Julio 27, 2018

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Editorial LOM publica Mayo feminista, conjunto de ensayos que reconstruye lo que ha sido la lucha de las mujeres por contrarrestar la discriminación que el sistema –a través del Estado, los partidos políticos y la iglesia católica– ha impuesto desde los orígenes de la república. Reproducimos un ensayo de Diamela Eltit, quien plantea que la multiplicación de las mujeres jefas de hogar y la reducción a niveles inéditos de la tasa de natalidad, están en la base de un cambio cultural profundo que ha permitido visibilizar el poderoso efecto que el machismo todavía tiene en la sociedad. El “resonante movimiento feminista” de ahora, propone la autora, “altera la correlación de fuerzas en la medida en que porta una cuota de poder público”.

por diamela eltit

Pienso que una forma de cataclismo institucional detonó una “tormenta perfecta”: los carabineros y el Ejército con sus saqueos a los fondos públicos, los partidos y la crisis de los políticos Soquimich, la derecha Penta, el cohecho de las pesqueras. Y, de manera estruendosa, la iglesia chilena. Todos colapsaron en tiempos si no sincrónicos, al menos similares, ocasionando un nítido malestar en parte de la ciudadanía que confiaba, se comprometía y hasta admiraba algunos de estos frentes.

Más allá o más acá de que una parte de la escena internacional actualmente haya sido protagonizada por mujeres exigiendo derechos, lo que desde luego ha activado el campo feminista en años recientes, me parece interesante leer la aparición del movimiento feminista universitario y secundario chileno de manera múltiple, sin desconocer los parámetros institucionales que señalé.

Más de un 30% menos en sus salarios a igual trabajo marca la ruta del desvalor, señala una increíble discriminación y explica la carencia que rodea a la mujer de sectores pobres del país.

Desde mi perspectiva, la caída de estos grupos de poder marcados por sus signos extraordinariamente masculinos puede ser asociada (de manera no lineal) con un deterioro social que se volvió proclive a “escuchar” a las estudiantes y re-conocer, de manera masiva, las severas limitaciones simbólicas y materiales impuestas en el transcurso vital de las mujeres.

No se pueden obviar las múltiples, sorprendentes limitaciones que rodean lo que se ha llamado desde principios del siglo XX “la condición de la mujer”. Una condición ineludible es la salarial, que puede ser entendida como una síntesis literal de un conjunto de elementos materiales y simbólicos. Más de un 30% menos en sus salarios a igual trabajo marca la ruta del desvalor, señala una increíble discriminación y explica la carencia que rodea a la mujer de sectores pobres del país.

Es importante señalar también que el universo simbólico de las mujeres está construido desde una fuerte colonización masculina que se establece multifocalmente y las ocupa de manera rizomática. Es esa colonización de sus imaginarios lo que permite, en gran medida, un estado de cosas y posibilita que un grupo no menor de mujeres colabore con su propia opresión. Los miedos múltiples e incesantes (inoculados por el conjunto del sistema) son una sombra-cuerpo que acompaña a las mujeres a lo largo de toda su vida.

De manera creciente, la iglesia perdió su maníaca tutoría sobre el cuerpo de las mujeres. Los “escándalos” eclesiásticos (todavía en curso) generaron automáticamente una cierta inhabilidad para seguir liderando la acostumbrada censura que permeaba y ejercía una pedagogía sexual en contra de las mujeres en la totalidad del espectro social. Porque lo más importante, a mi juicio, es la existencia de lo que se podría denominar como una crisis de liderazgo masculino, si se entiende como masculino el poder alojado en los distintos segmentos que conforman el sistema.

Los alegatos por acoso sexual por parte de las estudiantes ya se habían hecho públicos con resultados débiles marcados por sumarios lentos de ambiguas resoluciones. Frente al descontento estudiantil se generaron protocolos, pero sin duda lo más importante fue la instalación de espacios reflexivos y comunitarios que dieron reconocimiento a un problema agudo e irresuelto y permitieron visibilizar el abuso de poder como un signo recurrente a nivel nacional. A esto hay que agregar los métodos, inflexiones, cánones y matices que permiten asegurar el sexismo en toda la escala de la enseñanza.

