Parra versus Francia

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Septiembre 29, 2017

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Con el lanzamiento oficial de la antología en francés de Poèmes et antipoèmes. Anthologie 1937-2014, este mes en la Casa de América Latina de París, termina una proeza literaria: la del traductor Bernard Pautrat, que por décadas luchó con los juegos lingüísticos, la ironía y los trasfondos de la poesía parriana, y la de Felipe Tupper, quien logró publicar a un autor fundamental del que ningún editor en Francia, hasta ahora, había querido saber.

por evelyn erlij

A Nicanor Parra y Raúl Ruiz los une el humor negro, la ironía y la obsesión por nuestras formas de retorcer el español. Ambos son, además, dos de los mejores pensadores de la identidad chilena. Pero no hay tantas citas mutuas que reafirmen sus lazos: en 1968, el cineasta le rindió homenaje al poeta en Tres tristes tigres (1968) —”esta modesta película está dedicada con todo respeto a don Joaquín Edwards Bello, a don Nicanor Parra y al glorioso club deportivo Colo-Colo”, se lee en los créditos del inicio—, y en una entrevista de 1980, dada a la revista Araucaria, donde dijo: “Parra me interesa por su capacidad para captar, inmovilizar, digamos, ciertos tics lingüísticos y de comportamiento, el ‘grado cero’ de la chilenidad”.

Traducir al francés (o a cualquier idioma) ese “grado cero de la chilenidad” obliga a conocer y entender de una forma u otra el país, y en ese sentido Bernard Pautrat, filósofo y traductor de Nietzsche, Spinoza, Kafka y Wilde, fue un privilegiado: Raúl Ruiz fue su primer guía hacia “lo chileno”. Se conocieron a mediados de la década de 1970, cuando el primero adaptaba piezas de teatro y el segundo buscaba trabajos para sobrevivir como exiliado en París. “En esa época había un entorno chileno y latinoamericano muy importante, que giraba en torno a un restaurante de la zona de Les Halles. Raúl iba mucho”, recuerda Pautrat, el traductor de Poèmes et antipoèmes. Anthologie 1937-2014 (Éditions du Seuil), la primera edición de Parra al francés.

“En Francia no se quiere editar más poesía porque nadie la lee. Fue un género popular, pero terminó muy dañado por poetas como André Du Bouchet o René Char, que escribían poemas pomposos que nadie entendía”, dice Pautrat.

Se hicieron amigos, y como solía pasar con Ruiz, eso significaba también entablar amistad con su círculo social. Así conoció al poeta Waldo Rojas, quien a su vez lo introdujo en la poesía chilena. “En Francia solo se conoce a Neruda. Incluso Huidobro es muy poco conocido. Algunos de sus libros están publicados, pero nada que llegue al gran público o al público medio”, cuenta el filósofo, que un par de años más tarde, en 1984, conoció a una chilena con la que se casó. Así, nuestro país entró en su mapa mental y emocional, comenzó a venir y terminó convertido, según Ruiz, en el “más chileno de los franceses”.

Pautrat conoció la poesía de Nicanor Parra en Valparaíso, en 1989, cuando en una librería de libros usados encontró Versos de salón en su edición de 1970, publicada por la editorial Nascimento. “Entendí de inmediato que era un poeta gracioso, simple y a la vez muy difícil. Era tan poco grandilocuente. Empecé a comprar todos los libros que encontré, en una época en que no era fácil encontrar su obra. Pero llegó la antología Poemas para combatir la calvicie (1993) y empecé a traducir todo lo que encontré. Lo hice porque me gustaba. No había nada en francés, solo un fascículo publicado en Suiza en 1960 o 61, que contenía tres poemas. La guinda de la torta fue que el fascículo que encontré venía con una dedicatoria: ‘para el poeta, Violeta Parra’. Es de la época en que Violeta vino a Europa”.

