Nuestro espejo roto

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Enero 24, 2018

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Los lectores de Nicanor Parra aceptamos su radicalidad de modo natural. Tuvimos suerte. Nos salvó de las voces engoladas y cachetonas, de los poetas de estadios y de culebrones, de cualquier iluminación fingida. Su vanguardia fue nuestro silabario, al punto de que nuestra definición de lo que debía ser la poesía (o la literatura) provenía de Poemas y antipoemas y de las lecturas que Lihn, Lira, Juan Luis Martínez, Bolaño y Redolés habían hecho de sus libros.

por álvaro bisama

Nicanor Parra acaba de morir. Tenía 103 años. Era el último testigo del siglo XX; su poesía fue una especie de alucinación colectiva que los chilenos compartimos durante mucho tiempo y que nos permitió mirarnos en un espejo roto para emerger de ahí con una mueca extraña, acaso una sonrisa torcida, turbia, destemplada. Sé que no digo nada nuevo con eso. De hecho, no sé si se pueden decir cosas nuevas sobre Parra. Quizás, por el contrario, su gracia radica justamente en que no podemos hacerlo y que ese anacronismo (que es el de pensarlo desde siempre como un clásico) explica la condición canónica de su obra, pero también la suerte de que podamos volver a ella como a una vieja casa que resiste cuando el temporal ha arrasado con todo.

Parra, que nunca escribió narrativa, hizo de la suma de sus libros la gran novela chilena, una novela escrita a pedazos, tejida con voces cacofónicas, discontinuas, con las basuritas perdidas en el éter de nuestra lengua nacional.

Ese lugar, tan cercano como inclasificable, era desde donde se desplegaba su mejor paradoja, que consistía en la extraña normalidad con la que aceptábamos ese corpus feroz que nunca renunció a existir al borde de su propia caricatura. Ahí existía una frontera borrosa, la que separa a los vivos de los muertos, a la lengua de la calle de la academia, al arte de la vida y que él mismo se dedicó a sabotear con entusiasmo y no poca maldad.

Los lectores de Parra aceptamos esa radicalidad de modo natural. Tuvimos suerte. Parra nos salvó de las voces engoladas y cachetonas, de los poetas de estadios y de culebrones, de cualquier iluminación fingida. Por el contrario, esa vanguardia fue nuestro silabario al punto de que nuestra definición de lo que debía ser la poesía (o la literatura) provenía o negociaba con ella, provenía de Poemas y antipoemas, de las lecturas que Lihn y Lira y Juan Luis Martínez habían hecho de sus libros, de los modos en que había iluminado la obra de Bolaño y Redolés, de sus lecciones para sobrevivir en la comedia de la crueldad que es la piscina sucia de nuestra identidad. Esas lecciones tenían múltiples rostros (el matemático venido de Chillán, el antipoeta, el profesor formado en Oxford, el remixer de Shakespeare, el anciano lleno de una sabiduría perpleja), puras vistas parciales cuya suma encarnaba ese retrato suyo con el que crecimos al modo de una figura tutelar, algo que llegó a convertirse en un sinónimo de lo que era o debía ser la literatura chilena.

Parra fue a la vez un hermano y un enemigo, un artista de la realidad y un artesano de la parodia y el caos, un sabio chino y el último de nuestros aborígenes ilustrados.

Por eso no quiero citar nada. Tengo miedo de reducir su obra a una colección de aforismos, a taparla con el manto del ingenio, a atomizarla en consignas. Quiero pensar, al revés, que existe en una complejidad escindida de su simplicidad aparente, una complejidad cuyo sentido es justamente presentarse como una trampa en cuyo fondo está el vacío y donde toda risa es una mueca monstruosa y desesperada.

Parra, que nunca escribió narrativa, hizo de la suma de sus libros la gran novela chilena, una novela escrita a pedazos, tejida con voces cacofónicas, discontinuas, con las basuritas perdidas en el éter de nuestra lengua nacional. Esa novela no es agradable, es un relato muchas veces desolado porque está escrito contra el presente al modo de una diatriba. Pero eso es justamente lo que lo hace cercano, pues permite que nos identifiquemos con él mientras comprendamos su rabia, su mala leche, sus contradicciones irrenunciables y sus limitaciones aparentes. Esa cercanía es la que permite que podamos encontrarnos en ella: la poesía es una iluminación que repta en lo cotidiano para transfigurarlo de improviso.  Es por eso que muchos estamos pensando en qué significó Parra en este momento. No hay una sola respuesta y ahí hay otra novela, ahí está una historia secreta de literatura chilena. Porque Parra fue a la vez un hermano y un enemigo, un artista de la realidad y un artesano de la parodia y el caos, un sabio chino y el último de nuestros aborígenes ilustrados.

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