Marzo 24, 2017

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La revista estadounidense pierde a quien fuera su editor durante 53 años. Fundada a principios de los 60, en plena crisis de la crítica literaria y en medio de las demandas por los derechos civiles, la publicación buscó bajo su dirección influir en el debate público desde la crítica de libros.

por matías hinojosa

El lunes 20 de marzo falleció a los 87 años Robert B. Silvers, fundador y editor de The New York Review of Books durante 53 años. Conocida por sus ensayos político-culturales y su larga lista de colaboradores notables, la emblemática revista fue modelada por Silvers como un espacio abierto al debate y la confrontación de ideas. Aquella libertad editorial, así como su olfato para solicitar encargos, advirtiendo la atingencia de un tema y al escritor apropiado para tratarlo, fueron sus improntas más destacadas.

“Hubo muchas cosas que hicieron a Bob un editor brillante”, escribió el periodista Rea Hederman al confirmarse su muerte. “Pero admiré particularmente su capacidad para saber qué tema podría interesar en concreto a determinado colaborador. Por ejemplo, él sabía que Stephen Jay Gould, el difunto paleontólogo e historiador de la ciencia, amaba el béisbol y encargó a Gould que escribiera media docena de artículos sobre ese tema, además de sus textos sobre evolución y otros asuntos científicos”.

Nacido en Nueva York el 31 de diciembre de 1929, Silvers mostró desde temprano su capacidad intelectual, terminando el colegio con apenas 15 años y obteniendo a los 17 su primera licenciatura en la Universidad de Chicago. Estudió leyes en Yale, pero abandonó la carrera al tercer semestre. En 1950, luego de alistarse en el ejército, fue asignado a la biblioteca de inteligencia de la OTAN en París y estudió en La Sorbona y en el Instituto de Estudios Políticos.

Durante su estadía en la capital francesa fue presentado a George Plimpton, quien le ofreció un puesto como redactor jefe en la recién creada Paris Review. “Era bastante tímido, pero formidable, una voz fuerte entre toda esa tormenta. Él hizo a Paris Review lo que era”, afirmó Plimpton en una entrevista concedida al periodista Philip Nobile.

Robert Silvers también pasó por la redacción de la revista Harper’s, trayendo consigo el talento de nuevos escritores, como Elizabeth Hardwick, Mary McCarthy, Kingsley Amis y Alfred Kazin. Allí, de hecho, nace el germen de The New York Review of Books, cuando en 1959 se publica un número sobre el estado de la escritura en Estados Unidos, donde Elizabeth Hardwick colabora con un extenso ensayo titulado “La decadencia de las reseñas literarias”, en el que aborda la superficialidad de la crítica norteamericana de ese momento y apunta sus dardos especialmente al suplemento literario del New York Times.

El editor de Random House de entonces, Jason Epstein, y su esposa Barbara, le propusieron a Elizabeth Hardwick y a su esposo, el poeta Robert Lowell, comenzar una nueva revista que viniera a suplir ese vacío que había en el periodismo cultural. Aprovechando una huelga de vendedores de periódicos que duró más de un mes, y que ocasionó un evidente descalabro en la prensa escrita, Jason Epstein llamó a Silvers para que editara el primer número de The New York Review of Books en febrero de 1963, donde colaboran Norman Mailer, Gore Vidal, Susan Sontag y William Styron.

Bajo su dirección y la de Barbara Epstein, la revista se convirtió en el centro del debate político durante los 60, incluyendo en sus páginas reflexiones incisivas sobre la lucha por los derechos civiles, el feminismo y la guerra de Vietnam. “La crítica de libros puede ser una manera de traer perspectivas críticas sobre las cuestiones políticas más importantes”, dijo Silvers a los graduados de periodismo de la Universidad de California en 1999.

Pese a que con las décadas esta perspectiva fue entibiándose para adquirir un tono más moderado, The New York Review of Books retomó el vuelo crítico bajo el gobierno de George W. Bush y desde entonces ha continuado involucrándose en la discusión de los asuntos públicos. El documental 50 años de rebeldía, dirigido por Martin Scorsese, da buena cuenta de la confluencia de ideas y poder que distinguió a la revista, al detenerse en el trabajo de Timothy Garton Ash sobre Vaclav Havel, el de Sontag sobre la visita de Leni Riefenstahl a Estados Unidos o el de la egipcia Yasmine El Rashidi, quien vivió desde dentro el ascenso de los Hermanos Musulmanes y la posterior toma del poder por parte de los militares en Egipto.

Silvers, quien en el último tiempo sumó a escritores como J.M. Coetzee, Vivian Gornick y Zadie Smith a la plantilla de colaboradores, podía dormir en la revista y no reparaba en horarios, feriados o vacaciones a la hora de llamar al autor de un texto para resolver una duda. De manera inevitable, la gran pregunta hoy es quién podrá suceder a un editor de su envergadura.

 

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