By

La infancia, el sueño, la fantasía, las pulsiones del inconsciente: estos son los territorios por los que circula la obra del poeta, novelista y diarista rumano, una de las últimas revelaciones de la literatura proveniente del este de Europa. Aquí habla de su oficio, sus modelos literarios y la estrecha relación que siente con la literatura latinoamericana. “Las similitudes son asombrosas”, asegura Cărtărescu. “La misma sangre y lenguaje latinos, la misma diferencia entre ricos y pobres, la misma corrupción, los mismos delincuentes en el poder”.

por rodrigo hasbún

A sus 60 años, Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) conserva un aire juvenil intrigante. No se debe únicamente a su aspecto físico, en el que confluyen la mirada afilada y la sonrisa irónica, el cabello largo y una delgadez casi adolescente, sino también a su asombro constante ante eso que llama “el inmenso poema en el que vivimos”, y sobre todo a una pasión sin límites por la literatura. La suya –inclasificable, visionaria, contundente– ha sido reconocida con algunos de los premios más prestigiosos de Europa, y en nuestro idioma puede leerse gracias al esfuerzo sostenido de Impedimenta, que en la última década ha publicado Las bellas extranjeras, El ojo castaño de nuestro amor, El ruletista, El Levante, Nostalgia y Lulu.

Podría decirse de su obra que es una extraña carta de amor a Bucarest, a sus mitologías y leyendas, a las historias de la gente y la ciudad. Cărtărescu las reinventa de manera incesante mientras se reinventa a sí mismo, en libros que a menudo apuntan a desentrañar las innumerables capas de eso que llamamos lo real. Siguiendo la lógica del Aleph, todo puede estar en todas partes (en el lápiz labial del amigo travesti, en un viejo amor de adolescencia, en ese artefacto de barrio llamado REM), y dentro de cada momento siempre hay la posibilidad de mil otros. En esa amalgama terminan fusionándose lo visible y lo invisible, lo autobiográfico y lo fantástico, el sueño y la pesadilla.

Tuve la fortuna de conocerlo en el festival Winternachten de La Haya, donde mantuvimos largas conversaciones durante tres días. Entre otras cosas, hablamos de los delirios de grandeza arquitectónica de Ceaușescu y de la paulatina transformación de Bucarest, de la casa en el bosque en la que vive con su familia hace nueve años, de sus lecturas y su peculiar método de escritura, y de Leonard Cohen y Bob Dylan, a quienes tradujo. Poco después, amablemente, aceptó contestar por correo electrónico este cuestionario.

Me contaste que solo escribes una o dos páginas al día, siempre a mano, y que nunca corriges, lo que significa que las primeras versiones son también las finales. ¿Qué te ofrece esta forma de escritura? ¿Siempre trabajaste así, o es un método que fuiste desarrollando?

Cuando tuvimos esas conversaciones tan gratas en La Haya, te dije que me avergüenza hablar de mi método de escritura, porque sé que nadie podría creerme. Yo mismo encuentro difícil de creer que a lo largo de 14 años pudiera escribir a mano una novela de 1.500 páginas, y que el manuscrito, reunido en cuatro grandes cuadernos, sea tan impecable como si me hubiera limitado a copiarlo. O, para decirlo mejor, como si el texto siempre hubiera estado ahí, pero cubierto por una capa de pintura blanca que yo borré para evidenciar lo que había debajo. Felizmente tengo los cuadernos como prueba. Sí, solo escribo una o dos páginas al día, siempre por la mañana, y no añado ni quito nada después. Pero lo verdaderamente importante es que nunca trabajo con un plan previo o una historia: las páginas me son reveladas cuando empiezo a escribirlas, y cada una de ellas puede transformarlo todo en mis libros. Es la única manera que tengo de escribir, dado que la escritura no es para mí un trabajo ni un arte, sino un acto de fe, una suerte de religión personal. Para seguir escribiendo no necesito saber a dónde me dirijo, pero sí que puedo llegar, que soy el único que puede. Así es como escribí mis libros más importantes, Orbitor, El Levante, Nostalgia y Solenoid. Así es como escribí durante 45 años mi diario.

Borges es fundamental, más allá de que lo ames o lo odies. Cortázar es el vínculo entre la tradición europea de lo fantástico (el romanticismo alemán, el surrealismo) y el realismo mágico sudamericano. Carlos Fuentes me dejó sin aliento con su obra maestra absoluta Terra Nostra. Y Sabato… bueno, es mi héroe. Quizás sea una afirmación demasiado contundente, pero pienso que Sabato fue el Dante Alighieri de nuestra época, un hombre de un pensamiento y una imaginación insondables.

Aunque en un sentido estricto ya no escribas poesía, mencionaste en más de un momento que sobre todo te piensas como poeta. ¿A qué te refieres? ¿Y qué es para ti la poesía?

