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El amor, el sexo, el arte, el deporte, las drogas y hasta los perfumes: por más de dos siglos, la gran promesa del mundo moderno ha sido la intensidad. En el ensayo La vie intense (“La vida intensa”), el filósofo francés Tristan Garcia rescata este ideal supremo que reemplazó a la religión, aceleró el ritmo de la existencia y lanzó al ser humano a una búsqueda de emociones fuertes que, no por casualidad, comenzó cuando la ciencia logró domar esa energía todopoderosa llamada electricidad.

por evelyn erlij

¿Qué tienen esas melodías de las salas de espera y los call centers que nos angustian como si estuvieran musicalizando un gran drama existencial? Será, quizás, que son un símbolo de la espera, de la monotonía, del vacío; de esos tiempos muertos en los que no podemos realmente vivir. Porque, en el mundo de hoy, vivir es ir a mil por hora. La ciencia nos promete el progreso; la economía, el crecimiento y la aceleración. La producción: el consumo. Todo se intensifica hasta hacer arder sus propios límites y, de paso, hacernos arder a nosotros. ¿No es eso lo que se llama el síndrome del burnout?

La intensidad sería el concepto que mejor define al ser humano moderno, el rasgo esencial de Occidente en los últimos siglos, apunta el filósofo y novelista Tristan Garcia (Toulouse, 1981) en el ensayo La vie intense. Une obsesion moderne (“La vida intensa. Una obsesión moderna”), de la editorial Autrement, uno de los libros recientes más aclamados en Francia. A sus 35 años, Garcia ha escrito sobre temas tan distintos como la ontología (Forme et objet. Un traité des choses, 2011), las series de televisión (Six Feet Under. Nos vies sans destin, 2012) y la relación entre el ser humano y los animales (Nous, Animaux et Humains, 2011).

En La vie intense, el autor aborda desde una perspectiva histórica y filosófica la idea-motor que ha lanzado al sujeto moderno a una carrera desatada que podría resumirse en el famoso lema olímpico Citius, Altius, Fortius: más rápido, más alto, más fuerte. La intensidad, la búsqueda de sensaciones fuertes, dice Garcia, no solo es la promesa que nos ofrece el mundo moderno, también es un valor superior y un ideal moral que se nos impone: “Las novelas, las películas, las canciones, desde hace cerca de dos siglos, no dicen otra cosa: ‘¡Vive! lo que sea que vivas’, ‘¡ama! lo que sea que ames’, pero sobre todo, ‘¡vive y ama lo más que puedas!’, porque al final nada habrá valido más que esa intensidad vital”.

Un chocolate, un licor, una máscara de pestañas, un perfume, un desodorante: hoy todo lleva de apellido la palabra intense, ya que hasta la experiencia más banal nos tiene que hacer sentir algo. “Los deportes, las drogas, el alcohol, los juegos de azar, la seducción, el amor, el orgasmo, la dicha o el dolor físico, la contemplación o la creación de obras de arte, la investigación científica, la fe exaltada o el compromiso enrabiado; estas excitaciones repentinas nos despiertan de la monotonía, del automatismo y del tartamudeo de lo mismo, de la banalidad existencial”, escribe Garcia, quien sitúa el comienzo de este fenómeno en el siglo XVIII.

Fruto de la secularización y de la pérdida de la fe en la vida después de la muerte, la intensidad surge en estrecha relación con el aquí y el ahora. Esa conciencia propia de la modernidad, explica el ensayista, tiene su correlato científico en la electricidad, esa corriente que encendió la imaginación de hombres y mujeres, y que dibujó una nueva imagen del deseo humano.

