Pacto satánico

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Octubre 16, 2018

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Lo demoníaco en la narrativa de Cristian Geisse se abre a las más diversas interpretaciones: es tanto una condición moral que condena a sus personajes a la culpa y al fracaso, como la encarnación, muy viva, de los mitos populares. Y también es la presencia anonadante del capitalismo y de modo tal vez menos evidente —y por lo mismo más interesante—, de una figura de la masculinidad, una masculinidad enferma.

por lorena amaro

Pobres diablos reúne, para fortuna de sus lectores, tres libros de relatos del escritor Cristian Geisse: En el regazo de Belcebú, El infierno de los payasos y los cuentos inéditos de Fue como un padre para mí. La publicación es una buena noticia no solo porque resulta difícil encontrar los libros anteriores, de escaso tiraje, sino también porque en los cuentos nuevos se confirma la calidad narrativa de este autor nómade e imprevisible, capaz de arrastrar consigo al lector por laberintos de historias, historias que nacen de anécdotas, de chistes, de cuentos o mentiras que se escuchan en la calle, al pasar. Un narrador que es capaz de situarte en lugares lejanos, inauditos, con relatos que van del más sórdido naturalismo a la más sofisticada de las psicodelias. Y desde el imaginario y árido pueblo de San Isidro, hasta “La Ciudad de la Lluvia”, tan cercana en su tristeza al sur de Chile.

Junto con la ya conocida fluidez de Geisse para articular sus historias, el conjunto de estos textos revela una gran consistencia estilística, intelectual y reflexiva. Además de haber conexiones explícitas (como la de “El gallo negro”, de Fue un padre para mí,  con “¿Has visto un dios morir?”, el cuento más impresionante de Geisse y puede que uno de los más impresionantes que se hayan escrito en la última década en Chile), las hay también de otro orden, porque lo demoníaco en la narrativa de Geisse se abre a las más diversas interpretaciones: es tanto una condición moral que condena a sus personajes a la culpa y al fracaso, como la encarnación, muy viva, de los mitos populares; es también la presencia anonadante del capitalismo y sus postergados, y de modo tal vez menos evidente —y por lo mismo más interesante—, una figura de la masculinidad, una masculinidad enferma, que glorifica y repudia al mismo tiempo la violencia del alcohol, de la libertad sin responsabilidades, del abandono familiar.

La publicación es una buena noticia no solo porque resulta difícil encontrar los libros anteriores, de escaso tiraje, sino también porque en los cuentos nuevos se confirma la calidad narrativa de este autor nómade e imprevisible.

Esta tensión o ambigüedad se percibe particularmente en uno de los cuentos hasta ahora inéditos, “El ñato Démber”. El narrador, profesor que se considera insignificante y convencional al lado del viril y libertino “Ñato” (padre de 11 hijos de 11 mujeres distintas), hace el elogio de este viejo amigo de juergas, pero al no poder imitarlo, sella el relato con una condena aparentemente trivial, pero que se explica en el contexto de oralidad de este cuento: “Hay que estar bien cagao de la cabeza”. El macho cabrío es el rey de estas historias en que todos, absolutamente todos los protagonistas son varones, todos ellos sin esperanzas, muchos de ellos artistas frustrados, profesores que no están convencidos de su aporte en un entorno enloquecido y casi apocalíptico, anacoretas que han decidido abandonar la ciudad para encontrar en la soledad de una montaña, nuevamente, un sombrío malestar.

La locuacidad, desparpajo y ternura de Geisse para narrar estas historias parece, curiosamente, también cosa de pacto. Cuentos buenos: prácticamente todos. Extraordinarios: “El infierno de los payasos”, “Pollok”, “¿Estás ahí, Yin?”, “La Culebra” y “Nuco” (uno de los más emocionantes del libro).

¿Debilidades? El menos convincente pertenece a la colección inédita: “La muerte no existe” abandona los períodos largos por una narración entrecortada, que busca dar cuenta de unas jornadas alcohólicas, trepidantes, pero en que se pierde la oralidad y la habitual humanidad (ambigüedad) que confiere Geisse a sus historias.

Se trata de un autor que narra como poseso: ya sea en la novela o el cuento, articula sus relatos a partir de la oralidad (“no nos pisemos la capa entre súper héroes”), del encuentro fortuito en torno a la droga o el alcohol, en bares de mala muerte, o en casas medio abandonadas en mitad de la nada: una tras otra se suceden las historias. El matiz posmoderno de la narrativa de Geisse no está en el recurso metatextual, que suele eludir, sino en su relación dubitativa con la realidad. Es en la ambigüedad, en la forma desencajada de percibir y describir los sucesos, como si estuvieran en un canal mal sintonizado, cuando se revela el talento de Geisse: “Miró nuevamente a su alrededor, vio todo nítidamente, las gotas de pintura seca sobre las paredes, las moscas en el techo, las manchas de líquido sobre el piso de madera. Todo, todo se podía distinguir perfectamente, excepto la figura desenfocada y borrosa que tenía en frente (…) ‘Firma, Marambio’, le decía, ‘no te arrepentirás’. La voz se distorsionaba cada vez más y aumentaban en ella los sonidos chirriantes y metálicos”, se lee en el relato “Marambio” y resulta imposible no sentir que esa voz no sea la del mismísimo diablo.

 

Pobres diablos, Cristian Geisse, Emecé, 2018, 398 páginas, $14.900.

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