Para mí la poesía no está ligada a las palabras, sino a un modo especial de pensar y ver las cosas, a una mirada oblicua y casi infantil, al mismo tiempo inesperada y natural. Una mariquita, un puente o una ecuación a veces nos sorprenden con su gracia: eso es poesía. Una frase de Platón o un principio de biología (“la ontogenia recapitula la filogenia”), una sonrisa o un koan zen, son poesía. La poesía hecha de palabras no es diferente: es también parte del inmenso poema en el que vivimos. Yo empecé escribiendo poesía y escribí muchísimos poemas en mi juventud. Incluso hoy en día soy considerado sobre todo poeta en mi país. Pero hubo un momento, cuando tenía más o menos 30, en el que decidí que no escribiría un solo verso más en mi vida. Han pasado otros 30 años y he mantenido mi palabra. Desde entonces he escrito cuentos que en realidad son poemas, novelas que son poemas, ensayos que son poemas. Incluso mis artículos tienen algo inasible que llamo poesía. Para mí no hay diferencia. Escriba prosa o poesía, o no escriba nada, soy un poeta. Siempre lo he sido.

Un fuerte impulso autobiográfico parece motivar tu escritura. Por supuesto, los materiales originales son transmutados en literatura, y el presente y el pasado, los sueños y la realidad, los mundos interiores y el mundo en sí mismo, terminan confluyendo en una fusión poderosa. Sin embargo, debajo de esa conversión, el impulso autobiográfico inicial permanece firme. ¿Piensas a la literatura como un camino de autoexploración? ¿Cómo una vía proustiana de recuperar el tiempo perdido y mantener vivos a los muertos?

Siempre he escrito sobre mí mismo, “para entender mi situación”, como decía Kafka, o “para aliviar mi condición”, como decía Salinger. A los 14 años se me cruzó por la mente por primera vez la noción del solipsismo: no tenía pruebas (y no las hay) de que nadie más existiera excepto yo. Todos los demás podían ser personajes en un sueño. No soy egoísta en lo absoluto, pero sí soy egocéntrico, incluso ególatra como John Lennon decía de sí mismo. Solo dispongo de una mina de la que extraer diamantes y barro: yo mismo. A veces paso días enteros cartografiando mis paisajes interiores cársticos, haciendo inventarios detallados de viejos recuerdos, sensaciones, alucinaciones, sueños, complejos, traumas. Siempre he querido hacerlo, para incluso recuperar mi memoria de cuando tenía uno o dos años, de cuando estaba en el vientre de mi madre, quizá de vidas pasadas. Es autobiografía, pero una autobiografía de ficción, dado que no siento realmente que haya vivido mi vida, sino que la he construido, la he transformado en toda clase de anamorfosis, la he inventado y reinventado. La he vuelto una vida impersonal capaz de contenerlo todo.

Lo que mencionaba en la pregunta anterior me hace pensar en Bolaño, con el que compartes cierto romanticismo y una pasión contagiosa por la literatura. Tu forma de trabajo me recuerda a su vez a César Aira, cuyo método de escritura es similar al tuyo. ¿Son escritores que te llaman la atención? Y, en términos más generales, ¿sigues sintiéndote tan cerca de la literatura latinoamericana como en el pasado?

Para mi vergüenza, no he leído a César Aira, y de Bolaño solo he leído Los detectives salvajes, que me dejó sentimientos encontrados. Pero Borges es fundamental, más allá de que lo ames o lo odies. Cortázar es el vínculo entre la tradición europea de lo fantástico (el romanticismo alemán, el surrealismo) y el realismo mágico sudamericano. Carlos Fuentes me dejó sin aliento con su obra maestra absoluta Terra Nostra. Y Sabato… bueno, es mi héroe. Quizás sea una afirmación demasiado contundente, pero pienso que Sabato fue el Dante Alighieri de nuestra época, un hombre de un pensamiento y una imaginación insondables. Además, realmente amo a García Márquez, por supuesto, a Bioy Casares, a Silvina Ocampo, a Manuel Scorza… ¿Sabes? A Rumania a veces lo llaman “un país latinoamericano perdido en Europa”. Las similitudes son asombrosas: la misma sangre y lenguaje latinos, la misma diferencia entre ricos y pobres, la misma corrupción, los mismos delincuentes en el poder. No es de extrañar que nuestra literatura también esté atravesada por una línea fantástica, exuberante y profunda.

Mi mayor problema cuando publico en el extranjero es sencillamente lograr que la gente lea mis libros. ¿Por qué tendrían que hacerlo? ¿Quién compra libros de un escritor de un país del que apenas han oído y del que no saben nada? ¿Quién puede interesarse en una cultura si no conocen a un solo escritor que provenga de ella? Mi país no solo es poco visible, sino que además a menudo es menospreciado por su pobreza y sus bajos índices educativos.

A pesar de tu amor por la literatura latinoamericana, nunca has visitado Latinoamérica. ¿Hay algún motivo por el que esto no haya sucedido, o simplemente es una cuestión de azar?

