Mercado y bienes morales

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Noviembre 2, 2017

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Las relaciones entre mercado y libertad, entre consumo y democracia, entre progreso y malestar, son algunos de los ejes del nuevo libro de Carlos Peña,  Lo que el dinero sí puede comprar, que esta semana llega a librerías. Aquí ofrecemos un extracto donde el autor discute las ideas del filósofo Michael Sandel en relación con la capacidad distributiva del mercado y la justicia que mediante él se puede alcanzar, así como del carácter voluntario de ciertas transacciones cuando existe una desigualdad severa.

por carlos peña

Michael Sandel, actualmente uno de los autores más populares en la academia, analiza críticamente al mercado (y al lucro) en un libro entretenido y muy bien escrito que lleva por título Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado.  A diferencia de los análisis de Polanyi que poseen una índole sociológica e histórica, las críticas de Sandel son más bien de carácter moral.

Sandel tiene una habilidad notable para ilustrar los grandes dilemas de los que se ocupa la filosofía moral, con ejemplos cotidianos de esos que aparecen en las noticias. Quizá esto se deba al hecho de que muy joven —tenía apenas 21 años— debió hacer una pasantía en la oficina de Washington del Houston Chronicle y debido a la escasez de recursos del medio terminó cubriendo las deliberaciones de la Suprema Corte acerca del caso Watergate y el posterior impeachment. La experiencia pudo sensibilizarlo acerca de los dilemas que se ocultan en hechos que al común de los mortales solo los entretienen pero no los interpelan. Y es probable que su experiencia en la prensa lo haya sensibilizado también hacia las audiencias y le haya enseñado la necesidad de comunicarse con ellas. Se le puede ver hoy en YouTube, enseñando a adolescentes con ejemplos y casos sorprendentes que ilustran cuestiones tan abstractas como el concepto de justicia del idealismo alemán.

Este autor piensa que hay ciertas cosas que cuando se intercambian con la mediación del dinero, se deshacen moralmente, se corrompen o pierden valor. Y la razón de ello sería que el mercado y el dinero son mecanismos en los que se desenvuelve un individualismo autorreferido, donde se persiguen bienes puramente idiosincrásicos que dañan nuestro sentido de comunidad y bien común. Hay cosas, arguye Sandel, que el mercado no puede comprar. Habría, según explica, reglas no mercantiles en la vida (por ejemplo, la que asigna una igual dignidad a todos los seres humanos) y otras mercantiles (como las que regulan el intercambio de alimentos) y los bienes que están cubiertos por las primeras no podrían regirse por las segundas. Cuando lo hacen se produce, explica, un conjunto de efectos indeseables: se incrementa la desigualdad, puesto que el acceso a esos bienes fundamentales pasa a depender de la riqueza de cada uno; el consentimiento contractual se deteriora; y, lo peor, el dinero envilece algunos bienes.

Las objeciones de Sandel, cuando se las mira de cerca, son de tres clases perfectamente diferenciables. Y no todas ellas se sostienen cuando se las examina.

La primera es relativa a la capacidad distributiva del mercado y la justicia que mediante él se puede alcanzar. La opinión de Sandel es que cuando todo depende del dinero, se crean desigualdades intolerables en el acceso a ciertos bienes fundamentales. La segunda es que hay bienes cuya adquisición es tan urgente que cuando, para salvarlos, se consiente en un contrato, el consentimiento es solo aparente. La tercera es que hay cierto tipo de bienes que cuando se cambian por dinero se deshacen o corrompen.

Si bien —atendiendo a la importancia que el propio Sandel le confiere en su libro— lo que sigue se ocupa en especial de la tercera objeción y de lo que ella deja en la sombra, puede ser útil referirse someramente a las otras dos.

Es verdad, desde luego, que si se deja entregada la distribución de todos los bienes al mercado, habrá quienes no puedan acceder a ellos. Esto es cierto al menos desde el punto de vista conceptual. Y las razones son obvias, pero no son morales.

Como no es independiente de la historia de quienes concurren al intercambio (por ejemplo del origen socioeconómico o la etnia) ni tampoco del azar natural que distribuye desgracias y capacidades (como las discapacidades con que algunas personas nacen), el mercado no logra distribuir los bienes de que se ocupa en proporción al esfuerzo o al mérito personal. Los herederos tendrán ventajas con prescindencia de su esfuerzo y los no herederos verán bloqueado su mérito por ventajas heredadas. Los favorecidos por el azar natural obtendrán más sin merecerlo y los maltratados por la naturaleza, por ejemplo, los discapacitados, tendrán menos. Incluso allí donde el mercado logra poner la mayor cantidad de bienes al alcance de la mayor cantidad de personas —como ocurre en los procesos de modernización—, él no lograría distinguir por sí solo entre desigualdades merecidas y otras inmerecidas.

Así, entonces, incluso cuando se muestra más eficiente que otros arreglos alternativos, el mercado tiene defectos de distribución. Como la vida no es una ruleta en la que todos los números tienen la misma posibilidad de ser señalados por la bolita y en vez de eso la vida es histórica, de manera que cada uno arrastra ventajas y desventajas que no eligió, el mercado no lograría distribuir los recursos en proporción al mérito.

