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Invitado a un festival literario en la que antes fue Birmania, el autor de esta crónica reconstruye las huellas de Neruda por la ciudad donde amó a Josie Bliss, pesquisando dictaduras que duraron medio siglo y que hoy, a través de una solapada censura, siguen delineando lo que se dice y se hace.

por enrique winter

A Pablo Neruda le costó encontrar Rangún en el globo terráqueo de la Cancillería. La zona estaba abollada. La eligió entre las ciudades que le ofrecieron porque no la había oído jamás, pero lo cierto es que la capital de la colonia británica de Birmania era por entonces el principal puerto del sudeste asiático y el más moderno fuera de Europa. De ahí salía la mitad del arroz del mundo.

“Mi vida oficial funcionaba una sola vez cada tres meses, cuando arribaba un barco de Calcuta que transportaba parafina sólida y grandes cajas de té para Chile. Afiebradamente debía timbrar y firmar documentos. Luego vendrían otros tres meses de inacción, de contemplación ermitaña de mercados y templos. Esta es la época más dolorosa de mi poesía”, escribió Neruda. Y también puede que sea la más relevante, porque en ella trató las densidades humanas con un lenguaje enroscado sobre sí mismo como no había otro en castellano. En Rangún escribió parte de Residencia en la Tierra, un libro que comienza comparando cenizas, mares y campanadas con algo que no termina de decirse, “incierto, tan mudo, / como las lilas alrededor del convento”.

Un amor violento

Tenía 23 años, había abandonado el segundo piso de Dalhousie 295 esquina de Bogalay Bazaar, en pleno centro, por los cuidados de Josie Bliss, la “Pantera Birmana” y celópata. A ella dedicó el último poema de la segunda Residencia en la Tierra años después de que se separaran en Colombo. Lo había seguido hasta ahí con el cuchillo con el que pudo matarlo en Birmania y se despidió de él, estoica, con la cara tiznada por los zapatos que le besó en el puerto. Neruda ya había huido de ella y de la “tierra sola” de Rangún en noviembre de 1928, apenas un año después de su arribo. Le escribió “Tango del viudo” en el mismo barco en el que partió: “Daría este viento del mar gigante […] por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, / como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada”. Volvió por Josie 30 años después, quizás dándose cuenta de que no la había entendido a ella ni a Rangún desde sus prejuicios y pobreza juveniles, pero no la encontró y le siguió dedicando poemas.

Esquina donde vivió Neruda.

La democracia protegida

Mientras Neruda vagaba por las calles de Rangún hubo huelgas portuarias y estudiantiles contra la opresión británica. “Los espantosos ingleses que odio todavía”, escribió el poeta, llevaban un siglo gobernando Birmania como anexo de la India, luego de las guerras que sucedieron a cada alzamiento.

Tras cinco años como policía imperial, George Orwell dejó Rangún solo unos meses antes que Neruda. En su novela Los días de Birmania muestra desde adentro la corrupción y el maltrato coloniales. Para la Segunda Guerra Mundial, el líder independentista y fundador del partido comunista birmano, Aung San, pidió el apoyo de Japón para derrotar a los invasores, pero los japoneses fueron aún más opresivos y de ellos los liberarían los mismos británicos en 1945, obligados a concederles la independencia recién en 1948.

Aung San, considerado el padre de la patria, es también el padre de Aung San Suu Kyi, la Premio Nobel de la Paz y actual consejera de Estado, que pese a arrasar en las elecciones posteriores a la revuelta de 1988 y de nuevo en 2015 tras 15 años de prisión política, no pudo asumir como presidenta porque se lo prohíbe la Constitución de la última dictadura. Hace un año que ella y el presidente Htin Kyaw gobiernan en una democracia “protegida” por la cuarta parte del Congreso y los principales ministros designados por los militares.