De manera creciente, la iglesia perdió su maníaca tutoría sobre el cuerpo de las mujeres. Los “escándalos” eclesiásticos (todavía en curso) generaron automáticamente una cierta inhabilidad para seguir liderando la acostumbrada censura que permeaba y ejercía una pedagogía sexual en contra de las mujeres en la totalidad del espectro social.

Quisiera relacionar la explosión feminista con la gratuidad como un elemento fundamental en la reincorporación de un derecho (todavía insuficiente) que se había perdido por décadas. Porque la todavía incipiente gratuidad transita e impacta todo el espacio universitario. Incorpora especialmente la memoria de años de lucha estudiantil inscrita en la estructura social como deber del Estado y alivio para los sectores más vulnerables. Considero que de manera imprescindible, la gratuidad modifica las atmósferas y los transcursos universitarios y genera una diferencia con la noción de educación emanada de la dictadura. Así, no dejaría de pensar también en una conexión (fundamental) entre la irrupción feminista y la gratuidad universitaria como rasgo emancipador, como memoria de un movimiento que logró remecer y afectar la estructura neoliberal.

En otro registro, el actual gobierno de Sebastián Piñera llegó con el automandato de prolongar su tiempo en el poder. Sus funcionarios parecen decididos a borrar cualquier signo que devele la pasión por la riqueza y la vocación ultraneoliberal que los mueve. Sin embargo, esos funcionarios inevitablemente entran en contradicciones que son perceptibles y se precipitan a corregir. Desde una estrategia fundada en la mera apariencia de una derecha moderna e inclusiva, la irrupción feminista obligó al gobierno completo, incluido el Presidente de la República, a declararse feminista, y así la palabra perdió el sentido negativo que la caracterizaba. De esa manera, la propia derecha contribuyó a inscribir un término del que abomina. Y su megaincorporación social marca un momento decisivo nunca antes experimentado en la historia local.

Pero, desde luego, sería injusto negar la historia épica y resonante de la mujer que se inició de manera sutil, progresiva, en el siglo XIX, pero que permitió en 1887 la firma del decreto que aprobó el ingreso de la mujer a la universidad. Fue ese temprano ingreso el que posibilitó el acceso de mujeres a mandos medios en los servicios públicos. Esos gestos y gestiones se multiplicaron y, más aún, se profundizaron a principio del siglo XX con la formación de numerosas organizaciones de mujeres hasta encontrar su exacto derrotero en el Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), liderado por la abogada feminista Elena Caffarena, con la participación y asesoría de la feminista Marta Vergara.

El MEMCH marcó un punto de inflexión al interior de los movimientos de principios del siglo XX. Su proyecto fue verdaderamente plural en la medida en que planteó una unión entre mujeres de clase media como también de sectores obreros buscando derechos inéditos hasta ese momento, que revirtieran las malas condiciones laborales, familiares y de salud que rodeaban a las mujeres de su tiempo.

De manera iniciática, el MEMCH abogó por dos temas claves: el divorcio y el aborto. Estas peticiones radicales se hicieron porque la organización estaba formada por mujeres laicas que no experimentaban las agudas opresiones religiosas de su tiempo. La expansión del MEMCH fue posible por el diseño de inteligentes dispositivos de organización y difusión. Hay que destacar que se construyó un fuerte aparato comunicacional mediante una nutrida correspondencia con sus socias a lo largo de Chile, la edición de una revista y también la realización de congresos. Más adelante, todas las numerosas organizaciones de mujeres de su tiempo convergieron en una única estructura orgánica para conseguir el voto político: la FECHIF o Federación Chilena de Instituciones Femeninas. Este derecho se alcanzó en 1949.

No dejaría de pensar también en una conexión (fundamental) entre la irrupción feminista y la gratuidad universitaria como rasgo emancipador, como memoria de un movimiento que logró remecer y afectar la estructura neoliberal.