El paso siguiente fue preguntarle quién era Nicanor Parra al periodista y escritor chileno Jorge Palacios, un viejo amigo y, por coincidencia, también cercano al poeta. La respuesta fue una invitación y Pautrat terminó comiendo en la casa de Parra en La Reina. “Llegué como un protegido”, cuenta, “porque creo que apreciaba a Palacios. Le llamó la atención que viniera de Francia, más allá de sus relaciones o no relaciones con el país, ya que tenía muchas ganas de estar presente en la escena poética francesa. Sabía lo que significaba en el universo cultural europeo y le interesaba más que ser traducido al alemán. También se sintió halagado por mi perfil: era filósofo de la École Normale Supérieure, que él consideraba lo máximo. Debe haber pensado ‘tiene aptitudes, que se las arregle para traducir'”.

Parra le regaló dos artefactos, uno dedicado a su “traductor oficial al francés” y otro en el que decía “hay que ser absolutamente posmoderno”, una cita travestida de Rimbaud.

“Aparte de Rimbaud, al que conoce y cita claramente, hay poetas franceses del siglo XIX que pudieron influenciarlo, como Tristan Corbière o Jules Laforgue, gente que manejaba muy bien la prosódica clásica y que la desarticulaba con un humor muy cruel. Pero no son muy conocidos a nivel masivo”, señala el traductor.

Pautrat se lanzó al combate: pasó años luchando contra los dobles sentidos, la ironía y las referencias culturales de la obra parriana (“Terminé por entender que no había entendido nada”, escribe en la antología), y a esa dificultad se sumaron las exigencias del poeta. “Por mucho tiempo, para Parra era la editorial Gallimard o nada. Eso hizo todo mucho más difícil. Traté de interesar a editores, pero no hubo caso. En Francia no se quiere editar más poesía porque nadie la lee. Fue un género popular, pero terminó muy dañado por poetas como André Du Bouchet o René Char, que escribían poemas pomposos que nadie entendía”.

Durante los años que demoró en traducir a Parra, la noticia empezó a divulgarse en el ambiente cultural chileno en París: “Me acuerdo de una conversación en la casa de Waldo Rojas donde estaba Jorge Edwards, que me dijo: ‘pfff, no vale la pena traducir a Parra al francés porque no será más que una especie de Jacques Prévert’. Hay algo de cierto: ambos juegan muy bien con la banalidad y la lengua popular. Pero Prévert es muy francés y Parra es muy chileno. Esa es la gran diferencia”, aclara Pautrat, quien supuso que sería difícil introducir al antipoeta en la cartografía literaria local: “Aparte de Rimbaud, al que conoce y cita claramente, hay poetas franceses del siglo XIX que pudieron influenciarlo, como Tristan Corbière o Jules Laforgue, gente que manejaba muy bien la prosódica clásica y que la desarticulaba con un humor muy cruel. Pero no son muy conocidos a nivel masivo”.

Difícil promover a Parra en Francia: ni Gallimard ni Christian Bourgois —la editorial de Roberto Bolaño y Alejandro Zambra en francés— se interesaron en él, aun sabiendo que el autor de 2666, venerado en Francia, idolatraba al autor. “La verdad es que no tiene que ver con que Parra no tenga mucha afinidad literaria con Francia ni con otros motivos literarios”, explica el traductor. “Nadie lo quiso leer y fue por razones económicas: todos pensaban que les iba a costar plata y que no se iba a vender”. Ahí entra en la historia Felipe Tupper, agregado cultural en Francia de Sebastián Piñera, poeta y gestor cultural que hacía tiempo estaba obsesionado con hacer aparecer a Parra en el universo literario francés.

Contra un Parra literario

Traducir la obra parriana es de cierta forma intentar traducir Chile: su humor, mentalidad, cultura y lengua bastarda. De ahí que sea imposible hacer el ejercicio sin que haya un chileno vigilando la operación. “Demoró tres años sacar adelante el proyecto, a pesar de que el trabajo de Bernard Pautrat ya abarcaba casi toda la obra”, cuenta Tupper, quien además de trabajar y corregir el material traducido gestó la publicación de la antología. La selección de textos y poesía visual es mía: logré tener plena libertad para ello, sin limitantes de ningún tipo ni de nadie, y para asegurarme de que no estaba mal encaminado consulté de forma regular a Ignacio Echevarría en Barcelona. Mi cometido era lograr una selección esencial de todos los registros de la poesía de Parra, desde Poemas y antipoemas hasta Temporal, sin olvidar la poesía visual, fundamental para representar la amplia diversidad de dinámicas de la antipoesía de Parra y anzuelo para el lector francés”.

