Julio 24, 2018

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En Siete cuentos morales, la última entrega de J.M. Coetzee, reaparece Elizabeth Costello, alter ego del escritor sudafricano, para reflexionar sobre la vejez, los derechos de los animales y la propia escritura. Se trata de una excepcional colección de relatos, dictados por la compasión y la intuición, que oscilan entre el diálogo filosófico y la narrativa.

por rodrigo olavarría

En 1999 J.M. Coetzee publicó dos libros, Desgracia y Vidas de animales, la primera es la novela que le valió su segundo Booker Prize y la segunda, la presentación del alter ego que le ha servido como vehículo para exponer algunas de sus ideas, la escritora australiana Elizabeth Costello. Vidas de animales contiene dos conferencias escritas bajo la forma de cuento que Coetzee leyó en Princeton en 1997 y que seis años más tarde se convirtieron en los dos primeros capítulos de la brillante novela Elizabeth Costello. Estos cuentos-conferencias de Coetzee marcan un cambio en su trabajo literario, un alejamiento de las convenciones narrativas y la adopción de una forma que combina elementos narrativos y ensayísticos para apoyar la causa de los derechos animales.

Elizabeth Costello (2003) consiste en ocho lecciones que sirven como vehículo para ideas sobre la literatura en África, la sexualidad, la vejez, el mal y el lenguaje. La operación de llevar ideas al papel es ciertamente riesgosa, ya que podría recordarnos a los artificiales intercambios filosóficos que Sade pone en boca de personajes ocupados en una orgía, o a los diálogos platónicos, dos ejemplos donde la forma literaria es apenas un marco para la exposición del pensamiento del autor. Elizabeth Costello es todavía una obra de ficción, pero es también un primer acercamiento a la ficción filosófica o a la novela de ideas.

En “Vanidad”, los hijos de Elizabeth Costello notan en su madre los primeros signos de resistencia a la vejez y la comparan con un personaje de Chéjov, uno en busca de una mirada que la reconozca como mujer y le permita recuperar en parte su juventud.

Elizabeth Costello, el personaje, vuelve a aparecer en Hombre lento (2005), la primera novela publicada por Coetzee tras recibir el premio Nobel de literatura. Hombre lento es otro trabajo de metaficción, en este caso estructurado en torno a reflexiones sobre los vínculos entre el escritor, los personajes y la realidad. Esta estructura es uno de los medios, distintos a los de la novela tradicional, a los que Coetzee echa mano para hacer filosofía sin hacer filosofía, para cumplir fines didácticos y morales a través de una Elizabeth Costello guiada por la compasión y la intuición.

He dicho todo lo anterior porque Coetzee acaba de publicar en español, antes que en cualquier otra lengua, Siete cuentos morales, una colección de relatos donde reaparece la escritora australiana y se nos vuelve a plantear la naturaleza paradójica de la forma elegida para sus nuevos relatos, algunos publicados en revistas como The New Yorker, Granta y The New York Review of Books, y hace rato disponibles en internet. Estos siete cuentos están organizados en orden cronológico, lo que refuerza la idea de que asistimos a la exposición de cómo Elizabeth Costello se las arregla para lidiar con su vejez, idea que ya aparecía en la novela del mismo nombre, específicamente en el capítulo titulado “La novela en África”, cuando la vemos siendo por primera vez excluida del juego de la seducción, “como si fuera una niña otra vez, con un horario para irse a la cama”.

El primer cuento, “El perro”, presenta a una mujer que puede ser una joven Elizabeth Costello, una que todos los días pasa en bicicleta frente a un enorme perro que le ladra frenético desde el otro lado de una reja. Estamos aquí ante una etapa larvaria del desarrollo del sistema filosófico de Elizabeth Costello, todavía no es madre y sus neuronas no han adquirido “el tinte otoñal” que la preocupará en el futuro. En esta etapa Costello todavía humaniza al perro, atribuyéndole la satisfacción doble de ser temido y de dominar a una hembra.

Puede ser que conjugar realismo e ideas sea una dificultad insalvable en esta línea de trabajo, pero también ocurre que Coetzee logra despegarse del fango argumentativo y encender en el lector el deseo de terciar en el intercambio entre Costello y su hijo, inflamado por sus propias ideas y sentimientos sobre los animales.

Luego, en “Una mujer que envejece”, vemos a Costello tomar consciencia de su transformación en una anciana que deplora cosas y repite la frase “a qué hemos llegado” para, más adelante, deslizar una línea que puede ser leída como un comentario del propio Coetzee sobre el libro que estamos leyendo: “No porque tus obras contengan lecciones sino que son una lección”.

Esta sensación de estar presenciando un auto-examen metaficcional de Coetzee es recurrente en este cuento, por ejemplo cuando se cuestiona el aire de superioridad moral de los escritos sobre los derechos animales y cuando Costello le dice a su hijo: “Te aliviará saber que todavía me dedico a la narrativa. Todavía no he descendido a andar pregonando mis opiniones”. En el último cuento, titulado “El matadero de cristal”, Elizabeth Costello menciona tres veces su crisis ante la forma y la creciente dificultad con que enfrenta el momento de ceñirse a un modelo literario tradicional.

“La anciana y los gatos” es el cuento donde la artificialidad de los diálogos es más patente, y también aquel donde las ideas de Costello cobran vida. Puede ser que conjugar realismo e ideas sea una dificultad insalvable en esta línea de trabajo, pero también ocurre que Coetzee logra despegarse del fango argumentativo y encender en el lector el deseo de terciar en el intercambio entre Costello y su hijo, inflamado por sus propias ideas y sentimientos sobre los animales.

En una escena de este libro, Costello discute con su hijo sobre la presencia o ausencia de carácter en los gatos, si tienen cara o no, si tienen alma o no. Lo que está siendo cuestionado es la naturaleza de “la apelación que nos llega desde los ojos de los animales” y, para abordarla, Costello le dice a su hijo que cuando él nació no tenía un alma, que durante sus primeros meses de vida ella sopló en la frágil llamarada de su espíritu para encenderlo y despertarlo a la humanidad. No exagero si digo que, a ratos, durante la lectura de Siete cuentos morales sentí que soplaban en mi espíritu para encenderlo de ternura y empatía por la idea misma de la vida y su valor.

 

Siete cuentos morales, J.M. Coetzee, Literatura Random House, 2018, 123 páginas, $10.000.

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