Myanmar

La dictadura cambió la capital de Rangún a Naipyidó y el nombre del país a Myanmar, porque los birmanos son solo la mayoría de entre las siete etnias que determinan las provincias. Hay cientos más. Los independentistas de 1948 prometían un gobierno que respetara las autonomías de cada etnia y a esos colores apelan los militares con la nueva bandera.

Myanmar siempre ha sido el frágil terreno que separa los imperios de Oriente. Limita a un lado con los 1.400 millones de indios y al otro con los 1.400 millones de chinos.

Uno de los poetas que organizó el festival al que me invitó la Sylt Foundation es de la etnia shan y los padres de su novia shan lo rechazan porque no habla la lengua de sus ancestros. La pareja de poetas tatuados que nos acompañó a Pathein, por su parte, es de la etnia mon. Los mon son un millón; los shan son seis millones. En ambas provincias hay conflictos armados. En Myanmar viven unos 50 millones y las diferencias fisionómicas se van evidenciando con los días. El rango va de la imagen que tenemos de un hindú a la que tenemos de un japonés. Una ojeada al globo terráqueo de Neruda refuerza la intuición: Myanmar siempre ha sido el frágil terreno que separa los imperios de Oriente. Limita a un lado con los 1.400 millones de indios y al otro con los 1.400 millones de chinos.

El poeta shan me invitó a la marcha del Año Nuevo birmano, que coincide con la resurrección cristiana. Bajo la tormenta del domingo 16 de abril, a un año del supuesto fin de la dictadura, tres poetas de la revista Be Untexted me entregaron una pistola de agua cargada. Caminamos horas por el centro junto a miles de jóvenes que recibían baldazos desde los balcones de departamentos como el de Neruda. Los marchantes también se apuntaban entre sí. Era casi el único extranjero en una masa particularmente dada a dispararme. Último día nadie se enoja, decían también los birmanos. Y se reían.

La nueva era

Alojaba en uno de los pasajes laterales a la pagoda Shwedagon, la principal de la ciudad, que Neruda describe desde el barco en el que arribó. Casi el 90 por ciento de la población profesa el budismo Theravada, el más antiguo, basado en la transcripción en pali de los discursos de Buda. La líder Aung San Suu Kyi sabe pali. En el primer día del año acostumbran agradecer a Buda. El barrio estaba atiborrado de mujeres con vestidos de colores brillantes –verdes, rojos, amarillos–, ajustados en su mayoría, en cuerpos acinturados hasta entrada la vejez. Me di cuenta de que era el único volteándome a mirar los culos y desde entonces, fuera de días de recogimiento religioso, noté que los birmanos respetan a las mujeres por omisión, según me comentaron mis colegas occidentales. Esto las hacía sentirse seguras como en ningún otro país. Los hombres usan camisas igualmente ajustadas, acompañadas del longui, una falda tradicional que amarran a la cintura. Les cubre las rodillas para entrar a la pagoda. Días después, en Bagán, la capital histórica del primer imperio birmano, con sus templos que recorría en bicimoto, una tormenta me tomó por sorpresa y quedaron estilando mis únicos pantalones, pegados a mis apuntes de meses. Como no tenía con qué cubrir mis rodillas, al otro día me puse la bata del hotel sobre los pantalones cortos y ya de lejos me ofrecieron longuis y pantalones estampados que compré por 1.500 pesos chilenos.

Únicamente en Bagán, por ser un destino turístico, fui acosado por los vendedores a las salidas de los templos. El comercio callejero de mi barrio ofrece en silencio noodles por 200 pesos, el agua de coco o la caña de azúcar por 300. Impresiona el parecido de los negocios birmanos con los chilenos en días de fiesta. Las mismas frituras, poleras y bagatelas luminosas. Pasaba alguien voceando las tres sílabas de nuestro vendedor de escobas. Dentro de los templos, iguales postraciones, las manos juntas, las rodillas en el suelo, los agradecimientos por los favores concedidos. Había viajado en busca de lo otro y me encontraba con lo nuestro. Aunque Buda predicó que no lo adoraran, ahí estaba, dorado, en cada pagoda como doradas son las iglesias. Conmueve el fervor popular ante el brillo, más cercano entre culturas en las antípodas del mundo de lo que están de los preceptos locales.