Pero, como es obvio, esta crítica no se dirige, al menos en primera línea, al tipo de bienes que se intercambian, ni a la eficiencia del mercado medida por la cantidad de riqueza agregada, sino a su distribución.

La segunda objeción es un poco más complicada y Sandel la menciona más o menos al pasar en un texto posterior a su famoso libro. Vale la pena citarlo:

“[…] algunas transacciones de mercado son objetables por razones morales. Una de esas razones es que una desigualdad severa puede socavar el carácter voluntario de un intercambio. Si un campesino desesperadamente pobre vende un riñón, o un niño, la opción de vender pudo ser coaccionada, en efecto, por las necesidades de su situación. Por lo tanto, un argumento familiar en favor de los mercados —que las partes acuerdan libremente los términos del acuerdo— puede ser cuestionado por condiciones de negociación desiguales. Para saber si una elección de mercado es una opción libre, debemos preguntarnos qué desigualdades en las condiciones de fondo de la sociedad socavan el consentimiento significativo”.

Si bien Sandel habla en ese texto de coacción, el ejemplo parece referirse más bien al estado de necesidad. El estado de necesidad anularía el carácter voluntario del intercambio.

En la opinión de Sandel, el mercado descansa sobre intercambios voluntarios; pero, observa, como el mercado es ciego a las desigualdades más severas, ellas acaban destruyendo la misma voluntariedad sobre la que el mercado reposa. Esta crítica, a primera vista persuasiva, es sin embargo errónea. Un intercambio en estado de necesidad (cuando usted contrata para salvar un bien que juzga más importante que el precio que sacrifica) es injusto, pero es voluntario.

Los juristas, en efecto, desde antiguo distinguen entre la fuerza moral o amenaza y el estado de necesidad en que el sujeto debe escoger un bien para salvar otro que juzga indispensable. La opinión en general de la tradición es que en el estado de necesidad, al revés de lo que afirma Sandel, hay consentimiento. Es el caso por ejemplo de Puffendorf que cita Pothier:

“Puffendorf exceptúa un caso por el cual la obligación bien que contratada por la impresión del temor que me causa la violencia que se ejerce sobre mí, no deja por esto de ser válida; es el caso en que yo haya prometido a alguien alguna cosa con tal que venga a mi socorro y me liberte de la violencia que un tercero está ejerciendo sobre mí. Por ejemplo, si al ser atacado por una partida de ladrones, apercibo a Fulano a quien prometo una suma si viene a sacarme de sus manos. Esta obligación, aunque contratada por la impresión del miedo o temor de la muerte, será válida […]. Sin embargo, si hubiese prometido una suma excesiva, podría hacer reducir mi obligación a la suma a la cual se apreciaría la justa recompensa del servicio que se me ha prestado”.

Aristóteles también estaría de acuerdo con Puffendorf en que en este caso hay consentimiento. Para Aristóteles, según explica en la Ética nicomaquea, cuando el capitán arroja la carga para salvar el barco ejecuta un acto mixto, en parte querido y en parte no, pero se trata de una acción “que se parece más a las voluntarias, ya que cuando se realizan son objeto de elección, y el fin de la acción depende del momento. Así, cuando un hombre actúa, ha de mencionarse tanto lo voluntario como lo involuntario; pero en tales acciones obra voluntariamente, porque el principio del movimiento imprimido a los miembros instrumentales está en el mismo que las ejecuta, y si el principio de ellas está en él, también radica en él el hacerlas o no”.

En suma, para Puffendorf, Pothier y Aristóteles —pero no para Sandel— quien consiente a la luz de circunstancias gravosas o especialmente urgentes, consiente. No se aplica en tal caso la fuerza o coacción como causal que anula el consentimiento porque ella requiere que provenga de alguien en particular y no del simple entorno. Una persona pobre que celebra un contrato quiere celebrarlo; decir que las circunstancias lo obligan es una forma figurada de describir el fenómeno que no ayuda a su comprensión intelectual. Si alguien sostiene que las injusticias del entorno por sí solas anulan su libertad (al modo en que lo hace la vis coactiva) sería como la paloma que se queja de que la resistencia del aire le impide volar. Un economista estaría de acuerdo en todo esto y sugeriría que todas nuestras elecciones tienen un costo de oportunidad, elegimos algo para evitar otra cosa que nos parece peor. Si no hubiera costo de oportunidad, o no sería necesario elegir o estaríamos condenados sin elección ninguna. Formaría pues parte de la misma índole del consentimiento elegir o consentir en un entorno de restricciones. Y la crítica al entorno de restricciones no se relaciona con el consentimiento sino con la justicia. Y no se observa qué ventaja se sigue de llamar falta de voluntad a la injusticia. Una cosa es no querer hacer algo, otra cosa es ser víctima de la injusticia.

Por tanto, de las tres críticas de Sandel al dinero y al mercado, subsisten dos: cuando todas las cosas se intermedian con dinero se alcanzan desigualdades intolerables y habría cosas que el dinero no puede comprar.

 

Lo que el dinero sí puede comprar, Carlos Peña, Taurus, 2017, 284 páginas, $14.000.

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