En los últimos años me han invitado a Argentina, Venezuela, Colombia y México, pero nunca me he animado a emprender un viaje tan largo. Es un asunto psicológico, en una forma arcaica, medieval: para nosotros, los europeos, el otro hemisferio es una suerte de tabú. En La divina comedia, Ulises confiesa que en su último viaje ha ido al sur, ha visto otras constelaciones y se ha acercado a la montaña del Purgatorio, pero murió ahí cuando Dios creó una tormenta que se tragó a su barco. Era un castigo por su audacia. También tengo problemas viajando por avión. La última vez que volé a Estados Unidos, uno de mis tímpanos se perforó cuando el avión descendía en el aeropuerto de Minneapolis. Pero sé que venceré mis inhibiciones y visitaré los maravillosos países de tu continente, quizá el próximo año cuando mi novela Solenoide se publique en español.

Desafortunadamente, tu diario no se ha traducido todavía al español, aunque es un género que ha cobrado mayor visibilidad en los países hispanohablantes. Por ejemplo en Chile, donde se publica esta revista, en los últimos años recibieron gran atención crítica los diarios de Gonzalo Millán y José Donoso. ¿Qué representa para ti este tipo de escritura?

Mi diario está hecho de los mismos materiales que mi literatura. Mi literatura en el fondo es una especie de diario. Kafka solía escribir ambos en los mismos cuadernos, haciendo poca o ninguna distinción entre ellos. A mí me sucede casi lo mismo. No puedo decirte cuán importante es para mí escribir esas notas día a día, dibujar en mis cuadernos los tropismos de mi mente y mi cuerpo, cada pensamiento, cada sensación, cada síntoma, cada visión, cada uno de mis sueños. Es la piel de mi escritura, que recubre de manera topológica todas las protuberancias e intrusiones de mi cuerpo/mente/alma. Si en tres o cuatro días no escribo nada en mi diario, sufro ataques de pánico muy reales y dolorosos. En rumano he publicado tres grandes volúmenes de mi diario. Cada uno de ellos cubre un período de siete años, así que 21 años de mi vida han sido debidamente cartografiados. El próximo año publicaré otros dos volúmenes de siete años cada uno. Por ahora, solo un volumen ha sido traducido al sueco. En Rumania mi diario siempre ha sido controversial, y ha creado algún escándalo, debido a mi manera no conformista de lidiar con la vida y con la literatura. Sin embargo, creo en él y voy a seguir publicándolo. Muestra mi verdadero rostro, así como lo hacen mis poemas y novelas, a diferencia de la máscara de pétalos que suelo usar.

Me contaste que el diario de Kafka es tu favorito. ¿Qué es lo que más te interesa de él? ¿Hay algunos otros diarios que admires especialmente?

Para mí, como dicen los chicos en Facebook, Kafka es lo más. Fue el escritor más grande justamente porque no era un escritor en absoluto. Era más un sacerdote que le rendía culto a los demonios de la literatura, así como también lo era Sabato y la mayoría de la gente a la que admiro. Su diario, quizás más que sus cuentos y novelas, evidencian una mente especulativa formidable, y una firmeza para explorar los mismísimos límites del lenguaje, que son también, como decía Wittgenstein, su homólogo en el ámbito de la filosofía, los límites del mundo. Insisto que no era un escritor, sino más bien un oráculo. Borges lo intuyó cuando, en uno de sus cuentos, le puso Qaphqa a un oráculo.

En “… escu”, uno de los ensayos incluido en El ojo castaño de nuestro amor (en el que se oyen algunas resonancias de “El escritor argentino y la tradición”, el extraordinario texto en el que Borges cuestiona un acercamiento nacionalista a la literatura), señalas que “no es fácil ser un escritor rumano”. Han pasado 20 años desde que lo escribiste. ¿La situación ha cambiado desde entonces con relación a lo que se espera de la literatura rumana y de tu propia literatura, y de cómo son leídas tanto en tu país como fuera de él?

Rodrigo, eres un escritor afortunado, escribes en un idioma importante internacionalmente. Eres heredero de una cultura enorme que tiene a Cervantes como emblema. Por mi parte, vengo del medio de la nada. Mi mayor problema cuando publico en el extranjero es sencillamente lograr que la gente lea mis libros. ¿Por qué tendrían que hacerlo? ¿Quién compra libros de un escritor de un país del que apenas han oído y del que no saben nada? ¿Quién puede interesarse en una cultura si no conocen a un solo escritor que provenga de ella? Mi país no solo es poco visible, sino que además a menudo es menospreciado por su pobreza y sus bajos índices educativos. ¿Cómo se ve un escritor rumano? Nadie lo sabe y a nadie le importa. Mi situación ha cambiado muy poco en estos últimos 20 años. Todavía me considero un escritor desconocido y escasamente publicado en el extranjero. Pero por supuesto convivo muy bien con ese hecho. Mi único anhelo es ser capaz de volver a escribir una página que me guste. Nada más, nada menos.

 

El ojo castaño de nuestro amor, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2016, 208 páginas, $28.200.

 

El levante, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2015, 240 páginas, $29.200.

 

Las bellas extranjeras, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2013, 256 páginas, $28.200.

 

Nostalgia, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2012, 384 páginas, $23.200.

 

Lulu, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2011, 160 páginas, $25.600.

 

El ruletista, Mircea Cărtărescu, Impedimenta, 2010, 64 páginas, $17.700.

About the Author

 

Leave a Reply