 

 

Los budas sosegados y sonrientes que Neruda contrastó con el dolor de los cristos también se olvidan en las pagodas pequeñas de los pueblos construidos a su alrededor. Llegamos a uno en balsa por el río Irawadi. Habían terminado la cosecha, los niños corrían o pedaleaban, jugaban a la escondida y a la pinta. Como los templos de Bagán han sido construidos a lo largo de un milenio, pueden encontrarse en ellos desde frescos a esculturas bizantinas y unas que, sin contexto, pasarían por mayas o aztecas.

Los artistas invitados al festival se definieron, sin excepción, como admiradores de Buda, todos lejanos a los monjes por considerarlos conservadores y abusivos. No muy distinto a lo que podrían decir los chilenos respecto de los curas. Porque lugares como Myanmar evidencian la manera en que vivimos a lo menos dos tiempos: uno respecto de la democracia capitalista de Occidente, que iguala a Myanmar con el Chile de los 90, en la emergencia de los derechos civiles y la apertura económica, por ejemplo; y otro tiempo, compartido, el de la inmediatez. El de la mujer shan que no puede casarse con su novio, pero que canta de memoria las canciones de Taylor Swift que debutaron esta semana en Estados Unidos. El karaoke era de lujo y aun así, barato. Salas acolchadas, pantalla plana, micrófonos de pedestal y de mano, escenarios y canciones en todos los idiomas para que yo pudiera festejar, “Bailando”, a Enrique Iglesias.

A pie

No se huelen las cremaciones nocturnas que inquietaban a Neruda. Los hindúes de entonces, traídos por los ingleses para su administración, ahora son una minoría, circunscritos a ciertas calles del centro. Allí pueden encontrarse barberías con los asientos originales de hace un siglo. Las calles fueron diseñadas para aprovechar el viento del río y son, así, menos calurosas que el resto de la ciudad. Los autos y las personas avanzan cuando quieren y en Rangún solo se respeta el semáforo de la pagoda Sule, en la rotonda frente al palacio de gobierno.

El artículo 66 a) de la Constitución de Myanmar permite decir lo que se quiera, pero con riesgo de ser demandado si alguien se ofende, herramienta que usa el gobierno.

Como un signo de los tiempos, los trabajadores ya no fuman opio para olvidar la pesada carga, ahora mascan nuez de Betel para soportarla. La venden en cualquier calle y le esparcen cal sobre una hoja; junto con destruirles los dientes y dejarles la boca roja, los despierta. Las marcas en las veredas y calles son los escupos de nuez de Betel. Está prohibido mascarla en la plaza central y en las pagodas. También se escupe en los restoranes callejeros con sus pequeños taburetes plásticos. La basura se acumula en las esquinas y en las playas, como en la bella Ngwesaung, donde pude constatar que los birmanos capean las olas enteramente vestidos.

En cuanto a los ingleses que hace 90 años se encerraban en sus barrios y clubes, también lo hacen hoy quienes no son “inmigrantes” sino “expatriados”. El barrio en el que viven es más caro que su equivalente en Chile y cada sitio está protegido íntegramente por alambres de púas y alarmas, pese a que es tal la seguridad en las calles, que luego del taller que di, cuando terminé en la única discoteca abierta, le dejé el computador al barman. Conocí el barrio por un par de galerías de arte y porque cenamos con los demás invitados en la mansión vidriada del director del Goethe-Institut con vista a la pagoda Shwedagon. La diferencia estriba en que ahora los dos mundos de la colonia se mezclan y a la lectura organizada por el mismo instituto llegaron cientos de birmanos. Como en el resto del mundo, el proceso no es gratuito y la gentrificación del centro paulatinamente expulsa a sus habitantes hacia la periferia.