Post voto se instaló una forma de silencio de estas organizaciones. Una de las posibilidades analíticas para pensar este silencio es considerar la entrada de la mujer en la militancia y la esfera política, lo que les permitió alcanzar representación parlamentaria. Pero los partidos políticos, como estructuras fuertemente masculinas, relegaron a sus militantes y parlamentarias a atender asuntos llamados “femeninos” de asistencia familiar, dejando de lado los rasgos opresivos emanados de la construcción arbitraria y móvil de género, condiciones que eran el centro que posibilitaba la desigualdad de los cuerpos.

Por otra parte, las demandas por una sociedad más igualitaria descansaron básicamente en la lucha de clases y esa lucha fue, en general, la característica de su tiempo. Más adelante, la instalación de la dictadura intentó imponer una construcción de mujer semejante a los planteamientos del siglo XIX, que definían como único horizonte en los espacios públicos, múltiples e incesantes labores de asistencia.

En los años ochenta se produjo una rearticulación del feminismo local que se fundó en la modificación de las estructuras marcadas por lo arbitrario y lo convencional. El exilio chileno, fundamentalmente las mujeres exiliadas que volvían desde distintos lugares del mundo, trabajaron activamente esta nueva etapa del feminismo y su inserción en parte de la población. Pero, desde luego, la palabra “feminismo” siempre provocó rechazo, una abierta burla y la más interesada caricatura en sectores mayoritarios de la población. En cierto modo, la palabra satanizaba a las mujeres. Los ochenta y su empeño liberador permitieron la visibilidad de las disidencias sexuales aliadas al feminismo más allá de reconocer sus específicas demandas.

Los ochenta y su aura de desacato y subversión antidictatorial fueron capaces de aunar diferencias y visibilizar por primera vez de manera nítida el poder contenido en las construcciones de género. La incorporación de teorías, de lecturas y especialmente de escrituras fue clave para añadir más elementos analíticos. Julieta Kirkwood aportó con sus libros una valiosa mirada local que sustentó la urgencia feminista de esos años.

La transición noventera y sus procedimientos de opresión a la memoria, el ingreso de las elites políticas fundamentalmente masculinas al poder estatal, la presencia tóxica de las fuerzas pinochetistas, el poder de la iglesia y su dogma familiar y excluyente de la mujer como sujeto fueron algunos de los elementos que detuvieron la expansión feminista y más aún, la acorralaron, retomando desde el SERNAM los antiguos parámetros de la mujer como mera productora de familia y reproductora de familia.

El consumismo y la deuda fueron instrumentos de domesticación de la población. La trama del sistema ha producido, a lo largo del tiempo, la violencia machista –desde los maltratos hasta el femicidio– que se fue desnaturalizando de manera progresiva hasta provocar el rechazo masivo de las mujeres a estas prácticas y crímenes. No se trata, desde luego, del fin de estas prácticas violentas; de hecho, los crímenes en contra de las mujeres no se detienen, solo se hace visible el efecto extenso del machismo en estos tiempos.

Los crímenes en contra de las mujeres no se detienen, sólo se hace visible el efecto extenso del machismo en estos tiempos.

El avance neoliberal y el progresivo retiro del Estado marcaron la nueva época que hasta hoy rige el espectro social. De una u otra manera el Estado había beneficiado a la familia mediante asignaciones múltiples que se fueron perdiendo hasta desaparecer. Esa falta de acicates detonó un proceso silencioso y creciente del debilitamiento ostensible de la institución matrimonial al punto de legitimar las uniones libres, lo que, desde luego, iba a favorecer a la mujer al liberarla de la obligación al matrimonio.

Pero esta liberación y, por otra parte, la extraordinaria desigualdad generada por el neoliberalismo abrieron en estos años un nuevo escenario. Las mujeres jefas de hogar se multiplicaron y al mismo tiempo se redujo a niveles inéditos la tasa de natalidad.