Convencer a Parra, que solo quería aparecer en Gallimard, no fue tan difícil, a fin de cuentas: su libro sería parte de la misma familia que las antologías de Paul Celan, César Vallejo y Jorge Luis Borges, tres nombres que lo halagaron. “Vio que tenía buena compañía y eso jugó muy a favor”, cuenta Pautrat.

No traicionar los juegos lingüísticos y los trasfondos implicó un examen minucioso de la traducción, explica el gestor chileno: “A pesar de la excelencia de la traducción de Bernard, había que examinar frase por frase, asegurarse de que no hubiera confusiones creadas por los dobles y triples sentidos del registro coloquial de Parra. El trabajo de revisión implicaba una vigilancia extrema, más ardua que una relectura: salvaguardar la fuerza de lo coloquial, la ambigüedad y la libertad del sujeto era un desafío. El francés escrito está marcado por la diferencia abismal que hay entre el pasado simple, utilizado como registro extremadamente literario, y el pasado compuesto, que es el registro del lenguaje cotidiano y, por ende, el registro de la poesía parriana. Un Parra ‘literario’ era un peligro: mi labor era estar alerta, junto a Bernard, ante cualquier trampa idiomática que traicionara su poesía terrenal'”.

Pautrat sabía que se metía en las patas de los caballos: estaba lidiando con los textos del poeta que además de escribir en un artefacto “Judas Iscariote, el traductor más grande de todos los tiempos”, también ejerció el oficio. Ahí están su antología de poesía rusa y su celebrada versión libre de El Rey Lear. “No la he leído y como colega me interesaría conocerla”, dice Pautrat. “Sí leí las primeras traducciones al inglés de Parra, las de (Lawrence) Ferlinghetti, y encontré que no eran buenas. Se ahogan en el español de Parra y les falta el grado cero de la chilenidad. Eso me alertó, porque es tan fácil equivocarse. Ahí el control que ejerció Felipe fue muy importante, porque a veces rectificó verdaderos errores. Pasa también que Parra es enigmático: a veces hay cosas en las que no se sabe qué quiso decir”.

Lo siguiente fue montar la operación para publicar la traducción: Tupper se alió con Francois Vitrani, director de la Casa de América Latina, y con Maurice Olender, bautizado por el diario francés Libération como el “antieditor” de Francia y director de la colección La Librairie du XXIe siècle de la editorial Seuil. Convencer a Parra, que solo quería aparecer en Gallimard, no fue tan difícil, a fin de cuentas: su libro sería parte de la misma familia que las antologías de Paul Celan, César Vallejo y Jorge Luis Borges, tres nombres que lo halagaron. “Vio que tenía buena compañía y eso jugó muy a favor”, cuenta Pautrat.

Ahora que el libro está publicado (ha tenido reseñas elogiosas en Le Monde, Médiapart, Diacritik y Art Press) y que Parra, según se sabe, tiene una copia en sus manos y está contento con el resultado, el traductor puede descansar: “Abro lo menos posible el libro, pero cuando lo miro me siento satisfecho porque se lee muy fluido en francés. La traducción de poesía suele ser hecha por gente que los conoce mucho, que traducen bien el sentido, pero que no logran calibrar los versos, no les importa que sobren sílabas ni encuentran las formas correctas. Todo se resume así: si tuviera que leer hoy el poema Mil novecientos treinta, no sufriría”.

 

Poèmes et Antipoèmes. Anthologie. 1937-2014, Nicanor Parra, Éditions du Seuil, 2017, 684 páginas, 34€.

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