamos en inferioridad de condiciones, hacemos algo que no está a favor de los tiempos”.

Si los tiempos están a favor de observar el mundo a través de pantallas pequeñas y en cualquier entorno y momento, el cine que defiende Llinás es el que pasa por ser proyectado.

“No es bueno usar metáforas militares, nosotros que venimos de dictaduras lo sabemos, pero, si hay una batalla que las personas que hacemos cine tenemos que dar, es en cuanto a pelear para que exista la proyección. El cine es para verlo en pantalla proyectada; no sé si en el cine, podés tener en tu casa donde proyectar. Y eso para mí es el cine. La cantidad de gente y ánimo que hay en la sala, influye en la película que ya está hecha, eso es impresionante, es una de las cosas misteriosas que tiene el cine: la película ya está, es invariable, pero varía. Un hecho psicológico asombroso, pero que funciona”.

 

*

 

Recuerda Llinás que hace poco viajó en un avión de día, no podía dormir y se dedicó a ver las sucesivas películas que hay disponibles para entretenerse durante las horas de tedio e inmovilidad casi absoluta.

–Hay una cuestión del orden de lo visual. La existencia de películas en pequeños aparatitos, digamos, toman del cine sus mecanismos. Uno agradece la existencia de eso, parecido supongo a algunos programas de televisión. Pero pensemos en alguna película como King Kong, por ejemplo, que me gusta mucho. En un aparato como este a lo mejor te provoca algo, ‘qué lindo este mono’, pero es otra cosa si lo ves ahí –y proyecta con las manos y la mirada una gran pantalla en el cielo de Madrid, que a esta hora oscurece–. Cuando empezó el cine, se convirtió rápidamente en la forma de entretenimiento número uno de las masas, lo cual es muy noble, pero en algún momento comenzó a condicionar al cine, porque si tiene esa misión, de entretener a las masas, esto genera un límite a lo que se puede aspirar. En cambio, cuando esa obligación empieza a repartirse, y ya aparece la televisión, por ejemplo, donde las masas no tienen que salir de sus casas para entretenerse, bueno, ahí se va al cine para obtener una determinada experiencia. Después aparecen las formas caseras de ver películas, como si el cine volviera al libro, y ahí viene el VHS, el DVD, las películas bajadas…

“Mi formación como espectador es en pequeño formato. Pero de la misma manera que la formación de un montón de pintores, por ejemplo de América, viene de ver reproducciones de los grandes maestros”.

–Hay quienes están agradecidos de poder acceder a esas películas que antes hubiese sido muy difícil o imposible ver.

–Por supuesto. Mi formación como espectador es en pequeño formato. Pero de la misma manera que la formación de un montón de pintores, por ejemplo de América, viene de ver reproducciones de los grandes maestros, en algunos casos fotografías en blanco y negro… Es decir, yo no sé cuántos de los pintores que admiramos pudieron hacer el viaje para ver las obras en vivo. Y está bien. Pero, ahora, nadie va a discutir que no es lo mismo.

Hace una pausa, enciende varias veces el puro, expulsa el humo con desplante y reclinado en su silla.

-Desde que terminé la primera parte de La flor, prácticamente todos los críticos, que son quienes deberían velar por el cine, me pidieron un link, ‘pasame un Vimeo’, y entonces, yo no. No, viste. Y no es porque se lo vayan a pasar a otra persona, no me importa, es por el hecho de cómo van a ver una película que mientras la miran escriben la crítica, los llaman por teléfono, atienden, después tuitean… Bueno, pues eso no.

 

*

 

Si en Historias extraordinarias los tres narradores de las mismas eran hombres, ahora La flor gira en torno a mujeres.

-Yo siento que soy anticuado en algunas cosas, todavía me gusta dejar pasar a las mujeres, viste. Lo que me pasa es que a mí me hizo bien el cambio de paradigma. Yo siento que padecía mucho el machismo, tuve comportamientos que me avergüenzan profundamente. A mí me asombra que haya tan pocos hombres que estemos en posición de agradecer a las mujeres la lucha que están haciendo, también para liberarnos a nosotros. Uno aprende, y supongo que las militantes de género también están aprendiendo y se están preguntando cosas. Es algo que está en ebullición, todavía no hay respuestas muy claras, pero yo siento que, a mí, las grandes cuestiones de género me hacen pensar y, sobre todo, me liberan.

-¿Hay una voluntad en tu película de querer transmitir esto?

-Yo creo que fue una cosa intuitiva. A una de las chicas en La flor que es bastante feminista, me refiero a que lee, investiga, el otro día le decía si la película le parecía una película queer. ¡Si alguno de los que me conoce oyera eso, le parecería inimaginable! Creo que la gente piensa más en mí como una especie de gaucho, entendés. Y yo pienso que en un punto sí hay algo del juego con los géneros, la indeterminación, la voluntad de mutación permanente. Es un poco trans. Hay algo del lugar que ocupan las mujeres que, además, surgió de una manera totalmente espontánea. No había que meterse en ningún universo femenino, simplemente había que hacer que las chicas actuaran las cosas que a mí se me ocurrían, entonces ahí es lo queer. El universo femenino, las pelotas. No hay sicología. Ahí yo siento que la película descubrió una especie de clave de su tiempo.

 

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