Los adultos apoyan una mano en el hombro de sus padres cuando caminan por la calle. Las parejas de jóvenes se abrazan ante el lago real de Pathein, si han de besarse llevan una sombrilla. En la más moderna Rangún también se toman de la mano en los parques. Los mercados ocupan manzanas enteras y sus vendedores conversan de vuelta en un inglés chapurreado. Saben de Alexis Sánchez, han escuchado a Shakira; agradecieron las fotos que un escritor luxemburgués les llevó impresas. Contrasta el trato fácil con lo difícil que era abrir cualquier paquete birmano, aunque fuera de dulces. Parecen sellados para siempre.

 

 

A nado

Los moken o gitanos del mar viven en balsas a las afueras del país. Se adaptaron a respirar y ver bajo el agua. Pueden bucear cinco minutos sin asistencia y navegar por meses. No les gusta volver a tierra firme, porque consideran que allí están todos los problemas.

Callado

Los budistas solo comen la carne de animales que ellos no mataron. Dicen que los monjes les dejan veneno a los perros callejeros, que no ladran sino que aúllan cada noche, para que elijan suicidarse.

La censura terminó oficialmente en julio de 2012; antes no se podía escribir padre ni madre, porque se entendían referidos a Aung San y Aung San Suu Kyi. Tampoco se podía pintar gallos, por ser el símbolo del partido, y ahora, en democracia, encarcelaron seis meses a un poeta por publicar en Facebook que se había tatuado al presidente en el pene. El artículo 66 a) de la Constitución de Myanmar permite decir lo que se quiera, pero con riesgo de ser demandado si alguien se ofende, herramienta que usa el gobierno. También hablamos de la censura de los colegas y de la discriminación de género, evidente en cómo se desarrolló el diálogo. La censura configura la escritura que quiere burlarla, dijo otro poeta.

El artista explicó que jamás se había imaginado que el pez moriría, que los adornos detrás representaban a India y China, y la pastilla a la energía del capitalismo que parece hacerle bien inicialmente al pobre pez birmano en su vaso de agua.

En la terraza del director del Goethe-Institut la mitad discutía por qué nos habían echado de la galería donde tuvimos el taller. Habíamos hablado demasiado, había espías, opinaba otro. Los militares no podían sostener al país con las sanciones internacionales, así que hicieron una elección de mentira para aumentar las inversiones. Todo sigue igual, insistía el dramaturgo alemán que sufre discriminaciones similares en Varsovia, donde reside. Existía un miedo auténtico de represalias según me enteré en el taxi.

Un artista nos había mostrado su video de un pez rojo nadando en un vaso con agua. Le echaba una pastilla efervescente y el pez se alejaba, empezaba a desesperarse, luego nadaba a toda velocidad tratando de escapar a la superficie, a las esquinas del vaso hasta que dio bocanadas más intensas y murió. El artista explicó que jamás se había imaginado que el pez moriría, que los adornos detrás representaban a India y China, y la pastilla a la energía del capitalismo que parece hacerle bien inicialmente al pobre pez birmano en su vaso de agua.

Los rohniyá, una minoría musulmana buscando asilo en Bangladesh, han sido torturados y matados por el ejército. Coexisten con el retorno de los refugiados políticos, opositores a ese mismo ejército cuando era totalitario. Y, sin embargo, no se ve un solo policía en las calles, tampoco a nadie con ganas de delinquir. Sería fácil leerlo como miedo, pero ahí van todos a toda hora, sonriendo, del hombro de sus familiares y amigos. Un grafitero alemán trajo obras para ser expuestas en la galería. Llegó al karaoke con los ojos desorbitados, no podía creer lo que hacían los grafiteros del festival a cara descubierta. Rayaron un furgón de policía delante de dos uniformados que los vieron y siguieron su camino. El alemán me dijo al día siguiente, frente al furgón, que en su país ni se le habría ocurrido, lo encarcelarían enseguida. Los birmanos se rieron, no tienen miedo. Yo levanté la vista, estábamos en la misma esquina donde había sufrido Neruda.

 

(Fotografías del propio autor)

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