Desde mi perspectiva, estos elementos alteraron “desde abajo”, de manera silenciosa, los mandatos impuestos. No es ahora el matrimonio el recorrido obligatorio, ni los hijos un deber uterino y, en un porcentaje no menor de la población, la mujer dirige su hogar. Aunque los discursos dominantes no han reconocido con la atención que se merece este estratégico cambio cultural que remece las antiguas estructuras, sin duda forma parte de una modificación a las formas asignadas por el sistema y las oficialidades. Se trata de una desobediencia a los mandatos, una salida de libreto.

Habría que pensar en este escenario social y unirlo al levantamiento feminista signado por mujeres jóvenes que han modificado su horizonte vital en lo que se refiere a un hecho estructural que recaía sobre ellas: la conformación de familia como prioridad, obligación y deber. Entonces quiero afirmar que las mismas mujeres “desde abajo” produjeron una emancipación al marcar una línea de legitimación de otra circulación social. Señalar que estas jóvenes vienen de otra composición social que circula por todo el aparato social.

Desde otra perspectiva, no se puede negar la importancia de la globalización tecnológica que genera formas de comunicación más amplias. Así, los impactos de las escenas internacionales son mucho más veloces y circulan de manera transversal por los espacios sociales. Pero desde mi perspectiva, los estímulos más poderosos provienen de lo local.

Una pregunta recurrente es cómo se va a extender o si va a extender, acaso no es un movimiento elitista, cómo ligar el estamento universitario con el resto de asociaciones, cómo integrar a las mujeres de sectores vulnerables, hasta qué punto integrar a hombres en alianza con el movimiento feminista.

Efectivamente, este resonante movimiento feminista altera la correlación de fuerzas en la medida en que ahora porta una cuota de poder público. Una pregunta recurrente es cómo se va a extender o si va a extender, acaso no es un movimiento elitista, cómo ligar el estamento universitario con el resto de asociaciones, cómo integrar a las mujeres de sectores vulnerables, hasta qué punto integrar a hombres en alianza con el movimiento feminista. Una de las preguntas más incisivas es si acaso el movimiento considera la modificación del modelo neoliberal como uno de los bastiones para conseguir la expansión de su poder en el interior del campo social.

Existe una incógnita. Sin embargo, me parece que más allá de las legítimas preguntas y de las acciones que buscan una ampliación, hay que pensar que ya existe una zona inédita y que esa zona es poderosa y, en cierto modo, inamovible por imperativa.

Es completamente previsible la intención de las mujeres que conforman la derecha neoliberal y sus intentos por apropiarse de la lucha feminista para aplacar y diluir el movimiento. Del mismo modo, el machismo imperante va a redoblar sus intentos por destruir las consignas y demandas porque alteran las relaciones y producen un ostensible cambio cultural. Las mujeres permeadas por la lógica conservadora que las invade y las coloniza serán unas aliadas fundamentales para desautorizar y resistir estos cambios culturales que conducen a una nueva política y, por ende, a una nueva realidad social.

Y en un registro diferente, también hay que considerar las diferencias al interior del movimiento, las pugnas, los roces y fricciones que se pueden ocasionar. Pero desde mi perspectiva, las diferencias forman parte de las comunidades unidas por un horizonte emancipador hacia una nueva política.

Las diferencias son importantes. No se trata de construir un rígido y jerárquico ejército de mujeres y adeptos sino un horizonte móvil y propositivo que rompa la inequidad en que se estructura el pacto social. Sería importante no pensar este movimiento desde resultados meramente pragmáticos. Se trata de develar el poder, se trata de extremar la imaginación. Se trata de darles un sentido pasional a los cuerpos.

 

Imagen de portada: Kena Lorenzini (Wikimedia Commons).

 

Mayo feminista. La rebelión contra el patriarcado, Faride Zerán (editora), Cristeva Cabello, Alejandra Castillo, Jorge Díaz, Diamela Eltit, Nona Fernández, Luna Follegati, Olga Grau, Kemy Oyarzún, Nelly Richard, Camila Rojas, Valentina Saavedra, Javiera Toro, Beatriz Sánchez, Alia Trabucco Zerán, Ximena Valdés, LOM, 2018, 184 páginas, $9.000.

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