“(La electricidad) viene a decirle a los europeos del siglo XVIII que la naturaleza no está hecha solo de espacio y de movimiento, como creían Newton o Descartes, sino que también está atravesada por una fuerza, por un relámpago que es como una suerte de delirio natural —explicó Garcia en la revista Télérama—. La intensidad eléctrica es una promesa mágica de la razón, esa Hada Electricidad que tanto fascinó a poetas y artistas”. En paralelo, se descubre que la misma energía que hace estallar a un rayo es también la que corre por nuestros nervios y nos hace sentir: flujo omnipresente en lo vivo y en lo inerte, la electricidad sube el voltaje de la existencia y crea un “mundo de diferencias, variaciones, descargas de energía y juegos de fuerza”.

Vivir el doble

“Sabemos bien lo que la civilización material le debe a la electricidad, pero nos preguntamos menos lo que la electricidad le hizo al pensamiento y a la moral del hombre”, afirma el autor de La vie intense, antes de lanzarse a describir la nueva “ética eléctrica” que define al hombre moderno y le da un nuevo sentido a su vida. “Pertenecemos a una humanidad que pasó de la contemplación y de la espera de un absoluto (…) a una especie de civilización en que la ética mayoritaria tiende a la fluctuación incesante del ser como principio de vida”, escribe Garcia, quien le reclama a la tradición filosófica no haber identificado de manera tan clara el concepto de intensidad como sí lo hizo con los de libertad, deseo o conciencia (de todos modos, traza una línea que va de Kant a Deleuze, por la que también caminan Hegel, Nietzsche y Whitehead).

Es así que esa idea difusa de lo intenso que intrigó al ser humano desde los tiempos de Aristóteles adquiere al fin una imagen concreta: mientras Galvani, Volta, Franklin, Ampère y Ohm intentan racionalizar los flujos de esta energía insumisa, la intensidad —con la electricidad como emblema— se convierte en el ethos de la humanidad, en la idea que “gobierna y orienta nuestra concepción de lo que podemos y lo que debemos ser”. Libertinos como Sade, románticos como Byron e ídolos del rock como Alice Cooper o Mick Jagger son, según el filósofo, grandes encarnaciones del “hombre intenso”, ese ser que quiere vivir “dos veces más que el hombre común”, y que, sin miedo y sin frenos, experimenta sobre los otros y sobre sí mismo “con el fin de intensificar su sentimiento físico de existir”.

Las vanguardias del siglo XX son un buen reflejo de cómo este ideal radicalizó la experiencia moderna: desde el dadaísmo al expresionismo abstracto, desde el surrealismo hasta Fluxus y la performance, el canon clásico de la belleza fue reemplazado por lo que Garcia llama la “intensidad estética”, un ideal puramente formal en el que no importa lo que la obra sea, siempre y cuando lo sea “con intensidad”. Ahí están las pinturas catárticas de Pollock, las películas interminables de Warhol o las performances brutales de Marina Abramovic: “Ya sea horrible, aterrador, provocador, exigente, excitante, melancólico, deprimente, audaz, impactante, asqueroso, pesadillesco… nada está prohibido a priori”, apunta el filósofo. Lo único que importa, es que la cosa en cuestión sea lo que es de la forma más intensa posible.

De los tiempos en que las religiones trascendentes dominaban el mundo solo quedó la pasión vacía del creyente, un fanatismo del que se adueñaron las grandes ideologías que, como el marxismo, pidieron al ser humano un compromiso total. Un ejemplo: el fervor de algunos alemanes por el nazismo era tan intenso, que cuando Hitler se disparó en la cabeza y Alemania asumió su derrota, en 1945, una ola de infanticidios y suicidios dejó varios miles de muertos. “Alta tensión, peligro de muerte”: si hay una advertencia que hacerle al “hombre moderno”, es que mientras más alto es el voltaje de su vida, más riesgo tiene de morir quemado en su propio fuego.

Frente al marasmo de la razón, la electricidad salva al ser humano de la depresión, afirma Garcia, pero también lo condena a una intensidad que puede acabar en cortocircuito. Basta pensar en Rimbaud, Wilde o Hemingway; en Hendrix, Morrison o Sid Vicious: la modernidad está llena de héroes trágicos que adoramos porque entregaron sus vidas al ideal supremo de “intensidad”. De ahí que Garcia dedique un capítulo al rock y a la irrupción de la guitarra eléctrica, ese aparato que conecta “la electricidad de las herramientas técnicas a la electricidad del cuerpo”. Enchufada o no, la música popular siempre ha predicado una “moral eléctrica”: “I’ll sleep when I am dead”, cantaba en 1976 Warren Zevon; “Live fast, love hard, die young”, pregonaba el músico country Faron Young en los años 50.

