Mujeres en la niebla

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Los relatos que componen Tres desconocidas fluyen sin quiebres, herederos de la gran tradición realista francesa. Modiano apuesta a crear voces femeninas desorientadas, inquietas, rebeldes y, sobre todo, sólidas en su impostación. Como otros libros suyos, este se puede leer como una lucha contra el olvido, un intento por  fijar canciones, nombres de calles, huellas fugitivas e historias de amor y dolor en una Francia fracturada por la guerra.

por lorena amaro

Los cuentos que integran Des inconnues, publicado en 1999 en Francia y traducido en España como Tres desconocidas, abordan temas habituales en la narrativa de Patrick Modiano, ganador del Premio Nobel de Literatura 2014. Hay que leerlos teniendo en consideración que, desde que recibió este galardón, son numerosas las traducciones aparecidas en español que dan cuenta, con cierto encorsetamiento del lenguaje, de una vasta y diversa producción: desde obras esenciales, como La trilogía de la ocupación o Dora Bruder, a textos más laterales. Es el caso de este libro, en que tres relatos apenas señalados como “I”, “II” y “III”, muestran el vagabundeo hipnótico de mujeres aún adolescentes, enfrascadas en sus propias subjetividades anómalas, dispersas, poco funcionales.

Como telón de fondo aparece un decorado conocido para quienes sigan a Modiano: la generación de los hijos de la Segunda Guerra Mundial, a la que pertenece el propio autor, nacido en 1945; las calles de París; los años 60; el conflicto argelino como en sordina. Los relatos fluyen sin quiebres, herederos de la gran tradición realista francesa. Modiano apuesta a crear voces en primera persona desorientadas, inquietas, rebeldes y sobre todo sólidas en su impostación.

En la primera historia, una joven huye de Lyon a París tras haber sido rechazada para un trabajo como modelo en su ciudad. En ese periplo conoce a Guy Vincent/Alberto Zymbalist, misterioso amante del que se ve apartada bruscamente y sin explicaciones. La narradora recuerda el incidente años después, lejos ya de París y de sus impulsos de juventud, interrogándose por ese hombre al que apenas conoció.

Todas las protagonistas parecen atravesar la neblina de sus propias existencias grises y desconocidas, como impulsadas por el tiempo, la fatalidad, la memoria o la huella de un hombre que las dejó o al que dejaron atrás.

El segundo relato presenta la historia de una muchacha nacida en Annecy, huérfana de padre y rechazada por su madre y su tía, que crece en un internado de provincia. La suya es la más dura de las narraciones de este libro: su protagonista parece estar siempre al borde de una caída, y esa amenaza la enfrenta con desapego a la vida y, también, con una pistola, escasa herencia que le ha dejado su padre, “un cabeza loca”, como ella. De interna a chica del aseo y canguro de niños, su historia de desarrollo tiene un desenlace violento. Su voz y subjetividad críticas, desapegadas y como distanciadas de un mundo normativo y vulgar, constituyen verdaderas anomalías en el mundo machista y patronal de esos años, la provincia y la clase alta francesa.

La imagen de unos caballos desfilando al matadero por las calles de un barrio parisino es, quizás, la más poderosa y sugerente estampa no solo del tercer relato, sino de todo el libro de cuentos. Una mujer se hospeda en el departamento parisino de un extranjero casi desconocido, para cuidarlo mientras él viaja. Viene de Inglaterra, donde ha sufrido una ruptura amorosa, con la “impresión de que me iba a suceder algo nuevo”. Despojada de la única foto con René, ese antiguo amor, piensa que ya no va a poder “volver a vivir nada en presente”. La presencia de los caballos en el barrio del matadero, sin embargo, la enfrenta a la intensidad de la muerte y constituye una amenaza enloquecedora, de la que se protegerá al alero de un grupo entre metafísico y religioso, liderado por un tal doctor Bode.

Sin duda, este es el más enigmático de los tres cuentos del libro, en que todas las protagonistas parecen atravesar la neblina de sus propias existencias grises y desconocidas, como impulsadas por el tiempo, la fatalidad, la memoria o la huella de un hombre que las dejó o al que dejaron atrás (Guy, un padre, René).

Al leer estos textos no se puede sino pensar en Dora Bruder, libro en que Modiano recupera la historia de una muchacha cuya desaparición fuera denunciada por sus padres en 1941, después de que ella huyera de un internado religioso. Le han preguntado a Modiano por qué su obsesión por seguir huellas como ésta, por escribir sobre vidas desconocidas para él, hasta llegar a impostar tres voces femeninas como las de este libro. El escritor, quien ha escrito sobre la figura ausente y enigmática de su propio padre en sus textos autobiográficos, da una explicación simple: en las últimas décadas las grandes ciudades facilitan el anonimato, dificultan la permanencia y el recuerdo. “El rastro de las personas se pierde”, ha dicho. Sin embargo, como bien apunta Piglia, “nadie muere tan pobre como para no dejar por lo menos un legado de recuerdos”. Modiano se aboca a recuperarlos, a guardar memoria, a fijar canciones, nombres de calles, huellas fugitivas e historias de amor y dolor en la Francia de la Ocupación y el conflicto argelino, escenarios políticos vergonzosos que no descuida, como tampoco las configuraciones de clase social y la crítica generacional a la política y los valores convencionales.

 

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Tres desconocidas, Anagrama, 2016, 153 páginas, $18.120.

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