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La promesa se agota

Tristan Garcia describe un mundo atravesado por energías variables en que las modas, los modelos de auto o las actualizaciones de softwares se relevan sin pausa como en una maratón. El capitalismo y la sociedad de consumo, dice, no nos prometen “otra cosa”, sino “más de lo mismo”: películas más violentas, teléfonos más pequeños, deportes más extremos, sexo más hardcore. “La poesía, la canción, las voces de revuelta, los discursos críticos que han buscado promover otras formas de vida siempre han reprochado a la civilización capitalista, esta civilización del cálculo universal, su incapacidad de suscitar una experiencia de sí suficientemente intensa”, escribe en el libro.

Porque no hay nada más aterrador que el déjà vu, lo habitual, el tedio y lo rutinario: de ahí nace la obsesión actual de los medios por las “tendencias”, pero ahí está el origen, también, de “la aparición de comportamientos violentos y desviados, ya sea el (síndrome) Amok —causa de matanzas como las que se ven a diario en Estados Unidos— o el terrorismo, nacidas de un misterioso defecto del alma de la sociedad consumista, incapaz de procurar a su juventud una intensidad de vida suficientemente estimulante”, explica el filósofo, quien advierte que hasta el deseo por volver a la calma a través del yoga u otras disciplinas se vive de manera intensa y hasta fanática.

No es extraño, entonces, que la depresión —entendida como una falta de energía vital— sea una enfermedad tan extendida en nuestra época.

Con todo, de la misma forma en que identifica la intensidad como uno de los signos de la modernidad, también anuncia su declive. “Quizás esta condición que dirige todas nuestras ideas ya está caduca. El simple hecho de que podamos representarla desde el exterior, ¿no es acaso el signo de que estamos mitad afuera?”, se pregunta. Y advierte: “Como todas las promesas, el ideal de intensidad se desgasta. La libertad sexual y el deporte llegan a sus límites. Incluso la transgresión se fatiga”.

Cuando los libertinos del siglo XVIII creían haberlo experimentado todo, explica Garcia, solían matarse o convertirse a la religión. Hoy, en un mundo en que las cárceles están llenas de victimarios entregados a la palabra de Dios y de yihadistas radicales, no estamos tan lejos de eso: “Ya que resulta imposible sostener de manera perpetua las intensidades sin debilitarlas al mismo tiempo, la promesa de intensidad no basta para satisfacer las necesidades éticas de nuestra humanidad”, escribe. ¿Estamos dando un paso atrás? ¿Están volviendo las religiones y los antiguos valores? Garcia deja esas preguntas abiertas, pero predice una disminución radical de la intensidad: sería el fin de la “vida eléctrica” y el comienzo de una “vida electrónica”.

“En la era electrónica”, explica el autor, “la información transita por la corriente eléctrica, pero la electricidad no excita más la imaginación, pues solo es una especie de servicio para el transporte de la información”. La electrónica —cuyo emblema es la figura del robot— no solo utiliza flujos cada vez más débiles de electricidad, sino también “desintensifica” la vida. Ahí están las experiencias de realidad virtual, la obsesión por las redes sociales, los juguetes sexuales y el auge de la música electrónica. “La intensidad ya no será el fin, sino solo el medio”, predice Garcia. Pero ese futuro aún está lejos. Atrapado entre la excitante era eléctrica y la opaca era electrónica, el ser humano de hoy podría resumirse en una canción de Daft Punk, ese dúo de voz y aspecto robóticos que, sobre una melodía monótona, suplica una y otra vez: “Harder, Better, Faster, Stronger”.

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